lunes, 8 de diciembre de 2008

El espíritu del vino


Estos días ha hecho frío y no me apetece la cerveza. Prefiero el vino. En el bar en que cenamos anoche pedí un vino tinto y el camarero eligió una botella de entre todas las que atestaban el mostrador. La elevó, la observó al trasluz. Dijo que la botella tenía poso y que iba a decantarla. Me sonó bien. No tengo una idea demasiado transparente de lo que significa que las botellas críen poso, y en mi diccionario mental la palabra decantar se reduce a un sinónimo vistoso de preferir. Es un vino muy colorado, como el pellejo de un zorro, y huele bien.

En la mesa, mientras los otros hablan de cosas que no me interesan lo más mínimo, miro el cristal del vino. Hay algo tranquilizador, maternal y hogareño en el modo que tiene de empañar la copa y de filtrar la luz de las lámparas, que se convierten en manchas de carmín sobre el tapete. Probarlo es como sentarse delante de una chimenea. Al beber reparo en que afuera, al otro lado de las ventanas, hace frío y la noche es negra y hueca como un edificio en ruinas. Me siento bien, me siento más que bien: rozo uno de esos momentos de comunión con el destino y de satisfacción panteísta de los que retrata William James en el libro que estoy leyendo ahora y del que quizá hable aquí otro día.

No sé si tiene mucho sentido escribir todas estas tonterías, pero Viernes vuelve con el insomnio y me ordena que me coloque frente al ordenador. Obedezco. Siempre he sido muy razonable, o al menos eso dice mamá.

viernes, 5 de diciembre de 2008

La visita


Soñaba con una torre. Es algo que me sucede a menudo, soñar con torres. No sé si se trata de la Torre de Babel o de la Torre Cajasol: en cualquier caso, subo y subo un tramo infinito de escaleras que se enrosca hacia las alturas y que parece no concluir jamás. En cierto punto los peldaños desaparecen, la espiral se deshace en el vacío. Entonces despierto. Al despertar, me pareció oír a alguien junto a la cama. Al principio pensé que era Luigi. Tengo un niño de seis meses que se llama Luigi y que de noche bracea sin cesar en su cuna como si los sueños fueran una corriente y él la atravesara nadando. A menudo me pregunto en qué consistirán los sueños de un bebé de seis meses y nunca he alcanzado una respuesta satisfactoria, pero de lo que no parece caber duda es de que contienen agua.

El ruido que había percibido junto a mi almohada no provenía del niño. Había alguien sentado allí, con la piel blanca como la de una monja. Le pregunté quién era y cómo había entrado en el dormitorio. Se presentó como mi ángel de la guarda y dijo que venía a traerme un mensaje. En general, desconfío de los mensajes oficiales aunque los traigan los ángeles de la guarda: siempre le digo a Teresa que no firme ninguna carta certificada del ayuntamiento, por las multas, sobre todo. Teresa es mi mujer, y dormía plácidamente a mi costado mientras yo hablaba con el desconocido de la cara de papel.

—Tienes una misión y la has descuidado —dijo el ángel—. He venido a recordarte que debes ponerte a la tarea una vez más.

Le pregunté a qué tarea se refería. En realidad, hay muchas que descuido.

—El Testigo Ocular —dijo él, y vi que sus ojos brillaban como el piloto de un mando a distancia—. Comenzaste ese blog y lo dejaste arrumbado hasta en tres ocasiones. Es el momento de que lo retomes y de una vez definitiva.

Bufé. No quise ni mirar el despertador, porque a las siete y media tenía que estar con los pies en las pantuflas.

—Con esto del blog creo que he cometido un error —pretexté—. Hay personas que pueden escribir blogs y personas que no, igual que hay gente con talento para el dibujo y otra que no es capaz de entonar una melodía. Por cierto, no conozco tu nombre. Los ángeles tenéis nombre, ¿no? Creo que John Dee invocaba ángeles desde una pentalfa, y de algún modo tenía que llamarlos.

—En efecto, tenemos nombres, aunque resultan un poco complicados de pronunciar para los humanos. El mío es √2.

—No parece muy complicado.

—En realidad es una abreviatura. El original es 1,41421356237… y una cantidad infinita más de cifras que no respetan ninguna pauta conocida. Es un número irracional.

A menudo, la vida es irracional. Yo había pensado que las matemáticas suelen ser más sensatas que la vida, pero me equivocaba.

—Pues sí, es un nombre incómodo —reconocí—, aunque no creo que llamase mucho la atención entre la cascada de Jennifers, Christians o Yasminas que pueblan recientemente nuestros censos. Si no te importa, te llamaré Viernes, que es algo que tengo más a mano, según el despertador.

Le pareció bien. Luego volvimos a discutir sobre el asunto del blog y mi obligación, inexcusable según él, de seguir nutriéndolo con nuevas entradas. Objeté que mi inteligencia era de tamaño mediano, por no decir que de talla S, y que no me daba para un blog. Empezar El Testigo Ocular había sido una temeridad.

—Para escribir un blog en condiciones —me defendí—, es necesario tener algo interesante que contar cada día, y palabras interesantes para contarlo. Ahí están Alejandro Luque, que se lee un libro cada tarde, o Vicente Luis Mora, a quien ningún título puede coger desprevenido porque los devora incluso antes de que lleguen a las librerías. No puedo compararme con ellos.

El ángel sonrió.

—Debes proseguir —dijo—. Tal vez tu blog no valga mucho, en eso estamos de acuerdo, pero tiene que existir. Si lo matas, morirá con él un punto de vista, una de esas mónadas diminutas en la que se refleja el jardín en la alegoría de Leibniz. El universo es más perfecto cuanta mayor variedad posee. Un universo sin piojos estaría en desventaja frente a otro que sí los posee.

A mí esto me pareció un sofisma, por mucho que viniera de la boca de un ángel. No creo que nuestro universo sea mucho más perfecto que otro paralelo donde no se encuentren Sánchez Dragó o Jiménez Losantos, aunque igual me equivoco. Como no me veía muy convencido, el ángel me atornilló la sien con su dedo índice. Estaba frío.

—No te preocupes —dijo—, yo te ayudaré a pasar por inteligente. Te daré material para que escribas, te ofreceré datos como para llenar una enciclopedia y te traeré ejercicios que tonificarán tu cerebro deficiente. Seguirás sin tener nada que contar, pero al menos pasará por ser algo interesante: ¿o es que tú te crees que el resto de la gente hace sus blogs de manera distinta? Además, eres un poco escritor. El Testigo Ocular debe resucitar. Así que levanta y ponte manos a la obra.

Obedecí y aquí estoy, escribiendo estas sandeces mientras Luigi barbota entre los pantanos de su sueño. Eso que llega por la ventana es el viernes.

sábado, 11 de octubre de 2008

El título, 1: el tamaño importa


Hace un par de semanas me llamaron del programa de Jesús Vigorra, El público lee, para hablar no de libros, sino de su promesa o anticipo. En concreto, se trataba de un reportaje dedicado a los títulos, para el cual habían recabado la colaboración de un editor, un librero y un artesano de las letras, este modesto testigo ocular. Según se sabe, la televisión da para poco, y en el escueto espacio con el que conté apenas tuve ocasión de mencionar un par de generalidades y de recurrir a alguna anécdota, como la de que una novela mía, Sólo una cosa no hay, que ha sido llamada en prensa de todos los modos posibles que permite su combinación de sustantivos y adverbios, estuvo a punto (¡horror!) de pasar a la historia de la bibliografía como La nadadora nocturna o, según me sugirió un alegre productor bilbaíno que amaba el estilo directo, El ángel cojitranco. El caso es que el asunto de los títulos se me quedó en las mientes y siguió dándome vueltas por dentro durante unos días, sugiriéndome matices y puntos de vista que no tuve oportunidad de exponer. Así que este blog, que es poco más o menos como vocear en el desierto, supone un lugar idóneo para dar salida a esas elucubraciones que nadie tiene por qué escuchar.

El título es un invento reciente. En la Antigüedad y hasta bien entrados los tiempos modernos, el libro se valía por sí solo y no hacía falta prevenir al público, asustarlo o engañarlo, con lo que se supone que debía de hallarse en su interior. Mis alumnos se sorprenden de la escasez de imaginación de los filósofos presocráticos, todos los cuales escribieron una obra que infaltablemente se llama Sobre la naturaleza, y sorprende que explosiones tan vistosas de literatura como las que dan cuenta de la cólera de Aquiles o las vicisitudes de rey de Ítaca se presenten bajo los nombres lacónicos de una ciudad o un hombre, la Ilíada o poema de Ilión, la Odisea o el viaje de Odiseo, varón de multiforme ingenio. El título, como no podía ser de otro modo, surge cuando el libro se convierte en producto, y su aparición es simultánea a la del escaparate: es necesario un envase atractivo, seductor, tintineante, que convenza al curioso apesadumbrado por la acumulación de novedades editoriales para que se acerque a ese volumen obviando a todos los que le hacen competencia. El título constituye el primer ejemplo de publicidad, de márketing, de que tenemos noticia. Huelga decir que uno bueno puede redimir un contenido mediocre, y que existen absolutas obras maestras que llevan su título a cuestas como una maldición, igual que el niño que nace tullido o esa camisa en que cayó el goterón de aceite que ningún detergente erradicará jamás.

A la hora de titular, disponemos de pautas para todos los gustos. Los sucintos, avaros, que se reducen a una o dos palabras, tienen de su parte ese aire de distinción de las habitaciones poco amuebladas, que sugieren más que describir el talante de sus inquilinos a través de dos o tres detalles estratégicos. Este tipo de variante seduce porque en ella la imaginación puede dispararse a placer y cabe todo a lo que el lector bien encarado se atreva: El extranjero puede hablarnos de inmigración, de extraterrestres, de enfermedades mentales, de viajes, de incomunicación; La rebelión, de Joseph Roth, es la crónica de cómo un pedigüeño berlinés se revuelve contra el sistema, pero puede dar cabida también a la epopeya de Luzbel, al motín de la Bounty, a un drama bolchevique. Si además introducimos un término desconocido, añadimos el aroma de lo insólito: El Horla de Maupassant habla de una criatura de otro mundo, e igual habría permitido una enfermedad exótica o una planta que induce a la licantropía, por echar mano a los primeros disparates que se vienen a la cabeza. Cierto es que hay otros títulos de dos palabras que son como bofetadas; poco se me ocurre más ceniciento que La Regenta o El abuelo.

La opción opuesta es la parrafada, presuntamente poética, mediante la cual se persigue excitar en el eventual cliente evocaciones de un mundo más sutil. Este terreno ofrece sus peligros porque la frontera entre la audacia y el empacho es delgada como el ala de una mosca. Mueven a la admiración o la intriga El tiempo de los emperadores extraños (Ignacio del Valle), Dime cinco cosas que quieres que te haga (Nicolás Casariego), o El quinto invierno del magnetizador (Per Olov Enquist); otros dan vergüenza: Con las mujeres no hay manera (Boris Vian), Donde el corazón te lleve (Susanna Tamaro), o La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada (García Márquez) provocan indigestión antes de abrir la primera página. De todas maneras, debo reconocer que mi favorito sin discusión pertenece a esta camada: Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, es el encabezamiento más espléndido que encuentro para cualquier clase de novela, o de cualquier cosa que se le parezca; de su lado juegan no sólo sustantivos de eficacia incontestable en materia de connotación, noche, invierno y viajero, sino sobre todo ese condicional que invita a una segunda parte al filo de la chimenea poblada de aventuras y probables desamores en sol menor. Soledad Puértolas quiso repetir el efecto con resultados más bien discutibles en Si al atardecer llegara el mensajero.

[Observo que este post se alarga como una meada en una cuesta, en esa imagen de inigualable contundencia de Paco Gandía. Como hay material para una segunda entrega, os emplazo para la semana que viene, si alguien escucha desde las inmensidades del ciberespacio infinito. Entretanto, vuelvo a la nana y el biberón].

martes, 7 de octubre de 2008

El libro nuestro de cada día, 4: El último viaje de Pomponio Flato


Son conocidas las opiniones de Eduardo Mendoza según las cuales la novela consiste en un formato obsoleto al que aguardan pocos, o nulos, derroteros por recorrer. Sin embargo, Mendoza debe su fama a la elaboración de novelas, todas ellas de cuidada factura y respetuosas con las leyes maestras de la narración, según puede comprobarse, también, en el último de sus productos, este Asombroso viaje de Pomponio Flato que satisfará los paladares de los lectores más adictos al género. Por paradójico que parezca, uno sospecha que la obra de Mendoza no es un homenaje (según podría sugerir una primera vista) ni a la novela histórica, ni a la de detectives, ni siquiera al sainete cómico, con todos los cuales juguetea, sino un intento de dinamitar dichas variantes literarias desde su interior o de denunciar su reiteración y su cansancio. Las correrías de Pomponio Flato se nos presentan a través de una distancia irónica que no permite conceder espesor a los personajes ni tomar en consideración los episodios dramáticos; los reveses de la trama quedan desautorizados por comentarios sarcásticos en frases al margen o por la irrupción de pedos y gente que se da por culo al menor pretexto; sin asomo de vergüenza, el autor revela delante de su público los artificios de que se ha servido para urdir su intriga y no muestra pudor al servirse de un expediente de tan manoseada prosapia como el deus ex machina. Lo que parece tratar de gritarnos a voces es: todas las novelas de romanos están escritas, todas las novelas de detectives están escritas, el método para construirlas es tan estereotipado y trivial que cualquiera puede montar una con cuatro tablones usados, vamos a reírnos de esta clase de novela donde todo está visto y no caben entusiasmo ni suspense auténticos.

En esas fórmulas se resume, seguramente, la intención de Mendoza. Discurso muy intelectual y debidamente fatigado, como todo en nuestra posmodernidad de ideologías moribundas. Pero algo traiciona al autor: la emoción. El Asombroso viaje puede haber sido escrito con la excusa de demostrar a la humanidad qué cateto, cutre y torticero es en nuestros tiempos creer en novelas de estas trazas, con la prevención de no tomarse nada en serio, pero luego la literatura vence a la mano que la pergeña. Hay un detallismo revelador en las descripciones de la Palestina del siglo I, cuyo clima ha sabido captar con mucha más intuición que otros profesionales de la narración histórica; por mucho que se esfuerce en convertir a sus protagonistas en marionetas, existen momentos en que María, José, la bella Zara o el mismo Pomponio alcanzan una rara sinceridad que despierta la ternura, y uno sabe, porque ya posee cierta experiencia en estas lides, que en esos momentos Mendoza los sintió vivos y los sintió cerca; y en fin, está el idioma: para montar este divertimento gratuito sobre un investigador privado en los tiempos de Cristo, el autor se ha cuidado muy mucho de empaparse de literatura clásica y de adoptar, exagerándolos, los giros propios del discurso griego y latino (el más conseguido es el cambio repentino de los tiempos verbales, de pretérito a presente y viceversa; el relato antiguo abunda en esa indecisión, como revelará un examen somero del Asno de oro o el Satiricón).

Por otro lado, si ha de juzgarse como un mero chiste alargado a través de casi doscientas páginas, reconozcamos que el Asombroso viaje tiene sus páginas afortunadas y otras no tanto. Sigo sin comprender la insistencia en lo de dar por culo, tal vez porque el de mariquitas es un género de anécdotas cómicas con el que nunca me he reído mucho. Lo más valioso al respecto humorístico es, creo, la sucesión de referencias indirectas a los evangelios y la vida de Jesús que desarman y tergiversan los mensajes de las Escrituras, muy al estilo de la famosa película de los Monty Python. En cuanto al resto, aunque a Mendoza le pese, se trata de una novela hecha con mimo y dedicación, y en cuyo guiso se sospecha mucho más amor cocinero que el de los dependientes de las hamburgueserías. En fin; quién nos diría que habríamos de ver el día en que alguien pediría perdón por saber contar una historia.

(Interesados dirigirse a Eduardo Mendoza, El último viaje de Pomponio Flato. Barcelona, Seix Barral, 2008).

sábado, 27 de septiembre de 2008

Por favor, sea breve


Cuando uno convive con un bebé de tres meses, la lectura se vuelve un ejercicio fragmentario y lleno de baches, como las frases de un tartamudo. Rápidamente comprendemos que la novela río, la saga familiar o el ensayo de largo aliento son terreno vedado, y que las breves islas de tiempo de que disponemos, algunas a horas disparatadas del mediodía o la noche, deben ser aprovechadas con productos de formato distinto. Para colmar esos resquicios con la mayor cantidad de literatura posible, yo suelo tomarla concentrada en pastillas, como si me metiera chutes de vitamina B o me inyectara insulina. Frases cortas, párrafos en ocasiones, entradas de diario, aforismos, cuentos del tamaño de un bostezo, esa forma del exhibicionismo tan de moda en los últimos tiempos y que ahora llaman microrrelatos (Monterroso, que llevaba toda la vida preparando la llegada del género, le dio nombre de pantalón, short-short).

Con el hábito he ido acumulando una especie de almacén de este tipo de lecturas, hacia el que me arrojo en cuanto un hueco me ofrece la ocasión propicia. Me agradó encontrar, por sintonía, un artículo de Savater en El País de hace pocos días en que se definía como gran catador de aforismos y en el que ofrecía algunos de los bocados a los que es más adicto: aparecieron por allí nombres que yo no conocía y otros que sí, como el de Andrés Neuman, y una serie de aperitivos realmente suculentos. El de Carlos Marzal, en un libro titulado Electrones, es caviar puro: “A nadie le resultan demasiado graves sus defectos, en especial el de no considerar sus defectos demasiado graves”. El aviso de Neuman, tampoco desmerece: “No confundir la moral con quienes la defienden” (para interesados, recordar que el autor ejerce como francotirador en el suplemento cultural de ABC con una sección titulada Barbarismos).

Mi botiquín se compone sobre todo de Lichtenberg, a quien conocí por primera vez hace más de doce años, mientras mi tío reformaba su despacho y encontraba que le sobraban una pila de libros los más afortunados de los cuales fueron a dar a mis manos (“Las iglesias siguen necesitando pararrayos”): entre ellos se hallaba una edición amputada y menesterosa de sus apuntes editada por Fondo de Cultura Económica y que en su momento corregí con la de Edhasa, fácilmente accesible al profano y muy recomendable. Además, cuento con Joseph Joubert, en una linda versión, lamentablemente exigua, también de Edhasa y anotada e introducida por Carlos Pujol (“Todo es juego, salvo lo que hace al alma mejor o peor”). Y cómo no, Canetti, en la recopilación monumental de sus Aufzeichnungen preparada por Juan José del Solar para Círculo de Lectores (“Ahorcar tiene ahora toda la delicadeza de pescar con caña”). El resto son quizá más predecibles: Pascal, el Diccionario de Bierce. A todos ellos se añade, desde hace cosa de un par de meses, el demoledor Diario de Jules Renard.

Renard era un tipo antipático, huraño, al que le gustaba que le lamieran los oídos, que necesitaba del aplauso del prójimo aunque ni siquiera pudiera compartir ascensor con él. Su Diario está plagado de reflexiones lúcidas, desesperadas, esperpénticas, con ese tipo de mala leche que sólo otorga la más extrema clarividencia, y es, creo yo, toda una carrera de antropología (por no hablar de literatura y filosofía) comprimida en apenas doscientas páginas. Aún no he terminado de recorrer completa la selección que Joseph Massot e Ignacio Vidal-Folch han agavillado para Debolsillo, y ya me inquieta la sola idea de quedarme sin frases que mordisquear entre horas, cuando entra ese hambre de cosas pequeñas de cada mediodía (probable solución será adquirir la edición completa de La Pléiade después de la inevitable lesión en el bolsillo). Las delicadezas de Renard son infinitas y me resisto a un solo ejemplo: “Yo nací para el éxito en el periodismo, la gloria cotidiana, la literatura abundante: leer a los grandes escritores lo cambió todo. De ahí, la desgracia de mi vida”. “He construido castillos en el aire tan hermosos que me conformo con las ruinas”. “Las personas felices no tienen talento”. “No basta con ser feliz: además es necesario que los demás no lo sean”.

Contraindicaciones y riesgos del medicamento: después de leer muchos aforismos, uno se siente invitado a ser breve y perpetra dos o tres fórmulas presuntamente ingeniosas en el envés de un recibo. Por suerte, Teresa arrambla con todo papel que encuentra sobre el mantel del salón.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Casa de citas, 2: Los dones de la muerte


“Dirigí una última mirada a Dión, sonriente entre sus amigos, y me vino a la cabeza la historia del viejo vencedor olímpico que vio coronados a sus dos hijos en un mismo año de Juegos. ‘¡Muérete ahora!’, le gritaba la gente, queriendo decir con ello que ningún otro momento de su vida podría igualar a aquél. Desde el umbral de la puerta, aunque ya me había despedido, volví la cabeza para echar una última mirada a su rostro severo y feliz. Y desde el fondo de mi ser, una voz que no pude acallar dijo en silencio: ‘¡Muérete ahora, Dión! ¡Muere!’ ”.

Mary Renault, La máscara de Apolo. Traducción de Hernán Sabaté. Barcelona, Círculo de Lectores, 1996, pp. 396-397.



“Había una vez una ciudad —parece que se alude a Siena— cuyos moradores disfrutaban de un caudillo que los había librado del yugo enemigo; a diario deliberaban sobre el modo de recompensarle y no hallaban recompensa que estuviera en sus manos y fuera lo suficientemente grande. Ni siquiera les parecía bastante nombrarle soberano. Un día, por fin, se levantó uno y propuso lo siguiente: ‘Lo mejor sería matarle y venerarle como santo patrono de la ciudad’. Y así hicieron con él, poco más o menos lo que la ciudad de Roma con Rómulo”.

Jacob Burckhardt, La cultura del Renacimiento en Italia. Traducción de Jaime Ardal. Madrid, Sarpe, 1985, pp. 43-44.

martes, 10 de junio de 2008

Horizontal y vertical


En un sugerente ensayito situado a la cabeza de su recopilación El individuo y la libertad, Georg Simmel propone que la civilización es un invento de los ingenieros; que todo lo que nos ha dado la cultura, con sus jardines, sus bibliotecas, sus guerras de religión y lanzaderas espaciales, proviene de tres elementos paisajísticos: la puerta, el camino, el puente. Gracias al primero, el hombre dejó de ser todos o nadie para convertirse en alguien y el grupo cedió paso al individuo; la puerta, al aislar al sujeto del resto de la comunidad, al dotarle de un espacio íntimo y secreto donde relacionarse con el silencio y los propios pensamientos, permitió la aparición de la conciencia. El camino le facilitó comprender la estructura del devenir y le hizo atisbar que la vida se compone también de puntos de partida y de destino que se ramifican perversamente, de modo que toda llegada no es más que una nueva salida aplazada, que todo rumbo no supone sino la posibilidad de otra miríada de rumbos alternativos. En cuanto al puente, su significación resulta tan palmaria incluso a los menos aficionados a las metáforas que casi da reparo aludir a ella: el puente es la demostración sobre madera, piedra o material perdurable de que no hay obstáculo que no pueda salvarse mediante un regateo y de que la razón, el ingenio y aquello que Pascal definía como esprit de géometrie pueden prestarnos servicios inapreciables a la hora de eludir los inconvenientes que plantean las cosas. Así que toda la historia, si nos atrevemos a conducir a Simmel hasta conclusiones a las que probablemente él no se hubiera atrevido, todo el caudal de triunfos y desilusiones que se extienden desde las cuevas de Altamira hasta la bomba sobre Hiroshima caben en el estricto marco de estos tres inventos que los niños aprenden a dibujar en cuanto empuñan su primer rotulador: el camino, la puerta, el puente.

Convencido por unas páginas de Óscar Tusquets que recorro en los escasos huecos que me permite el cuidado de mi hijo recién nacido (se llama Luis, pesa alrededor de tres kilos y está bien, gracias), se me ocurre añadir algunos elementos más al paisaje de Simmel. Me da por pensar que el zócalo, el pavimento, el hallazgo de un espacio completamente plano es responsable de la aparición de la filosofía. Como bien saben los arquitectos, la horizontalidad absoluta no aparece en la naturaleza, si exceptuamos el agua estancada o extendida en forma de tapete sobre el mar infinito: horizontalidad prohibida a los pies de los hombres salvo en los evangelios. Al crear un suelo perfectamente liso, neutro, perpendicular al horizonte, libre de anfractuosidades, zanjas, elevaciones y todas las incomodidades del terreno campestre, el hombre puede comenzar a pensar sin preocuparse de donde pone los pies; puede dejar que el santo se le vaya al cielo mientras pasea por el patio, puede preguntarse por su futuro y por las misteriosas encrucijadas del destino a la vez que cubre el espacio que le lleva de la plaza del pueblo a la casa donde le esperan la hoguera, el pan y la sal. Porque caminar, desplazarse, colocar los pies uno delante de otro sin hacerse cargo de la ruta que se extiende ante el peregrino es sinónimo de reflexionar, que significa también avanzar, o retroceder, o perderse, en todo caso estar en camino, que diría Heidegger: el grupo de filósofos más afamado de la Antigüedad lleva el nombre de peripatéticos, de peripathos, o patio porticado, el del Liceo donde Aristóteles solía razonar con sus discípulos dando vueltas y revueltas entre las verandas hasta que se les consumían las suelas de las sandalias.

Pensar equivale a caminar sin tropiezos; creer, a ascender sin caer. En cierto momento explosivo de la historia de la civilización, algún maestro alarife debió de advertir que si al plano horizontal del zócalo se le suma una pequeña superficie vertical que a su vez concluye en otra nuevamente horizontal y la operación se repite indefinidamente, los hombres pueden elevarse sobre el suelo en un mágico remedo de la levitación y contemplar las cosas como lo harán los dioses, cuyos tobillos se hallan a salvo del barro de los senderos y las zarzas cruzadas. La escalera permitió a los hombres aproximarse a la divinidad, a los astros, a las alturas donde el aire es más puro y las desgracias de los pueblos pierden gravedad y rigor. No en vano la escalera aparece asociada en la historia de la arquitectura con la erección de los primeros templos propiamente dichos: los que remataban las cúspides de los zigurats, que servían a la vez para celebrar holocaustos en honor de los inmortales y observar más de cerca el paciente baile de las constelaciones en el hemisferio de la noche. Allí arriba todo es tan puro, tan nítido, tan tajante, que cuesta creer que el éter no sirva de residencia a criaturas mejores que nosotros, seres no atribulados por la enfermedades y el tedio, dueños de la cellisca y el granizo, nosotros mismos desprovistos de todo cuanto nos pesa y nos hace ser, después de todo, nosotros.

Pero Zapatero nos ha traído tiempos de descreimiento y libertinaje y el piadoso hábito de subir escaleras cae paulatinamente en desuso: todos prefieren ese instrumento ateo, el ascensor.