miércoles, 13 de abril de 2011

Los dioses nos hablan



Un mercenario del Gran Rey es alcanzado en la cabeza por un proyectil, probablemente una piedra de honda, durante la batalla de Platea; la herida le provoca un sueño similar a la muerte, del que regresa sólo después de varios días; por culpa de esa herida, el soldado no puede recordar; un médico del ejército le recomienda ir dejando constancia escrita de todo cuanto le sucede, para que su vida no se pierda en las aguas del pasado en cada despertar.

Es el arranque de Soldado de la niebla (Soldier of the mist), novela de Gene Wolfe de 1986 que sería luego prolongada en Soldado de Areté (Soldier of Arete, 1989) y Soldado de Sidón (Soldier of Sidon, 2006). Todas ellas componen una atractiva ensalada de crónica histórica, relato fantástico y psicodelia con ínfulas de profundidad antropológica que reconozco como una de mis series favoritas de la literatura crossover. Los detalles documentales que Wolfe maneja, quizá su baza más lograda, nos hacen sentir a cada traspiés en la Grecia de los clásicos, y la descripción de batallas y lances contienen la dosis necesaria de verosimilitud. Ello compensa la languidez de ciertos episodios, sobre todo en el segundo volumen, y la sensación difusa de que el autor no tenía demasiado claro el desarrollo de la acción a medida que iba escribiendo: muy a menudo, la percepción nebulosa que el protagonista posee de la realidad constituye un pretexto para hilvanar situaciones más bien torpes, o sencillamente jeroglíficas (los encuentros con centauros o la resurrección de la amazona en Soldier of Arete son, creo, ejemplos palpables). Lo cual no desmerece, en absoluto, el cuadro general.

Pero lo mejor del conjunto de los Soldiers, bastante superior a su desarrollo posterior, es la idea matriz: la de que alguien que se olvida de sí mismo y del mundo en cuanto se echa a dormir deba censar en un escrito qué es lo que encuentra en su camino para que le sirva de memoria al despertar. Eso elimina el asombro, o lo sustituye por su opuesto, la rutina: para Latro, el protagonista de la acción, la sorpresa es la norma. Por ello no se pasma de nada, nada le resulta insólito, nada, por disparatado o accesorio que pueda parecer, quedará fuera de su atestado. Incluidos los encuentros con dioses y demonios. Porque resulta que el soldado se cruza en cada recodo de su periplo con criaturas sobrenaturales que le insinúan una dirección o le prohíben un atajo, entre ellos Apolo, Dionisos, la Gran Madre, nereidas, centauros y mil monstruosidades más. A este respecto, me ha llamado la atención descubrir en ciertos foros de internet la siguiente interpretación: que aparte de trastornarle la memoria, su lesión ha permitido a Latro una segunda visión que capta la existencia de seres sobrenaturales. Vamos, que la pedrada le ha dejado medio lelo pero también le ha convertido en médium. Esto, me parece a mí, es no comprender la novela en absoluto.


 El personaje de Wolfe no es médium ni nada parecido: se limita a registrar en sus rollos lo que presencia, sin filtros ni prejuicios de ninguna clase. Ello le hace consignar con puntualidad sus encuentros con entidades del más allá, algo perfectamente doméstico en la época que le ha tocado vivir. Ahí, sobre todo, radicaría el gran logro de Wolfe: en descubrir que lo preternatural no era en la Antigua Grecia, como lo es hoy, superchería ni caso clínico, sino lo más normal del mundo. Heródoto cuenta que el mensajero enviado a Esparta durante la batalla de Maratón se cruzó en una colina con el dios Pan, y que allí charló con él y recibió consuelo de sus palabras; la víspera de Platea, el ejército griego vio lumbres y brillos misteriosos en Eleusis, que los animaban al combate; diversos testigos coinciden en haber presenciado cómo, durante la batalla de Salamina, hombres enormes se elevaban sobre las orillas y extendían sus brazos para proteger los navíos de la flota griega. Las divinidades, los monstruos, las huestes de los ángeles y los demonios han sido compañeros comunes del ser humano durante siglos y siglos, hasta que los psiquiátricos los han desterrado de la salita de casa. Lo cual no significa que no sigan ahí, sino que están disfrazados. Como bien expresa Lichtenberg: “Los oráculos no han dejado de hablar; nosotros hemos dejado de escucharlos”. Los dioses no se han marchado, a pesar de los lamentos del pobre Hölderlin, al que encerraron en una torre después de declararlo loco sin remisión; siguen ahí, pero no les hacemos caso. Desde Freud nadie gana batallas gracias al apoyo de señales celestes: prefiere los aviones con ametralladoras.
 
(Pero miento, igual que siempre. Según numerosas descripciones, el 22 de agosto de 1914, la Fuerza Expedicionaria Británica recibió en la Batalla de Mons el apoyo de ángeles, soldados celestiales con arcos y flechas y el mismísimo San Jorge con una espada en el puño, lo cual demostró sin lugar a malentendidos que Dios estaba de parte de los aliados. Arthur Machen, que sabía mucho de estas cosas, escribió al respecto su relato The Bowmen, al que remito al circunspecto lector.)

miércoles, 6 de abril de 2011

Los libros que no existen



En alguno de mis últimos posts, comentaba que estos días he andado recorriendo cierto La biblioteca de los libros perdidos, de Alexander Pechmann, amena miscelánea de libros extraviados, imposibles o apócrifos que viene de publicar Edhasa en traducción de Juan José del Solar. Entre sus páginas, el mitómano de la literatura aprenderá de qué diversos y estrambóticos modos perdieron algunas de sus obras Hemingway, Lawrence (el de Arabia) o Lowry (el del volcán), por ceñirnos sólo al ámbito anglosajón, y de qué modo el orbe de las obras escritas abarca sólo una pequeñísima, ínfima parte de todos los libros que podrían haber sido o que son de cualquier manera en alguno de los universos paralelos que nos circundan.

Uno de los capítulos de Pechmann está dedicado, dice el encabezamiento, a “Libros que tal vez no existen”. El quizá está bien puesto, porque siempre resultará más sencillo demostrar la existencia de una cosa que su contrario, pero a efectos prácticos dicho título se dedica a registrar ese enorme y delicioso caudal de libros postizos que ha parido la literatura, sobre todo la fantástica, y que no figuran en ninguna biblioteca de metal, vidrio o madera. Lo que me ha movido a redactar el presente texto es lo exiguo del catálogo de Pechmann. Es decir, el hecho de encontrar que faltan muchos libros inexistentes en el censo del autor. Que, básicamente, se limita a enunciar casi de mala gana el Libro M de los antiguos rosacruces (presente en la misteriosa cripta de Christian Rosenkreutz, como saben bien los lectores de la Fama fraternitatis), el tremebundo volumen en cuarto gótico que recorría Roderick Usher en la fábula de Poe, Vigiliae mortorum secundum chorum Ecclesiae maguntinae, y el largo elenco de títulos malditos nacidos al calor de la fantasía de Lovecraft, empezando por el imprescindible Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred, para continuar con el Culte des Ghoules del vizconde d’Erlette, los Cultos inefables de Juntz y, mi favorito, De vermis mysteriis de Ludvig Prinn. Y eso es todo, amigos.

Esta entrada quiere remediar algunas omisiones demasiado visibles: no todas, porque ya sabemos que la nada es inmensa y siempre puede quedar algún libro recién inventado y sin catalogar, pero sí aquellas ausencias obvias que no sé si el autor habrá traspapelado por prisa, ignorancia o mala fe. Me apresto a enumerar y a remitir al curioso a:

a) El libro mágico de El golem de Meyrink. Un libro que habla, que susurra secretos al oído de quien lo conserva, cuyo poder arcano es capaz de borrar las tenues fronteras entre fantasmagoría y realidad. Athanasius Pernath, orfebre praguense y protagonista de la novela, recibe la visita de un hombre enigmático que le tiende un volumen:

“La cubierta del libro era de metal y los bajorrelieves en forma de rosetas y sellos estaban rellenos de color y de pequeñas piedras. Por fin encontró el lugar que buscaba y me lo señaló. Pude descifrar el título del capítulo ‘Ibbur, la saturación del alma’. La gran inicial, impresa en oro y rojo, ocupaba casi la mitad de la página que recorrí involuntariamente y que estaba descascarillada de un lado. Yo la debía reparar. La inicial no estaba pegada al pergamino como había visto hasta entonces en los libros antiguos, sino que parecía formarse de dos delgadas placas de oro soldadas en el centro y las dos puntas sujetas daban la vuelta a los márgenes del pergamino” (traducción de Celia y Alfonso Ungría. Barcelona, Tusquets, 1995, pp. 21-22).


b) Por estricto orden de aparición: The Approach to Al-Mu’tasim, del abogado Mir Bahadur Alí (Bombay, 1932), en palabras de Philip Guedalla “una combinación algo incómoda de esos poemas alegóricos del Islam que rara vez dejan de interesar a su traductor y de aquellas novelas policiales que inevitablemente superan a John H. Watson y perfeccionan el horror de la vida humana en las pensiones más irreprochables de Brighton”. Les problèmes d’un problème (París, 1917), de Pierre Menard, dedicada a las vicisitudes de la parábola de Aquiles y la tortuga, junto con otras obras no menos intrigantes del mismo autor, entre las que se hallan “una monografía sobre la posibilidad de construir un vocabulario poético de conceptos” (Nîmes, 1901), “una monografía sobre ‘ciertas conexiones o afinidades’ del pensamiento de Descartes, de Leibniz y de John Wilkins” (Nîmes, 1903), o “una monografía sobre el Ars Magna Generalis de Ramón Llull” (Nîmes, 1906). The God of the Labyrinth (Londres, 1933), de Herbert Quain, novela policial que concluye con la frase, situada al final del desenmascaramiento ritual del criminal y las esposas del gendarme, Todos creyeron que el encuentro de los dos jugadores de ajedrez había sido casual. Del mismo autor, April March (1936) y la comedia en dos actos The Secret Mirror (sin fecha ni lugar de edición). Señalar la fuente que menciona todas ellas (más una larga lista que callo) estorba de puro obvio: las páginas postreras de Historia de la eternidad, las iniciales de Ficciones, todo de Jorge Luis Borges.

c) No me detengo en la biblioteca de la abadía de Thélème que rastrea el gigante Pantagruel, ni en el Sartor resartus de Carlyle, ni en Swift, para que no me acusen de facilidad.



d) Gigamesh, de Patrick Hannahan (Londres, Transworld Publishers, s/f), un libro aún más incomprensible, audaz y terrible que el Finnegans wake, donde no hay palabra que no se pueda interpretar de infinitos modos; la Historia de la literatura bítica, editada a cargo del profesor Dr. J. Rambellais (cinco volúmenes, Paris, Presses Universitaires, 2009), que analiza el nuevo género de libros escritos directamente por computadoras (como los del famoso pseudo-Dostoievski, autor de La niña [Dievochka]); o mi libro favorito de todos los tiempos, De Impossibilitate Vitae / De Impossibilitate Prognoscendi, de Cesar Kouska (dos volúmenes, Praga, Statni Nakladatalatvi N. Lit, s/f), que demuestra científicamente, según los principios del cálculo de probabilidades, que la vida de cualquier individuo humano es imposible. Todos ellos son prologados o recensionados en la embriagadora Vacío perfecto o en Magnitud imaginaria de Stanislaw Lem.

e) En su inefable Les livres maudits (París, J’ai lu, 1970, y es de los de verdad), obra que debería ser de consulta obligatoria para todo cazador de títulos raros, estrambóticos o imposibles, Jacques Bergier alude a cierta Orden Negra, sociedad secreta consagrada a la destrucción de libros malvados. Uno de sus principales objetivos es el libro Excalibur, que vuelve loco a quien lo lee y que nadie ha encontrado todavía; al parecer, el escritor de ciencia ficción Lafayette Ron Hubbard llevaba Excalibur en la caja fuerte del yate con que viajaba alrededor del mundo mientras componía sus novelas; muerto él, no sé si el yate se hundiría, pero el libro en cuestión no pudo hallarse: así que, entretanto, forma parte de la nómina de los (posiblemente) ficticios (debo esta referencia a Justo Navarro).

Alguien podría poner sobre el tapete la cuestión final (o inaugural) de para qué preocuparse en redactar estúpidos censos de obras que jamás se escribieron; y yo respondería: para calmar esa vieja ansiedad según la cual nunca tendremos nada que leer cuando se acaben todos los libros de la Tierra. Porque hay más: el futuro está en la nada.

jueves, 24 de marzo de 2011

A mano y a máquina



A menudo la gente se sorprende, se espanta o simplemente arquea las cejas cuando se entera de que sigo escribiendo a mano. Mis novelas, aunque también ciertos artículos: algo que no exija una salida urgente hacia los rotativos o donde yo considere que el estilo ha de estar especialmente medido. Por ejemplo, en las ficciones breves: en esos textos en forma de camafeo donde el efecto general depende de la cuidadosa orfebrería de las piezas. Escribo a mano, sí: pertenezco a otro siglo.

Como a otras muchas manías que acumulo en el acto de escribir (entre otros actos que me callo), a esta no se le puede ofrecer una explicación sencilla. Como a la manía de escribir sobre papel de colores (verde, amarillo, azul pastel). Como a la manía de usar un bolígrafo de punta fina (el BIC naranja). Como a la de usar continuamente y pasarme de mano a mano y estrechar, estrujar, hacer girar, descoyuntar un viejo atacapipas mientras redacto las frases. Todos son involuntarios reflejos o sombras del proceso de escribir, del acto de la creación, del parto. Sea lo que fuere que esa cosa signifique, que tampoco yo lo sé.

Empecé a escribir en las hojas sobrantes de mis cuadernos de clase, o en papeles sin usar que mi padre, que trabajaba en una sucursal bancaria, nos traía del almacén. En aquel tiempo yo consideraba que mi dedicación a la pluma y al bolígrafo era una especie de minoría de edad y que había de llegar el día en que realizaría mis grandes obras en esas voluminosas y estridentes máquinas que los escritores usaban en las películas para escribir novelas de gángsteres: la Underwood, la Remington, la Corona. Luego, mi abuela materna me regaló una Olimpia portátil que mi abuelo había usado para escribir sus memorias y que tenía (tiene todavía, porque la conservo en mi despacho, con una postal de Kafka y otra de Haydn) las teclas rojas y la carrocería de color marfil. En esa máquina yo me hice, o creí que me hacía, mayor como escritor: me serví de sus tipos para componer los primeros cuentos que envié a concursos de pueblo y la primera novela que me publicaron. Luego pasé esa versión original a ordenador, pero la auténtica, la espontánea, la directa era la anterior. Las teclas han variado desde entonces bajo mis dedos en textura, grosor, tonalidad y tamaño, pero el bolígrafo se ha mantenido fiel a mis deseos: esa letra diminuta, incomprensible, ese hormiguero que fluye y fluye y llena mis folios de apretados signos en clave.

Pienso en una última cosa. Quizá el mayor placer de escribir a mano radica en el hecho de poder tachar. Algo que ni el ordenador ni la existencia nos permiten con facilidad.

martes, 8 de marzo de 2011

El incendio


Si este blog sufre últimamente un poco de anemia y apenas encuentro tiempo o fuerzas para poner algo (interesante) en él, es porque ando de trabajo hasta las cejas.

Trabajo manual, sí, pero también del que más cuesta: el que tiene lugar precisamente detrás de esas cejas. Acabo de terminar la primera redacción de una novela y ahora ando remirándola entre la perplejidad y el recelo, preguntándome (siempre igual) si habré escrito una genialidad o una soberana mierda. Suelo escribir mis novelas primero a mano, en una caligrafía tan minúscula que parece el código cifrado con que Da Vinci ocultaba sus revelaciones, y a continuación me torturo la retina corrigiéndola, rastreando imperfecciones y pleonasmos, haciendo de policía textual: esa es la fase que sufro ahora, y que sólo podría asociar al completo desasosiego del enfermo que se busca el tumor de donde viene la fiebre. Dentro de poco, si todo va bien, si las tachaduras no superan a los renglones sanos y si no he mandado todos los papeles a la basura, comenzaré con la fase de la versión a ordenador. Hasta que se me hinchen las falanges de tanto teclear.

El texto bruto yace en una carpeta amarilla que tengo a mi izquierda mientras escribo esto. Dicha carpeta me acompaña a todas partes, al trabajo y la biblioteca, porque cualquier momento es bueno para ponerse a repasar y el cerebro nunca descansa: rectifica, pone y quita comas que no ve, formula mentalmente alternativas que después, sobre papel, no resultan tan geniales, y vuelve una vez y otra sobre los mismos despojos. El caso es que algo me obsesiona siempre en esta frase del trabajo, mientras traslado de un lugar a otro el producto básico: perderlo. Y si me lo olvido en un autobús. Si se me resbala de las manos y cae en una alcantarilla. Y si arde al acercarlo demasiado a una estufa. Y si me lo roban. Todo eso puede suceder, como muestran muy bien diversas fábulas moralizantes.

Acaba de publicarse un librito de lo más recomendable, debido a Alexander Pechmann, con el título de La biblioteca de los libros perdidos (traducción de Juan José del Solar, Edhasa). En su censo de holocaustos literarios (libros que no nacieron o que murieron prematuramente), Pechmann menciona el caso ciertamente sangrante de Malcolm Lowry. Durante un par de años, Lowry ocupó una suave cabaña en las laderas del Canadá, donde, en compañía de su amante Margerie, se dedicaba a las tareas absorbentes de rescribir (siempre rescribir) y estudiar los secretos de la Cábala hebrea. Entre el enorme volumen de papeles que todavía no había dado a la imprenta, se encontraban la obra de su consagración, Bajo el volcán, y otra, titulada In Ballast to the White Sea, que debía constituir su culminación y su desenlace. El 7 de junio de 1944, la cabaña fue pasto de las llamas. Ardió todo lo que contenía, salvo sus dos inquilinos (y al menos uno de ellos consideró que habría preferido la inmolación). En el último segundo, Marjorie logró rescatar Bajo el volcán, pero el resto quedó entre los rescoldos. Horas y horas de desvelos, correcciones y talento entregados al humo, que es el destino final de todas las cosas.

Ahora, antes de salir de casa, miro mejor las estufas, por si las moscas.

jueves, 24 de febrero de 2011

Entre finales y anticuarios


 Aniversario. Cada dos años, aproximadamente, sucede en mi vida un acontecimiento capital: una novela de Pablo de Santis. A veces, incluso, esa efeméride se conmemora una vez cada doce meses, y otras hasta antes, cuando tengo la suerte de que algún amigo de paso por Argentina me trae un título inédito en España, o cuando topo, gracias a la pura chiripa de mis vagabundeos por las librerías, con un libro juvenil que había dejado pasar hasta entonces. Llevo unas semanas de absoluta felicidad porque en muy poco tiempo mi celebración ha sido doble: azar y novedad editorial se han dado la mano para traerme El buscador de finales y Los anticuarios.

Pero primero, el hombre. Para los que todavía sean tan desdichados como para ignorar su nombre, apuntemos que Pablo de Santis es seguramente el escritor argentino dotado de mayor inventiva, pulso y capacidad de narrar de toda su generación, a este o el otro lado del océano. La hipérbole es justa: De Santis se curtió en los guiones de cómics y la literatura juvenil, esa que, como él mismo menciona en alguna entrevista, no permite sobornar al lector con el prestigio de la academia o el suplemento. A su convivencia con el lado más lúdico, eficaz y dinámico del arte de contar historias, De Santis debe un mérito lamentablemente escaso entre quienes hoy se dedican a esta clase de cosa: el propósito de interesar a quien le lee. Sus novelas son, siempre y primero, una llamada a la curiosidad, al misterio, al lance; luego, una historia bien trabada, generalmente de ámbito criminal o fantástico, y no pocas veces entreverada de ambos; y, last but not least, un estilo límpido, transparente, casi una frase de violín en un cuarteto de Mozart (y perdón por la pedantería): unas frases prestadas de Borges o Bioy que a menudo se precipitan en el aforismo y el calambur. De Santis sería un genial autor de breviarios.

El buscador de finales. Yo no sabía que Pablo (que en ocasiones ha tenido la amabilidad de remitirme personalmente sus novedades australes) había publicado en Alfaguara Juvenil, en 2009, este texto lleno de encanto que reincide en muchos de sus temas comunes: un joven amante de los cómics logra, después de muchos avatares, entrar a trabajar en la editorial de sus héroes; allí desempeña diversos puestos más o menos subalternos, hasta que se convierte en el especialista más exigente de todos: un buscador de finales: aquel profesional que sabe hallar la conclusión más perfecta y redonda a cualquier historia que se le plantee. Es importante recalcar que, en el acervo de De Santis, denominaciones como relatos juveniles o adultos carecen por completo de relevancia: igual que César Mallorquí, Care Santos, Elia Barceló y otros practicantes de la literatura sin límites, ejerce alegremente eso que ahora se llama crossover, a saber: libros sin edad que se recorren con la misma fruición en la escuela que en el geriátrico. El protagonista de El buscador de finales realizará diversos viajes iniciáticos a lo largo de su carrera profesional que irán capacitándole para calcular el final de la historia más compleja de todas: su propia existencia.

Los anticuarios acaba de ser publicado ahora mismito en España por Destino y sigue caliente en los escaparates. Se trata del esperado regreso de su autor a la novela adulta (repito que el adjetivo no vale nada) después del Premio Planeta Casa de América de 2008, El enigma de París, y contiene, como bien enuncia la publicidad de los editores, el personalísimo asomo de De Santis al tema del vampirismo. Los anticuarios, y no quiero meterme en más berenjenales de los necesarios para haceros comprender que debéis leerla, son criaturas melancólicas, inmortales, tímidas y polvorientas que acumulan antigüedades y libros viejos en el fondo de los zaguanes, en esas ciudades en blanco y negro que salen en las postales. Por diversos azares, el protagonista de la historia se irá a enamorar de la mujer menos apropiada y entrará en contacto con un orbe de seres atormentados por una sed atávica que no tolera la gaseosa.

Muchas veces, Pablo de Santis ha producido en mí, como una radiación, ese efecto perverso que se experimenta frente al trabajo verdaderamente bien hecho: la idea de dejar de escribir. Bien o mal, seguimos haciéndolo, aunque eso no importa: lo importante es que sus libros no dejen de llegarnos desde la otra orilla.

(NB, por si las moscas: Todos estos elogios son sinceros y no existe vínculo de familia que los justifique.)

martes, 15 de febrero de 2011

El arte y pasarlas canutas




Un somero examen a la biografía de Johann Christoph Friedrich (1732-1795), el penúltimo de los hijos de Johann Sebastián Bach, e, igual que él y el resto de sus hermanos, maestro músico, no puede sino mover al aburrimiento. A diferencia de su padre, del agitado Carl Philip Emmanuel, del trastornado Johann Christian, Johann Christoph Friedrich llevó una vida de lo más sedentario, horizontal y anodino: recluido en la pequeña ciudadela alemana de Bückenburg, se dedicó a envejecer mientras paseaba por la calle principal llevando bastón y sombrero y pulía sus delicadas composiciones musicales, escondidas de la curiosidad pública durante siglos. Más adelante os hablaré extensamente de ello, pero cuando uno escucha la obra de Johann Christoph queda rápidamente sorprendido: la molicie y el descuido de la biografía no se corresponden con esta imaginación chispeante, estas modulaciones riesgosas, esta paradójica aceptación del brío de vivir. Entre la vida de este individuo y el arte que fluye de ella existe una extraña contradicción, no excepcional, ni mucho menos. En música, el fenómeno es incluso relativamente frecuente: las incendiarias sonatas del padre Soler fueron concebidas por un religioso completamente domesticado por las disposiciones monásticas, y la dulzura enamoradiza del teclado de Blasco de Nebra (por ceñirnos a ejemplos nacionales) provenía de un adusto fraile del monasterio de Montserrat. También en otras artes pueden espigarse ejemplos del mismo contrasentido.

En literatura, todo el mundo está al tanto de que las existencias de Kafka y Pessoa carecieron perversamente de relieve, y que los días de ambos se restringieron a una repetición lastimosa de oficinas, dietarios, tinteros, polvo y desamparo. Si alguien me pregunta a dónde pretendo llegar con todo esto, es a una cuestión que a menudo asalta a esos amantes de las biografías románticas, de las vidas de santos donde abundan la llama y el terremoto: ¿se puede crear sin poseer una experiencia profunda de la vida? ¿Hay espesor suficiente en la obra de un creador que apenas ha abandonado la salita de su casa, que no se ha quitado las pantuflas? ¿Es igual de valioso el artesano que vuelve cada noche a su alfombra y sus niños una vez concluida la jornada en el taller que aquel otro que desparrama su talento por los cinco continentes, entre juergas desenfrenadas, amantes con lunares y vino tinto? Más: ¿son necesarias la desdicha y el dolor para crear con autenticidad?

En fin, yo declaro desde ya que a mí me parece que no. Todo consiste más bien en un pesado malentendido romántico que, desde hace muchos años, obliga al artista a pasarlas canutas con el fin de destilar arte inmortal a partir de sus cuitas. Una tontería, sí, una pervivencia de aquel viejo prejuicio cristiano según el cual el sufrimiento nos vuelve más dorados a los ojos de Dios, o del clásico adagio de Esquilo, no sé si en Los Persas: páthos máthei, el dolor enseña. Pero a mí me da que el dolor no enseña en absoluto. Todo lo más, desespera; todo lo más, embrutece. Una persona que ha sufrido no es más sabia: es más indiferente.

Según un antiguo tópico en el que no creo, para retratar una emoción en una obra de arte, hay que haberla experimentado previamente centuplicada en las propias carnes. Quiero decir: para describir el abismo moral en que sume la pérdida de un hijo, hay que haber visto al propio en la mesa de autopsias, y para calibrar en todo su calado la intoxicación del amor, hay que haber amado sin reservas, en cinemascope. Los partidarios de este punto de vista encuentran incómodas o inexplicables las biografías de los autores que he reseñado hasta ahora. ¿Cómo puede ser honda la música de este sujeto adocenado, que no abandonó su pueblo a no ser para visitar una venta en día de bautizo? ¿Cómo puede comprender el mal una persona que se ha pasado toda su vida conviviendo alegremente con sus vecinos? ¿Cómo alcanza a entender un cáncer de estómago el que sólo ha sufrido un inofensivo dolor de muelas? La cosa se agrava si, además, se reconoce que el artista en cuestión fue feliz. Feliz, sí, esa ordinariez: porque ser artista y, encima, feliz, es como una falta de respeto para con sus biógrafos. Lo cuenta María Rosa Lida en el ensayo que dedica a Sófocles, un escritor desprestigiado por los románticos por el sencillo motivo de que su vida fue enteramente satisfactoria: le sonrieron la salud, el dinero, el amor y la gloria. Y escribió sobre el incesto, la mutilación, el odio, la sangre y el horror de vivir. ¿Era un hipócrita Sófocles? Pero, ¿acaso no todo artista lo es? Y si no lo era, ¿dónde conoció todas esas atrocidades de que habla? ¿Cómo se atreve a afirmar, tal y como enuncia uno de sus personajes más famosos, que afortunado es el niño que muere en el claustro de su madre, que no nacer es lo mejor que puede sucederle a nadie?



Muy probablemente, el arte sea una variante de conocimiento que se sirve de la imaginación. El artista es tanto más perfecto cuanto más es capaz de imaginar otros cielos, otros corazones, otros miedos. Y lo que caracteriza al verdadero artista es la capacidad de reflejar con exactitud pensamientos o emociones que no le han sacudido de veras, que él sólo ha reproducido controladamente en el laboratorio personal de su cerebro. Escribir sobre selvas cuando uno se ha pasado la vida dando machetazos en los manglares no tiene mérito: lo valioso es hacerlo, convencer al público y vivir en un adosado con dos niños repelentes. Dice Schopenhauer, el gran Schopenhauer, que el artista posee el privilegio de asomarse cara a cara a la idea platónica, y de concebir el amor, la valentía, la pasión, el horror y todo el resto de utillería sentimental a partir de sus modelos universales, sin contacto con la realidad. El mismo Schopenhauer, por cierto, que se pasó la mayor parte de la vida refugiado frente al hogar de su chimenea, hablando con su perro, huyendo del contacto de esos seres humanos a los que despreciaba. Y que sin embargo pintó mejor que ningún otro, o ese es mi criterio, las aguas más profundas del pozo de todo hijo de vecino. Incluido tú, incluido yo, incluidos los demás.

sábado, 5 de febrero de 2011

La lección de anatomía


Amiguitos y amiguitas: desde hace una semana me desdoblo y soy dos en vez de uno. A la vez que publico en el espacio de este vuestro fiel Testigo Ocular, concedo mi más ocultos, enrevesados y tétricos pensamientos a una bitácora paralela que se llama La lección de anatomía y que podéis visitar simplemente pulsando el enlace subrayado en rojo en esta misma frase. Se trata de un experimento que no sé a dónde me conducirá. El plan consiste en escribir todos los días con el pensamiento que más a mano me venga, siempre dentro del límite de, digamos, las quinientas palabras. Eso dará pábulo, digo yo, a confesiones, intimidades, anfractuosidades y accidentes varios de la orografía espiritual. El curso simétrico de mis dos blogs no presentará ninguna clase de obstáculo, o eso quiero creer. Reservaremos nuestro viejo Testigo Ocular para presentaciones públicas, libros propios y ajenos, opiniones peregrinas sobre libros, discos y películas, etcétera. El otro, el que ahora no está aquí, revisará las zonas menos oreadas de mi razón y mis sentimientos. Día a día. Espero que le echéis un vistazo. Y que os guste. O que al menos, bueno, no lo encontréis demasiado inútil.