sábado, 15 de mayo de 2010

Fin del mundo del fin



(¡ATENCIÓN! El siguiente post contiene spoilers y desvela detalles incómodos de la trama de cierta novela muy afamada sobre cuya primera o última página sus ojos de usted quizá aún no hayan tenido ocasión de caer. En previsión de males mayores y de destrozos en el ámbito de las expectativas lectoras y el goce estético, le animamos a seguir leyendo sólo en el caso de que haya llegado hasta el punto final de la novela de David Monteagudo Fin, publicada por la editorial Acantilado en Barcelona durante el año 2009. De no ser así, habrá de atenerse a las consecuencias: este blog declina toda responsabilidad en materia de decepciones y enojos.)


El fin de Fin. Es cierto que hacía tiempo que una novela tan refrescante, o difícil de capturar en una definición precisa, no animaba el lóbrego panorama de las letras españolas. Fin, de David Monteagudo, consigue aunar una serie de virtudes que la convierten simultáneamente en una obra manejable, sencilla de leer y abierta al público mayoritario, y al tiempo en una novela de gran dignidad literaria, que conoce y maneja con soltura las principales herramientas del género. Entre dichas virtudes habría que detenerse, sobre todo, en su ponderada combinación de ingredientes: el relato costumbrista, el chascarrillo, el guión cinematográfico, la novela de ciencia ficción, el terror psicológico confluyen para ofrecer un entretenimiento más que aceptable y, a la vez, una exploración de índole muy peculiar sobre nuestros más arcanos tabúes y miedos. No tengo empacho en declarar que Fin es una de las mejores novelas nacionales que he leído de las que se han publicado en los últimos tiempos, si bien debo declarar de antemano que no leo mucho que se publique en los últimos tiempos. Formulado el cual aviso, puedo entrar de lleno en el asunto en que quería ocupar el presente post: en la crítica del que, a mi juicio, es el aspecto más pobre y peor conseguido de la novela. Que, como casi profetiza su título, es el mismísimo fin.


Ten cuidado si alguien te invita a su casa. Creo que no seré el primero (ni el último, me temo) en confesar que encuentro la conclusión del relato francamente decepcionante. Del mismo modo que existen gloriosas escenas parciales (los animales del circo trotando por la carretera, el oso al fondo de la calle en escorzo, los despojos del avión tras la ladera, el tigre que destroza a una mujer que orina), este final no se encuentra a mi entender al rasero de las expectativas depositadas en él. En entrevistas ofrecidas a diversos medios, el autor ha reconocido sencillamente que no sabía cómo terminar. Ha venido a decir, más o menos, que era consciente de que cualquier desenlace podría hacer recelar a los lectores, visto el punto de tensión que se alcanza en ciertas cumbres de la trama, y que por explosiva que pudiera resultar dicha traca final, siempre habría algún olfato que la encontrara escasa de pólvora. Y no le quito razón. Es verdad: suceden tantas cosas, se acumulan tantas incógnitas, se ofrecen tantas pistas entrecruzadas que la inteligencia de quien lee resulta absolutamente subyugada por la posibilidad de una explicación que responda a todas ellas. Cosa que no sucede. El pretexto del autor me resulta pueril y, lo que es peor, nulamente profesional. Dice usted que renunció a dotar a la historia de final porque ninguno le parecía suficientemente bueno. Pero lo problemático del caso es que el final es lo único que impulsa a la historia a seguir adelante; el anhelo por conocer qué sucederá, cuál será el motivo real de la extinción, de la desaparición de la energía, de la desintegración de los personajes (¡) es el único vector que dirige el impulso de quien lee. Sin él, el castillo entero se desmorona. El autor podría replicar: leer libros por el solo placer de conocer cómo acaban es infantil y está superado. Vale, yo admitiría dicho axioma posmoderno, aunque no esté de acuerdo con él, pero jamás en una novela como la suya. Una novela construida en forma de embudo cada uno de cuyos puntos converge en un extremo, una novela que, si bien declara olímpicamente su indiferencia por un final apropiado, no se priva de ir acrecentando progresiva y constantemente la tensión de la narración a través de pormenores de diversa índole. El ejemplo que viene a las mientes es elemental: si alguien te invita a cenar a casa, te pone música suave, enciende velas, elige vino rosado, te descalza con sus propias manos, te pide que te eches en el sofá, te dice que te pongas cómodo y que te desnudes si quieres, te besa detrás de la oreja y comienza a hacerte un masaje en zonas que no dejarías palpar impunemente a tu médico, creo que no recibirías bien que te obligara a vestirte deprisa y corriendo al sonar las doce campanadas. No. El ataque de mala leche que sufrirías en dicha tesitura, sospecho, podría alcanzar dimensiones suicidas. Peores, todavía, cuando la persona que te ha invitado a esa casa alegue: perdóname, pero es que la práctica del coito es infantil y está superada.



Un crucero por el Mediterráneo. Pensando en la novela de Monteagudo me ha venido a la cabeza un ejemplo humorístico que le queda muy cercano y que quizá pueda servir para ilustrar más cabalmente lo que quiero decir cuando hablo de chapuza. En la década de los cuarenta, mientras se asaba al sol del trópico cumpliendo sus obligaciones militares en Malasia, el escritor francés Pierre Boulle (luego ascendido a la inmortalidad por sus obras Le pont de la rivière Kwaï y La planète des singes, que inspiraría muecas impagables a sir Alec Guiness y Charlton Heston) compuso una media docena de cuentos deliciosos donde parodiaba diversos aspectos de la literatura de intriga. El resultado, imprescindible para todos aquellos que manejéis el francés, se titula L’enlèvement de l’obélisque. Nouvelles étranges et inédites, y fue publicado por vez primera por Le cherche midi en 2000 (la edición en la que me baso es la de bolsillo, Pocket nº 13658, 2007). Los protagonistas de todas las nouvelles son los mismos: el inefable inspector Bitard, genio de la criminología que no cesa de beber jarabe dulce y que cuando tiene que pensar se coloca una bata blanca, “porque, al reflejar todas las radiaciones sin absorber ninguna, permite a su fluido una mayor concentración”, y su pacato ayudante Bitard, cuya inteligencia deficiente no es capaz de ver claro aunque haya tres en un burro. Todas las narraciones son espléndidas, pero aquí quiero centrarme en la última de ellas, titulada “El crucero del Alligator”. El argumento es el siguiente: el excéntrico conde d’Outremarne invita al tándem Merlec-Bitard a un crucero por el Mediterráneo en compañía de un círculo de seres pintorescos; a saber: O’Patton, el pintor irlandés; señor González, célebre músico español; Plock, el clown internacional que ha hecho reír a todas las capitales de Europa; madame Elvire, actriz incomparable que ha triunfado el último invierno en París; y Arsène, el campeón de boxeo. Todos se embarcan en el Alligator, “pequeño barco de vela que no tiene nada de especialmente remarcable, a no ser que está provisto de todos los lujos concebibles y que cada pulgada de su interior está ingeniosamente dedicada a la comodidad de los pasajeros”. En fin, muy pronto salta a la vista que el viaje no va a ser tan confortable como esperaban. El humor del anfitrión, el conde d’Outremarne, y su tendencia a las bromas macabras y oscuras, hace sospechar a los pasajeros cuando uno de ellos, el boxeador, aparece muerto en su cama con un puñal en el esternón. Nadie sabe cómo ha podido suceder: están en alta mar y no hay nadie más que ellos en el barco. Se suceden las muertes violentas: aparecen el pintor O’Patton envenenado, el músico González ahorcado de un mástil, el payaso estrangulado, el propio Merlec con el cráneo hecho trizas, el conde cubierto de sangre. Sólo quedan Elvire y Bitard, que es quien narra la crónica. Ambos protestan su inocencia, lo cual deja un estomagante dilema al lector: ¿quién miente? ¿Dicen ambos la verdad? ¿Quién es si no el asesino en medio del mar, sin un alma en leguas a la redonda? ¿Qué subterfugio va a sacarse de la manga el autor para salir de este atolladero? Para colmo, el cadáver de Elvire aparece enseguida en su camarote, con la lengua azulada y los ojos fuera de órbita. Entonces viene el memorable y guasón capítulo 14, que reproduzco en su integridad:


“Aquí tengo que añadir un último capítulo particularmente penoso. No quedaba nadie más que yo a bordo del Alligator. Ascendí al puente, solo, sufriendo por sentir vacilar mi razón. Entonces sentí un golpe espantoso, y me hundí muerto en las aguas profundas.

Mi cuerpo fue hallado a la mañana siguiente medio comido por las gaviotas. El velero se estrelló contra las rocas y jamás, jamás nadie hasta este día ha dilucidado el enigma del Alligator” (ed. Pocket, p. 175, la traducción es mía).


La diferencia entre ambos textos es que mientras Boulle se ríe, denunciando la tendencia de ciertos escritores a meterse en embrollos de los que luego, literalmente, no se puede salir, Monteagudo es precisamente un ejemplo de dicha tendencia. Pero en fin, pese a todo este desacuerdo repito que su novela, de todos modos, es de obligada lectura y no dejaré de recomendarla a quien aún no la conozca; aconsejándole tal vez, como mal menor, que se salte la página final y permanezca eternamente en la dudosa felicidad del coitus interruptus.

3 comentarios:

Juan-Fabian dijo...

Sobre "FIN".
El planteamiento es conocido e incluso tópico (colegas carrozas que se reencuentran, como en la peli de Lawrence Kasdan), el desarrollo desigual con fogonazos magníficos e inquietantes. Y el final... cualquier final nos habría decepcionado...

Pascu dijo...

Entonces diríamos que la novela sería algo así como los chistes de Chiquito...

Luis Manuel Ruiz dijo...

Pascu: símil más atinado que el tuyo parece difícil, por la groria de mi madre.