viernes 27 de noviembre de 2009

Cuéntame un cuento


El laurel. Queridos todos: por la presente os informo de que vuestro atento Testigo Ocular se ha alzado con el VI Premio Iberoamericano de Relatos Cortes de Cádiz, que honra al mejor libro de cuentos presentado en lengua castellana de cualquiera de los países del antiguo imperio sobre el que no se ponía el sol. Los curiosos podrán obtener más información sobre el fallo si pinchan justo aquí. Me gusta lo que señala el acta del jurado, porque parece (pero tal vez sólo lo parece) que uno se aproxima poco a poco a ese ideal lejano y brumoso que se propuso el día en que comenzó a escribir: alaba “la fortaleza y singularidad del estilo, una solidez que en ningún momento riñe con la amenidad, y una visión de la literatura deudora de una tradición muy amplia, que va desde Lovecraft hasta Borges, sin excluir referentes de la cultura de masas, como el cómic o el cine”. Yo no lo habría dicho mejor, la verdad.


Sesión continua. Bueno, en realidad es una noticia muy agradable porque gracias al premio publicaré mi primer libro de cuentos. Aunque no os lo creáis, yo siempre me he considerado a mí mismo más escritor de cuentos que de otra cosa, porque mis autores favoritos son cuentistas (Borges y Lovecraft, sí, y además Cortázar, Monterroso, Poe...), empecé haciendo cuentos y los cuentos es lo que uso como banco de pruebas de las ideas de las que cabe sacar algún partido: en ellos está el laboratorio privado del doctor Jekyll. Seguramente, lo más personal y laborioso que ha salido de mi fábrica han sido esos textos; pero luego llegaron el mercado, las exigencias editoriales, el triste porvenir comercial de obras con menos de cien páginas, bla, bla, bla, y heme aquí con seis novelas a las espaldas. Pero todo puede remediarse: siempre he preferido la miniatura al gigantismo y el susurro a las voces. Así que no hagáis mucho ruido: hacia febrero, si los hados y las imprentas son benévolos, Sesión continua (así se llama el neonato) tratará de deciros algo al oído. Id comprando trompetillas, por si las moscas.

jueves 19 de noviembre de 2009

Mecánica, alquimia y ciencias afines



A veces me preguntan qué influencia tienen mis experiencias per

En el principio era la letra. A veces me preguntan qué influencia tienen mis experiencias personales en lo que escribo, y yo, sincerándome, respondo que poca o ninguna: mis libros suelen proceder de otros libros. Quiero decir: que lo que escribo viene motivado no por algo que me ha sucedido al subir al autobús, o al hablar con el camarero del bar en que desayuno, o cuando mi hijo me hace recoger la pelota de debajo del aparador, sino por algo que he leído. Es como si un libro previo desovara dentro de mí y generara un libro nuevo: como si los libros se reprodujeran y crearan otros libros sirviéndose del conducto de mi imaginación. Obviamente, esta declaración exige sus matices. Por mucho que yo pretenda lo contrario o no le conceda importancia, las vivencias están ahí y el autobús, el camarero y la pelota de mi hijo pasan a formar parte tan inconsciente como imprescindible de la literatura que hago; sólo que eso sucede en forma de trasfondo, como material de acarreo: la arquitectura y los cimientos, o la escena principal, siempre provienen de un libro. Hace un par de posts cité, mal, a Valéry diciendo que el mundo existe para convertirse en un libro; ahora podemos parafrasear ese aforismo, que en realidad es de Mallarmé, y agregar que el mundo también procede de un libro. La cábala hebrea sugiere que el entero universo es un texto compuesto por la infinita destreza de Dios sirviéndose de los veintiocho caracteres del alfabeto hebreo; para el Islam, el Corán, o Libro de la Revelación, es un atributo esencial de Alá como Su Sabiduría o Su Omnipotencia: es decir, que el Corán existía antes de que el mundo fuese creado y lo sobrevivirá cuando le llegue la aniquilación. In principio littera erat.


Irrealismo. Aquí me coloco de golpe en medio del denodado debate entre quienes discuten si la literatura debe escribirse frente a la ventana o frente a la chimenea; si ha de inspirarse en la vida misma, y elucidar sus misterios, o volverle la espalda e idear una realidad alternativa; si ha de repetir aburridamente lo que ya sabemos (el autobús, el camarero y la pelota) o añadir cosas, personajes, situaciones nuevas; si ha de ser, en fin, La comedia humana o Las mil y una noches. Supongo que a mí se me ve el plumero desde lejos y que no necesito posicionarme de modo expreso. Aun así, lo hago: me jacto de practicar una vertiente de la literatura que, a falta de mejor etiqueta, califico de irrealismo. Me gustan los libros cuanto más alto vuelen, cuanto más inventen y más difícil resulte reconocer el mundo que se entreteje por debajo de sus párrafos: adoro las aventuras en países exóticos, las biografías de hombres muertos, las especulaciones más abstractas, el ilusionismo, la mentira, las nubes, los astros. Concedo a la literatura el poder de hechizar: el libro que amo ha de transportarme, tanto en el sentido que daría a ese verbo un conductor de Tussam como una estrofa de Santa Teresa; el libro ha de ser una ratonera por donde huir del punto exacto del espacio y el tiempo al que el azar nos ha encadenado, debe despertar una corriente que, procedente de otros cerebros y otros corazones, electrocute los nuestros; el libro ha de ser, como el mapa y la enciclopedia, un mundo en miniatura. En pastillita, in a nutshell, que diría el príncipe de Dinamarca. Por eso me encanta la última obra de Juan Jacinto Muñoz Rengel.


Ciencias arcanas. Esta tarde, el también escritor y no por ello menos amigo Félix J. Palma presenta en la Delegación del Principado de Asturias en Madrid (Glorieta Ruiz Jiménez, 1) De mecánica y alquimia (Salto de Página), un florilegio de narraciones que cuenta con todos los ingredientes que exijo a la literatura tal y como los he reseñado más arriba y que hará las delicias de almas de mis mismas dimensiones, o con los balcones orientados en la misma dirección. Perteneciente al linaje de Borges, y de Joan Perucho, y de Pablo de Santis, y de Ángel Olgoso, y de Pilar Pedraza, la familia a la que a mí me gustaría pertenecer, Muñoz Rengel descree jubilosamente de ese antiguo prejuicio según el cual el escritor ha de dedicarse a retratar cual objetivo fotográfico la realidad que le circunda, y a limitarse, por tanto, a grabar conversaciones de cafetería y referir chismes. Sus relatos transcurren en la Toledo mahometana del siglo XII, en la Praga de Tycho Brahe, en abadías medievales y el Londres del steampunk: lugares o épocas aprendidos en los libros, que son puertas y pasillos, y que nos pueden conducir a lugares insólitos con sólo abrir las tapas. El título de la recopilación no es baladí. MR nos propone tratar sobre mecánica: sobre cómo colocar las piezas, los resortes, las clavijas y las tuercas de una historia bien montada para que realice su tarea tal y como debe: capturar al lector, cobijarle bajo sus frases durante cierto tramo del recorrido y abandonarlo de nuevo a la lluvia no sin antes dejarle con una sensación de prodigio y gratitud en los labios. Pero MR trata también de alquimia: de qué jugos, y hierbas, y piedras extrañas pueden ayudarnos a reciclar nuestro mundo de todos los días y convertirlo en algo distinto de lo que es, o a descubrir la cara que permanece oculta bajo su aparente color de humo. En este sentido, cada cuento de MR es, como confiesa abiertamente el título de uno de ellos, una lapis philosophorum.


Pasaos por allí. Amigos, aprovechad quienes os halléis en Madrid y no estéis atados por compromisos de sangre, papel o rejas para daros una vuelta por la Delegación del Principado a las 20:00 horas y escuchar a un amigo de las letras que vuelan. Si os dejáis es posible que os lleve au-delà les nuages, a la mismísima Luna, como hizo el hipogrifo con el bueno de Astolfo.

jueves 12 de noviembre de 2009

Ich bin ein Berliner



Berlín

Berlín. A menudo la gente me pregunta de dónde procede este inveterado amor mío por esa ciudad llena de hormigón mal digerido, edificios de cristal y recuerdos que saben a pomelo. Y no sabría contestar muy bien, porque parece que las ciudades, los libros, los signos nos escogen y nos convierten en sus mascotas antes de que nosotros nos decantemos por ellos. Ni siquiera puedo determinar con exactitud cuándo sentí la llamada de Berlín por vez primera, aunque lo cierto es que llevo oyendo su canto de sirena desde hace muchos, demasiados años. Tanto la amaba que me resistía a viajar hasta allí. Porque sucede que cuando la imaginación ha trabajado demasiado un objeto, cuando lo ha pulido, y barnizado, y revisado sus aristas y sus huecos hasta el último milímetro, la colisión con la realidad puede resultar demasiado severa. A saber: el Londres de Heathrow Airport no es el de la niebla victoriana, ni el de Chesterton, ni el de Stevenson; el París de Cortázar sencillamente no existe, salvo tal vez en las fotos de Robert Doisneau; y sobre el Manhattan de Woody Allen mejor pasar de puntillas. En mi interior Berlín crecía, acera a acera, parque a parque, y se iba llenando de viejas universidades neoclásicas, avenidas sobre cuyos tilos se convertía en oro el aire del atardecer, mujeres con anorak, hogueras donde ardían bibliotecas, murallas de cemento, minaretes de metal; el terror casi me paraliza cuando por fin puse el pie en el aeropuerto de Tegel y me enfrenté alo que queda más allá de las fronteras de la fantasía. Entonces supe que no me había equivocado: Berlín me recibió con todo su caudal de símbolos y le añadió unos cuantos más (la Currywurst, el Zoo, el mercadillo de los domingos frente al Pergamonmuseum, la Kastanienallée y más). Me abordó y me sigue abordando un pensamiento que he puesto en palabras alguna vez: no sé qué hace la gente fuera de Berlín.


Criaturas mitológicas. Esta semana he seguido con una distraída complacencia la miríada de imágenes que desde nuestros televisores conmemoraba el derrumbe del muro. He visto lo del dominó, claro, y la enésima repetición de las escenas con martillos y mazas en que el comunismo europeo queda reducido a un montón de escombros. Me ha interesado sobre todo un reportaje que emitieron el martes en la segunda cadena pública y donde se entrevista a personajes a los que ya se interrogó veinte años atrás sobre el significado de la demolición y lo que esperaban de un futuro sin tapias. La mayoría de ellos habían pasado de idealistas barbudos o artistas con abrigo de espigas a padres de familia tripones y quizá aburridos: me dio la impresión de que añoraban aquel sistema tiránico contra el que podían rebelarse, al que podían odiar y que amueblaba, aun en negativo, los ángulos desocupados de sus vidas. Antes, los berlineses del este eran criaturas mitológicas, sirenas, unicornios; ahora son vulgares contribuyentes igual que aquellos que los miraban pasear desde el otro lado de la verja del corral.


Una de ellos. Con todo esto me he acordado, naturalmente, de la única sirena que he tenido ocasión de conocer en persona y con la que incluso he podido conversar. Se llama Jana Simon, tiene los ojos verdes y el cabello negro, y es una de las mujeres más deliciosas, inteligentes, bellas y perturbadoras que he se me ha puesto delante. Se dedica también a la literatura, este oficio de acomplejados. Me enamoré de ella (cómo no) durante un congreso de jóvenes escritores europeos que nos reunió en un pueblecito de los Apeninos, hará ya la friolera de un lustro. No está traducida al castellano; lo que he leído de ella en versiones italianas relata precisamente, con mucha ironía y acaso nostalgia, la vida en aquella república artificial de siderúrgicas y palacios de ópera y su brutal contraste con la realidad que la amenazaba desde el otro lado de una valla. Frente a un mirador que nos mostraba en todo su esplendor los verdes valles de la Emilia, le pregunté qué edad tenía ella cuando cayó el muro (dieciocho) y qué recuerdos guardaba de su derrumbe: me dijo que fue una época maravillosa, la época de las esperanzas, parecida a la madrugada de un niño que aguarda la llegada de los Reyes Magos. No inquirí qué le habían traído a ella; no sé si en casa guardará una cajita llena de oro, de incienso o de mirra. O de carbón.

El fin del mundo. Evocar el muro, evocar la caída del muro, me ha despertado también otras asociaciones. Como la de David Bowie contando en un documental cómo grabó Heroes en Berlín, en un estudio desde cuya ventana se veía el este de la ciudad, y cómo esas calles con el aire gris de una posguerra sin aclarar le prestaban impulso para gritar con mayor brío el famoso estribillo. Hasta ese mismo estudio, animado por aquellos mismos sentimientos de melancolía o miedo, se desplazó también Lou Reed para grabar el disco más turbio de su carrera; naturalmente, Berlin: In Berlin, by the wall, / at a small café, / can you hear the guitar play? / It was very nice. No sé si Berlín será el centro del mundo (para mí lo es, y pasaría confortablemente lo que me queda de vida estudiando a los clásicos en la Alexander von Humboldt, alimentándome de salchichas y visitando tiendas de segunda mano bajo un frío que endurece los dedos), pero lo que sí parece es su final. Hay un curioso cuento de Bioy Casares cuyo título no puedo citar porque no tengo el libro a mano en que el protagonista visita el este durante una breve excursión en autobús (entonces se estilaban aquellos safaris políticos). Se pierde; se interna en callejones que desconoce, el ambiente tétrico le espanta; en casa de un individuo que le ofrece cobijo, halla una puerta; esa puerta, al ser atravesada, conduce a un lugar imposible de otra parte de la ciudad; el protagonista comprende que ha topado con un bucle, un límite, una especie de falla en la topografía del espacio y el tiempo que le revela que el universo también tiene fronteras. Hay muros mucho más abstractos que los que se fabrican con hormigón.

domingo 8 de noviembre de 2009

El arte de la memoria



Vague memories, nothing but memories

W. B. Yeats, Broken dreams


Una noche del siglo VI antes de Cristo. El poeta Simónides de Ceos fue contratado por el comerciante tesalio Scopas para que cantara un panegírico en su honor durante un banquete ofrecido en su casa. El poema fue un éxito que los invitados de Scopas celebraron debidamente, incluyendo la estrofa que Simónides había dedicado a los gemelos divinos Cástor y Pólux. Pero llegado el momento del pago, surgieron los problemas: el ruin comerciante desembolsó en las manos de Simónides sólo la mitad del estipendio acordado; la otra mitad, dijo, debían pagársela los Dióscuros: si ambas partes, los hermanos y él, compartían homenaje, justo era también que compartieran gastos. En ese momento, un sirviente anunció al poeta que dos desconocidos le aguardaban en el vestíbulo. Simónides salió, pero no encontró a nadie; mientras se hallaba en la calle, el techo de la casa se vino abajo y todos sus habitantes murieron, incluyendo los invitados. Tan tremendo fue el desastre que resultó imposible reconocer a los cadáveres por sus trazas: habían quedado desfigurados. Pero Simónides recordaba la posición que cada cual había ocupado en sus divanes mientras él recitaba, y por eso pudo resolverse quién debía ocupar cada ataúd. Otorgar posiciones a las palabras, los conceptos, los rostros es una regla primera y esencial cuando se quiere preservar algo en la memoria, descubrió el vate: y así fundó, dice Cicerón, el arte de la memoria.


Frances Amelia Yates. La leyenda se refiere en el libro segundo del De oratore y forma parte de las muchas anécdotas y revelaciones que contiene el capítulo primero de El arte de la memoria, de Frances A. Yates. Por fin, la editorial Siruela acaba de rescatar este clásico de la historia del pensamiento, del arte o de las ideas (que no sé dónde incluirlo), traducido remotamente al castellano y perdido desde hacía décadas en los infiernos de las bibliografías descatalogadas. La nueva traducción corre a cargo de Ignacio Gómez de Liaño, que comparte intereses y no pocos puntos de vista con Yates, esa clamorosa desconocida. No me explico que su nombre resulte prácticamente anónimo en los medios culturales de nuestro país, si tomamos en cuenta el interés de sus aportaciones en el campo de la historia de las ideas (en fin, conformémonos con esta etiqueta). Cierto es que para el lector medio otras personalidades imprescindibles del tenor de Erwin Panofsky, Aby Warburg, Fritz Saxl o incluso Ernst Gombrich resultan igual de insólitas. Mal: privarse del acercamiento a esta pléyade de eruditos, que lo mismo iluminan aspectos oscuros de la evolución de la pintura que de la filosofía u otras artes arcanas (circula por ahí un texto antológico en que Panofsky compara el radiador del Rolls-Royce con las fachadas de Palladio) es dejar de lado algunos de los manjares más suculentos que una biblioteca puede ofrecer. A Yates le cabe, desde luego, un puesto de honor entre todas esas bandejas. El primer libro suyo que cayó en mis manos fue La filosofía oculta en la época isabelina, en la edición de Fondo de Cultura Económica en que luego aparecería lo poco de su obra que ha alcanzado esta orilla del castellano. Pero su gran título, también agotado en España, es Giordano Bruno y la tradición hermética (1964, publicado por Ariel en 1983 y 1994), un ensayo puntero que marcó todo un viraje en los estudios sobre el pensador italiano: Yates inauguró la visión que hace de Bruno menos un filósofo que un taumaturgo y destacó la importancia de las ciencias ocultas (magia, astrología, cábala) para comprender en propiedad la cosmovisión renacentista. Giordano Bruno... es un festín pantagruélico, y lo mismo sucede con su segundo gran título, El arte de la memoria. La felicidad de haberlo releído en tres o cuatro ocasiones se la debo al ejemplar de la edición original (Routledge & Kegan Paul, London, 1966) que se conserva en la facultad de Filosofía de Sevilla; más tarde me hice con la versión italiana de los tascabili Einaudi, esa colección de bolsillo con la que ni podemos soñar en España: precisamente lo tengo delante y miro la famosa Alegoría de la prudencia, de Tiziano, que le sirve de portada. Ahora, por fin, tenemos el libro en casa. Aunque no sé si las cuentas salen: la edición italiana cuesta catorce euros; la española, treinta y seis. Casi compensa irse a Italia a comprarlo, y de camino cambiar de aires.


Recuerde el alma dormida. El arte de la memoria recorre un capítulo olvidado de la historia de las ideas y del arte occidental. Durante siglos, las escuelas de oratoria y los estudiantes de humanidades se adiestraron en una disciplina enigmática que tenía por objeto fortalecer su memoria: su fin era alojar la mayor cantidad posible de discursos o datos librescos. A tal efecto, se pedía a los iniciados que imaginasen edificios mentales, o figuras extravagantes, en los que la imaginación debía ir prendiendo detalles llamativos que los liberarían del olvido. Según Yates, existen multitud de tratados (la Iconología de Cesare Ripa), de obras pictóricas (la citada alegoría de Tiziano), incluso de edificios (el Teatro Olimpico de Palladio en Vicenza) cuyas misteriosas características sólo pueden explicarse gracias al ars memoriae: en realidad se trata de construcciones concebidas para preservar los recuerdos. Yates traza la biografía de esta ciencia ignota desde sus orígenes con Simónides de Ceos hasta su decadencia en la era barroca, y se detiene a estudiar sus grandes hitos: el Teatro de la Memoria de Giulio Camillo, una fábrica de madera y estuco recorriendo cuya disposición cualquier mente podría almacenar la totalidad del saber humano, los proyectos mágico-mnemónicos de Giordano Bruno y el enciclopedismo del rosacruz (y minusvalorado) Robert Fludd. Lo dicho: un banquete de cinco tenedores para amantes de la gastronomía intelectual.


Donde habite el olvido. Otra cuestión es, desde luego, si merece la pena recordar. Cito un adagio de Arthur Schnitzler: la felicidad consiste en disponer de buena salud y mala memoria. Frase, sí, memorable del todo.

viernes 30 de octubre de 2009

Lo mejor de cada casa



La pregunta del millón. La otra tarde, en mi puesto de trabajo, presencié cómo una compañera hacía una confesión escalofriante. En sentido literal: al oírla sentí un escalofrío que no sé de dónde venía, si de fuera (las puertas de la sala no estaban bien cerradas) o de debajo de las costillas, donde suele hacer bastante frío a ciertas horas. Bueno, la susodicha dijo: “De verdad, no entiendo para qué sirve comprar libros; una vez que los lees, ¿qué haces con ellos?” Digo que sentí frío, porque la cosa así expuesta, en su diabólica simplicidad (o simpleza) nunca había estado a mi alcance. Es decir: yo siempre había pensado que el libro, los libros, eran un fin en sí mismo, y no un medio, por parafrasear a Kant (que escribió muchos libros). Lo cual, en efecto, me hizo plantearme la pregunta con la misma crudeza con la que la susodicha lo había hecho: ¿por qué conservar el libro después de usarlo? ¿Por qué no arrojarlo a la basura, con los kleenex llenos de mocos, las pelotas de papel higiénico y las cabezas chupadas de las gambas? ¿Qué impulso oscuro —e inútil— me obligaba a mantenerlo junto a mí, es más, a acogerlo en mi casa de por vida y concederle un espacio que ventajosamente podrían ocupar electrodomésticos, fotos movidas o recuerdos aterradores de vacaciones que se fueron? En un curioso ensayito titulado Las bibliotecas de Dédalo, el bibliófilo Enis Batur se cuestiona sin ambages: ¿por qué erigir una biblioteca personal? ¿De qué se protege quien rodea su casa de libros?


Flores de invernadero. Tiempo atrás (hasta la llegada de la susodicha) los libros habían significado prestigio. No el mismo desde luego que la sortija o el pisacorbatas de oro, o que la cicatriz en el mentón del marinero, pero prestigio a su manera. Uno criaba una biblioteca exquisita, estrambótica, provocativa o coqueta como un jardín esmerado, para sorprender a las visitas. Enseñarles la biblioteca a los vecinos o al cuñado interino (si uno tiene una hermana casquivana) era como decirles: y este, amigos míos, es mi cerebro. Esa acumulación indiscriminada de libros con el fin, confeso o no, de recabar el interés o el respeto del prójimo despertó la risa de muchos intelectuales. Por limitarnos a los clásicos: en un opúsculo famoso, Séneca critica a X., que ha reunido una colección de dos mil absurdos volúmenes: como si alguien, añade, tuviese tiempo en toda su vida para leérselos todos. Conocido también es el sarcasmo de Luciano de Samósata, que se mete a mala leche con los coleccionistas de libros que ni se molestan en leer los frontispicios de las obras que acumulan en sus estantes. “Y si estás firmemente decidido a permanecer en manía semejante —clama—, ¡adelante!, compra libros, tenlos bien guardados en casa, y saca el máximo partido de tan famosa compra; con eso tienes bastante. No se te ocurra ponerles la mano encima, ni leerlos, ni mancillar con tu lengua textos y poemas de hombres del pasado y que no te han hecho ningún daño” (Contra un ignorante que compraba muchos libros, traducción de José Luis Navarro González, en Obras, Madrid, Gredos, 2002, vol. II, p. 119).


El hombre de las Luces. ¿Por qué comprar libros? ¿Por qué conservarlos después de recorrer el punto final, de cruzar la última página? ¿Por qué llevarlos en un bolsillo del abrigo las tardes de lluvia, por qué conmutarles la eutanasia aun cuando los lomos están gastados y la encuadernación se cae hecha migas de puro vieja? ¿Por qué meterse con los libros en la cama, por qué buscarles un hueco en la bolsa de viaje, por qué internarse con ellos en el baño, para hacer esas cosas que nadie puede hacer por —ni con— nosotros? Creo que todo responde a un antiguo malentendido, que los amantes de los libros somos idealistas incurables, es decir, incurables tontos: nos creemos que los libros nos vuelven mejores. Sí, como el Audi, o la corbata, o el apartamento de la playa. La otra noche estaba yo en Málaga conversando, entre otros, con el propietario de la librería Luces, una de las de mayor relumbrón (y perdón por la facilidad) de la capital. Se habló del negocio de la edición, del de la distribución, del de la venta, de los que unos y otros se quejaron preceptivamente; se lanzaron las preguntas retóricas de rigor, para qué me he metido yo en esto, no sería mejor haberme hecho funcionario, ya puestos a vender por qué no teléfonos móviles o los chuches de Rajoy, etcétera. Por fin, el hombre de las Luces dijo una frase impresionante, otra frase que me escalofrió no menos que la de la susodicha, y tampoco entonces supe si el vientecillo que traía venía de las rendijas de la puerta entreabierta o era un soplo del corazón, interrumpido en mitad de la diástole. Si he comenzado con una frase oprobiosa, justo es que concluya con otra que le sirva de contrapeso. Aquel hombre dijo: pero yo estoy seguro de que por mi librería pasan las mejores personas de mi ciudad. Y yo a mi vez estoy absolutamente convencido de que decía la verdad.

miércoles 21 de octubre de 2009

La magia de Midas

El Congo Belga El Congo Belga

El Congo Belga. En junio de 1890, Joseph Conrad acababa de firmar un contrato como oficial de vapores fluviales con la Société Anonyme Belge pour le Commerce du Haut-Congo. Hasta el momento, había sido tibiamente escritor, pero sin insistir: se llevó a África, a la que le ligaba un compromiso de tres años de duración, una novela apenas empezada con el título de La locura de Almayer. Ese encabezamiento casi resultó premonitorio; los tres años se convirtieron en seis meses en cuanto el joven polaco con ínfulas de artista se enfrentó con la selva profunda, con el salvajismo de los colonizadores, con la fiebre, la disentería y, por supuesto, la locura. Aquella experiencia, que le dejaría de por vida las secuelas del reumatismo, la neuralgia y los ataques de asfixia, supuso toda una inflexión. “Antes del Congo era un perfecto animal”, dicen que dijo. Muchos años más tarde, aquel choque traumático encontraría su justificación y su sentido en una obra maestra: El corazón de las tinieblas. Era necesario, poéticamente hablando, que Conrad sufriera los azotes sucesivos de la enfermedad, del vértigo, del miedo, para que ellos nos entregaran su novela. El arte es la magia del rey Midas: recicla todo cuanto encuentra por terrible o insano que sea y convierte la basura en oro puro.


La piedra de Sísifo. En setiembre de 2000 llegué a Erewhon con el fin de cumplir una misión para el gobierno que aún no ha concluido. En ese lapso de nueve años (que pronto se convertirán en década) he habitado cuatro casas distintas, he convivido con tres personas, he compartido centro de trabajo con docenas que no puedo calcular, he escrito cuatro novelas y no sé cuántos relatos, he sufrido insomnios, y borracheras, he perdido una mujer y he ganado otra, he tenido un hijo y he envejecido. Soporto este lugar y a mi modo lo aprecio igual que el cuerpo tolera esas enfermedades leales hasta la muerte como el reuma o la nostalgia, que llegan para quedarse. Durante nueve años he pensado que este era (es) un destino provisional y basándome en ello he construido mi vida sobre una fecha de caducidad: un cambio que nunca llega, un recodo que nunca consigo alcanzar, la cumbre hasta la que Sísifo trata de aupar su canto rodado. Al principio creí que podría ser feliz en este rincón apartado del progreso, y durante un tiempo me contentó esta reclusión en compañía de mis libros, la música, el humo perdido de los pensamientos y las amistades que cambiaban de cara como reflejos en el agua. Luego la amarga verdad se hizo patente: echaba de menos los cines, y las librerías, y los cafés, y las muchachas rubias que pasan de refilón por las avenidas, y la vida se me partió en dos mitades. Yo1 era ese personaje incólume que soñaba con marcharse algún día a París o Manhattan y que redactaba su obra secreta en contacto con la gran ciudad; Yo2, no menos real y preocupante, era un amargado al que habían condenado al exilio en un páramo lleno de piedras desmigadas y perros con sed. Imposible reconciliarlos. De esa fisura surgió, sigue surgiendo inagotable igual que el vapor de un géiser, la tragedia de mi vida.


El dolor enseña. Una tradición secular intenta ennoblecer las desdichas convirtiéndolas en pretextos para la obra de arte. Es decir: es necesario sufrir con el fin de adquirir los conocimientos y el talante necesarios para rematar la gran obra. En cierto canto de la Ilíada se lee que los dioses tejen desventuras para los seres humanos con la intención de ofrecer material a los poemas épicos, y todos recordamos aquella (optimista) fórmula de Valéry según la cual tout aboutit à un livre. Conrad supo destilar su experiencia en el Congo y transformar el horror y la decepción sufridos en el combustible de su novela más paradigmática y mejor recordada. Ese pensamiento, como es natural, me ha atormentado durante todos estos años de destierro en Erewhon. Intentaba convencerme a mí mismo de que este aburrimiento, este desamparo y esta hartura podían ser beneficiosos si de ellos extraía madera para alimentar la hoguera de una extraordinaria obra futura: pero esa obra no se dejaba encender, y si prendía acababa por consumirse a los pocos chispazos (encender un fuego parece una cosa muy sencilla en las historias de Jack London, pero ¿lo habéis intentado en serio alguna vez?). De pésimo humor y rondado por negros pensamientos, quise ponerme solemne y dedicar un monumento al hastío de vivir. Perpetré una novela ambientada en la Alemania de posguerra donde un antiguo artista era obligado a trabajar en una fábrica de cocacola, con las reflexiones de rigor: un despropósito. Escribí algunos cuentos que tal vez no estaban mal y en los que viajantes de comercio languidecían en moteles de carretera o ingenieros de caminos trazaban en el desierto carreteras que no conducían a ninguna parte. De momento, sigo sin encontrar la obra que redima todos estos años, que los justifique. Lo más parecido es un argumento que acaricio desde hace meses, una novela de terror que anda a caballo entre el Salem’s Lot de Stephen King y el Innsmouth de Lovecraft, protagonizado, claro, por un pueblo lleno de vampiros o de zombis.


Mi último consuelo. Aquí en Erewhon no tengo biblioteca y no puedo citar exactamente ese poema de Cavafis que adoro y que dice más o menos que nunca llegarás o dejarás tu ciudad; estabas allí antes de irrumpir en ella, te quedarás cuando te marches. Y luego pienso: ¿y si Erewhon es realmente mi patria pero no alcanzo a comprenderlo?

viernes 16 de octubre de 2009

¿Agorafobia?


Amenábar, Amenábar, moro de la morería. En fin, el lunes anduve a ver la película de Amenábar. Naturalmente, me picaba la curiosidad por ver de qué modo había retratado Alejandro esa ciudad bulliciosa y convulsa que estuve visitando en visiones durante año y medio, así como la Hipatia por la que finalmente se había decantado: si la histórica, si la mitológica, si la ilustrada, la romántica, la prerrafaelista o alguna otra de su invención. Mi veredicto: la película es altamente recomendable. No comprendo ni comparto esa agorafobia que se ha apoderado de ciertos medios donde se la moteja de frígida, de académica, de banal; considero, muy al contrario, que es una historia bien narrada, con sus clásicos héroes, villanos y crisis dramáticas que mueve a la emoción a las almas bien criadas (mi hermana, sin ir más lejos, empezó a llorar en el momento en que Orestes suplica a Hipatia que se bautice y ya no paró hasta el final). Aprecio en lo que valen los manejos técnicos del director (esos planos cenitales, esas perspectivas a lo Google Earth con la imagen nubosa de Alejandría entre el Mediterráneo y el lago que ya no existe, esa curiosa inversión de la imagen en el momento en que las hordas cristianas asuelan la Biblioteca), así como otras sutilezas del guión que me parecen el colmo de lo delicado: como reconstruir el sonido del aulós que Orestes tañe en la escena del teatro o el hecho de que los personajes se refieran a los planetas calificándolos como “las errantes” (en efecto, tai planetái significaba en griego antiguo “las [estrellas] errantes”). Además, a Rachel Weisz el peplo le sienta de caramelo. Por lo demás, considero que la tendenciosidad del argumento, que ni es inocente ni pretende presentarse como tal (sí, los filósofos son higiénicos, lampiños y educados, mientras los cristianos parecen sacados de un cásting entre miembros de Al Qaeda), es de plena vigencia en los tiempos que corren: estamos hartos de integrismos y de mesías cerriles que dicen disponer de línea telefónica directa con Dios.

El domingo, en la tele. El próximo domingo día 19, a las 19:30, podréis verme en el programa El público lee, de Canal Sur 2, conversando acerca de Tormenta sobre Alejandría en compañía de tres amables lectores. Quienes ya la habéis leído tendréis oportunidad de contrastar vuestras impresiones con las de los invitados al estudio, y quienes aún no lo hayáis hecho... Bueno, ¿a qué estáis esperando de una vez?