lunes 5 de marzo de 2012

Más sobre el Holmes barato de Barcelona



Como apuntaría mi querido César Mallorquí: para que luego digan que los blogs no sirven para nada. Hombre, para cosas útiles no sé, pero ¿quién es tan vulgar como para buscar sólo las cosas útiles y beneficiosas de la vida? Después de leer el post que colgué ayer mismo sobre el Holmes barcelonés, la esforzada y asidua lectora de este blog Elena Rius (¡gracias, Elena!) tuvo a bien remitirme un enlace a la Biblioteca de Catalunya donde se mencionaba, en efecto, una publicación similar a la que yo había citado y buscado hasta la saciedad por los rincones de Internet sin conseguir nada. Mencionaré en mi descargo que había consultado los diversos índices de The Alternative Sherlock Holmes: Pastiches, Parodies and Copies (Ashgate, 2002), de Peter Ridgway Watt y Joseph Green, obra de referencia en el asunto que nos ocupa, y que había transitado Google arriba y abajo tecleando como términos de búsqueda “Sherlock Holmes”, “Memorias últimas”, “pulp” y “Barcelona” (eran los únicos datos con los que partía). Ya sabemos todo lo que obtuve, pero gracias a Elena ahora podemos ampliar nuestra información. Y me he enterado de lo que sigue.

Eduardo Giménez González tiene una página abierta (“Sherlock Holmes en español”) donde, con mucha paciencia y virtud de entomólogo, ha reunido todo lo concerniente al personaje en nuestro idioma. Es ahí donde hallo el siguiente párrafo, que paso a copiar:


En vista del increíble éxito de Sherlock Holmes, un avispado editor berlinés, prescindiendo de los derechos de autor, decidió por su cuenta publicar (¡en vida de Doyle!) nuevas aventuras del detective. La serie se llamó "Detectiv Sherlock Holmes und seine weltberühmten abenteuer" (El detective Sherlock Holmes y sus más famosas aventuras). Apareció el 17 de enero de 1907 y se extendió, a pesar de su mala calidad, nada menos que a 230 aventuras hasta el 8 de junio de 1911. Mientras que el doctor John H. Watson se consagra a su ultima esposa y a su clientela, Holmes prosigue su carrera de detective consultor. Con un nuevo ayudante, Harry Taxon, el detective vivirá tremebundas aventuras. Estas aventuras se publicaron en España con el título genérico de "Memorias Íntimas de Sherlock Holmes", independientemente y en libros que reunían varias aventuras.


Así sabemos que las historias no son originalmente españolas, sino alemanas, y que conocieron un éxito gigantesco en los primeros años de nuestro siglo. Aparte, el título correcto sería Memorias íntimas, y no Memorias últimas, que es lo que escribe Ellery Queen. La Biblioteca de Catalunya registra una colección ¡de setenta y cuatro volúmenes! publicada en Barcelona por F. Granada y C. circa 1910, que con toda probabilidad conocería una serie de reediciones tan despreocupadas en cuestión de autoría y referencias como la original. Y digo esto porque el blog Novela popular, regentado por cierto Marqués de Ferblanc, menciona unas Sherlock Holmes: memorias íntimas del rey de los detectives sin fechar, pero probablemente pertenecientes a los años cuarenta, publicadas en esta ocasión por Ediciones Povi de Barcelona, que son clavaditas a los pastiches germánicos que ya conocemos. El susodicho Marqués tiene la gentileza de incluir imágenes de las portadas de Povi, una de las cuales añado aquí para instrucción del curioso público, y reconoce, de acuerdo con Queen:


Si no habéis oído nunca hablar de estas novelas es por algo. Desde mi punto de vista son muy malas. El personaje de Holmes aparece desdibujado, un conjunto de tópicos mal presentados y que para más inri, no se corresponden con el personaje de Doyle. Si a esto le sumamos que los secundarios se presentan más que como personajes como comparsas sin personalidad, los villanos son truculentos hasta la irrealidad y las situaciones son pueriles ¿Qué más puedo decir?

           
Hasta aquí da de sí, por ahora, el Sherlock Holmes de Barcelona, que ha resultado no ser de Barcelona ni ser Sherlock Holmes. Y ahora, os preguntaréis con razón: y tanto gasto de energía y búsquedas, ¿para qué? Y yo os responderé con una frase similar a aquella con la que he encabezado la entrada: cierto, pero ¿a quién le importa la utilidad de algo?

Decir que hay cosas superfluas es fomentar un malentendido: es dar a entender que hay cosas que importan de verdad. 

domingo 4 de marzo de 2012

El Holmes barato de Barcelona



Por razones que no vienen al caso, el otro día me hallaba yo recorriendo uno de los libros más gratos que se pueden arrancar a una estantería, The misadventures of Sherlock Holmes (1944), de Ellery Queen, y me topé con unos párrafos que me llenaron equitativamente de estupor, curiosidad y vergüenza ajena. Aclaro que en este volumen imprescindible para amantes del detectivismo, el humor y la hipertextualidad literaria, Queen, conocido crítico y teórico del género negro amén de autor, reúne por vez primera las parodias que escritores amigos o rivales dedicaron a Sherlock Holmes, ese mito irrompible, desde su aparición en 1889 hasta la fecha de la antología, que es, como he puesto más arriba entre paréntesis, 1944. En semejante florilegio, repleto de imaginación e irreverencia, el lector topará con el descacharrante Sherlaw Kombs, inepto salido de la pluma de Robert Barr, y con el exquisito Solar Pons, de August Derleth, el único heredero de Holmes que merece verdaderamente ese título; se incluyen también sátiras y homenajes de J. M. Barrie, Mark Twain o Agatha Christie. Pero, naturalmente, como en toda antología, tan importante como lo que se incluye es lo que no. Y aquí es donde está la madre del cordero.

En una introducción llena de diapositivas y recuerdos de infancia, Queen nos confiesa lo que ha disfrutado desde pequeño leyendo las aventuras de Conan Doyle y lo satisfactorio que le ha resultado reunir un libro como este. Explica quiénes son los que están allí y por qué. Y a continuación pasa también a mencionar lo que quizá debería estar pero no está, por motivos diversos. No está, porque el intelectualismo de la trama excede con mucho (dice él) el interés del lector medio, la trama que Andrew Lang inventó en torno a la solución del último episodio del Edwid Drood de Dickens (la novela que Dickens escribía en el momento de morir, la única novela policíaca que Dickens se arrojó a escribir, y a la que la muerte convirtió en la obra abierta por excelencia de la historia de los crímenes literarios); no están (y es lástima) los pastiches de H. Bedford Jones, donde se revelaba la verdad sobre el contenido de la “caja de hojalata abollada y gastada por los viajes” que Watson atesoraba en un sótano del banco Cox & Co., en Charing Cross (The Adventure of the Atkinson Brothers, entre otros, o The Affaire of the Aluminium Crutch). Y seguidamente, Queen practica un punto y aparte y escribe lo siguiente, que traduzco de manera literal (Boston, Little, Brown and Company, 1944, páginas XIII-XV):

Hemos omitido también (esta vez sin pesar) la traducción de alguno de los numerosos pastiches de “Sherlok Ol-mes” malparidos, por así decir, en las fábricas de literatura barata de Barcelona. Fueron escritos por periodistas anónimos y difundidos a través de los países de habla hispana del mundo. Entenderán nuestra reserva cuando lean la siguiente sinopsis, generosamente facilitada por ese infatigable entusiasta, el señor Anthony Boucher. Ejemplo típico de lo que le sucede a Holmes en Memorias Últimas es este popurrí hirviente de sexo y efectismos titulado Jack el Destripador.

La historia comienza en la oficina del señor Warrn [sic], jefe de policía de Londres. Holmes acaba de volver de resolver un delicado asunto en Italia, y Warrn le pone al día de los últimos acontecimientos en el mundo del crimen londinense: Jack el Destripador. Hasta ahora, ha habido 37 (!) víctimas, todas mujeres.

El detective Murphy, antiguo rival de Holmes, entra con noticias de la número 38, la cantante Lilian Bell. Luego de un áspero cruce de insultos, Holmes y Murphy deciden apostar entre ellos quién de los dos cazará al Destripador. La cantidad final asciende a 1000 £, a las cuales Warrn añade 25 botellas de champán para el ganador.

A continuación contemplamos el dormitorio de la hermosa Lilian, con su cuerpo hecho trozos elegantemente colocado entre flores encima de la cama. Su doncella, Hariette Blunt, está desconsolada. Su hermano, Grover Bell, se pregunta por su testamento. Josias Wakefield, representante de la empresa de pompas fúnebres Requiescat in Pace, solicita medir el cuerpo. Sus actividades son curiosas, entre ellas el descubrimiento del diente falso de Lilian y la consecuente deducción de que fumaba opio. Aplica su lente de aumento debajo de la cama y encuentra allí a un individuo disfrazado en el que reconoce a Murphy. Murphy cierra el puño y ruge:

—Hombre, o más bien demonio, ¡te conozco! Eres... eres...

—Sherlock Holmes, detective, a su servicio —dijo el otro con una carcajada. Y desapareció

A continuación Holmes se disfraza de adicto al opio, causando la divertida sorpresa de su ayudante, Harry Taxon (!), y se desliza fuera de casa para ocultar tan deshonrosa mascarada a su patrona, la señora Bonnet (!). Visita un fumadero de opio regentado por una mestiza, la señora Cajana, consigue opio de ella, y entonces la chantajea a cambio de información so amenaza de denunciar su negocio. Se entera de que Lilian Bell era cliente suya, y de que la señora Cajana obtiene la droga de un misterioso personaje que ella conoce sólo como “el Médico Indio”. De pronto se oye un grito en la habitación de al lado. Irrumpen en ella y encuentran a una hermosa damisela con el vientre destripado. Holmes sorprende al Destripador en su huida, le persigue, pero el Destripador remata su fuga saltando atrevidamente sobre un tren en marcha.

Holmes identifica a la última (y trigésimo novena) víctima por sus zapatos de encargo como la Condesa de Malmaison. Visita a su padre, el marqués, un áspero y anciano caballero que cree que su hija tenía merecida su muerte si invertía su tiempo en fumaderos de opio.

Holmes interroga a la doncella de la condesa. Ella le cuenta que la condesa usaba el fumadero de opio como tapadera para ocultar sus citas con su instructor americano de equitación, Carlos Lake.

Holmes acude a Lake y se entera de que la única otra persona que conocía este arreglo era el doctor Roberto Fitzgerald, un prominente y respetable médico del West End de antepasados indios, que había previsto encontrarse con la condesa en casa de la señora Cajana. El doctor iba a examinar a la condesa con el fin de realizar un aborto.

Holmes sigue a la esposa del doctor (“Cuando desees conocer los secretos de un hombre, debes seguir a su mujer”), y presencia una cita amorosa en Hyde Park entre ella y el capitán Harry Thompson. Así oye a escondidas que Ruth Fitzgerald, la esposa del doctor, planea abandonar a su esposo brutal y medio loco para buscar refugio en casa de la madre de su amante.

Entonces Holmes se disfraza de un fabricante de jabón retirado llamado Patrick O’Connor, aborda al doctor Fitzgerald, y le previene de la fuga de su esposa. El doctor tiene literalmente un ataque y condena a la completa tribu de Eva como un montón de serpientes que deben ser destruidas. Tiene una escena terrible con Ruth, tras la cual se tranquiliza gracias a una dosis de morfina.

A continuación, Holmes se disfraza de Ruth Fitzgerald (!) (“Las mujeres inglesas son usualmente más esbeltas que rellenitas, y su estatura es a menudo sorprendentemente alta”). Maniobra para apartar a Ruth de su cita y se pasea “de ese modo especial en que las mujeres públicas recorren las calles”.

El doctor Fitzgerald llega y “le” reconoce.

—¡Mi mujer! ¡Haciendo la calle!

Y el Destripador surge de golpe. Ataca a Holmes pero en vano; el detective se ha provisto prudentemente de una coraza de acero.

Entretanto, en la oficina de Warrn, el jefe de policía escucha el informe de Murphy. Holmes, todavía con el aspecto de mujer perdida (más todavía), arrastra dentro al doctor Fitzgerald, y Murphy reconoce que ha perdido la apuesta.

Estarán ustedes de acuerdo en que cualquier comentario sobra.


He explorado la web y sus rincones más polvorientos en busca de este Sherlock Ol-mes y sus muy lamentables aventuras, mas ha sido en vano. ¿Hay por ahí algún alma caritativa que se apiade de los amantes de la basura libresca y me haga llegar alguna información, si la tiene? Holmes en las alcantarillas de la Barcelona de posguerra es algo que aplacaría los más locos ensueños de esta víctima del síndrome de Diógenes. Gracias.

martes 28 de febrero de 2012

Bajo la estrella roja



Tiempo ha, escribí una entrada aquí confesando mi predilección por las historias policiales ambientadas en la Alemania de entreguerras. Hoy declaro otra de mis devociones: la Unión Soviética. Aunque no tan explorado (ni explotado) como el del auge del hitlerismo, el paisaje de la extinta dictadura del proletariado ruso ofrece un excelente fondo sobre el que dibujar cualquier trama con crímenes, traiciones, sangre y pistolas de por medio, sea en la variante del asesinato puro y simple o en aquella otra complicada con espionaje y móviles geopolíticos. El motivo de ello, creo, va más allá de la reciente moda de situar argumentos criminales en épocas históricas alternativas, prestando una atención mayor al atrezzo y la indumentaria de los personajes que a la propia acción a desarrollar. La URSS y el nazismo ofrecen marcos incomparables por una sencilla razón que creo haber ya apuntado antes: si los obstáculos engrandecen al héroe, el detective que desempeñe su actividad en una dictadura será mucho más potente, capaz y resuelto que aquel otro que goce de las prerrogativas de la democracia, donde se supone la transparencia de información. En la URSS y el Tercer Reich, el detective no sólo se opone al delincuente: se opone al sistema entero, a la completa realidad de que ese sistema es garante.

Cuento todo esto porque observo que la filial de bolsillo de Ediciones Zeta por fin se ha decidido a editar en sentido cronológico y en su debido orden la enorme saga soviética que Martin Cruz Smith, maestro del thriller, dedicó a su agente Arkady Renko. Si los datos no me fallan, es la serie pionera en esto de situar crímenes en la URSS, y una de las que mejor conserva su poder de seducción. Los primeros títulos estaban escritos en el frío álgido de la era Reagan, y esa tensión se percibe por los cuatro costados: la acción es cruel, vertiginosa, los malos son de echarse literalmente a temblar, y la descripción del viejo imperio recuerda inevitablemente a las peores pesadillas de Orwell. La serie dio comienzo con un texto imprescindible para todo amante de la ficción negra, Gorky Park (1981), éxito de ventas luego llevado a la gran pantalla en 1983 por Michael Apted con William Hurt y Lee Marvin en los papeles principales. El segundo volumen, Polar Star (1989), es el que ahora acaba de reeditarse en España. Caído en desgracia tras una serie de encontronazos con la KGB, Renko busca la redención y el anonimato enrolándose en un barco pesquero que singla el Ártico: un originalísimo ovillo de enigmas y encontronazos estará servido en cuanto una de las trabajadoras del Estrella Polar (que en realidad no pesca, sino que procesa el pescado que le llevan las traineras, americanas para más señas) aparezca cadáver con una sospechosa puñalada en el vientre. Cruz Smith complica aquí los rigores policíacos del espacio cerrado enclaustrando doblemente a sus criaturas: al estrecho recinto del barco añade el del hielo polar. Si la cosa va bien, y no veo por qué no ha de ser así, Zeta nos irá ofreciendo en sucesivos semestres las siguientes entregas de la saga, entre las que se incluyen Red Square (1992), Havana Bay (1999), Wolves eat dogs (2004) y Stalin’s Ghost (2007), quizá la mejor después de la original.

Para interesados en casos criminales con hoces y martillos, recomendar también la meritoria serie de Stuart S. Kaminsky cuyo protagonista es el inspector cojo Rostnikov, y de la que se ha publicado en España, creo, por lo menos un episodio con el título de Camaleón rojo (traducción de Alberto Borrás, Ediciones B, 1987). Y, claro, la de Tim Rob Smith y el agente Leo Demidov, inaugurada con la demoledora Child 44 (2008), que he visto de saldo en las librerías (traducción de Mónica Rubio en Espasa) a cuatro o cinco euros de nada: haceos un favor, niños, y de camino le evitáis un esfuerzo a las trituradoras de papel.

domingo 19 de febrero de 2012

La juguetería movediza



Compruebo sin sorpresa que la editorial Impedimenta ha alcanzado ya la tercera edición de un clásico de la literatura policíaca que, ay dolor, permanecía virtualmente virgen hasta el año pasado en nuestro país. Y digo sin sorpresa porque es una de las novelas más refrescantes, divertidas e inteligentes que uno puede encontrar en su carrera de lector: The moving toyshop, de Edmund Crispin (seudónimo que fue de Robert Bruce Montgomery, 1921-1948), traducida por José C. Vales como La juguetería errante. Un breve buceo por Internet me revela que, aunque parezca mentira, no permanecía inédita en España: nuestros abuelos conocieron una versión de 1948 (dos años después del original) que lleva el extraño título de El bazar diabólico, con traducción de Benito Montuenga y publicada por la editorial Alhambra.

Supongo que si me limito a afirmar que esta es una de la docena escasa de novelas que convierten el género policíaco en algo más que un entretenimiento de más o menos buen tono, nadie aceptará mis palabras porque sí, sin alguna aclaración o escolio. The moving toyshop forma parte de la serie que su autor construyó en torno a un personaje carismático e irritante a partes iguales, Gervase Fen, profesor oxoniense de lnegua y literatura inglesas. El primer título de la colección (que apareció en España en el Libro de Bolsillo de Alianza) se llamaba The gilded fly o La mosca dorada y nos presentaba un Oxford asolado por la guerra y las cartillas de racionamiento, donde estudiantes más bien excéntricos se codeaban con profesores  (dons, en el original inglés) que tampoco les andaban a la zaga y donde el inverosímil suicidio de una actriz es sometido a la perspicacia de Fen. Ello da pie a una cadena de sabrosas ironías y parodias sobre el mundo de la escena anglosajona de entreguerras. En algunas de las novelas de la serie (no en The toyshop) al de Fen sirve de contrapeso el personaje de sir Richard Freeman, jefe de policía de la ciudad enamorado de la vieja literatura nacional: Fen es detective por afición, Freeman un erudito en sus ratos libres, y las diatribas de ambos sobre Tennyson o la poesía metafísica inglesa sirven para amenizar las peripecias de ambos en busca del criminal de turno.

Repetiré que The moving toyshop es una novela excepcional. Porque los amantes habituales de las historias de intriga se verán boquiabiertos y desorientados en cuanto se asomen a sus páginas. A pesar de estar considerado uno de los últimos representantes de la edad de oro británica del relato policíaco (la del fair play y todo eso: Michael Innes, Margery Allingham, John Dickson Carr), Crispin viola alegremente (y el adverbio es exacto) la mayor parte de sus convenciones. La trama está repleta de ocurrencias, lances irónicos, secundarios descacharrantes, conversaciones de cultura de alta gradación, retratos de costumbres y plácidos retos intelectuales. Todo comienza cuando el poeta Cadogan llega a Oxford en busca de linimento para su orgullo herido, porque no es fácil ser poeta en los tiempos que corren (igual que en los demás); sin pretenderlo, en mitad de la madrugada topa con una juguetería donde una mujer ha sido estrangulada; al regresar a la mañana siguiente, la juguetería no está: se ha convertido en una tienda de ultramarinos.

Y hasta aquí puedo leer. Lo demás lo dejo a la curiosidad (y el júbilo) del público.

domingo 15 de enero de 2012

Aroma a vainilla


"La lignina, el material que permite que los árboles mantengan la posición vertical, es un polímero compuesto por unidades estrechamente relacionadas con la vainilla. Cuando se convierte en papel y se la almacena durante años, se quiebra y desprende un agradable olor. Así es como la divina providencia ha dispuesto que las librerías de segunda mano huelan a vainilla de alta calidad, excitando subliminalmente en nosotros el apetito del conocimiento".

Perfumes: The Guide, a través de Bookshelf porn. (La traducción es mía.)

sábado 14 de enero de 2012

Sherlock


Dentro de mí anida un integrista mucho más salvaje que un barbudo iraní, y ese es el motivo de que a menudo me prohíba a mí mismo cosas, me impida asistir a lugares o abrir libros que de otro modo, si dispusiera de un talante mejor ventilado, quizá podrían llegar incluso a gustarme. No soporto a Bach tocado al piano; las películas dobladas me hacen inclinar el arco superciliar izquierdo, de modo que para ser correctas deben estar subtituladas; me niego a proseguir leyendo una novela que comience con una frase y un punto y aparte. Valga todo lo anterior para haceros comprender, ínclito público, por qué la película de Sherlock Holmes que protagonizaron no hace tanto Robert Downey Jr. y Jude Law (que por otro lado me caen ambos razonablemente bien) se me atragantó a los pocos minutos de metraje. Personas en las que confío me la pusieron por la estratosfera, alabaron su estética y los afortunados lances del guionista, que había sabido aliñar con acierto el respeto al personaje y la atmósfera steampunk. Mentira. En cuanto vi al supuesto Holmes dándose de mamporros en un corral al mejor (al peor) estilo de la progenie Matrix y adláteres (por no mencionar que su capacidad deductiva había quedado mermada al poder de adivinar qué hueso iba a romper este golpe de kárate y en qué órgano se iba a organizar un derrame con aquel otro), hui como alma que llevan las furias. Por eso he de reconocer que mis expectativas eran pésimas al encarar la nueva serie de la BBC cuya segunda temporada acaba de estrenarse en España (TNT) a la vez que la primera (Antena 3) sobre el mismo asunto. Y, amigos, he de reconocer otra cosa: que me equivocaba. De todos los acontecimientos formidables que nos depara el destino, el mejor es, sin duda, la posibilidad de la decepción.

Lo de mi holmesfilia es asunto de tan largo calado y profundas consecuencias que mejor dejarlo para otro post, u otro día. He recorrido sin fatiga todas las versiones fílmicas que la industria ha producido en torno a este icono esencial de la literatura, y mientras unos me han catapultado al entusiasmo (las de Basil Rathbone, o la versión de Jeremy Brett para Granada de los años ochenta), otros casi me produjeron los efectos de un emético (Sherlock Holmes en el siglo XXI, todavía lo podéis ver en canal Panda y Clan). La última producción, ésta de la BBC, con el título Sherlock y protagonistas encarnados en las figuras de Benedict Cumberbatch y Martin Freeman, cuyo primer episodio visioné anoche mismo, no sólo es una variante enteramente fiel al espíritu del original, sino que sabe introducir sin chirriar todos los elementos necesarios para hacer de la trama algo actual y próximo. Que está muy bien, vamos, incluso para un integrista como yo.

En primer lugar, es todo un detalle lo de los homenajes: muchos de los episodios se titulan siguiendo el rastro de los membretes originales (A study in pink, A scandal in Belgravia); sigue la ironía: aquí Holmes se pone parches de nicotina “porque Londres se ha convertido en una ciudad en que no se puede fumar”, lo del piso compartido de Holmes y Watson da pie a leer entre líneas confusiones jocosas (ya exploradas por Billy Wilder), Mycroft pasa a convertirse en un chupatintas al servicio del gobierno y Lestrade es un patán mucho más indecoroso que en las novelas. A todo ello hay que sumar que los guiones son verdaderamente interesantes de por sí, más allá de su fidelidad al modelo: el argumento me parece bien medido, las dosis de tensión están dosificadas y la resolución es satisfactoria (ayuda, sin duda, que cada episodio sea de hora y media, lo que los convierte más en mediometrajes que en capítulos de serie y ofrece la oportunidad de explorar situaciones y personajes). Otros aciertos: la ambientación, ese Londres entre pop, apocalíptico y futurista que tanto le debe al Doctor Who (ambas series comparten guionistas: Steven Moffat y Mark Gatiss); el cásting, porque Cumberbatch como Holmes está que no se le puede toser (doblado no, por favor), y bravo por Mark Gatiss en el papel de Mycroft; incluso la informatización de las escenas de acción o las exhibiciones digitales a la hora de representar heridas (funesta herencia de CSI), que tanto grima dan cuando se usan malamente, están ahora empleadas en sus justas dosis.

En fin, para que esto no parezca una lamida de botas acrítica (que sí que lo es, y se me había ocurrido ese otro símil más grosero que todos tenéis en mente), señalo los detalles que no me gustaron: lo del blog de Watson me parece buscar lo moderno porque sí, cuando ahí están la socorrida grabadora o el diario de toda la vida, con su sabor literario; el pasado de Watson en plan Vietnam siglo XXI, con sus pesadillas y demás, da al personaje un matiz excesivamente castrense que quizá no posee en la versión de Doyle, o que, en fin, a mí no me gusta; lo de los SMS me pone un poquito nervioso, aunque admito que es ocurrente eso de sobreimprimirlos a la pantalla; y el papel de la señora Hudson me resulta confuso: supongo que a los guionistas no se les ocurrirá liarla con Watson en episodios futuros, si bien esto de la gerontofilia quedaría de lo más epatante y posmoderno.

En fin, amiguitos: que si podéis, ved la serie que está muy bonita (Nota bene: prometo darle una segunda oportunidad a Downey-Law, ahora que repiten en las carteleras, pero no aseguro nada).

domingo 6 de noviembre de 2011

Micropolítica


 
La edición digital del diario El país me ha propuesto una pequeña colaboración para celebrar (es un decir) la gran fiesta de la democracia de que todos disfrutaremos en fecha de tan incierto renombre como el 20 de noviembre. En la web correspondiente, servidor y otros autores nacionales y extranjeros (de habla hispana) presentamos cada uno un microrrelato cuyo protagonista son elecciones, candidatos o urnas y que no excede de los 280 caracteres, espacios incluidos. Como algunos de vosotros puede ser tan perezoso como para no cliquear en el enlace o buscarme entre el censo de microcuentistas de la página, incluyo abajo mi texto para que nada se pierda. Y recordad, amiguitos: en el primer mundo, ser libres no es un derecho, sino una obligación. Id a votar, hombre.

La urna

En aquel colegio, la lista más votada fue la de Kleenex; la seguía Scottex, y luego Colhogar y Renova. Cuando un vocal opinó que se habían equivocado de urna al contar, el presidente lo negó: sin duda, aquello era una elocuente protesta sobre el valor auténtico de la democracia.