Licencia de Creative Commons
El testigo ocular by Luis Manuel Ruiz is licensed under a Creative Commons Reconocimiento 3.0 Unported License.

domingo 15 de enero de 2012

Aroma a vainilla


"La lignina, el material que permite que los árboles mantengan la posición vertical, es un polímero compuesto por unidades estrechamente relacionadas con la vainilla. Cuando se convierte en papel y se la almacena durante años, se quiebra y desprende un agradable olor. Así es como la divina providencia ha dispuesto que las librerías de segunda mano huelan a vainilla de alta calidad, excitando subliminalmente en nosotros el apetito del conocimiento".

Perfumes: The Guide, a través de Bookshelf porn. (La traducción es mía.)

sábado 14 de enero de 2012

Sherlock


Dentro de mí anida un integrista mucho más salvaje que un barbudo iraní, y ese es el motivo de que a menudo me prohíba a mí mismo cosas, me impida asistir a lugares o abrir libros que de otro modo, si dispusiera de un talante mejor ventilado, quizá podrían llegar incluso a gustarme. No soporto a Bach tocado al piano; las películas dobladas me hacen inclinar el arco superciliar izquierdo, de modo que para ser correctas deben estar subtituladas; me niego a proseguir leyendo una novela que comience con una frase y un punto y aparte. Valga todo lo anterior para haceros comprender, ínclito público, por qué la película de Sherlock Holmes que protagonizaron no hace tanto Robert Downey Jr. y Jude Law (que por otro lado me caen ambos razonablemente bien) se me atragantó a los pocos minutos de metraje. Personas en las que confío me la pusieron por la estratosfera, alabaron su estética y los afortunados lances del guionista, que había sabido aliñar con acierto el respeto al personaje y la atmósfera steampunk. Mentira. En cuanto vi al supuesto Holmes dándose de mamporros en un corral al mejor (al peor) estilo de la progenie Matrix y adláteres (por no mencionar que su capacidad deductiva había quedado mermada al poder de adivinar qué hueso iba a romper este golpe de kárate y en qué órgano se iba a organizar un derrame con aquel otro), hui como alma que llevan las furias. Por eso he de reconocer que mis expectativas eran pésimas al encarar la nueva serie de la BBC cuya segunda temporada acaba de estrenarse en España (TNT) a la vez que la primera (Antena 3) sobre el mismo asunto. Y, amigos, he de reconocer otra cosa: que me equivocaba. De todos los acontecimientos formidables que nos depara el destino, el mejor es, sin duda, la posibilidad de la decepción.

Lo de mi holmesfilia es asunto de tan largo calado y profundas consecuencias que mejor dejarlo para otro post, u otro día. He recorrido sin fatiga todas las versiones fílmicas que la industria ha producido en torno a este icono esencial de la literatura, y mientras unos me han catapultado al entusiasmo (las de Basil Rathbone, o la versión de Jeremy Brett para Granada de los años ochenta), otros casi me produjeron los efectos de un emético (Sherlock Holmes en el siglo XXI, todavía lo podéis ver en canal Panda y Clan). La última producción, ésta de la BBC, con el título Sherlock y protagonistas encarnados en las figuras de Benedict Cumberbatch y Martin Freeman, cuyo primer episodio visioné anoche mismo, no sólo es una variante enteramente fiel al espíritu del original, sino que sabe introducir sin chirriar todos los elementos necesarios para hacer de la trama algo actual y próximo. Que está muy bien, vamos, incluso para un integrista como yo.

En primer lugar, es todo un detalle lo de los homenajes: muchos de los episodios se titulan siguiendo el rastro de los membretes originales (A study in pink, A scandal in Belgravia); sigue la ironía: aquí Holmes se pone parches de nicotina “porque Londres se ha convertido en una ciudad en que no se puede fumar”, lo del piso compartido de Holmes y Watson da pie a leer entre líneas confusiones jocosas (ya exploradas por Billy Wilder), Mycroft pasa a convertirse en un chupatintas al servicio del gobierno y Lestrade es un patán mucho más indecoroso que en las novelas. A todo ello hay que sumar que los guiones son verdaderamente interesantes de por sí, más allá de su fidelidad al modelo: el argumento me parece bien medido, las dosis de tensión están dosificadas y la resolución es satisfactoria (ayuda, sin duda, que cada episodio sea de hora y media, lo que los convierte más en mediometrajes que en capítulos de serie y ofrece la oportunidad de explorar situaciones y personajes). Otros aciertos: la ambientación, ese Londres entre pop, apocalíptico y futurista que tanto le debe al Doctor Who (ambas series comparten guionistas: Steven Moffat y Mark Gatiss); el cásting, porque Cumberbatch como Holmes está que no se le puede toser (doblado no, por favor), y bravo por Mark Gatiss en el papel de Mycroft; incluso la informatización de las escenas de acción o las exhibiciones digitales a la hora de representar heridas (funesta herencia de CSI), que tanto grima dan cuando se usan malamente, están ahora empleadas en sus justas dosis.

En fin, para que esto no parezca una lamida de botas acrítica (que sí que lo es, y se me había ocurrido ese otro símil más grosero que todos tenéis en mente), señalo los detalles que no me gustaron: lo del blog de Watson me parece buscar lo moderno porque sí, cuando ahí están la socorrida grabadora o el diario de toda la vida, con su sabor literario; el pasado de Watson en plan Vietnam siglo XXI, con sus pesadillas y demás, da al personaje un matiz excesivamente castrense que quizá no posee en la versión de Doyle, o que, en fin, a mí no me gusta; lo de los SMS me pone un poquito nervioso, aunque admito que es ocurrente eso de sobreimprimirlos a la pantalla; y el papel de la señora Hudson me resulta confuso: supongo que a los guionistas no se les ocurrirá liarla con Watson en episodios futuros, si bien esto de la gerontofilia quedaría de lo más epatante y posmoderno.

En fin, amiguitos: que si podéis, ved la serie que está muy bonita (Nota bene: prometo darle una segunda oportunidad a Downey-Law, ahora que repiten en las carteleras, pero no aseguro nada).

domingo 6 de noviembre de 2011

Micropolítica


 
La edición digital del diario El país me ha propuesto una pequeña colaboración para celebrar (es un decir) la gran fiesta de la democracia de que todos disfrutaremos en fecha de tan incierto renombre como el 20 de noviembre. En la web correspondiente, servidor y otros autores nacionales y extranjeros (de habla hispana) presentamos cada uno un microrrelato cuyo protagonista son elecciones, candidatos o urnas y que no excede de los 280 caracteres, espacios incluidos. Como algunos de vosotros puede ser tan perezoso como para no cliquear en el enlace o buscarme entre el censo de microcuentistas de la página, incluyo abajo mi texto para que nada se pierda. Y recordad, amiguitos: en el primer mundo, ser libres no es un derecho, sino una obligación. Id a votar, hombre.

La urna

En aquel colegio, la lista más votada fue la de Kleenex; la seguía Scottex, y luego Colhogar y Renova. Cuando un vocal opinó que se habían equivocado de urna al contar, el presidente lo negó: sin duda, aquello era una elocuente protesta sobre el valor auténtico de la democracia.

domingo 23 de octubre de 2011

Lealtad


Habitualmente, la palabra lealtad nos evoca banderas, uniformes y juramentos sagrados, vidas dedicadas a una causa que exige sangre y que sólo de lejos tiene que ver con nuestros desvelos y congojas diarios. Pero lealtad es también el nombre de la amistad, del amor, de la cercanía y el consuelo que les debemos a esos seres que comparten con nosotros el plato de sopa y la conversación previa a que las luces se apaguen y todos nos marchemos a la cama, a soñar con los castillos de mañana. Lealtad es también el vocablo con que designamos la esperanza en nuestros ideales, la convicción de que el mundo, por bronco y hostil que sea, no tendrá poder para derribarnos ni para eliminar como un vendaval los ladrillos con los que nos gustaría ver edificado nuestro futuro, ese apartamento amplio y lleno de habitaciones del que a veces parece que hemos perdido las llaves. Hoy quiero hablar de la que tal vez es la entrada más valiosa del diccionario, esa lealtad, esa fidelidad a nosotros mismos y a quienes nos aman que debe sostenernos en los momentos en que nuestro camino serpentea por los bordes del abismo. Porque existen traiciones mucho más nocivas que las que dañan a la patria o a una promesa entregada: la peor traición consiste en dar la espalda a los espejos.

A veces, ser leal nos exige sacrificios que los demás no comprenden, y que incluso escapan a la pobre inteligencia de nuestros cerebros. Nos sorprendemos de que existan personas que calzan las mismas zapatillas de su adolescencia, aunque ya casi no sean más que pedazos de trapo llenos de hilachas y mugre; nos llama la atención que haya quien regresa como un peregrino a la casa que le vio nacer, tal vez hoy únicamente un solar con las vigas desnudas y tapias cubiertas de desconchaduras; nos alarma descubrir que conservamos en la agenda un número de teléfono que deberíamos haber tachado, en una página que debería ser arrancada pero que a veces repasamos con nostalgia o dudas. No se asusten ni piensen en psicólogos si todavía se encuentran un pijama viejo en el fondo del cajón o se niegan a condenar a la basura los cuadernos de caligrafía de la escuela: ustedes saben, aunque no lo entiendan, que esos objetos desamparados exigen su lealtad y que abandonarlos supondría una traición espantosa. Un pecado mucho mayor, sin duda, que no ponerse de pie al escuchar un himno.

lunes 1 de agosto de 2011

Retratos en miniatura y la enciclopedia al oído



Correría el año 2004 ó 2005, no sé, cuando me curtí como guionista de televisión en el programa de Canal Sur 2 Las 1001 noches. Aunque guionista es palabra que puede inducir a equívocos: digamos que hacía labores de redactor y de chico para todo, lo mismo garrapateando presentaciones de última hora que ideando chistes (lo siento) para algún cómico de turno que se había quedado en blanco. La estructura del programa contaba por entonces con varias secciones fijas, que solían coincidir con introducciones y despedidas de personajes, efemérides, eventos culturales y esas cosas. En dichas ocasiones, una voz en off hablaba sobre retratos, paisajes, panoramas abstractos o lo que los mozos de documentación o el banco de imágenes tuvieran más a mano: yo era el encargado de redactar esos textos. Un lustro o dos después, releo esos papeles al azar, donde se mezclan biografías de personajes históricos, famosos de relumbrón y divagaciones entre lo poético y lo metafísico, y descubro que algunos de ellos incluso merecerían la resurrección. Con sinceridad, no hablamos de obras de arte imperecederas, pero no han sufrido el ataque de las bacterias con peor temple que muchas cosas que figuran con sobrecubierta en las baldas de novedades de las librerías.

Habréis advertido, oh prójimo, que el nivel de entradas nuevas ha descendido dramáticamente en este blog. Ello se debe, principalmente, a que ando entretenido con otras tareas (sobre todo una novela que quiero rematar y corregir antes de que expire el verano), y, también, a que cuando las ideas me visitan (que sí, que vienen a veces), exigen para ser plasmadas cantidades de tiempo y esfuerzo de las que, con honestidad, no dispongo. Es por ello que se me haya ocurrido que, a partir de setiembre, en que pretendo recuperar el ritmo habitual de esta bitácora, no estaría mal introducir algunos de esos textos misceláneos (ya digo: biografías a deshora, reflexiones sobre cuestiones peregrinas, evocaciones de lugares, o individuos, o emociones, o certezas) que, desde su locución a través de las ondas hertzianas no habían vuelto a conocer la luz. Siempre trufado, claro, con los nuevas posts que la paciencia y las ganas me permitan llevar a buen puerto, de mar o de montaña. Así pues, si todo marcha bien, en un mes añadiré a este sitio un par de secciones de periodicidad variable: Retratos en miniatura recogerá semblanzas mínimas de personajes que ocuparon algún lugar prominente en el espacio o en el tiempo, nuestro o ajeno; La enciclopedia al oído habla de ideas, conceptos y sentimientos con los que convivimos sin que nos entendamos a menudo: lo mismito que el vecino de rellano.

Hasta entonces, prosigo mi labor de hormiga en La lección de anatomía. Habitantes de los yermos espacios cibernéticos: si estáis ahí que lo paséis bien.

domingo 10 de julio de 2011

Los espacios de la imaginación



“La inclinación por lo maravilloso, innata a todos los hombres en general, mi gusto particular por las imposibilidades, la inquietud de mi escepticismo habitual, mi desprecio por todo aquello que sabemos y mi respeto por todo lo que ignoramos, esos son los móviles que me han impulsado a viajar por los espacios imaginarios”.

Barón von Gleichen (1735-1807).

(Citado en Jacques Bergier,
Les maîtres secrets du temps,
Paris, J’ai lu, 1974, p. 96.
La traducción es mía).

miércoles 25 de mayo de 2011

Carne y hueso, tinta y papel


 Las últimas innovaciones en el terreno de la transmisión de la información han inducido a ciertas mentes a incurrir en un nuevo lugar común: que da igual papel o pantalla y que lo importante es el texto, esa entidad inmaterial que sobrevive a cualquiera de sus avatares terrenos, estén estos compuestos de silicio o celulosa. Yo no estoy de acuerdo. 

Porque creo que los libros, los libros físicos, con sus pastas, y las guardas, y el lomo, el papel y las letras, son irreemplazables, y que una misma novela, en una edición y en otra, es una novela distinta: igual que una mujer vestida de noche, en pijama o desnuda, no es la misma mujer. Lo cual no obsta para que no me sienta profundamente maravillado ante los más recientes inventos en el ámbito de la edición digital y para que codicie un e-book que, supongo, más pronto que tarde acabará por caer en mis manos: pero lo que niego es ese supuesto espiritualismo según el cual la obra puede sobrevivir a sus encarnaciones y no tiene nada que ver con la carne y el hueso (papel y tinta) que la soportan. Eso, sencillamente, no es verdad. Y os contaré una pequeña anécdota para demostrarlo.


La otra tarde vi que han vuelto a reeditar a Borges. Ya había sabido por el periódico que su viuda Kodama había desviado los derechos de la histórica Emecé, que los monopolizaba desde aquella primera edición de Obras Completas de los años sesenta, a Mondadori, y este último grupo, no sé si en la esperanza de sacar provecho a un bizcocho mordido y remordido hasta la saciedad (al margen: ¿la gente sigue en serio comprando a Borges? ¿Es verdad eso de que el Quijote es el libro más vendido en lengua castellana?), ha vuelto a sacar al viejito en formato de bolsillo y en distinguidos tomos de cartoné donde se congregan su poesía completa y todos sus cuentos. Hojeé los de bolsillo: Ficciones, El aleph, Inquisiciones. Las portadas poseían atractivo, con colorines y geometrías que hubieran servido para decorar la consulta de un psicólogo, muy op-art, y el papel era suave y fragante, como debe ser: pero la tipografía me repelió. No es que tenga nada contra ciertas tipografías, simplemente es que aquellas efes y eses y puntos y comas con olor a lavanda lisérgica no eran las que correspondían a Borges. El Borges que yo conocía se expresaba de otro modo.

¿De qué modo? Una de las primeras cosas que hice en cuanto cobré algún dinero por quedar finalista en esos concursillos de narrativa de pueblo a los que me presentaba sin faltar cuando era adolescente, fue adquirir las Obras Completas de Borges, en la edición en pasta dura de Emecé que hasta hoy era, creo, la más distribuida. Debo reconocer que tampoco aquél era el Borges que me había entusiasmado por primera vez; pero el hecho de tener todas sus ocurrencias en un solo volumen, por no hablar de la oportunidad de deglutir material que hasta entonces no había rozado mi boca (Borges oral, Siete noches, La memoria de Shakespeare, y otras), compensó el despropósito. Desde entonces, reconozco que me convertí en un obseso de Borges (es un triste tópico de mi vida, la obsesión: los libros, los rinocerontes, la literatura policíaca, Alemania, Bruno, Spinoza, Schopenhauer, las guerras mundiales, Tintín, los Playmóbil, materiales y materiales muchas veces inútiles y siempre desordenados, acosando las cuatro esquinas de mi cuarto y apoderándose insidiosamente del resto de la casa). Me hice con los dos tomos de Obras Completas que editó en quiosco RBA y que ofrecían en facsímil la misma versión de Emecé, sólo porque eran baratos, y luego, al darme cuenta de que resultaban demasiado pesados para cargarlos en la faltriquera (porque siempre he considerado necesario llevar encima un botiquín con algo de Borges), adquirí algunos títulos de la (nueva) edición de bolsillo de Alianza, la de las portadas de El Bosco. Luego, mi hermana Berta me ha traído de Buenos Aires (donde nunca he estado) una primera edición de Inquisiciones que, aparte del valor documental, tampoco he llegado a digerir del todo. Ninguna de esas variantes me ha contentado por completo, aunque sirvieron para el apaño. Ninguna de ellas podía suplir a las originales: al Borges auténtico, el que me deslumbró en mi habitación cuando tenía quince años y soñaba con convertirme en escritor.
 
Un verano, antes de los noventa, yo me encaminaba diariamente a la biblioteca de mi barrio recién acabado el desayuno. Lo hacía temprano, porque aquí el calor pega en cuanto el sol roza las azoteas de los edificios más altos, y pasaba la mañana en aquel local situado junto a una comunidad de vecinos donde el olor de las cañerías se mezclaba con el sudor de los estudiantes y el del papel viejo acumulado en los anaqueles. El ayuntamiento del pueblo no contaba con un recinto más apropiado para almacenar la colección de volúmenes que pertenecían al interés público y los había hacinado, a ellos y a quienes convivían con ellos, en un semisótano en penumbra, sin ventanas, al que se accedía a través de un laberinto de desagües, perros vagabundos y ropa tendida. En ese arrabal, yo aprendí muchas cosas y me enamoré muchas veces. Recuerdo la primera edición de Rayuela sobre la que caí, ese libro arrebatador y jeroglífico con la portada dura de color carmesí y un aluvión de notas eruditas brindadas por el profesor Amorós, que me demostró, ay, que una de las formas de la incomprensión es el exceso de información; recuerdo El reino de este mundo, de Carpentier, en la colección descabalada de Seix Barral de clásicos del siglo veinte; Sartre y Camus, porque yo era tímido y quería convencer a todos de que eso significaba ser intelectual; La muerte de Arturo, de Malory, en la paráfrasis de Steinbeck; y a lo que iba: Borges, en la edición de El Libro de Bolsillo de Alianza Editorial, con portadas de Daniel Gil. Las recuerdo todas como si las tuviera delante, y aún puedo percibir el tacto arrugado de la encuadernación, que había conocido un millar de manos anónimas, las fechas que cubrían la tarjeta de préstamo, marcadas con tinta azul, y el pésimo papel químico que amarilleaba en los bordes; y sobre todo: la tipografía; apretada, pragmática, renglón tras renglón, el título de cada cuento o artículo en la esquina superior izquierda, con una decena de puntos y aparte antes del inicio de la primera línea, las notas a pie de página de un tamaño que hubiera inducido a presbicia a un habitante de Liliput, las cursivas y los paréntesis con olor a libro viejo, de los que se hacinan en las tiendas de los traperos. Mi Biblioteca de Babel, mi Funes, mi Uqbar, mi Aleph son esos y sólo y esos y todos los que vinieron antes o después no constituyen sino discutibles variaciones sobre el tema original: más limpias y cuidadas a veces, no lo niego, pero no auténticas.

El drama es que no poseo ninguna de ellas. Tanto las amaba que, cuando las tuve, las regalé una a una. A gente que no la merecía, claro, que es a quien se regalan las cosas.