domingo 8 de noviembre de 2009

El arte de la memoria



Vague memories, nothing but memories

W. B. Yeats, Broken dreams


Una noche del siglo VI antes de Cristo. El poeta Simónides de Ceos fue contratado por el comerciante tesalio Scopas para que cantara un panegírico en su honor durante un banquete ofrecido en su casa. El poema fue un éxito que los invitados de Scopas celebraron debidamente, incluyendo la estrofa que Simónides había dedicado a los gemelos divinos Cástor y Pólux. Pero llegado el momento del pago, surgieron los problemas: el ruin comerciante desembolsó en las manos de Simónides sólo la mitad del estipendio acordado; la otra mitad, dijo, debían pagársela los Dióscuros: si ambas partes, los hermanos y él, compartían homenaje, justo era también que compartieran gastos. En ese momento, un sirviente anunció al poeta que dos desconocidos le aguardaban en el vestíbulo. Simónides salió, pero no encontró a nadie; mientras se hallaba en la calle, el techo de la casa se vino abajo y todos sus habitantes murieron, incluyendo los invitados. Tan tremendo fue el desastre que resultó imposible reconocer a los cadáveres por sus trazas: habían quedado desfigurados. Pero Simónides recordaba la posición que cada cual había ocupado en sus divanes mientras él recitaba, y por eso pudo resolverse quién debía ocupar cada ataúd. Otorgar posiciones a las palabras, los conceptos, los rostros es una regla primera y esencial cuando se quiere preservar algo en la memoria, descubrió el vate: y así fundó, dice Cicerón, el arte de la memoria.


Frances Amelia Yates. La leyenda se refiere en el libro segundo del De oratore y forma parte de las muchas anécdotas y revelaciones que contiene el capítulo primero de El arte de la memoria, de Frances A. Yates. Por fin, la editorial Siruela acaba de rescatar este clásico de la historia del pensamiento, del arte o de las ideas (que no sé dónde incluirlo), traducido remotamente al castellano y perdido desde hacía décadas en los infiernos de las bibliografías descatalogadas. La nueva traducción corre a cargo de Ignacio Gómez de Liaño, que comparte intereses y no pocos puntos de vista con Yates, esa clamorosa desconocida. No me explico que su nombre resulte prácticamente anónimo en los medios culturales de nuestro país, si tomamos en cuenta el interés de sus aportaciones en el campo de la historia de las ideas (en fin, conformémonos con esta etiqueta). Cierto es que para el lector medio otras personalidades imprescindibles del tenor de Erwin Panofsky, Aby Warburg, Fritz Saxl o incluso Ernst Gombrich resultan igual de insólitas. Mal: privarse del acercamiento a esta pléyade de eruditos, que lo mismo iluminan aspectos oscuros de la evolución de la pintura que de la filosofía u otras artes arcanas (circula por ahí un texto antológico en que Panofsky compara el radiador del Rolls-Royce con las fachadas de Palladio) es dejar de lado algunos de los manjares más suculentos que una biblioteca puede ofrecer. A Yates le cabe, desde luego, un puesto de honor entre todas esas bandejas. El primer libro suyo que cayó en mis manos fue La filosofía oculta en la época isabelina, en la edición de Fondo de Cultura Económica en que luego aparecería lo poco de su obra que ha alcanzado esta orilla del castellano. Pero su gran título, también agotado en España, es Giordano Bruno y la tradición hermética (1964, publicado por Ariel en 1983 y 1994), un ensayo puntero que marcó todo un viraje en los estudios sobre el pensador italiano: Yates inauguró la visión que hace de Bruno menos un filósofo que un taumaturgo y destacó la importancia de las ciencias ocultas (magia, astrología, cábala) para comprender en propiedad la cosmovisión renacentista. Giordano Bruno... es un festín pantagruélico, y lo mismo sucede con su segundo gran título, El arte de la memoria. La felicidad de haberlo releído en tres o cuatro ocasiones se la debo al ejemplar de la edición original (Routledge & Kegan Paul, London, 1966) que se conserva en la facultad de Filosofía de Sevilla; más tarde me hice con la versión italiana de los tascabili Einaudi, esa colección de bolsillo con la que ni podemos soñar en España: precisamente lo tengo delante y miro la famosa Alegoría de la prudencia, de Tiziano, que le sirve de portada. Ahora, por fin, tenemos el libro en casa. Aunque no sé si las cuentas salen: la edición italiana cuesta catorce euros; la española, treinta y seis. Casi compensa irse a Italia a comprarlo, y de camino cambiar de aires.


Recuerde el alma dormida. El arte de la memoria recorre un capítulo olvidado de la historia de las ideas y del arte occidental. Durante siglos, las escuelas de oratoria y los estudiantes de humanidades se adiestraron en una disciplina enigmática que tenía por objeto fortalecer su memoria: su fin era alojar la mayor cantidad posible de discursos o datos librescos. A tal efecto, se pedía a los iniciados que imaginasen edificios mentales, o figuras extravagantes, en los que la imaginación debía ir prendiendo detalles llamativos que los liberarían del olvido. Según Yates, existen multitud de tratados (la Iconología de Cesare Ripa), de obras pictóricas (la citada alegoría de Tiziano), incluso de edificios (el Teatro Olimpico de Palladio en Vicenza) cuyas misteriosas características sólo pueden explicarse gracias al ars memoriae: en realidad se trata de construcciones concebidas para preservar los recuerdos. Yates traza la biografía de esta ciencia ignota desde sus orígenes con Simónides de Ceos hasta su decadencia en la era barroca, y se detiene a estudiar sus grandes hitos: el Teatro de la Memoria de Giulio Camillo, una fábrica de madera y estuco recorriendo cuya disposición cualquier mente podría almacenar la totalidad del saber humano, los proyectos mágico-mnemónicos de Giordano Bruno y el enciclopedismo del rosacruz (y minusvalorado) Robert Fludd. Lo dicho: un banquete de cinco tenedores para amantes de la gastronomía intelectual.


Donde habite el olvido. Otra cuestión es, desde luego, si merece la pena recordar. Cito un adagio de Arthur Schnitzler: la felicidad consiste en disponer de buena salud y mala memoria. Frase, sí, memorable del todo.

viernes 30 de octubre de 2009

Lo mejor de cada casa



La pregunta del millón. La otra tarde, en mi puesto de trabajo, presencié cómo una compañera hacía una confesión escalofriante. En sentido literal: al oírla sentí un escalofrío que no sé de dónde venía, si de fuera (las puertas de la sala no estaban bien cerradas) o de debajo de las costillas, donde suele hacer bastante frío a ciertas horas. Bueno, la susodicha dijo: “De verdad, no entiendo para qué sirve comprar libros; una vez que los lees, ¿qué haces con ellos?” Digo que sentí frío, porque la cosa así expuesta, en su diabólica simplicidad (o simpleza) nunca había estado a mi alcance. Es decir: yo siempre había pensado que el libro, los libros, eran un fin en sí mismo, y no un medio, por parafrasear a Kant (que escribió muchos libros). Lo cual, en efecto, me hizo plantearme la pregunta con la misma crudeza con la que la susodicha lo había hecho: ¿por qué conservar el libro después de usarlo? ¿Por qué no arrojarlo a la basura, con los kleenex llenos de mocos, las pelotas de papel higiénico y las cabezas chupadas de las gambas? ¿Qué impulso oscuro —e inútil— me obligaba a mantenerlo junto a mí, es más, a acogerlo en mi casa de por vida y concederle un espacio que ventajosamente podrían ocupar electrodomésticos, fotos movidas o recuerdos aterradores de vacaciones que se fueron? En un curioso ensayito titulado Las bibliotecas de Dédalo, el bibliófilo Enis Batur se cuestiona sin ambages: ¿por qué erigir una biblioteca personal? ¿De qué se protege quien rodea su casa de libros?


Flores de invernadero. Tiempo atrás (hasta la llegada de la susodicha) los libros habían significado prestigio. No el mismo desde luego que la sortija o el pisacorbatas de oro, o que la cicatriz en el mentón del marinero, pero prestigio a su manera. Uno criaba una biblioteca exquisita, estrambótica, provocativa o coqueta como un jardín esmerado, para sorprender a las visitas. Enseñarles la biblioteca a los vecinos o al cuñado interino (si uno tiene una hermana casquivana) era como decirles: y este, amigos míos, es mi cerebro. Esa acumulación indiscriminada de libros con el fin, confeso o no, de recabar el interés o el respeto del prójimo despertó la risa de muchos intelectuales. Por limitarnos a los clásicos: en un opúsculo famoso, Séneca critica a X., que ha reunido una colección de dos mil absurdos volúmenes: como si alguien, añade, tuviese tiempo en toda su vida para leérselos todos. Conocido también es el sarcasmo de Luciano de Samósata, que se mete a mala leche con los coleccionistas de libros que ni se molestan en leer los frontispicios de las obras que acumulan en sus estantes. “Y si estás firmemente decidido a permanecer en manía semejante —clama—, ¡adelante!, compra libros, tenlos bien guardados en casa, y saca el máximo partido de tan famosa compra; con eso tienes bastante. No se te ocurra ponerles la mano encima, ni leerlos, ni mancillar con tu lengua textos y poemas de hombres del pasado y que no te han hecho ningún daño” (Contra un ignorante que compraba muchos libros, traducción de José Luis Navarro González, en Obras, Madrid, Gredos, 2002, vol. II, p. 119).


El hombre de las Luces. ¿Por qué comprar libros? ¿Por qué conservarlos después de recorrer el punto final, de cruzar la última página? ¿Por qué llevarlos en un bolsillo del abrigo las tardes de lluvia, por qué conmutarles la eutanasia aun cuando los lomos están gastados y la encuadernación se cae hecha migas de puro vieja? ¿Por qué meterse con los libros en la cama, por qué buscarles un hueco en la bolsa de viaje, por qué internarse con ellos en el baño, para hacer esas cosas que nadie puede hacer por —ni con— nosotros? Creo que todo responde a un antiguo malentendido, que los amantes de los libros somos idealistas incurables, es decir, incurables tontos: nos creemos que los libros nos vuelven mejores. Sí, como el Audi, o la corbata, o el apartamento de la playa. La otra noche estaba yo en Málaga conversando, entre otros, con el propietario de la librería Luces, una de las de mayor relumbrón (y perdón por la facilidad) de la capital. Se habló del negocio de la edición, del de la distribución, del de la venta, de los que unos y otros se quejaron preceptivamente; se lanzaron las preguntas retóricas de rigor, para qué me he metido yo en esto, no sería mejor haberme hecho funcionario, ya puestos a vender por qué no teléfonos móviles o los chuches de Rajoy, etcétera. Por fin, el hombre de las Luces dijo una frase impresionante, otra frase que me escalofrió no menos que la de la susodicha, y tampoco entonces supe si el vientecillo que traía venía de las rendijas de la puerta entreabierta o era un soplo del corazón, interrumpido en mitad de la diástole. Si he comenzado con una frase oprobiosa, justo es que concluya con otra que le sirva de contrapeso. Aquel hombre dijo: pero yo estoy seguro de que por mi librería pasan las mejores personas de mi ciudad. Y yo a mi vez estoy absolutamente convencido de que decía la verdad.

miércoles 21 de octubre de 2009

La magia de Midas

El Congo Belga El Congo Belga

El Congo Belga. En junio de 1890, Joseph Conrad acababa de firmar un contrato como oficial de vapores fluviales con la Société Anonyme Belge pour le Commerce du Haut-Congo. Hasta el momento, había sido tibiamente escritor, pero sin insistir: se llevó a África, a la que le ligaba un compromiso de tres años de duración, una novela apenas empezada con el título de La locura de Almayer. Ese encabezamiento casi resultó premonitorio; los tres años se convirtieron en seis meses en cuanto el joven polaco con ínfulas de artista se enfrentó con la selva profunda, con el salvajismo de los colonizadores, con la fiebre, la disentería y, por supuesto, la locura. Aquella experiencia, que le dejaría de por vida las secuelas del reumatismo, la neuralgia y los ataques de asfixia, supuso toda una inflexión. “Antes del Congo era un perfecto animal”, dicen que dijo. Muchos años más tarde, aquel choque traumático encontraría su justificación y su sentido en una obra maestra: El corazón de las tinieblas. Era necesario, poéticamente hablando, que Conrad sufriera los azotes sucesivos de la enfermedad, del vértigo, del miedo, para que ellos nos entregaran su novela. El arte es la magia del rey Midas: recicla todo cuanto encuentra por terrible o insano que sea y convierte la basura en oro puro.


La piedra de Sísifo. En setiembre de 2000 llegué a Erewhon con el fin de cumplir una misión para el gobierno que aún no ha concluido. En ese lapso de nueve años (que pronto se convertirán en década) he habitado cuatro casas distintas, he convivido con tres personas, he compartido centro de trabajo con docenas que no puedo calcular, he escrito cuatro novelas y no sé cuántos relatos, he sufrido insomnios, y borracheras, he perdido una mujer y he ganado otra, he tenido un hijo y he envejecido. Soporto este lugar y a mi modo lo aprecio igual que el cuerpo tolera esas enfermedades leales hasta la muerte como el reuma o la nostalgia, que llegan para quedarse. Durante nueve años he pensado que este era (es) un destino provisional y basándome en ello he construido mi vida sobre una fecha de caducidad: un cambio que nunca llega, un recodo que nunca consigo alcanzar, la cumbre hasta la que Sísifo trata de aupar su canto rodado. Al principio creí que podría ser feliz en este rincón apartado del progreso, y durante un tiempo me contentó esta reclusión en compañía de mis libros, la música, el humo perdido de los pensamientos y las amistades que cambiaban de cara como reflejos en el agua. Luego la amarga verdad se hizo patente: echaba de menos los cines, y las librerías, y los cafés, y las muchachas rubias que pasan de refilón por las avenidas, y la vida se me partió en dos mitades. Yo1 era ese personaje incólume que soñaba con marcharse algún día a París o Manhattan y que redactaba su obra secreta en contacto con la gran ciudad; Yo2, no menos real y preocupante, era un amargado al que habían condenado al exilio en un páramo lleno de piedras desmigadas y perros con sed. Imposible reconciliarlos. De esa fisura surgió, sigue surgiendo inagotable igual que el vapor de un géiser, la tragedia de mi vida.


El dolor enseña. Una tradición secular intenta ennoblecer las desdichas convirtiéndolas en pretextos para la obra de arte. Es decir: es necesario sufrir con el fin de adquirir los conocimientos y el talante necesarios para rematar la gran obra. En cierto canto de la Ilíada se lee que los dioses tejen desventuras para los seres humanos con la intención de ofrecer material a los poemas épicos, y todos recordamos aquella (optimista) fórmula de Valéry según la cual tout aboutit à un livre. Conrad supo destilar su experiencia en el Congo y transformar el horror y la decepción sufridos en el combustible de su novela más paradigmática y mejor recordada. Ese pensamiento, como es natural, me ha atormentado durante todos estos años de destierro en Erewhon. Intentaba convencerme a mí mismo de que este aburrimiento, este desamparo y esta hartura podían ser beneficiosos si de ellos extraía madera para alimentar la hoguera de una extraordinaria obra futura: pero esa obra no se dejaba encender, y si prendía acababa por consumirse a los pocos chispazos (encender un fuego parece una cosa muy sencilla en las historias de Jack London, pero ¿lo habéis intentado en serio alguna vez?). De pésimo humor y rondado por negros pensamientos, quise ponerme solemne y dedicar un monumento al hastío de vivir. Perpetré una novela ambientada en la Alemania de posguerra donde un antiguo artista era obligado a trabajar en una fábrica de cocacola, con las reflexiones de rigor: un despropósito. Escribí algunos cuentos que tal vez no estaban mal y en los que viajantes de comercio languidecían en moteles de carretera o ingenieros de caminos trazaban en el desierto carreteras que no conducían a ninguna parte. De momento, sigo sin encontrar la obra que redima todos estos años, que los justifique. Lo más parecido es un argumento que acaricio desde hace meses, una novela de terror que anda a caballo entre el Salem’s Lot de Stephen King y el Innsmouth de Lovecraft, protagonizado, claro, por un pueblo lleno de vampiros o de zombis.


Mi último consuelo. Aquí en Erewhon no tengo biblioteca y no puedo citar exactamente ese poema de Cavafis que adoro y que dice más o menos que nunca llegarás o dejarás tu ciudad; estabas allí antes de irrumpir en ella, te quedarás cuando te marches. Y luego pienso: ¿y si Erewhon es realmente mi patria pero no alcanzo a comprenderlo?

viernes 16 de octubre de 2009

¿Agorafobia?


Amenábar, Amenábar, moro de la morería. En fin, el lunes anduve a ver la película de Amenábar. Naturalmente, me picaba la curiosidad por ver de qué modo había retratado Alejandro esa ciudad bulliciosa y convulsa que estuve visitando en visiones durante año y medio, así como la Hipatia por la que finalmente se había decantado: si la histórica, si la mitológica, si la ilustrada, la romántica, la prerrafaelista o alguna otra de su invención. Mi veredicto: la película es altamente recomendable. No comprendo ni comparto esa agorafobia que se ha apoderado de ciertos medios donde se la moteja de frígida, de académica, de banal; considero, muy al contrario, que es una historia bien narrada, con sus clásicos héroes, villanos y crisis dramáticas que mueve a la emoción a las almas bien criadas (mi hermana, sin ir más lejos, empezó a llorar en el momento en que Orestes suplica a Hipatia que se bautice y ya no paró hasta el final). Aprecio en lo que valen los manejos técnicos del director (esos planos cenitales, esas perspectivas a lo Google Earth con la imagen nubosa de Alejandría entre el Mediterráneo y el lago que ya no existe, esa curiosa inversión de la imagen en el momento en que las hordas cristianas asuelan la Biblioteca), así como otras sutilezas del guión que me parecen el colmo de lo delicado: como reconstruir el sonido del aulós que Orestes tañe en la escena del teatro o el hecho de que los personajes se refieran a los planetas calificándolos como “las errantes” (en efecto, tai planetái significaba en griego antiguo “las [estrellas] errantes”). Además, a Rachel Weisz el peplo le sienta de caramelo. Por lo demás, considero que la tendenciosidad del argumento, que ni es inocente ni pretende presentarse como tal (sí, los filósofos son higiénicos, lampiños y educados, mientras los cristianos parecen sacados de un cásting entre miembros de Al Qaeda), es de plena vigencia en los tiempos que corren: estamos hartos de integrismos y de mesías cerriles que dicen disponer de línea telefónica directa con Dios.

El domingo, en la tele. El próximo domingo día 19, a las 19:30, podréis verme en el programa El público lee, de Canal Sur 2, conversando acerca de Tormenta sobre Alejandría en compañía de tres amables lectores. Quienes ya la habéis leído tendréis oportunidad de contrastar vuestras impresiones con las de los invitados al estudio, y quienes aún no lo hayáis hecho... Bueno, ¿a qué estáis esperando de una vez?



jueves 8 de octubre de 2009

No amanece más temprano


La maldición del despertador. Este año, en mi puesto de trabajo en Erewhon, allende las montañas, me han dado un horario de echarse a temblar. De frío, de miedo, de sueño, si es que de sueño se puede temblar. Algunos no lo encontrarán suficientemente severo, pero a lo largo de toda mi vida he sido educado para mantenerme fiel a las sábanas el mayor tiempo posible. Por imperativo laboral, debo levantarme lunes y miércoles a esa hora en que se despiertan los estibadores y se duermen las putas, las seis y media de la mañana. El jueves, a las siete y media. Y sobrellevo como mejor puedo esta maldición: es decir, convertido en un autómata, despojado de alma, sentimientos e ideas hasta esa hora decente y humana en que el sol ya brilla sobre nuestros cráneos, las diez de la mañana. Lo reconozco: antes de las diez estoy cerrado. Quien hable conmigo sólo encontrará un contestador automático, y quien pretenda hacerme trabajar con un mínimo de eficacia se las verá con un muñequito de cucú suizo, que repite obsesivamente el mismo gesto sin saber lo que hace. Estudié los tres últimos cursos de la carrera en el turno de tarde para no tener que abandonar el calor de mi cama a horas indecentes y el amanecer siempre ha equivalido en mi diccionario mental a un espléndido dolor de cabeza, por no hablar del sentimiento de apocalipsis. En fin: ¿me oye algún dirigente de algún poderoso establecimiento? ¿Alguien del Ministerio de Cultura, o de algún lobby mediático que necesite tertulianos para programas vespertinos? ¿No hay algún Instituto Cervantes por alguna esquina donde ofrezcan horarios más caritativos, que lo mismo me da Kiev que Singapur? Que alguien me libre de la maldición del despertador: temo más al alba en las ventanas que un vampiro viejo.


Malo para la salud. Jamás se me borrará de la memoria un artículo del dominical de El País en que Muñoz Molina (a quien, por otra parte, admiro mucho) presumía de lo feliz que era disponiendo desde tierna edad del mejor empleo del mundo: uno que le permite ganar un salario haciendo lo que más le gusta sin aparente esfuerzo y que además (y aquí me araño cada vez que lo pienso) no le exige horarios de entrada o salida ni levantarse o irse a la cama a horas poco recomendables. Mi admirado Schopenhauer, al que le gustaba permanecer en la piltra hasta que el sol ya doraba las cortinas, dejó escrito que madrugar es una pérdida de tiempo y energía lamentable, que además conduce al quebranto de nuestra inteligencia. La mente, sometida a un esfuerzo excesivo durante esas horas en que aún debería permanecer en reposo, acaba por resentirse y funcionar de manera defectuosa: mucho mejor resulta, dice, dejarla descansar hasta que haya recuperado plenamente su potencial. Es lo que pasa, para entendernos, cuando usas siempre el móvil o el ordenador portátil con la batería a media carga, que acaba por joderse.


Eran las cinco en todos los relojes. Pero hay otros escritores, pensadores, artistas y gentes profundas que prefieren el madrugón y no se arredran ante esas horas muertas que preceden al canto de los gallos. Juan José Millás dice alzarse del lecho a las cinco de la mañana, tomarse un café, leer la prensa y ponerse a trabajar ante de las seis. A mí esta conducta me resulta no menos alarmante y tremenda que la de un asesino en serie, e igual de incomprensible. Sin embargo, Millás no está solo en la división de los psicópatas. Grande fue mi pasmo cuando leí que la gran mayoría de los aforismos o pensamientos a vuelapluma que llenan los Cahiers del pluscuamperfecto Paul Valéry habían sido escritos en el lapso que media entre las cinco y las siete de la mañana, y que el susodicho consideraba que aquel era el momento del día en que su cerebro se hallaba más despejado y libre de miasmas. Madre mía: a esa hora, el mío está hecho de chocolate derretido. Otro de la misma tribu era el famoso mago, matemático y taumaturgo de la reina Isabel I de Inglaterra, el siempre delicioso John Dee. También este estaba en pie a las cinco, y además declaraba no necesitar más de tres o cuatro horas diarias de sueño para levantarse hecho un león. Con días de veinte horas tuvo tiempo de sobra para escribir todo lo que escribió, sí.


La lechuza de Minerva. Puede ser que distancias tan palmarias entre quienes aman la imaginaria y los que prefieren la mullida tibieza del colchón se deban a diferencias en la estructura orgánica de unos y de otros. En el doctísimo y fabuloso Grande libro do maravilhoso e do fantástico (Lisboa, Selecçoes do Reader’s Digest, 1977), parte primera, capítulo segundo, sección novena (“Cotovias e corujas”), leo que el ritmo natural de la vida humana se sitúa entre la extensión del día solar, de veinticuatro horas, y la del día lunar, cincuenta minutos más larga, por lo que es llamado ritmo circadiano. Copio de la página 51: “... la actividad, el temperamento e incluso la resistencia a las infecciones son controlados por el reloj circadiano, que puede justificar igualmente que algunos epilépticos sólo sufran ataques a ciertas horas del día o la náusea matutina de algunas mujeres embarazadas... Los ciclos circadianos justifican las diferencias entre individuos ‘lechuzas’, que se mantienen activos hasta altas horas de la noche y se despiertan tarde, y ‘alondras’, que se levantan temprano, trabajan más eficazmente durante la mañana y se duermen temprano. Los individuos ‘alondras’ tienden a ser introspectivos y pensativos, mientras los ‘lechuzas’ son, normalmente, más extrovertidos. Los trabajadores manuales tienden a ser ‘alondras’, mientras los trabajadores intelectuales son habitualmente ‘lechuzas’... En los ‘alondras’, la temperatura del cuerpo y la actividad remontan más rápidamente y declinan al anochecer, altura en que los ‘lechuzas’ no han alcanzado todavía la curva descendente”. Ahora entiendo por qué me dedico a la filosofía: dijo Hegel que la lechuza de Minerva sólo eleva el vuelo al anochecer.

miércoles 30 de septiembre de 2009

Bright Cecilia, Hail!


Hail! Bright Cecilia, Hail to thee!
Great Patroness of Us and Harmony!
Who, whilst among the Choir above
Thou dost thy former Skill improve,
With Rapture of Delight dost see
Thy Favourite Art
Make up a Part
Of infinite Felicity.


Ode to St. Cecilia, 1692

Nicholas Brady, música de Henry Purcell



Razones para amar a la Bartoli. Su aspecto de portera romana que prepara óptimamente los spaghetti; la forma que tiene de reírse, que parece resonar contra una bóveda; sus interpretaciones de Papagena y Zerlina; esa ventolera, madre mía, que guarda dentro del pecho y que le permite subir y bajar escalas sin detenerse a resollar un segundo; el pelo alborotado y marino que no desentonaría en el cráneo de una verdulera; la potencia de la voz, que pone en peligro las vajillas; la simpatía (¿o eso ya lo he dicho?), sobre todo después de que nos hayan hecho creer que para cantar ópera hay que ser de piedra, metal o palo; lo bien que sabe escoger las orquestas que la acompañan y los repertorios que debe cantar; esa cosa mestiza de español e italiano que habla cuando la entrevistan en la radio, entre carcajada y carcajada; ella, toda ella. Querida Cecilia: si no hubieras, habría que inventarte.


De Vivaldi a la Malibrán. A los ignorantes les informaré de que te diste a conocer en la década de los noventa con tus fogosas interpretaciones de personajes rossinianos y mozartianos que te vienen como un guante, y que pronto se hizo patente en las esferas discográficas que tu talento (consistente en dos facultades principales que ya catapultaron al elíseo a muchas divas del pasado: la energía en las arias de bravura, la calidez en las de sentimiento) debía aspirar a miras más altas. Así que en 1999 te colocaron junto a Giovanni Antonini al frente de ese conjunto incomparable que me hace ponerme de rodillas, Il Giardino Armonico, y sorprendiste a medio globo terráqueo con The Vivaldi Album, una selección de las más valiosas arias del preste rosso. Todo un signo de los tiempos: porque tanto intérpretes como audiencia, cansado de los ritornellos de las Quattro Stagioni, estaba empezando a descubrir que Vivaldi también había escrito óperas, en realidad bastantes óperas, y que muchos de los tesoros que guardaban en su interior eran de lo más dorado de sus partiruras. El exitazo, predecible por otra parte, continuó con The Salieri Album, este de 2003. Se repetían varios de los rasgos de tu recopilación anterior: un autor más o menos de renombre (en este caso, el legendario rival de Amadeus) con obras perfectamente olvidadas o cubiertas de óxido. Debo decir que, aunque tu voz me deslumbra como siempre y sabes despertar en mi corazón la más amplia gama de matices de la desesperación a la rabia, en tu álbum sobre Salieri (con Adam Fischer y The Orchestra of the Age of the Enlightenment) no alcanzas, quizá por el acompañamiento, la misma cumbre que en el de Vivaldi o en el de tu siguiente pelotazo, tal vez mi favorito, Opera proibita (2005). Marc Minkowski y les musiciens du Louvre parecían una banda más acorde con tu idisosincrasia y esas arias de Haendel y Scarlatti que resonaron en la Roma de inicios del XVIII y de las que sabes sacar más jugo que de una sandía en agosto: tu versión de Lascia l’espina sigue rebasando todas las barreras de mi estupor y mi idolatría. Y si Maria (2007), tu antología última (dedicada a la soprano española de inicios del XIX, María Malibrán), debo reconocer que me deja más indiferente, el defecto se debe sólo a mí y nunca a tu destreza vocal o interpretativa: ya sabes lo maniático que soy en cuanto me arrastran más allá de Rossini o de Beethoven.


El sacrificio. Pero en fin, si te dedico esta carta abierta es porque has regresado a la palestra, y con un programa, igual que de costumbre, que resulta de lo más suculento. Aún no lo he visto en tiendas, pero sí te he oído promocionarlo por la radio y he visitado tu página web para informarme al respecto. En Sacrificium vuelves a hacer de las tuyas: a investigar archivos musicales en busca de legajos desapercibidos u obras maestras pasadas por alto, y a dotar de carne e sangue a una melodía condenada desde mucho tiempo atrás a la ceniza de los osarios. Sacrificium, informo al profano, es una antología dedicada al ambiguo universo de los castrati, y centrada sobre todo en las producciones aparecidas en torno a la famosa (en su día) Scuola dei castrati de Nápoles. Allí reinó Nicola Porpora (1686-1768), compositor, pedagogo y empresario calificado por George Sand de “premier maître de chant de l’univers”, y allí estableció lo que podría merecer el apelativo de mayor fábrica de castrati de Europa. Con total impunidad, en nombre de la sacrosanta belleza, Porpora arrancó los genitales de más de cinco mil niños con la excusa de convertirlos en exquisitos instrumentos de música. Algunos de ellos (Caffarelli, Farinelli, Salimbeni, Appiani) llegaron a la cumbre y se codearon con emperadores y magnates; otros, oscuros, acabaron cantando en tabernas y lamentando una operación (por decirlo livianamente) que los había reducido a hombres a medias. Para resaltar esa ambigüedad (la de varones en cuyo pecho vibraba una voz de mujer), querida Cecilia, has decorado la portada de Sacrificium con un montaje fotográfico que, voy a serte sincero (como por demás lo estoy siendo a lo largo de toda esta misiva), me parece de un gusto un tanto discutible. Perdóname, pero ¿te asesoró el decorador de algún gimnasio o algún escayolista?


¡Tres octavas! El gran reto al que se enfrenta cualquier intérprete actual que desee reproducir la música de los castrati tal y como se hacía en su época consiste en la tesitura. Se sabe que Farinelli, con su voz híbrida, era capaz de dominar la altura de tres octavas, y desenvolverse en ámbitos que pertenecen tanto a la soprano como a las notas más altas del tenor. Tú, Cecilia, con esa herramienta pulmonar que te ha dado natura y esos golpes de fiato que mueven a acezar a quien simplemente te oye, parecías predestinada para la tarea. Invito a los escépticos a visitar tu página personal y echar un oído a tu versión de Cadro, ma qui là si mira de Araia, o, sobre todo, al Son qual nave de Broschi. Comparaciones odiosas: si alguien dispone de la BSO de la película de Gérard Corbiau Farinelli (1994), no está de más que oiga también la interpretación ofrecida en este disco y que repare en similitudes y diferencias (más). Sobre todo, teniendo en cuenta que quien canta en Farinelli no es una persona, sino un monstruo frankensteiniano creado en los laboratorios del IRCAM de París a base de injertar las voces del contratenor Dereck Lee Ragin y la soprano Ewa Godlewska. Veréis que no hay confrontación posible. Por todo lo cual, y en espera de darme el atracón de tu disco completo (¿cuándo sale a la venta?), brillante Cecilia, yo te saludo.


Cambio de tercio: invitación formal. Amigos, por la presente os invito a todos a la presentación oficial en sociedad de mi novela Tormenta sobre Alejandría, que tendrá lugar en La Carbonería, calle Levíes nº 18 Sevilla, a las 20:30 horas del próximo miércoles 7 de octubre. Si paseáis por allí cerca, no dejéis de asomaros; y si no, bueno, declarad vuestra intención (que es lo que cuenta) y al pasar lista os consideraré presentes.

jueves 24 de septiembre de 2009

Me da en la nariz




Ahí pero dónde, cómo. Imagino que la gran mayoría de vosotros habrá tenido acceso en multitud de ocasiones a la misma experiencia. Entráis en un ascensor, o en un café abarrotado, o en el asiento trasero de un taxi, y sentís el golpe de algo; una imagen, una sensación que se escurre os atosiga repentinamente los cinco sentidos y creéis estar en otra parte o percibir un color; el aire es más mullido, la realidad más indulgente; recordáis sin aparente pretexto la almohada de vuestro cuarto de niños o el vuelo de la falda de mamá. Hasta que, pasado un rato, os apercibís de que se trata de un olor: alguien ha estado ahí apenas un segundo atrás y acaba de marcharse, no sin antes dejar la huella de su perfume, ese duplicado que se parece al contorno del cuerpo sobre las sábanas. El otro día penetré en el vestíbulo de un hotel y me vino la bofetada de un amor: una profesora de alemán que tuve y con la que soñaba y proyectaba viajes estúpidos a países con nieve y lecturas apretujados frente a una mesa con vela y un volumen (digamos) de E. T. A. Hoffmann abierto entre ambos. Todo vino con el perfume de una desconocida y todo se marchó en cuanto la puerta giratoria hizo rotar el universo sobre su eje y lo devolvió a su posición primera.


El arte no es cosa de hocicos. Lo cual me hace razonar que el sentido del olfato resulta radicalmente distinto, tanto en percepción como en el efecto que produce, al resto de los otros. El olfato no avanza de frente (como la visión, porque ya sabemos que la luz se expande en línea recta), sino que aprovecha meandros; no ofrece razones, sino atisbos; su estado preferido no es el sólido (el del tacto), ni el líquido (el del oído interno), sino el gaseoso, que se esfuma de continuo. Quizá se trata del único resto de atavismo que nos queda a los pobrecitos seres humanos, pero lo cierto es que un olor convence, repele o magnetiza con mucha mayor contundencia que cualquier otra clase de sensación: vestigio, por qué no, de esa infancia remota en que fatigábamos las selvas y necesitábamos hocicos para rastrear el almuerzo entre la maleza. Si una imagen vale por mil palabras, un olor vale por mil imágenes y las desborda. Es curioso, se me ocurre, que no exista un arte particular del olfato. La visión tiene la pintura, el oído la música, la lengua a Ferrán Adriá. Lo más similar a un arte de la nariz sería, supongo, la perfumería, pero no sé quiénes son sus Leonardos ni sus Cézannes ni en qué consiste el clasicismo o el cubismo en cuestión de fragancias. Todas estas evidencias que acumulo a bote pronto no son nuevas y han sido ya formuladas muchas veces, por lo menos desde que el insigne E. A. Poe anotara en el margen de un libro que estaba leyendo: “Creo que los olores poseen una fuerza sumamente peculiar, afectándonos mediante la asociación; su fuerza difiere esencialmente de la de los objetos que apelan al tacto, el sabor, la vista o el oído” (Marginalia, XXIX, traducción de Julio Cortázar).


Grandes narices de la literatura. Referirse al potencial gnoseológico de la nariz significa, naturalmente, acordarse de Patrick Süskind y de su famoso El perfume, una novela que no fue escrita para erigirse en best-seller pero a la que sin embargo el destino, que a veces tiene maneras de humorista televisivo, otorgó esa condición, y que ha sabido resistir el éxito y los años con una salud que ya quisieran muchos abuelos. Jean-Baptiste Grenouille llega a una constatación que nos inquieta y divierte a partes iguales: que el amor y el odio por el prójimo no son cosa del corazón, sino de las fosas nasales; que instancias más subterráneas y pulmonares que la afinidad son las que nos hacen preferir una novia a otra o un amigo a otro; que el triunfo o el fracaso no se hallan en el ánimo ni la ruleta del casino, sino en las feromonas. Otro personaje dotado de una envidiable virtud para sorber la verdad a través del olfato es el protagonista de la curiosa (y coquetamente editada) La nariz de Edward Trencom, de Giles Milton (La Factoría de Ideas, 2009), sobre cuyo argumento y actores podéis informaros aquí mismo. Trencom es levemente distinto a Grenouille, más integrado que apocalíptico, y pone su raro don al servicio de la humanidad en vez de en su contra: lo usa, en concreto, para calibrar las virtudes de los quesos.


Yo ya he estado aquí antes. Somos acémilas que giran una vez y otra en torno a la misma rueda de molino. Hallo que ya abordé este mismo tema con parecidos ejemplos hace nada menos que un lustro, en un artículo que redacté para dar cuenta de la aparición de una máquina capaz de imitar olores, y que podía llevar a casa del usuario las fragancias del bosque, la granja o el basurero. Interesados, pinchen en la web de El País.