sábado, 27 de diciembre de 2008

La isla de la mujer del pintor


Hacerse de una cultura, afirma Viernes, no difiere en esencia de construirse una casa. La gran mayoría prefiere los chalés en serie, adosados, pareados o con parcela propia, cómodamente servidos en serie por las inmobiliarias. Algún excéntrico se atreve a contratar a un arquitecto y le marca el recorrido del tiralíneas con la punta del dedo, dejando bien claro de antemano dónde desea que se encuentren situados los dormitorios y qué orientación ha de respetar el salón para que las mañanas sean debidamente soleadas y eufóricas. Otros, por último, aunque no hayan estudiado delineación, se atreven a edificarse a sí mismos, con los predecibles resultados de proporción y simetría. Sin embargo, son estos ejemplares los que ofrecen más atractivos al visitante: habitaciones que terminan bruscamente en un techo en rampa, sótanos para los que nadie ha designado una puerta, ventanas que no dan a ninguna parte y torres que parecen elevarse temerariamente sobre el vacío de los tejados.

Viernes pretende proveerme de detalles extraños, aunque no por ello menos fidedignos; que el Ulises lo escribió Joyce y Augusto fue el primer emperador de Roma constituyen datos tan trillados y de andar por casa que cualquiera puede usarlos en una conversación después de leerlos en la tarjeta correspondiente del Trivial. Viernes quiere hablarme de otras cosas. De Sir Walter Raleigh, por ejemplo. Raleigh también es fácilmente localizable en el Trivial, porque se trató de una de las principales lumbreras de la política inglesa del siglo XVI. Favorito de la reina Isabel, viajó a América, donde ejerció de pirata, y fundó la colonia de Virginia, primera punta de lanza del Imperio al otro lado del océano; de regreso, trajo consigo dos plantas exóticas que no tardarían en propagarse por todo el viejo continente como un incendio, el tabaco y la patata; aparte, Raleigh fue autor de hermosos versos renacentistas, tallados al modo de la orfebrería italiana, entre ellos un epitalamio y una invitación convivial que hacen entrever que el siglo que le tocó vivir fue acaso más confortable o delicado que el nuestro. Viernes empieza hablándome de Walter Raleigh.

En alguna de sus correrías por las costas españolas del Nuevo Mundo, Raleigh capturó un buque. Su misión era arrasar literalmente todos los puestos comerciales o militares que fuera encontrando a lo largo del litoral, para que el avieso rey Felipe no contase con más plata con que sufragar una segunda Armada Invencible. Los prisioneros que hizo en el buque capturado le ayudarían en esa labor: uno de ellos, que a la sazón podemos imaginar como un ilustrado bachiller de Alcalá o Salamanca embarcado hacia las Indias por haberse enamorado de la esposa de un alguacil, llevaba un mapa; en él, salpicado de islas como si le hubieran escupido, figuraban todos los puertos españoles. Raleigh es hombre delicado (ya hemos dicho que escribía versos), pero su amor a la reina puede sobre sus convicciones humanitarias: manda torturar a todos los prisioneros con el fin de conocer la situación exacta, nombre y dotación de dichas plazas. Unos mueren bajo las tenazas, otros se ahogan al ser pasados bajo la quilla, un tercero se desangra bajo las cuchilladas mientras invoca a voces a la Santísima Virgen del Pilar. El bachiller es menos devoto de los monarcas, ya gobiernen sobre este o sobre el mundo de al lado: confiesa tranquilamente todo cuanto Raleigh le solicita. Así da la lista de las posiciones de San José, de La Española, de Santa María y Santiago. Cuando Raleigh señala una isla diminuta como un lunar perdida en mitad del Caribe e inquiere su identidad, el bachiller hace un gesto de desprecio con la mano.

—Esa isla no existe —dice—. Es la Isla de la Mujer del Pintor.

Y explica que el autor del mapa fue un pobre hombre que amaba tanto a su mujer que le prometió una isla. Y que incapaz de adquirirla para ella por la fuerza del dinero o de las armas, la pintó en el mapa, para dar su palabra por cumplida. Según parece, muchas de las cartas de la costa caribeña que se elaborarían durante el siglo XVII y XVIII tomaron como modelo aquel boceto del bachiller español, porque la Isla de la Mujer del Pintor continuaba allí como si tal cosa dos siglos más tarde, cuando Jonathan Swift, en un contexto que nada tiene que ver con Liliput ni los houyhnhnms, la cita en la sección V de su Tale of a tub.

Uno puede extraviase de muchas maneras, algunas pedestres y descuidadas; el método más científico de hacerlo es un mapa.

martes, 16 de diciembre de 2008

Vampirismo


Hace años, Lucía Luengo me condujo hasta el despacho que entonces la cobijaba en la sección Infantil y Juvenil de Alfaguara y me enseñó una caja de zapatos. Al abrirla, descubrí una manzana de mentira y un libro. Era Crepúsculo, el título inicial de la (ahora) inevitable trilogía de Stephenie Meyer, que lleva todas las papeletas de heredar los excesos mitómanos del mago miope y los jedis verdes de medio metro. Entonces, Lucía me profetizó que aquella novela, con las dos que la continuaban, iba a convertirse en un éxito de ventas sin precedentes y que iba a romper todos los techos de las estadísticas y a reventar las listas de los suplementos. Yo asentí sin convencimiento: he oído demasiadas veces a un editor prometer lo mismo, sea de un libro mío o, más frecuentemente, del de otro. El caso es que, según demuestran la versión cinematográfica, la reedición del título en formato bolsillo y la avalancha de merchandising que se avecina, la señorita Luengo (ya señora) tenía razón.

Ella me describió el argumento de la obra como la historia de amor imposible entre un vampiro y una niña de instituto a la que empiezan a afear los granos y las primeras reglas. Lo que he entrevisto de la película en los noticiarios refrenda su resumen: una especie de protagonista de teleserie juvenil pintado con tiza (por lo de la palidez) lleva a su novia a lo alto de una conífera para que contemple la inmensidad de la ciudad en la noche o la protege de los apetitos de sus compañeros de ataúd, más interesados en la sangre de sus venas que en las carnes que las envuelven. El éxito, dicen quienes entienden de estas cosas (y Viernes se muestra de acuerdo) está garantizado por dos sucintos motivos: folletín amoroso adaptado a las lectoras de Vale y Super Pop y vampiros. Los vampiros son el futuro: nunca mueren.

Me da ahora por preguntarme por la pervivencia de este mito de la literatura fantástica, el vampiro, y de su excelente estado de salud en contraste con otros de sus congéneres. A saber: el hombre lobo debe de andar años lamiéndose las llagas por alguna perrera sin que nadie se acuerde de él, de Frankenstein poco más sabemos después de la adaptación de Brannagh (si exceptuamos la deliciosa paráfrasis de Eduardo Manostijeras), y el resto de los que poblaron alguna vez los estudios de la Hammer (el doctor Jekyll, los espectros de Poe y algún otro desgraciado monstruo de rebajas) deben de andar engrosando los desechos del trastero de la imaginación colectiva, vulgo la basura. Sin embargo, ahí sigue el vampiro con una forma envidiable. Tiene a su favor los múltiples disparates con mercromina de Jess Frank (recién goya honorífico), el desbordante homenaje del Drácula de Coppola, el Rüdiger de Angela Sommer-Bodenburg (que conoció una versión televisiva australiana), el Lestat de Anne Rice dos veces inmortal gracias a un Tom Cruise con chorreras, Wesley Snipes y su catana, Treinta días de oscuridad y no sé cuántas franquicias más que me dejo en la chistera y que agradeceré a cualquier lector que añada al lote a su buen criterio. Cuando le pregunto a Viernes por esta profusión, esboza una sonrisa de suficiencia, esa del maestro en el momento en que el alumno reconoce que no sabe resolver el problema de geometría frente a la pizarra, y explica muy didácticamente:

—Mi querido Testigo ocular, ¿no te das cuenta? Enciende el televisor; visita las clínicas; asómate a la farmacia; consulta el gimnasio. ¿Qué ves? Jóvenes perpetuos. Falsos jóvenes a los que se ha conmutado la pena. Yogures caducados tratados químicamente. Es obligatorio ser joven, ya sea a costa del bisturí, de las pastillas blancas o azules, de la cinta y la bicicleta, de los tarros de crema. De momento, el vampiro es el único que ha conseguido ese objetivo por un precio irrisorio: su propia alma. El alma es un producto que no se valora mucho en los días que corren, y parece bastante ventajoso cambiarlo por la desaparición de las arrugas y los problemas de incontinencia urinaria. Y además, los vampiros sólo viven de noche y duermen durante las horas de sol: ¿no podrían vivir perfectamente en Ibiza?

Hasta aquí mi investigación sobre el estado actual de la cuestión, aunque reconozco que puede dar para mucho más. Quizá en sucesivas entregas, si Viernes se muestra de acuerdo.

viernes, 12 de diciembre de 2008

El sueño de San José


Para completar mi educación, Viernes insiste en que debo ver algunos cuadros. El razonamiento discursivo avanza mediante términos y conceptos y a menudo pierde la frescura de la intuición; en la imagen todo es inmediato, repentino, evidente de por sí. Con el fin de reforzar su tesis, que de por sí encuentro ya bastante convincente, Viernes menciona un refrán manido sobre una imagen y mil palabras y cita a Chesterton: nadie puede ser tan ingenuo como para suponer que todos los matices iridiscentes del alma humana y el infinito cromatismo de nuestras esperanzas, anhelos y miedos encuentre resumen en una bolsa de aire con la facultad de emitir gruñidos.

El primer cuadro frente al que me coloca es El sueño de San José, de Georges de la Tour. He incluido una reproducción de la obra al inicio de este post para que juzguéis por vosotros mismos si mis opiniones al respecto son acertadas o descarrilan. Georges de La Tour fue un maestro barroco francés que vivió en el siglo XVII y desarrolló casi la totalidad de su carrera en Lorena. Sus cuadros son famosos por, igual que este, proponer una novedosa combinación de luces y sombras y jugar dramáticamente con los focos: las escenas que pinta suelen consistir en interiores, talleres o alcobas cuyas profundidades quedan sumidas en una indistinta tonalidad negra; sobre ellas, procedente de un rincón, de lo alto de una mesilla o la llama de una palmatoria, se impone un resplandor de ámbar tenue, casi transparente, de una misteriosa calidez que tiene mucho de sobrenatural. Todas las obras de La Tour parecen haber sido generadas en estado de gracia o de fiebre.

El sueño de San José no es una excepción. Debemos suponer que el suceso tiene lugar en una habitación, tal vez en la cocina o la salita de la casa de adobe que el anciano debe de compartir con María, pero el fondo es tan abstracto que se presta a cualquier conjetura. El protagonista del cuadro es, precisamente, el único personaje invisible, pero de cuya presencia podemos sospechar a través de sus reflejos indirectos: la lumbre de la lámpara. La lengua de fuego está ahí, prestando solidez a los personajes, dotando de relieve a las arrugas de José y subrayando las líneas del volumen que sostiene; pero de ella sólo percibimos el testimonio indirecto de un penacho sobre el brazo del joven, y el nimbo que irradia el centro del cuadro y que permanece en tinieblas. La lección de La Tour puede ser: aquello que vivifica, que presta sentido, que nos permite reconocer nuestro entorno, puede permanecer oculto; sin embargo, no por ello deja de prestarnos su luz.

La escena, íntima, recogida, casi en voz baja, recuerda forzosamente a la música sacra de la época. En concreto, miro este cuadro y no puedo dejar de pensar en las Leçons de ténèbres del maestro François Couperin, con esas voces blancas que parecen perderse en el vacío, que es la muerte. Al efecto, me sirven también las Leçons de Charpentier. El color pardo, cenagoso, del fondo y la ropa del muchacho tal vez sugieran alguna suite de Marin Marais, aunque esa posibilidad la someto al arbitrio de otros espectadores. No quiero dejar de consignar aquí, para que Viernes comprenda que después de todo no se las ve con un inculto integral, que uno de los libros más interesantes que se han escrito sobre la vida y trabajos de La Tour pertenece a la pluma de Pascal Quignard, el autor de esa maravilla a media luz que es Tous les matins du monde.

El joven, naturalmente, es un ángel. Bastante modesto, doméstico y de andar por casa, si lo comparamos con los ampulosos hermafroditas que pueblan los escenarios de Murillo, Zurbarán y otros artistas de nuestro patio de atrás. Tampoco se parece a Viernes, es verdad: Viernes tiene más el aspecto de un funcionario estreñido, de esos que te devuelven los papeles desde la ventanilla con la boca contraída por una punzada en las hemorroides. Algo que me maravilla e inquieta en el cuadro es el ojo del ángel. Miradlo bien, ampliad la imagen si es necesario. Os daréis cuenta de su completa negrura, como el caviar, como los ojos de los ahogados, como los de los extraterrestres de Roswell. Luigi los tenía así al nacer. Supongo que el pintor quiso declarar con ese detalle, con la ausencia de esclerótica y una pupila rotunda como una acusación, que el joven procedía de otro mundo y que las cosas que se ven en ese más allá se parecen sólo de lejos a las que podemos presenciar en este suelo nuestro. Por otra parte, no sabemos a ciencia cierta qué mundo exacto es el que retrata la escena. Es decir, no sabemos si José duerme y es visitado por el ángel sin advertirlo o el ángel se le aparece dentro del sueño. ¿La imagen del cuadro es un sueño de José o lo que contemplaría un espectador desde fuera de la habitación? ¿Es sólo posible ver a los ángeles en sueños?

Después de todo, puede que Viernes se reduzca a un efecto colateral de la valeriana que me caliento cada noche antes de irme a la cama.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Hazte tu propia novela


Queridos intrusos: por la presente os invito a todos a la ponencia (o discurso, o monólogo, a elegir) que tendré el gusto de pronunciar a las 19:30 horas de mañana mismo, día 9 de diciembre de 2008, en el Curso de Escritura Creativa del ínclito Javier Mije, en la Biblioteca Pública Infanta Elena, Avenida de María Luisa, 8, Sevilla, 41013. El tema sobre el que desarrollaré mis dotes oratorias será el método para la construcción de novelas, y el incondicional que visite la sala de actos a la hora antedicha volverá a casa, de seguro, con más herramientas y trucos para encarar tarea tan gravosa a las manos poco habituadas. También aceptaré una cerveza, o copa de vino, de cualquiera de vosotros con sanas intenciones.

El espíritu del vino


Estos días ha hecho frío y no me apetece la cerveza. Prefiero el vino. En el bar en que cenamos anoche pedí un vino tinto y el camarero eligió una botella de entre todas las que atestaban el mostrador. La elevó, la observó al trasluz. Dijo que la botella tenía poso y que iba a decantarla. Me sonó bien. No tengo una idea demasiado transparente de lo que significa que las botellas críen poso, y en mi diccionario mental la palabra decantar se reduce a un sinónimo vistoso de preferir. Es un vino muy colorado, como el pellejo de un zorro, y huele bien.

En la mesa, mientras los otros hablan de cosas que no me interesan lo más mínimo, miro el cristal del vino. Hay algo tranquilizador, maternal y hogareño en el modo que tiene de empañar la copa y de filtrar la luz de las lámparas, que se convierten en manchas de carmín sobre el tapete. Probarlo es como sentarse delante de una chimenea. Al beber reparo en que afuera, al otro lado de las ventanas, hace frío y la noche es negra y hueca como un edificio en ruinas. Me siento bien, me siento más que bien: rozo uno de esos momentos de comunión con el destino y de satisfacción panteísta de los que retrata William James en el libro que estoy leyendo ahora y del que quizá hable aquí otro día.

No sé si tiene mucho sentido escribir todas estas tonterías, pero Viernes vuelve con el insomnio y me ordena que me coloque frente al ordenador. Obedezco. Siempre he sido muy razonable, o al menos eso dice mamá.

viernes, 5 de diciembre de 2008

La visita


Soñaba con una torre. Es algo que me sucede a menudo, soñar con torres. No sé si se trata de la Torre de Babel o de la Torre Cajasol: en cualquier caso, subo y subo un tramo infinito de escaleras que se enrosca hacia las alturas y que parece no concluir jamás. En cierto punto los peldaños desaparecen, la espiral se deshace en el vacío. Entonces despierto. Al despertar, me pareció oír a alguien junto a la cama. Al principio pensé que era Luigi. Tengo un niño de seis meses que se llama Luigi y que de noche bracea sin cesar en su cuna como si los sueños fueran una corriente y él la atravesara nadando. A menudo me pregunto en qué consistirán los sueños de un bebé de seis meses y nunca he alcanzado una respuesta satisfactoria, pero de lo que no parece caber duda es de que contienen agua.

El ruido que había percibido junto a mi almohada no provenía del niño. Había alguien sentado allí, con la piel blanca como la de una monja. Le pregunté quién era y cómo había entrado en el dormitorio. Se presentó como mi ángel de la guarda y dijo que venía a traerme un mensaje. En general, desconfío de los mensajes oficiales aunque los traigan los ángeles de la guarda: siempre le digo a Teresa que no firme ninguna carta certificada del ayuntamiento, por las multas, sobre todo. Teresa es mi mujer, y dormía plácidamente a mi costado mientras yo hablaba con el desconocido de la cara de papel.

—Tienes una misión y la has descuidado —dijo el ángel—. He venido a recordarte que debes ponerte a la tarea una vez más.

Le pregunté a qué tarea se refería. En realidad, hay muchas que descuido.

—El Testigo Ocular —dijo él, y vi que sus ojos brillaban como el piloto de un mando a distancia—. Comenzaste ese blog y lo dejaste arrumbado hasta en tres ocasiones. Es el momento de que lo retomes y de una vez definitiva.

Bufé. No quise ni mirar el despertador, porque a las siete y media tenía que estar con los pies en las pantuflas.

—Con esto del blog creo que he cometido un error —pretexté—. Hay personas que pueden escribir blogs y personas que no, igual que hay gente con talento para el dibujo y otra que no es capaz de entonar una melodía. Por cierto, no conozco tu nombre. Los ángeles tenéis nombre, ¿no? Creo que John Dee invocaba ángeles desde una pentalfa, y de algún modo tenía que llamarlos.

—En efecto, tenemos nombres, aunque resultan un poco complicados de pronunciar para los humanos. El mío es √2.

—No parece muy complicado.

—En realidad es una abreviatura. El original es 1,41421356237… y una cantidad infinita más de cifras que no respetan ninguna pauta conocida. Es un número irracional.

A menudo, la vida es irracional. Yo había pensado que las matemáticas suelen ser más sensatas que la vida, pero me equivocaba.

—Pues sí, es un nombre incómodo —reconocí—, aunque no creo que llamase mucho la atención entre la cascada de Jennifers, Christians o Yasminas que pueblan recientemente nuestros censos. Si no te importa, te llamaré Viernes, que es algo que tengo más a mano, según el despertador.

Le pareció bien. Luego volvimos a discutir sobre el asunto del blog y mi obligación, inexcusable según él, de seguir nutriéndolo con nuevas entradas. Objeté que mi inteligencia era de tamaño mediano, por no decir que de talla S, y que no me daba para un blog. Empezar El Testigo Ocular había sido una temeridad.

—Para escribir un blog en condiciones —me defendí—, es necesario tener algo interesante que contar cada día, y palabras interesantes para contarlo. Ahí están Alejandro Luque, que se lee un libro cada tarde, o Vicente Luis Mora, a quien ningún título puede coger desprevenido porque los devora incluso antes de que lleguen a las librerías. No puedo compararme con ellos.

El ángel sonrió.

—Debes proseguir —dijo—. Tal vez tu blog no valga mucho, en eso estamos de acuerdo, pero tiene que existir. Si lo matas, morirá con él un punto de vista, una de esas mónadas diminutas en la que se refleja el jardín en la alegoría de Leibniz. El universo es más perfecto cuanta mayor variedad posee. Un universo sin piojos estaría en desventaja frente a otro que sí los posee.

A mí esto me pareció un sofisma, por mucho que viniera de la boca de un ángel. No creo que nuestro universo sea mucho más perfecto que otro paralelo donde no se encuentren Sánchez Dragó o Jiménez Losantos, aunque igual me equivoco. Como no me veía muy convencido, el ángel me atornilló la sien con su dedo índice. Estaba frío.

—No te preocupes —dijo—, yo te ayudaré a pasar por inteligente. Te daré material para que escribas, te ofreceré datos como para llenar una enciclopedia y te traeré ejercicios que tonificarán tu cerebro deficiente. Seguirás sin tener nada que contar, pero al menos pasará por ser algo interesante: ¿o es que tú te crees que el resto de la gente hace sus blogs de manera distinta? Además, eres un poco escritor. El Testigo Ocular debe resucitar. Así que levanta y ponte manos a la obra.

Obedecí y aquí estoy, escribiendo estas sandeces mientras Luigi barbota entre los pantanos de su sueño. Eso que llega por la ventana es el viernes.

sábado, 11 de octubre de 2008

El título, 1: el tamaño importa


Hace un par de semanas me llamaron del programa de Jesús Vigorra, El público lee, para hablar no de libros, sino de su promesa o anticipo. En concreto, se trataba de un reportaje dedicado a los títulos, para el cual habían recabado la colaboración de un editor, un librero y un artesano de las letras, este modesto testigo ocular. Según se sabe, la televisión da para poco, y en el escueto espacio con el que conté apenas tuve ocasión de mencionar un par de generalidades y de recurrir a alguna anécdota, como la de que una novela mía, Sólo una cosa no hay, que ha sido llamada en prensa de todos los modos posibles que permite su combinación de sustantivos y adverbios, estuvo a punto (¡horror!) de pasar a la historia de la bibliografía como La nadadora nocturna o, según me sugirió un alegre productor bilbaíno que amaba el estilo directo, El ángel cojitranco. El caso es que el asunto de los títulos se me quedó en las mientes y siguió dándome vueltas por dentro durante unos días, sugiriéndome matices y puntos de vista que no tuve oportunidad de exponer. Así que este blog, que es poco más o menos como vocear en el desierto, supone un lugar idóneo para dar salida a esas elucubraciones que nadie tiene por qué escuchar.

El título es un invento reciente. En la Antigüedad y hasta bien entrados los tiempos modernos, el libro se valía por sí solo y no hacía falta prevenir al público, asustarlo o engañarlo, con lo que se supone que debía de hallarse en su interior. Mis alumnos se sorprenden de la escasez de imaginación de los filósofos presocráticos, todos los cuales escribieron una obra que infaltablemente se llama Sobre la naturaleza, y sorprende que explosiones tan vistosas de literatura como las que dan cuenta de la cólera de Aquiles o las vicisitudes de rey de Ítaca se presenten bajo los nombres lacónicos de una ciudad o un hombre, la Ilíada o poema de Ilión, la Odisea o el viaje de Odiseo, varón de multiforme ingenio. El título, como no podía ser de otro modo, surge cuando el libro se convierte en producto, y su aparición es simultánea a la del escaparate: es necesario un envase atractivo, seductor, tintineante, que convenza al curioso apesadumbrado por la acumulación de novedades editoriales para que se acerque a ese volumen obviando a todos los que le hacen competencia. El título constituye el primer ejemplo de publicidad, de márketing, de que tenemos noticia. Huelga decir que uno bueno puede redimir un contenido mediocre, y que existen absolutas obras maestras que llevan su título a cuestas como una maldición, igual que el niño que nace tullido o esa camisa en que cayó el goterón de aceite que ningún detergente erradicará jamás.

A la hora de titular, disponemos de pautas para todos los gustos. Los sucintos, avaros, que se reducen a una o dos palabras, tienen de su parte ese aire de distinción de las habitaciones poco amuebladas, que sugieren más que describir el talante de sus inquilinos a través de dos o tres detalles estratégicos. Este tipo de variante seduce porque en ella la imaginación puede dispararse a placer y cabe todo a lo que el lector bien encarado se atreva: El extranjero puede hablarnos de inmigración, de extraterrestres, de enfermedades mentales, de viajes, de incomunicación; La rebelión, de Joseph Roth, es la crónica de cómo un pedigüeño berlinés se revuelve contra el sistema, pero puede dar cabida también a la epopeya de Luzbel, al motín de la Bounty, a un drama bolchevique. Si además introducimos un término desconocido, añadimos el aroma de lo insólito: El Horla de Maupassant habla de una criatura de otro mundo, e igual habría permitido una enfermedad exótica o una planta que induce a la licantropía, por echar mano a los primeros disparates que se vienen a la cabeza. Cierto es que hay otros títulos de dos palabras que son como bofetadas; poco se me ocurre más ceniciento que La Regenta o El abuelo.

La opción opuesta es la parrafada, presuntamente poética, mediante la cual se persigue excitar en el eventual cliente evocaciones de un mundo más sutil. Este terreno ofrece sus peligros porque la frontera entre la audacia y el empacho es delgada como el ala de una mosca. Mueven a la admiración o la intriga El tiempo de los emperadores extraños (Ignacio del Valle), Dime cinco cosas que quieres que te haga (Nicolás Casariego), o El quinto invierno del magnetizador (Per Olov Enquist); otros dan vergüenza: Con las mujeres no hay manera (Boris Vian), Donde el corazón te lleve (Susanna Tamaro), o La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada (García Márquez) provocan indigestión antes de abrir la primera página. De todas maneras, debo reconocer que mi favorito sin discusión pertenece a esta camada: Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, es el encabezamiento más espléndido que encuentro para cualquier clase de novela, o de cualquier cosa que se le parezca; de su lado juegan no sólo sustantivos de eficacia incontestable en materia de connotación, noche, invierno y viajero, sino sobre todo ese condicional que invita a una segunda parte al filo de la chimenea poblada de aventuras y probables desamores en sol menor. Soledad Puértolas quiso repetir el efecto con resultados más bien discutibles en Si al atardecer llegara el mensajero.

[Observo que este post se alarga como una meada en una cuesta, en esa imagen de inigualable contundencia de Paco Gandía. Como hay material para una segunda entrega, os emplazo para la semana que viene, si alguien escucha desde las inmensidades del ciberespacio infinito. Entretanto, vuelvo a la nana y el biberón].

martes, 7 de octubre de 2008

El libro nuestro de cada día, 4: El último viaje de Pomponio Flato


Son conocidas las opiniones de Eduardo Mendoza según las cuales la novela consiste en un formato obsoleto al que aguardan pocos, o nulos, derroteros por recorrer. Sin embargo, Mendoza debe su fama a la elaboración de novelas, todas ellas de cuidada factura y respetuosas con las leyes maestras de la narración, según puede comprobarse, también, en el último de sus productos, este Asombroso viaje de Pomponio Flato que satisfará los paladares de los lectores más adictos al género. Por paradójico que parezca, uno sospecha que la obra de Mendoza no es un homenaje (según podría sugerir una primera vista) ni a la novela histórica, ni a la de detectives, ni siquiera al sainete cómico, con todos los cuales juguetea, sino un intento de dinamitar dichas variantes literarias desde su interior o de denunciar su reiteración y su cansancio. Las correrías de Pomponio Flato se nos presentan a través de una distancia irónica que no permite conceder espesor a los personajes ni tomar en consideración los episodios dramáticos; los reveses de la trama quedan desautorizados por comentarios sarcásticos en frases al margen o por la irrupción de pedos y gente que se da por culo al menor pretexto; sin asomo de vergüenza, el autor revela delante de su público los artificios de que se ha servido para urdir su intriga y no muestra pudor al servirse de un expediente de tan manoseada prosapia como el deus ex machina. Lo que parece tratar de gritarnos a voces es: todas las novelas de romanos están escritas, todas las novelas de detectives están escritas, el método para construirlas es tan estereotipado y trivial que cualquiera puede montar una con cuatro tablones usados, vamos a reírnos de esta clase de novela donde todo está visto y no caben entusiasmo ni suspense auténticos.

En esas fórmulas se resume, seguramente, la intención de Mendoza. Discurso muy intelectual y debidamente fatigado, como todo en nuestra posmodernidad de ideologías moribundas. Pero algo traiciona al autor: la emoción. El Asombroso viaje puede haber sido escrito con la excusa de demostrar a la humanidad qué cateto, cutre y torticero es en nuestros tiempos creer en novelas de estas trazas, con la prevención de no tomarse nada en serio, pero luego la literatura vence a la mano que la pergeña. Hay un detallismo revelador en las descripciones de la Palestina del siglo I, cuyo clima ha sabido captar con mucha más intuición que otros profesionales de la narración histórica; por mucho que se esfuerce en convertir a sus protagonistas en marionetas, existen momentos en que María, José, la bella Zara o el mismo Pomponio alcanzan una rara sinceridad que despierta la ternura, y uno sabe, porque ya posee cierta experiencia en estas lides, que en esos momentos Mendoza los sintió vivos y los sintió cerca; y en fin, está el idioma: para montar este divertimento gratuito sobre un investigador privado en los tiempos de Cristo, el autor se ha cuidado muy mucho de empaparse de literatura clásica y de adoptar, exagerándolos, los giros propios del discurso griego y latino (el más conseguido es el cambio repentino de los tiempos verbales, de pretérito a presente y viceversa; el relato antiguo abunda en esa indecisión, como revelará un examen somero del Asno de oro o el Satiricón).

Por otro lado, si ha de juzgarse como un mero chiste alargado a través de casi doscientas páginas, reconozcamos que el Asombroso viaje tiene sus páginas afortunadas y otras no tanto. Sigo sin comprender la insistencia en lo de dar por culo, tal vez porque el de mariquitas es un género de anécdotas cómicas con el que nunca me he reído mucho. Lo más valioso al respecto humorístico es, creo, la sucesión de referencias indirectas a los evangelios y la vida de Jesús que desarman y tergiversan los mensajes de las Escrituras, muy al estilo de la famosa película de los Monty Python. En cuanto al resto, aunque a Mendoza le pese, se trata de una novela hecha con mimo y dedicación, y en cuyo guiso se sospecha mucho más amor cocinero que el de los dependientes de las hamburgueserías. En fin; quién nos diría que habríamos de ver el día en que alguien pediría perdón por saber contar una historia.

(Interesados dirigirse a Eduardo Mendoza, El último viaje de Pomponio Flato. Barcelona, Seix Barral, 2008).

sábado, 27 de septiembre de 2008

Por favor, sea breve


Cuando uno convive con un bebé de tres meses, la lectura se vuelve un ejercicio fragmentario y lleno de baches, como las frases de un tartamudo. Rápidamente comprendemos que la novela río, la saga familiar o el ensayo de largo aliento son terreno vedado, y que las breves islas de tiempo de que disponemos, algunas a horas disparatadas del mediodía o la noche, deben ser aprovechadas con productos de formato distinto. Para colmar esos resquicios con la mayor cantidad de literatura posible, yo suelo tomarla concentrada en pastillas, como si me metiera chutes de vitamina B o me inyectara insulina. Frases cortas, párrafos en ocasiones, entradas de diario, aforismos, cuentos del tamaño de un bostezo, esa forma del exhibicionismo tan de moda en los últimos tiempos y que ahora llaman microrrelatos (Monterroso, que llevaba toda la vida preparando la llegada del género, le dio nombre de pantalón, short-short).

Con el hábito he ido acumulando una especie de almacén de este tipo de lecturas, hacia el que me arrojo en cuanto un hueco me ofrece la ocasión propicia. Me agradó encontrar, por sintonía, un artículo de Savater en El País de hace pocos días en que se definía como gran catador de aforismos y en el que ofrecía algunos de los bocados a los que es más adicto: aparecieron por allí nombres que yo no conocía y otros que sí, como el de Andrés Neuman, y una serie de aperitivos realmente suculentos. El de Carlos Marzal, en un libro titulado Electrones, es caviar puro: “A nadie le resultan demasiado graves sus defectos, en especial el de no considerar sus defectos demasiado graves”. El aviso de Neuman, tampoco desmerece: “No confundir la moral con quienes la defienden” (para interesados, recordar que el autor ejerce como francotirador en el suplemento cultural de ABC con una sección titulada Barbarismos).

Mi botiquín se compone sobre todo de Lichtenberg, a quien conocí por primera vez hace más de doce años, mientras mi tío reformaba su despacho y encontraba que le sobraban una pila de libros los más afortunados de los cuales fueron a dar a mis manos (“Las iglesias siguen necesitando pararrayos”): entre ellos se hallaba una edición amputada y menesterosa de sus apuntes editada por Fondo de Cultura Económica y que en su momento corregí con la de Edhasa, fácilmente accesible al profano y muy recomendable. Además, cuento con Joseph Joubert, en una linda versión, lamentablemente exigua, también de Edhasa y anotada e introducida por Carlos Pujol (“Todo es juego, salvo lo que hace al alma mejor o peor”). Y cómo no, Canetti, en la recopilación monumental de sus Aufzeichnungen preparada por Juan José del Solar para Círculo de Lectores (“Ahorcar tiene ahora toda la delicadeza de pescar con caña”). El resto son quizá más predecibles: Pascal, el Diccionario de Bierce. A todos ellos se añade, desde hace cosa de un par de meses, el demoledor Diario de Jules Renard.

Renard era un tipo antipático, huraño, al que le gustaba que le lamieran los oídos, que necesitaba del aplauso del prójimo aunque ni siquiera pudiera compartir ascensor con él. Su Diario está plagado de reflexiones lúcidas, desesperadas, esperpénticas, con ese tipo de mala leche que sólo otorga la más extrema clarividencia, y es, creo yo, toda una carrera de antropología (por no hablar de literatura y filosofía) comprimida en apenas doscientas páginas. Aún no he terminado de recorrer completa la selección que Joseph Massot e Ignacio Vidal-Folch han agavillado para Debolsillo, y ya me inquieta la sola idea de quedarme sin frases que mordisquear entre horas, cuando entra ese hambre de cosas pequeñas de cada mediodía (probable solución será adquirir la edición completa de La Pléiade después de la inevitable lesión en el bolsillo). Las delicadezas de Renard son infinitas y me resisto a un solo ejemplo: “Yo nací para el éxito en el periodismo, la gloria cotidiana, la literatura abundante: leer a los grandes escritores lo cambió todo. De ahí, la desgracia de mi vida”. “He construido castillos en el aire tan hermosos que me conformo con las ruinas”. “Las personas felices no tienen talento”. “No basta con ser feliz: además es necesario que los demás no lo sean”.

Contraindicaciones y riesgos del medicamento: después de leer muchos aforismos, uno se siente invitado a ser breve y perpetra dos o tres fórmulas presuntamente ingeniosas en el envés de un recibo. Por suerte, Teresa arrambla con todo papel que encuentra sobre el mantel del salón.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Casa de citas, 2: Los dones de la muerte


“Dirigí una última mirada a Dión, sonriente entre sus amigos, y me vino a la cabeza la historia del viejo vencedor olímpico que vio coronados a sus dos hijos en un mismo año de Juegos. ‘¡Muérete ahora!’, le gritaba la gente, queriendo decir con ello que ningún otro momento de su vida podría igualar a aquél. Desde el umbral de la puerta, aunque ya me había despedido, volví la cabeza para echar una última mirada a su rostro severo y feliz. Y desde el fondo de mi ser, una voz que no pude acallar dijo en silencio: ‘¡Muérete ahora, Dión! ¡Muere!’ ”.

Mary Renault, La máscara de Apolo. Traducción de Hernán Sabaté. Barcelona, Círculo de Lectores, 1996, pp. 396-397.



“Había una vez una ciudad —parece que se alude a Siena— cuyos moradores disfrutaban de un caudillo que los había librado del yugo enemigo; a diario deliberaban sobre el modo de recompensarle y no hallaban recompensa que estuviera en sus manos y fuera lo suficientemente grande. Ni siquiera les parecía bastante nombrarle soberano. Un día, por fin, se levantó uno y propuso lo siguiente: ‘Lo mejor sería matarle y venerarle como santo patrono de la ciudad’. Y así hicieron con él, poco más o menos lo que la ciudad de Roma con Rómulo”.

Jacob Burckhardt, La cultura del Renacimiento en Italia. Traducción de Jaime Ardal. Madrid, Sarpe, 1985, pp. 43-44.

martes, 10 de junio de 2008

Horizontal y vertical


En un sugerente ensayito situado a la cabeza de su recopilación El individuo y la libertad, Georg Simmel propone que la civilización es un invento de los ingenieros; que todo lo que nos ha dado la cultura, con sus jardines, sus bibliotecas, sus guerras de religión y lanzaderas espaciales, proviene de tres elementos paisajísticos: la puerta, el camino, el puente. Gracias al primero, el hombre dejó de ser todos o nadie para convertirse en alguien y el grupo cedió paso al individuo; la puerta, al aislar al sujeto del resto de la comunidad, al dotarle de un espacio íntimo y secreto donde relacionarse con el silencio y los propios pensamientos, permitió la aparición de la conciencia. El camino le facilitó comprender la estructura del devenir y le hizo atisbar que la vida se compone también de puntos de partida y de destino que se ramifican perversamente, de modo que toda llegada no es más que una nueva salida aplazada, que todo rumbo no supone sino la posibilidad de otra miríada de rumbos alternativos. En cuanto al puente, su significación resulta tan palmaria incluso a los menos aficionados a las metáforas que casi da reparo aludir a ella: el puente es la demostración sobre madera, piedra o material perdurable de que no hay obstáculo que no pueda salvarse mediante un regateo y de que la razón, el ingenio y aquello que Pascal definía como esprit de géometrie pueden prestarnos servicios inapreciables a la hora de eludir los inconvenientes que plantean las cosas. Así que toda la historia, si nos atrevemos a conducir a Simmel hasta conclusiones a las que probablemente él no se hubiera atrevido, todo el caudal de triunfos y desilusiones que se extienden desde las cuevas de Altamira hasta la bomba sobre Hiroshima caben en el estricto marco de estos tres inventos que los niños aprenden a dibujar en cuanto empuñan su primer rotulador: el camino, la puerta, el puente.

Convencido por unas páginas de Óscar Tusquets que recorro en los escasos huecos que me permite el cuidado de mi hijo recién nacido (se llama Luis, pesa alrededor de tres kilos y está bien, gracias), se me ocurre añadir algunos elementos más al paisaje de Simmel. Me da por pensar que el zócalo, el pavimento, el hallazgo de un espacio completamente plano es responsable de la aparición de la filosofía. Como bien saben los arquitectos, la horizontalidad absoluta no aparece en la naturaleza, si exceptuamos el agua estancada o extendida en forma de tapete sobre el mar infinito: horizontalidad prohibida a los pies de los hombres salvo en los evangelios. Al crear un suelo perfectamente liso, neutro, perpendicular al horizonte, libre de anfractuosidades, zanjas, elevaciones y todas las incomodidades del terreno campestre, el hombre puede comenzar a pensar sin preocuparse de donde pone los pies; puede dejar que el santo se le vaya al cielo mientras pasea por el patio, puede preguntarse por su futuro y por las misteriosas encrucijadas del destino a la vez que cubre el espacio que le lleva de la plaza del pueblo a la casa donde le esperan la hoguera, el pan y la sal. Porque caminar, desplazarse, colocar los pies uno delante de otro sin hacerse cargo de la ruta que se extiende ante el peregrino es sinónimo de reflexionar, que significa también avanzar, o retroceder, o perderse, en todo caso estar en camino, que diría Heidegger: el grupo de filósofos más afamado de la Antigüedad lleva el nombre de peripatéticos, de peripathos, o patio porticado, el del Liceo donde Aristóteles solía razonar con sus discípulos dando vueltas y revueltas entre las verandas hasta que se les consumían las suelas de las sandalias.

Pensar equivale a caminar sin tropiezos; creer, a ascender sin caer. En cierto momento explosivo de la historia de la civilización, algún maestro alarife debió de advertir que si al plano horizontal del zócalo se le suma una pequeña superficie vertical que a su vez concluye en otra nuevamente horizontal y la operación se repite indefinidamente, los hombres pueden elevarse sobre el suelo en un mágico remedo de la levitación y contemplar las cosas como lo harán los dioses, cuyos tobillos se hallan a salvo del barro de los senderos y las zarzas cruzadas. La escalera permitió a los hombres aproximarse a la divinidad, a los astros, a las alturas donde el aire es más puro y las desgracias de los pueblos pierden gravedad y rigor. No en vano la escalera aparece asociada en la historia de la arquitectura con la erección de los primeros templos propiamente dichos: los que remataban las cúspides de los zigurats, que servían a la vez para celebrar holocaustos en honor de los inmortales y observar más de cerca el paciente baile de las constelaciones en el hemisferio de la noche. Allí arriba todo es tan puro, tan nítido, tan tajante, que cuesta creer que el éter no sirva de residencia a criaturas mejores que nosotros, seres no atribulados por la enfermedades y el tedio, dueños de la cellisca y el granizo, nosotros mismos desprovistos de todo cuanto nos pesa y nos hace ser, después de todo, nosotros.

Pero Zapatero nos ha traído tiempos de descreimiento y libertinaje y el piadoso hábito de subir escaleras cae paulatinamente en desuso: todos prefieren ese instrumento ateo, el ascensor.

sábado, 31 de mayo de 2008

Casa de citas, 1: El arte de la ruina


“Sabemos que Albert Speer, el arquitecto de confianza de Adolf Hitler, fue a ver al Führer francamente preocupado porque, como se había previsto que el Tercer Reich perduraría más de mil años, el arquitecto no estaba nada seguro de la calidad de las ruinas de sus monumentos. O sea que Speer, como hombre de cultura, sabía que un día sus edificios iban a acabar en ruinas. Esto no le inquietaba, lo que le intranquilizaba era la calidad de esas ruinas. Sabía que los monumentos construidos en piedra e incluso en ladrillo, los monumentos egipcios, mesopotámicos, griegos y romanos, se arruinaban con mucha clase; eran los nobles recuerdos de grandes imperios. Pero ¿cómo envejecerían los del Tercer Reich, que se estaban edificando en hormigón armado? Aunque hoy nos parezca pintoresca, esta preocupación asaltaba sinceramente al arquitecto y a su mandatario. Desde luego, cuando la armadura asoma —sea porque la construcción no se ha terminado o porque ha colapsado— el hormigón armado pierde toda dignidad; las armaduras, retorcidas y oxidadas, aparecen escandalosas; aquello que se había proyectado para quedar envuelto —como el sistema nervioso del cuerpo humano— queda indecorosamente a la vista”.

Óscar Tusquets Blanca, Dios lo ve. Barcelona, Anagrama, 2003, pp. 82-88.



“Balestri dedicó su charla a lo que llamaba su teoría de la ‘ruina interior’. Todas las grandes construcciones del pasado habían envejecido sin perder su dignidad. Los desmoronamientos provocados por el tiempo, por la mano del hombre o por catástrofes naturales, que habían dañado a las construcciones de la antigüedad griega o romana, y a algunas catedrales medievales, no habían hecho perder la belleza a esos monumentos. Las plantas que crecían en las grietas, los muros derruidos o ennegrecidos, los manchones de musgo, colaboraban en resaltar una belleza que en cierto sentido estaba oculta bajo las capas de esplendor. Las construcciones escondían un secreto que sólo revelaban en su condición de ruina.

Las edificaciones modernas, en cambio, al envejecer sólo podrían mostrar hierros retorcidos y oxidados, vidrios rotos, paredes descascaradas, la progresiva erosión del cemento. No habría en ello belleza alguna. No tenían ninguna ruina encerrada en el interior. El arquitecto moderno, arrastrado por el impulso de la novedad y los constantes progresos técnicos, había olvidado el aspecto no contemporáneo de la arquitectura. Era necesario recordarle que toda la belleza ornamental se desvanecería muy pronto. El arquitecto estaba obligado a ser pesimista, a desconfiar de todo, a imaginar grandes lluvias, huracanes, incendios, el trabajo infatigable de los años. Y si había algo de sabiduría en el arquitecto, ese pesimismo le llevaría a encerrar, en el corazón del edificio, una ruina secreta, que al tiempo le tocaría descubrir.

[…] Balestri, sin dejarse intimidar por los gritos, siguió hablando. Nuestras vidas, dijo, deben ser planeadas en el mismo sentido. Debemos hacer las cosas de tal manera que al final, cuando seamos ruinas, aparezcan elementos secretos que sólo a partir del desgaste exterior alcancen la luz. Debemos construir en nosotros mismos esa ruina secreta; que en algunos viejos y en algunos muertos, y en algunos hombres vivos, aún jóvenes, pero ya destruidos, resplandece”.

Pablo de Santis, La sexta lámpara. Buenos Aires, Seix Barral, 2005, pp. 165-166

viernes, 23 de mayo de 2008

El libro nuestro de cada día, 3: Reconstrucción


Un primer vistazo a la obra integral de Antonio Orejudo mueve a la perplejidad; una suerte de sainete en torno a la mitomanía de la Generación del 27, la confesión de un loco obsesionado por la basura, una novela histórica que trampea y tergiversa las convenciones del género casi nos impiden entrever al escritor que se esconde debajo, el rostro que sustenta todas esas máscaras contradictorias. Y sin embargo ese denominador común existe y tiene precisamente que ver con las máscaras y lo que pretenden encubrir. Tal vez se pueda resumir en algo parecido a esto: el mundo, si es que cabe esa palabra, es una sucesión incongruente de estados, experiencias, destellos, ascensos y precipitaciones que nuestra pobre mente no acaba de comprender del todo; quien habla de mundo habla también de la identidad particular de cada cual, no menos fragmentaria y descarrilada; el único, desesperado método con que contamos para tratar de dar un sentido a ese galimatías es el lenguaje, es el intento de enhebrar las cuentas descabaladas en el hilo de una historia. En palabras del protagonista de Reconstrucción, la más reciente aproximación de Orejudo a este intríngulis que ya desveló a Hume y a Nietzsche, “… aquellos hechos que conserva la memoria son semillas que han germinado en el tiempo gracias a la imaginación. Son sucesos que se enriquecen solo por el hecho de contarlos, de someterlos al juicio de otra persona… No está de más recordar que esta reconstrucción es solamente un orden de palabras. Pero qué se le va a hacer; no hay que demolerla por eso. La morfosintaxis es la única herramienta a nuestro alcance para explicarnos precariamente el mundo, para orientarnos en el caos y para tratar de ser en él medianamente justos”.

Reconstruir: eso es lo que procura hacer el protagonista de la novela con su pasado, con los sucesos entreverados que un día le dieron forma pero para los que sin embargo ya no es capaz de hallar una pauta precisa. Y así los va reuniendo como los tipos de imprenta que cincela en su taller, atento a formar palabras, frases completas, secuencias de significado que le ofrezcan un atisbo de ilación. En ese batiburrillo hay una juventud pasada en Münster, el foco de la rebelión anabaptista que a mediados del siglo XVI se opuso al poder de la Iglesia e instauró el libre pensamiento y la poligamia obligatoria; hay un lamentable episodio como comisario de la Inquisición junto a un hombre que no habla y se limita a tallar un tarugo de madera; hay infinitas tardes consumidas frente a la lumbre del candil, dibujando tipos de letras que grabará más tarde con un punzón, capitales, versalitas y cursivas en las se divierte escondiendo mensajes blasfemos como para que el exceso de buena conciencia no entorpezca su salud. El mundo está loco y no tiene sentido; es más, la propia vida de ese hombre carece de nada parecido: sólo narrándolo todo conseguiremos una figura coherente que pueda explicarlo y explicarnos.

Para transmitirnos esa moraleja, Orejudo construye un relato potente, original, a primera vista emparentado con la novela histórica pero que rebasa ampliamente los márgenes de esa etiqueta, como de cualquier otra. Saltando de la crónica criminal a la diatriba teológica, aliñando la narración de aventuras con el chiste escatológico, destiñendo todo ello en un baño de humor ácido, nos entrega un producto difícil de definir, que precisa, también él, de una reconstrucción, como sugiere el orden ambiguo de los capítulos. Por lo demás, el autor no renuncia a esos recursos de probada vulgaridad que los críticos denuncian un día y otro y que tanta felicidad provocan en las almas adocenadas, como el dramatismo o la intriga. Una sugerencia subyace, quizá, al resultado final: que contar historias no es sólo grato, sino obligatorio; que más allá sólo quedan estampas sin un álbum en que pegarlas.

(Interesados dirigirse a Antonio Orejudo, Reconstrucción. Barcelona, Tusquets, 2005.)

viernes, 16 de mayo de 2008

El libro nuestro de cada día, 2: Arthur & George



Un leopardo se adormece en el interior de una jaula sin atender a los rostros que circulan frente a sus barrotes y que se sorprenden de la semejanza de sus manchas con ojos y pulseras. El leopardo ha sido trasladado hasta Florencia del remoto sur o del remoto este, y acaso añora la estepa en que daba caza a los antílopes entre la vigilancia de árboles secos. Lleva años, décadas tal vez confinado en su prisión, resignado a que los huesos se endurezcan en sus extremidades y su legendaria elasticidad se confunda con un vago sueño de madrugada. No sabe por qué está allí, qué designio le ha reducido a animal de feria que sirve para distraer los banquetes de una cohorte de nobles que disfrutan con los recitales de los poetas; si el destino de su raza es trotar entre los oteros, obedecer al calor de la sangre en los crepúsculos de un continente salvaje, no comprende por qué malgasta sus días en esa inactividad enfermiza, de la que no cabe esperar nada: como todos los seres, se interroga sin cesar por los tortuosos designios de la providencia, que a veces, demasiadas veces, imita los métodos del capricho. Pero una noche, entre tinieblas, una voz le habla. Es la voz de Dios, que le revela que su destino, desde el momento de ser gestado, era verse atrapado entre la madera y el hierro y despertar la curiosidad de un hombre que no habría podido verle libre. Has nacido, le dice Dios, para ser objeto de un verso en un poema. De no haber estado allí, de no haber soportado su hastío y su angustia, Dante jamás habría podido describirlo en el versículo 32 del primer canto del Inferno. Borges describe esta fantasía en alguna página de su miscelánea El hacedor, entre el consabido muestrario de espadas y espejos.

La trivialidad de una vida mal conducida, que no parece poseer un rumbo concreto, la posibilidad de redención a través del azar de los encuentros, pueden ser también los temas centrales de Arthur & George, la extraña novela de Julian Barnes que nos presenta en páginas paralelas, como una edición bilingüe, las biografías de Arthur Conan Doyle y un oscuro abogado que alguna vez le sirvió de pretexto y de secreto sostén, George Edalji. A primera vista, el resultado ofrece el aspecto de un ejercicio posmoderno de metaficción, donde el autor muestra su oficio técnico al enredar sin una pretensión clara el material documental en torno a la vida de ambos hombres con elementos de la crónica de sucesos, la novela judicial (que no policíaca) y el melodrama. En ese sentido, Arthur & George se antoja una mera excusa, por lo demás innecesaria, para que Barnes nos demuestre una vez más que está capacitado para narrar, que lo hace con soltura, que mantiene el ritmo de la prosa en cada párrafo y que sabe convertir a sus personajes en algo más que los troqueles bidimensionales a que nos tienen acostumbrados las novelas de charcutería. Quizá el autor ha pretendido renunciar al selecto círculo de connoisseurs al que sus anteriores trabajos parecían dirigidos, generalmente aficionados al arte y la literatura que se complacían en juegos de intertextualidad trufados con reflexiones más o menos irónicas sobre el desencanto que inevitablemente acompaña a la relación entre los individuos. Aquí el lector es alguien menos concreto, menos puntual, no habita barrios del centro de la ciudad ni repasa los suplementos literarios del fin de semana: la combinación, a veces afortunada y otras no tanto, de anecdotarios, introspección psicológica, subtrama criminal y novela rosa apunta a la gran muchedumbre de quienes se detienen en los escaparates de las librerías o frente al mostrador del quiosco sin un objetivo claro, que lo mismo adquieren una guía de viajes que un ensayo de filosofía, el último best seller o las obras completas de un poeta esotérico. Arthur & George puede ser la consecuencia de un anhelo oculto en su autor: la de llegar al mayor número posible de clientes, la de contentar a todo el mundo, como un yerno bien dispuesto.

En última instancia, el propósito central del relato (de los relatos) parece radicar en la coincidencia: dos existencias que no tienen nada en común (como la del leopardo y la del poeta) cruzan sus hilos en un determinado punto de su trayectoria para quedar alteradas para siempre. El joven abogado ve su honor restituido, el escritor agobiado por su indecisión recupera la fe en el triunfo de una causa noble. De algún modo, cada uno de ellos salva a su opuesto, le sirve de ángel de la guarda, de asidero en un momento en que el universo, confuso y hostil, parecía no ofrecer salida. Tal vez Conan Doyle no fue forjado con el fin de inventar a Sherlock Holmes ni de convertirse en adalid del movimiento espiritista, tal vez lo único que disculpa su presencia en este mundo son las tribulaciones de un joven angloindio al que se ha negado toda justicia. Y viceversa: el tramo esencial de la vida de George Edalji radicaría en su encuentro con un atribulado escritor de éxito que no sabe cómo reconciliarse con su conciencia. Lo que nos explica, disculpa y autoriza a existir puede poseer el tamaño ridículo de una palabra a un desconocido en el autobús, de la devolución de una cartera perdida en la acera, de un timbre equivocado. Al fin y al cabo, todos procedemos de lo minúsculo: de un irrisorio átomo de hidrógeno con tendencia a viajar.

(Interesados dirigirse a Julian Barnes, Arthur & George. Traducción de Jaime Zulaika. Barcelona, Anagrama, 2007.)

jueves, 8 de mayo de 2008

El libro nuestro de cada día, 1: El cuaderno rojo

Recorriendo las páginas frenéticas de las memorias de Benjamin Constant uno siente ese tipo de complejo que es resaca inevitable de la lectura de autobiografías, a saber, que a uno nunca le pasa nada interesante y que todas las experiencias que merecía la pena reseñar en libro ya le han sucedido a otra persona, preferentemente de un siglo más exótico y mejor decorado que este. Los recuerdos de Constant se ciñen a sus primeros veintidós años de vida; en ese lapso preuniversitario ya había tenido ocasión de batirse varias veces en duelo, intentar envenenarse a causa de un amor sin recibo, hacerse a pie la cantidad dolorosa de kilómetros que media entre Londres y Edimburgo, idear las líneas maestras de un ensayo tremebundo sobre los orígenes de la religión pagana. Y todo, con un padre de fondo que no acaba de entender los cambios de humor de su hijo, con un cerebro de fondo, muy al fondo, que no acaba de controlar los cambios de humor del corazón que tiene a su cargo. Con justeza Manuel Arranz, prologuista y traductor del volumen, puede afirmar que el gran valor del escrito de Constant es su sinceridad. Un medio, el de las memorias, que la mayoría suele confundir con un pretexto para la redención o la disculpa sirve al autor de Adolphe para presentarnos un escaparate sin medias tintas de las contradicciones y disparates, en cantidad industrial, que protagonizó durante su juventud, esa edad en que la lógica no admite el principio de tercio excluso. El adolescente que fuimos suele aparecérsenos, desde la distancia, como un amable familiar algo impertinente cuyos desmanes tratamos de excusar basándonos en principios de pedagogía o crecimiento hormonal; Constant se limita, quizá más espontáneamente, a sorprenderse de sí mismo y a reírse.

El tomito, editado con esmero por los artesanos de Periférica, merece la atención de todos los amantes de las memorias y debe ser incluido entre otros títulos de cabecera de este género para envidiosos. Cierto es que carece del vitriolo y el amor por la fisiología femenina de Casanova, el otro gran testigo del único siglo en que mereció la pena vivir (la frase es de Talleyrand), pero su inmediatez, su frescura y su irresponsabilidad le liberan de esa carga mojigata que vuelve insoportables las Confesiones de Rousseau, donde todo es tan profundo y tan sentido que uno pasa las páginas del libro con miedo a lastimarlo. De todos modos Constant, pese a los elogios de Italo Calvino y otros prohombres, se halla a cuerpos de distancia de esa cumbre de la memorística que sigue siendo la Vita de Benvenuto Cellini y de su laberinto promiscuo de bacanales, asesinatos, demonios en coliseos, dioses de bronce y ciudades sitiadas.

En fin, lo dicho: menos mal que de vez en cuando aparece algún Kafka para consolarnos y hacernos entender que hay gente que se aburre más todavía.

(Interesados dirigirse a Benjamin Constant, El cuaderno rojo. Traducción de Manuel Arranz. Periférica, Cáceres, 2007.)

miércoles, 30 de abril de 2008

El hombre del billete de mil


La otra tarde, en la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria, una persona de las que soportaban la asfixia tropical entre el público de la carpa levantó la pregunta inevitable:

—En tu opinión, ¿el escritor nace o se hace?

Es fama que, interrogado sobre si se nace escritor, Monterroso respondió que no conocía a ningún escritor que no hubiera nacido. Monterroso lo decía porque había participado, como fundador o cómplice, en algún taller de escritura creativa y le tocó lidiar con aquellos suspicaces que siguen opinando que el talento para relatar viene incluido en la dotación genética y forma parte de esa sangre que se nos acelera con el miedo y delata a las malas cuchillas de afeitar (o a las demasiado buenas). En la adolescencia, cuesta desprenderse de ese mito: uno se siente llamado, no quiere creer que ese don maravilloso que le hace emborronar cuartillas sea compartido democráticamente por el resto de los mortales y confía en pertenecer a la selecta cofradía de los nombres que se hacinan en las enciclopedias. Porque el genio se asemeja a una especie de indisposición, a unos bacilos o unas esporas que circulan por los pulmones de los premios Nobel y con el que no todos los organismos consiguen resfriarse, a pesar de que lo harían muy a gusto. Por eso, supongo, fatigamos las tumbas, los manuscritos, las casas museo de nuestros autores favoritos, en la esperanza de que algún día se produzca el milagro del contagio.

Esa esperanza sobrevolaba mi visita de la casa natal de Pérez Galdós, aunque bien es cierto que el señor del bigote nunca fue santo que figurara en mis altares. Aun así, recorrí con unción las habitaciones por las que correteó aquel niño enclenque y en donde se protegió del sol salado de las islas, sobre todo porque el Gremio de Libreros de Las Palmas tuvo la deferencia de abrirla sólo para mí y de permitirme rozar libros y muebles que comúnmente protege una chapa no menos alarmante que las de una central eléctrica. Nacer escritor supone que un extraño aura, una especie de radiación sobrenatural, rodeaba ya la cuna de madera negra que se conserva en una de las estancias de entrada, que impregnaba de algún modo arcano los ceniceros, los bargueños, las camas que el propio Galdós diseñó y que fueron traídas a esta casa, como el resto del mobiliario, desde los domicilios desaparecidos de Madrid y Santander. En mitad del patio, indiferente, se alza una palmera canaria anterior al edificio y que ha sobrevivido a su amo cien años; es de presumir que conserve la misma salud cuando toda su obra se desdibuje en la memoria de los hombres. El arte puede ser largo y la vida breve, pero nos olvidamos de los helechos y las tortugas.

La casa aloja un notable fondo de manuscritos y ediciones príncipes y una fundación, que ahora se encuentra publicando toda la correspondencia inédita del autor: fajos y fajos de letra minúscula, me dijo la chica encargada, páginas de otra novela mayor y seguramente más compleja que todas las que nuestro clásico del diecinueve dio a la imprenta en su día. La biblioteca privada puede visitarse a plazos: en los lomos reconocí tomos de Dickens y Balzac, todos en idioma original, y la obra completa de Scott, en octavo menor, junto al escritorio, como para facilitar, también, el contagio. Galdós era realista y partidario de aquel adagio según el cual Ars simia naturae; sin embargo, a la hora de distraerse, prefería las espadas y las torres donde suspiran doncellas emparedadas.

Además de diseñar sus propios muebles y aporrear el piano, Galdós pintaba con buena mano. En las paredes figuran bocetos de escenografías para sus propios dramas, caricaturas de personajes que despertaron su compasión y su ira, y sobre todo marinas. El tiempo ha convertido esos ejercicios de acuarela en material decorativo para hostales de segunda clase, pero despierta curiosidad constatar cómo los mismos dedos retratan realidades diferentes dependiendo de la herramienta de que se sirvan: el pincel de Galdós es más lírico, más vulgar, más tedioso que su pluma, aunque no menos detallista. Según los Goncourt, todo literato esconde un pintor en muletas. Copio la declaración de su diario del 1 de mayo de 1869: “¡Dichoso oficio el del pintor comparado con el del hombre de letras! A la actividad feliz de la mano y del ojo en el primero, corresponde el suplicio del cerebro en el segundo; y el trabajo que para uno es un goce para el otro es un sufrimiento…”

Bueno, no todo es sufrir, supongo.

miércoles, 23 de abril de 2008

Los límites de la interpretación


Ayer, uno de los periódicos para los que trabajo (el que queda más cerca de casa) tuvo la gentileza de invitarme al ensayo general de Don Giovanni en el Teatro de la Maestranza. Teniendo en cuenta que las entradas para las cuatro funciones se hallaban agotadas desde hace un año, según comprobó empíricamente Teresa cuando quiso reservar un hueco, acudimos raudos y veloces a mezclarnos con el ligue del primer violín y el primo de la modista, que son quienes llenan las gradas en este tipo de ocasiones. Se trataba de un montaje original, estreno planetario, y el director de escena (Mario Gas, nada menos) había optado por trasladar la acción a los años veinte del charlestón, por eso de no repetirse con dos siglos de casacas, pelucas y espadas desenvainadas. Muchos de los espectadores, que acudían no por afecto a la ópera sino por estas incómodas obligaciones de la cultura (hombre, te regalan una invitación a la ópera y qué vas a hacer) aplaudían intempestivamente al final de cada número, sin discernir arias, conjuntos, recitativos secos ni mojados, porque qué hay más importante que el calor del público, cuando la gente lo hace bien se merece que la reconozcan, etcétera. Uno de los más aplaudidos fue Leporello, que no estuvo mal, con el añadido de que es seguramente el papel más simpático de la partitura; Donna Anna andaba un poco frígida, y a Don Giovanni tal vez le escaseaba la energía. Mis preferidos fueron, en este orden, Donna Elvira, que parecía poquita cosa pero bordó el aria de bravura del segundo acto, Mi tradì quell’alma ingrata, entre otras cosas, y Don Ottavio, tan enteco y torpe y soso como exige el libreto, y con esa música que al salirle de la garganta suena a los veranos perdidos de la infancia. Lo mejor el final del primer acto, con la fiesta en casa de Don Giovanni y la entrada de las máscaras; lo peor, francamente decepcionante, la cena final y la aparición esperpéntica del Comendador, que aquí no es estatua, sino una especie de concejal marbellí con la cara blanqueada de talco, para avisar al respetable de que estaba muerto.

La ambientación de óperas en épocas más recientes que aquellas en que fueron escritas es una práctica común en el orbe de la escenografía, como sucede con el teatro en general: supone un intento de prestar frescura, inmediatez y lustre a una historia que fue compuesta demasiado tiempo ha y cuya moraleja corre el albur de haber criado herrumbre. Precisamente, Peter Sellars trató, en los años ochenta, de traducir las tres óperas Mozart / Da Ponte al universo actual y emplazó las bodas de Fígaro en un hotel de lujo, convirtió a Don Giovanni en un proxeneta de barrio e hizo que Ferrando y Giuglelmo, los protagonistas de Così fan tutte, se enrolaran en la marina yanqui. El resultado fluctuaba entre la genialidad y el disparate: unas veces hacía pensar que existen cumbres en materia de arte que restan sin escalar y que el tiempo no posee capacidad para erosionarlas; otras, nos enfrenta a la cruda evidencia de que todo producto cultural (aun Mozart) envejece a pesar de la viagra. No hay nada que objetar a que los organizadores del Maestranza hayan decidido ambientar la ópera en la edad de King Oliver y Al Capone, aunque el texto chirríe un tanto cuando se cambian espadas por navajas y el convidado de piedra resulta ser el hermano mayor de una cofradía amortajado para Domingo de Ramos. Más alarmante parece la licencia final que el director de escena se toma a la hora de la condenación del protagonista. La obra se subtitula Il dissoluto punito, es decir, el libertino castigado, y en el conjunto final, el que Mozart añadió para el estreno en Viena, los personajes supervivientes celebran la muerte de Don Giovanni y su merecida reclusión en lo más hondo del infierno. Anoche, quizá como rasgo de ironía, en el momento en que el Comendador tiende la mano a Don Giovanni, el libertino logra zafarse y envía al fondo de una zanja al fantasma y toda la caterva de ánimas y demonios que pretenden arrestarle. Supongo que Gas, que también debe de amar le femine e il buon vino, se siente tan identificado con el personaje principal que ha decidido conmutarle la pena capital. Las preguntas inevitables: ¿es esta la ópera de Mozart o una caricatura? ¿Habría sido más fiel otra con chorreras y pasos de minué? ¿Habría sido más auténtica si Don Giovanni hubiera caído al centro de la Tierra entre espasmos de pavor y lágrimas? (Confieso que es mi parte favorita de la obra y que la estuve esperando ansiosamente durante cuatro horas de incomodidad en la butaca del balcón; los palos del sombrajo se me quedaron a la altura de los botines.)

Sí, ya sé: el lector es autor, Roland Barthes, la fusión de horizontes de Gadamer y demás quincalla. Interpretar es una palabra curiosa, como todas: interpreta el actor cuando recita el texto frente a la platea, interpreta el exégeta cuando forcejea contra un pasaje oscuro de las Escrituras. Resulta difícil conocer los límites entre una y otra acepción, si los hay. En Uqbar, la crónica de cuyo descubrimiento acabo de releer hace dos o tres días, existe una escuela filosófica según la cual cualquier hombre que sufre es idéntico a todos los que sufrieron y sufrirán en el porvenir, porque el dolor es siempre el mismo. Cualquier hombre que recita a Shakespeare (aclara una nota al pie) es Shakespeare. Los intermediarios resultan ociosos.

lunes, 21 de abril de 2008

La vida de los otros, 1: La soledad del despertador de fondo


Era sábado, a esa hora incierta en que se rompe la noche y empieza a llover. De repente, de algún lugar de la oscuridad comenzó a brotar un zumbido siniestro, parecido al enfado de un perro que no está dispuesto a soltar el hueso de jamón que acaba de atrapar de la mesa de la cocina. También, dependiendo de la interpretación, podía atribuirse a un fantasma necesitado de logopeda.

—¿Qué es eso? —se sobresaltó Teresa, que apenas había conciliado el sueño después de que la criatura que transporta bajo el ombligo terminara una maratoniana sesión de boxeo.

—Es el vecino de arriba —gemí yo—. Es el despertador.

—¿Y por qué no lo apaga? —Teresa no acababa de creer del todo que en las tinieblas circundantes no se agazapara el perro de Baskerville.

—No lo sé. No estarán, se lo habrán dejado puesto.

No conocemos a los vecinos de arriba, que para nosotros se resumen en una pareja de tacones que miden el pasillo cada amanecer, como haciendo una advertencia. El despertador vibraba en lo alto del techo, destemplado, con el furioso berrinche del bebé al que nadie tiende un biberón; a la vez, en lo remoto, se dejaba sentir una especie de música sobrenatural del orden de Encuentros en la tercera fase o un consultorio astrológico: en todo caso, algo inquietante y cósmico. Luego, un silencio. Al principio parecía que la llamada iba a cesar, pero pronto uno comprendía que el silencio era otro componente de la partitura, un ingrediente que le prestaba la necesaria dosis de dramatismo y ferocidad: el gruñido, la melodía de reencarnación, el hiato trágico que nos separaba de otro inevitable aviso.

Pensé en los vecinos. Razoné que se habían ido de viaje, que se habían ido de juerga, que estaban a punto de llegar, que nunca volverían, que se habían separado (eran dos, una pareja: en realidad, los tacones no constituían el único indicio sonoro de su presencia), que habían muerto. Los vi echados en la cama de matrimonio, absueltos por los botes de pastillas de un dolor intolerable; los vi en las Bahamas, gozando de un cóctel con una sombrilla en el vaso, mientras Curro, el de los anuncios, pateaba la espuma de la playa; los vi en una calle con una farola, a oscuras, diciéndose cosas que no se atrevían a confesarse en casa; y mientras tanto, el despertador vibraba y vibraba, ofrecía a la nada su marcha fúnebre intergaláctica, y a cada arpegio, a cada frase de sintetizador que se deshacía en el silencio, el vacío parecía ir creciendo más y más. Me acordé del edificio bombardeado sobre el que, en algún rincón cubierto de escombros, sigue sonando un tocadiscos, de los teléfonos móviles que reclaman a los pasajeros de un accidente de tren. Y eso me llevó a ese cuento de la antología fantástica de Borges & Co. en que el único hombre vivo después de un holocausto nuclear oye que en alguna parte suena el timbre de un teléfono.

No soporto las casas ni los espejos vacíos: siempre hay alguien escondido que espera para darte el susto.

sábado, 19 de abril de 2008

Excursiones más allá de Doñana


Después de todo, he hallado una manera de seguir la trayectoria de ese meteorito convertido en tapioca a diez euros del que hablaba ayer. La otra tarde, saltando de web y web y de madriguera en madriguera, fui a topar con el programa del que están extraídas las imágenes que acompañan a este texto. Responde al nombre nada críptico de Celestia, y es un simulador no sólo del Sistema Solar, sino del funcionamiento del completo universo. Para quien no me crea y sobre todo para quien sí, basta con acudir a la página www.shatters.net/celestia y descargarse la versión correspondiente. A disposición del usuario se encuentran las órbitas de los nueve planetas (o diez, si contamos a Caronte, que vuelven a ser nueve si restamos a Plutón), con toda su corte correspondiente de satélites, asteroides, cometas y polvo sideral. Basta con pinchar sobre una de esas masas de gas y piedra que ruedan por el espacio para que la cámara, en un tobogán vertiginoso, nos conduzca tan cerca de su corazón como lo permitan los píxels: el estómago no puede resistirse a una euforia de montaña rusa cuando el sol, Saturno o cualquier remotísima estrella con nombre de matrícula se aproxima hasta casi chamuscarnos los pelos de la nariz. Porque también pueden emprenderse tournées extrasolares, por supuesto, a través de Betelgeuse, Aldebarán y otros lugares de muchas sílabas. El único problema radica en que el universo es infinito y uno termina por perderse.

De chico, cuando me montaba en avión para ir o volver de ver a los abuelos a Canarias, yo le preguntaba a mamá dónde se hallaba exactamente el domicilio de Dios. Me pasaba la travesía con el morro pegado a la ventana, asombrándome con las catedrales de espuma y las momentáneas cordilleras rosadas que se desplegaban al otro lado del fuselaje, en la espera de sorprender allá, a lo lejos, a un señor mayor con barba que orquestaba un coro de ángeles. Nunca lo vi, porque la homonimia es traicionera y yo empleaba la palabra cielo en un contexto equivocado. De todos maneras, ahora, mientras naufrago por el universo de la mano de este simulador espantoso, introduciéndome en profundidades que ningún ojo humano ha presenciado jamás, subiendo a lo más alto y cayendo al subsuelo de todas las cosas, penetrando poco a poco en el corazón de las tinieblas, siento miedo de toparme con una presencia extraña, con un espejismo que me obligaría a cerrar los ojos y desconectar automáticamente el monitor. Mulder y Scully decían que la verdad está ahí fuera, a la intemperie, como los coches en los desguaces.

Pascal temía el silencio de los inmensos espacios vacíos. Yo temo a una voz que rompa ese silencio.

viernes, 18 de abril de 2008

Su patria son las estrellas



Los domingos se celebra en la Plaza del Cabildo, una especie de placita de juguete encajonada entre una fuente y dos pasillos, un mercado que hará las delicias de los arqueólogos, los fetichistas y los enfermos del síndrome de Diógenes (yo quepo en las tres categorías). El material expuesto en los tenderetes pretende ser vagamente histórico, o en su defecto científico: monedas de ayer y de hoy, sellos para hacerse un edredón, cámaras que padecen cataratas, pins, relojes detenidos en un remoto amanecer, cubiertos, basura, mucha basura, que es el nombre que damos a las cosas útiles cuando nos cansamos de ellas. Yendo por este paraíso oxidado la otra mañana, deambulé frente a dos mesas de camping decoradas con fajos de cupones antiguos (no miento) y unos pequeños discos como chocolate mordido que proclamaban remontarse hasta la edad del emperador Constantino. En medio, creo, aparecía el propio Constantino de perfil, o su sombra en un charco, de lejos. Al final, junto a una colección de presuntos fósiles y unas cajitas deliciosamente repletas de minerales que se antojaban bombones, había una decena de estuches con etiquetas que contenían meteoritos. Trozos o lascas de meteoritos, quiero decir.

—¿Y cómo sabes tú que son meteoritos de verdad? —me preguntó Teresa con recelo después de que yo corriera a darle la magnífica noticia al bar de al lado, donde ella me esperaba entre suplemento dominical, café y siete meses de gestación.

—Había una etiqueta —respondí yo—. La etiqueta ponía Meteorito Nosequé, un nombre en inglés, había caído en Sudáfrica. Vale diez euros.

—¿Y si yo cojo una china, la meto en una caja con algodón y digo que es un meteorito? —Teresa pertenece a la escuela de filosofía escéptica— ¿Vale eso diez euros?

Cierto, incontestable. Regresé más tarde al tenderete y miré las lascas en sus cajas con un conato de desilusión que, sin embargo, no llegaba a aguar del todo mi entusiasmo precedente. Cobijé en mi palma durante un instante aquella cosita negra, similar quizá a la cagada de un murciélago o a la larva de un insecto diminuto y seguramente repugnante y creí sentir un vértigo místico: vi cómo aquel fragmento de materia miserable singlaba por el helado espacio exterior, vi cómo atravesaba las órbitas de Saturno y Júpiter y se internaba en el cinturón en que los asteroides juegan eternamente al corro de la patata, lo vi precipitarse en nuestra atmósfera, a él, nacido en sistemas de soles remotos donde se ignoran cosas como los antibióticos y la lluvia, y presencié cómo se deshacía en centellas y polvo antes de caer al suelo.

El coleccionismo, como el amor, como la literatura, precisan de la fe: de una suspensión momentánea de la incredulidad que nos permita confiar en que todavía existen cosas en el mundo (sí, en este gastado mundo) que son posibles. Diez euros no son un precio excesivo para creer.