viernes, 24 de diciembre de 2010

El fin de la infancia (microrrelato navideño)



En un remoto palacio de Oriente, rodeado de alminares y palmeras, existe un aula donde tres jóvenes príncipes reciben su instrucción. Uno es rubio como el membrillo; el segundo, tan delgado que no necesita abrir del todo las puertas para cambiar de habitación; la piel del tercero es renegrida, como si hubiera pasado demasiado tiempo en el tostador. El preceptor está muy enfadado con ellos. No hacen el más mínimo caso a sus prolijas explicaciones sobre los apotegmas de Euclides y las cónicas de Diofanto. El preceptor está harto de oírlos murmurar por lo bajo y pasarse notitas de un pupitre a otro.
—Mucho presumo que si Sus Altezas no desisten en su actitud me veré obligado, en contra de mi voluntad, a azotar sus sublimes posaderas. Así que, si quieren Sus Altezas seguir pudiendo sentarse en sus bancas sin sufrir escozor, mejor va a ser que guarden silencio de una sublime vez.
Los tres callan, acogotados, ante la amenaza. El tercero de ellos, el tostado, apenas ha tenido tiempo de atrapar la pelotita de papel que el segundo, el delgado, le ha pasado por debajo de la mesa. Aguarda a que el preceptor se gire sobre el encerado y las figuras geométricas para abrir el papel y leer la frase que contiene.
Ese día concluye la infancia del joven Baltasar júnior. Acaba de enterarse de que los Reyes Magos son sus padres.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Los cuadernos




Desde adolescente, para dejar inequívocamente claro que soy escritor (un señor profundo, serio y artístico que toma notas en una esquina del café), he llenado cuadernos de una caligrafía miniada. Ahora están a mi derecha, dispuestos aritméticamente en un anaquel de mi estudio: hay al menos una docena de ellos, de anillas blancas, negras o desnudas, con las tapas gastadas por los años y montones de papelotes desparejos sobresaliendo de entre las páginas. En esos cuadernos he consignado de todo: entrevisiones metafísicas que me han llegado en una tarde de niebla, metáforas que yo suponía sísmicas en el momento de anotarlas y luego se quedaban en un ligero vaivén, apuntes sobre algo leído al azar, de pasada o como de lejos; crónicas de visitas a ciudades que ya no serán las mismas, porque nunca visitarás dos veces la misma ciudad; citas, muchas citas, algunas memorables; aforismos, muchos aforismos, muchos olvidables; y proyectos: argumentos de novelas y cuentos futuros garrapateados a toda prisa, después de verter su veneno en mi imaginación durante un viaje en autobús o una noche de insomnio, mientras pensaba en otra cosa o simplemente me dejaba vivir. Miro esa colección de cuadernos y esto es lo que veo: la obra de mi vida. Todo lo que me queda por escribir. La masa bruta de mi literatura. Mi única, penosa justificación.

La otra tarde tomé uno de los cuadernos al azar y repasé las historias que proponía. Muchas de ellas las conocía de memoria, porque son tramas que nunca he abandonado del todo, que me visitan una vez y otra, bajo disfraces distintos, en busca de la forma apropiada de verterlas al papel. Otras me sorprendieron como el trabajo de la imaginación de otro, como el hallazgo de un desconocido: fueron las que más me impresionaron. Me da vergüenza decirlo, pero encontré muchos de aquellos esbozos de lo más apasionante; seguí leyendo y tanteé otros cuadernos, la fascinación aceleró o refrenó la marcha, pero no se detuvo. Me pregunté, me pregunto por qué no escribí aquello blanco sobre negro: por qué no lo entresaqué, con fórceps si era preciso, del útero de papel cuadriculado en que aún vivía inmerso, esperando la mano de nieve que sabe arrancarlo. De hecho, me impuse una tarea que sé imposible pero que me llena de júbilo loco: escribir sistemáticamente todos los libros que mis cuadernos vislumbran; página a página y tomo a tomo, haré existir lo que esas notas sólo entrevén o meramente sugieren. He calculado que podré terminar antes de cumplir los ochenta, si trabajo todos los días en horarios de galeote y no atiendo a necesidades nimias como comer, frecuentar a seres humanos y otras menudencias. 
 
Pero hay también un encanto turbio en el mero estado de apunte: el encanto del escorzo, de la niebla, de la ironía o el chiste que no se rebaja a la mención directa de la palabra prohibida. Es como si esos apuntes se alimentaran de la imaginación, que siempre avanza en diagonal, y enriquecieran y amplificaran y mejoraran una obra que en forma de libro sería demasiado vulgar y obvia; a veces, demasiadas veces, el bosquejo de un relato es mucho mejor que el relato de carne y hueso. Por esto pienso que, quizá, mis cuadernos podrían ser obras de pleno derecho: parte de un género inclasificable donde se dieran cita ensayo, narrativa, filología y locura, siempre sin hacer del todo, sin cristalizar, eludiendo el estado sólido, siempre otra cosa posible. Y aquí me acuerdo de cierto pasaje del Retrato del artista adolescente que ahora no tengo ganas de buscar, y donde Stephen fantasea con su futuro de escritor: él, dice, escribirá el conjunto de su obra en cuadernos matriculados con las sucesivas letras del abecedario; el contenido es secundario, lo importante es que sus lectores discutan si el B es mejor que el M o si el Z supera a todos los otros, como dicen los críticos. La vida entera de un hombre, de una obsesión o un anhelo, sintetizada en los veinticinco signos fundamentales.

Porque a pesar de lo que afirme la Química, veinticinco y no ciento dieciocho es el número de elementos de que se compone todo cuanto existe. Más: todo lo que jamás llegará a existir.

martes, 7 de diciembre de 2010

El manual del detective



Creo ya haber mencionado aquí que últimamente leer ficción me provoca un poco de pereza. Será porque algo dentro de mi alma sospecha que el número de argumentos (y de la forma de referirlos) con que cuenta el acervo de la literatura es limitado y que pocas historias quedan ya que me interesen, o que vayan a ser relatadas de un modo más atractivo o sugerente de los que ya conozco. Será porque la teoría siempre me ha interesado más que sus fronteras y acabo por recaer en lecturas de ciencia, filosofía, psicología o disparates varios, que tratan de aclararnos (como si se pudiera) la vasta noche del universo. No sé: el caso es que, visto en perspectiva, leo mucho menos novela o relato que ensayo puro y simple (donde entrarían, también, criaturas andróginas como libros de viajes, memorias, divulgación científica, delirios de aquí y de allí). Y por eso cuando encuentro un texto narrativo que me de veras me gusta, que me resulta original, valioso o simplemente satisface las expectativas del lector resabiado en que ya me he convertido, pues me pongo muy contento. Por eso quiero hablaros de mi último descubrimiento.

Se titula The manual of detection (London, William Heinemann, 2009), y es la obra primeriza de un escritor de Massachussets llamado Jedediah Berry. Según la esquela que antecede a la novela, Berry ha practicado tímidamente la ciencia ficción y el relato fantástico, pero esta es su primera obra, digamos, de largo. Dicho currículum no sorprenderá a quien recorra con atención The manual: elementos comunes al género maravilloso, a la narración juvenil, a la parábola filosófica afloran aquí y allá dentro de una prodigiosa estructura narrativa. El libro, que por lo que sé no ha sido traducido al castellano (ni existen intenciones de hacerlo) es un aparato de máxima eficacia literaria por varios motivos, que comienzan desde la misma portada: un ojo dorado que amenaza con verlo todo, aun los más ocultos deseos, temores y vergüenzas de sus lectores. Soy un vago y en realidad no sé cómo retratar los aspectos más interesantes tanto de la trama como de la ambientación o los personajes, así que creo que voy a limitarme a traducir la contraportada, que da una idea bastante cabal del contenido. El cerebro de Berry está literalmente saturado de ideas brillantes, y aun cuando a veces no les saca todo el partido que podría, el resultado sobrepasa con mucho lo que cabe esperar en estos tiempos de imaginaciones secas como arenques. Por lo general, tiendo a apreciar las excelencias de una obra de arte por los estímulos que transmite a mi voluntad o a mi inteligencia, y por las ganas que me genera de imitarla, de emularla, de sobrepasarla. The manual of detection me ha contagiado deseos de escribir media docena de libros alternativos: especialmente indicado para sequías creativas.



“En esta rigurosa y visionaria primera novela, un detective inusual, armado con sólo un paraguas y un singular libro de instrucciones, debe desenredar un conjunto de crímenes cometidos en y a través los sueños de la gente.
En una ciudad sin nombre siempre salpicada de lluvia, Charles Unwin es un humilde oficinista que trabaja para una gigantesca y poderosa agencia de detectives, y todo lo que sabe sobre la resolución de misterios proviene de informes redactados por el ilustre investigador Travis Sivart. Cuando Sivart desaparece y su supervisor resulta asesinado, Unwin es súbitamente ascendido a detective, un cargo para el que carece tanto de destreza como de estómago. Su única orientación procede de su nueva asistente, que sería perfecta si no estuviera durmiéndose continuamente, y del profundo y oscuro Manual del detective.
Unwin emprende la búsqueda de Sivart, pero pronto es acusado de asesinato, perseguido por matones y pistoleros, y confundido por la infame femme fatale Cleo Greenwood. Entretanto, preguntas extrañas y problemáticas proliferan: ¿por qué la momia del Museo Municipal tiene una moderna prótesis dental? ¿Dónde están todos los despertadores de la ciudad? ¿Por qué en el ejemplar del Manual de Unwin falta el capítulo 18? Cuando descubra que los grandes casos de Sivart —incluyendo ‘Las tres Muertes del Coronel Baker’ y ‘El Hombre que Robó el Doce de Noviembre’— nunca fueron resueltos correctamente, deberá introducirse en los sueños de un hombre muerto y enfrentarse a un genio criminal dotado de control sobre una ciudad dormida.
El manual del detective sugerirá comparaciones con todas las obras de ficción imaginativa que hayan sacudido la mente de los lectores. Pero, en última instancia, desafía a la comparación; es una novela brillantemente concebida, meticulosamente construida que cambiará lo que pensamos acerca de cómo pensamos.”

domingo, 28 de noviembre de 2010

El retrete del placer criminal



 Por lo general, las ferias del libro suelen provocarme hastío. En la de Madrid sólo he estado un par de veces y la oferta me apabulla; las de otras ciudades las encuentro menores y domésticas, sin que superen a sus librerías de cabecera más que por el tamaño de los escaparates; la de Sevilla, que es donde vivo, me gusta sólo porque ofrece una ocasión óptima para ver a gente con la que no me cruzo el resto del año y porque tiene un bar por donde mi hijo puede correr a todo gas (será atleta) sin estrellarse contra el mobiliario. Esto me pasa con las ferias, digamos, canónicas. Pero hay otras menos prestigiosas o voceadas que a mí me pierden: las Ferias del Libro Antiguo y de Ocasión. En Madrid, ocupa la mitad de Recoletos y creo que cae por primavera. Aquí, en Sevilla, siempre llega con las primeras lluvias; recorrer sus muestrarios con el olor a mojado sobre el plástico del anorak es una de las traducciones más cabales que encuentro del concepto de felicidad. Se abrió el pasado viernes, y allí estuve. Y encontré algo de lo que enseguida paso a hablaros, hipócritas lectores, semejantes y hermanos.

Tiempo ha cayeron mis ojos sobre un exquisito tomo perteneciente a la Biblioteca General Universitaria de la Hispalense cuyo tema confeso eran los asesinatos sangrientos, los espectros de ultratumba y la carnicería literaria, temas todos ellos que me apasionan como ya creo que sabéis. Tanto me encantó que estuve (lo confieso) tentado de no devolverlo, de esconderme con él, de enterrarlo para que nunca se separase de mi lado: soy pusilánime y lo dejé huir. A veces soñaba con él, y quise comprarlo. Inútil: había sido editado, sin rescate posible (¿quién iba a querer recuperar semejante engendro?), por la mítica Editora Nacional en fecha de 1977, y hacía tiempo que los catálogos lo eludían. La llegada de Internet me dio nuevos bríos: consulté librerías y portales de viejo online donde di con él, sí, pero a un precio de esos que entran en el tipo de cosas que uno no le cuenta a su mujer; lo dejé estar. Hasta el viernes. Ahí estaba, por una módica cantidad. Y aquí lo tengo ahora, y lo miro con arrobo mientras escribo estas líneas de presentación. ¿De qué se trata, y a qué tanto misterio? Os lo cuento en un tris.

Galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas, o sea el historiador trágico de las catástrofes del linaje humano, de Agustín Pérez Zaragoza. De eso hablo. El docto texto que le sirve de introducción, debido a la no menos sapiente pluma de Luis Alberto de Cuenca, nos informa de que se trata de un folletín negro publicado por vez primera en 1831, a rebufo de la moda de fantasmas y degollinas que imperaba en Europa por entonces. Su autor, un mediocre polígrafo a cuya responsabilidad hay que atribuir un par de recetarios de cocina, libelos políticos y cierto Recreo de damas del gran tono, o sea delicia de lechuguinos y lechuguinas, saqueó a placer diversos novelones franceses de la época y se sirvió de sus truculencias para armar este texto, que es, creo, uno de los escasísimos ejemplos de literatura gótica auténtica con que cuenta nuestra tradición nacional. La lectura es deliciosa por varios motivos. Primero, por la distancia estilística que media entre nosotros y estas frases apabullantes, melodramáticas y estentóreas que se pueden mirar sólo de reojo; luego, porque se trata de uno de los representantes más primitivos de lo que podríamos llamar pulp en castellano; los títulos de cada episodio y esos grabados nigérrimos que recuerdan a los pliegos de ciego en las ferias; el hecho de que, además del pulp, Pérez Zaragoza inaugurara otro subgénero no menos execrado en nuestras letras: el best-seller. Da mucho gusto y risa comprobar cómo otros literatos auténticos de la época, como Mesonero Romanos, se despachan acerca de la capacidad de las Sombras ensangrentadas para colocarse en los escaparates y vaciar los bolsillos de la muchedumbre (es un decir) lectora. El siguiente testimonio viene incluido en el prólogo de Cuenca:

“Una censura suspicaz e ignorante dificultaba la publicación de las obras del ingenio y prohibía y anatematizaba hasta las más renombradas de nuestro tesoro literario: los escritores de más valía, los hombres más insignes en las letras, hallábanse oscurecidos, presos o emigrados: los Quintana, Gallego, Saavedra, Martínez de la Rosa, Toreno, Gallardo, Villanueva y demás, eran sustituidos por autores ignorantes y baladíes, que empañaban la atmósfera literaria con sus producciones soporíferas, su desenfreno métrico, sus cantos de búho, sus absurdos escritos religiosos e históricos, sus novelas insípidas, de las cuales las más divertidas eran las que formaban la colección que, con el extraño título de Galería de espectros y sombras ensangrentadas, publicaba su autor, don Agustín Zaragoza y Godínez” (Mesonero Romanos, Memorias de un setentón).

Para entendernos, la crónica de Pérez Zaragoza no difiere en esencia de esos asesinatos aparatosos y decapitaciones de medio pelo que nutrían publicaciones nacionales como El caso, y que siempre han sido tan del gusto del estómago popular. Aquí la sed de tremendismo alcanza cotas tan inverosímiles como encantadoras, y uno nunca está seguro del todo de dónde acaba la genialidad y comienza el mal gusto (si se diferencian). Recuerdo un pensamiento a vuelapluma de Don Avito, el filósofo visionario que protagoniza Amor y pedagogía de Unamuno: si de lo sublime a lo ridículo sólo media un paso, uno puede acabar haciendo el tonto de tanto elevarse, sí; pero también puede acabar por ascender de tanto hacer el tonto. Ecco.
 
Un sucinto examen al índice de la edición de Cuenca, que sólo abarca la mitad de las carnicerías originales, puede dar una idea aproximada del contenido de las Sombras. Copio: Miladi Herwort y Miss Clarisa, o Bristol, el carnicero asesino; La morada de un parricida, o el triunfo del remordimiento; La bohemiana de Trebisonda, o un sequín por cabeza de cristiano; Camila y Livio, o los efectos de un amor desgraciado. Mi favorito, de cualquier modo, es el de la Historia trágica tercera, con el que además he decidido encabezar esta nota: La princesa de Lipno, o el retrete del placer criminal: jamás nadie había tenido la despampanante ocurrencia de juntar esas tres palabras imposibles, retrete, placer, criminal. El grabado que aparece aquí al lado, con un monigote sin cabeza y una señora que chilla, pertenece precisamente a ese capítulo. Abajo se lee, y va en serio: “Cielos, que veo!!! esto no es ilusión? mi muerte es ya inevitable” (sic).

Una lectura que debería ser obligatoria para el brumoso mes de noviembre.

martes, 23 de noviembre de 2010

Tintín en Innsmouth




A través del inefable Fernando Royuela me llega un enlace a la página del artista Murray Groat, que ha logrado sublimemente aunar dos de mis más preciadas pasiones: Hergé y Lovecraft. Para ello, ha ideado cuatro portadas improbables mas no imposibles, dos de las cuales incluyo en este post: una en las Montañas de la Locura, donde Tintín y Milú se internan en busca de aquella ciudad perdida bajo la nieve del Polo Norte milenios atrás, y otra en Innsmouth, municipio maldito de Nueva Inglaterra en que nuestros héroes, humano y canino, deberán escapar del acoso de los funestos hombres-peces. Lástima que detrás de las portadas no haya páginas y páginas que recorrer.




lunes, 15 de noviembre de 2010

El hombre al que odiaba Leopold Mozart



En su muy meritoria labor de arqueología musical, la casa Brilliant acaba de rescatar de los barros del anonimato a un autor cuando menos digno de atención. Su nombre es Luigi Gatti y le cabe el raro honor de haber sido insultado por Leopold Mozart, un hombre que, de cualquier modo, nunca se caracterizó por su amplitud de miras ni por la solidez de sus entendederas (aparte de explotar inmisericordemente a sus dos hijos como monstruitos de feria, han quedado para las posteridad sus opiniones epistolares en las que ensucia a Voltaire). Gatti arrebató a Leopold a principios de la década de 1780 el codiciado puesto de Kapellmeister del Príncipe Arzobispo de Salzburgo, puesto detrás del cual andaba el último desde que no tenía vello sobre la boca, lo cual le mereció la cantidad de insultos que es de suponer. Sin embargo, Wolfgang lo frecuentaría en Viena, que Gatti visitó de vez en cuando, y alabó su camaradería y buen talante: siempre, decía, está dispuesto a indicarte un buen libretista o a prestarte el suyo (la coalición Mozart-Da Ponte, a la que debemos varias cumbres de la Historia del Arte, fue resultado, precisamente, de la intervención de este perfecto desconocido hasta el día de hoy).

Luigi Gatti (1740-1817), sacerdote por necesidad alimenticia (como tantos de sus contemporáneos), repartió su labor entre la Austria mozartiana y su Mantua natal, en un tiempo en que el style galant dominaba Europa y unía a todas las naciones mediante el primer idioma universal. Leo en el booklet que fue responsable de una miríada de composiciones, que su talento o su obstinación le permitieron practicar diversos géneros como la sinfonía, el concierto o la ópera, y que conoció una enorme aclamación en su época que ha quedado reducida a tétrico silencio durante doscientos años. Con esta grabación, Brilliant pretende, en colaboración con el Conservatorio de Musica di Mantova, rescatar lo más sobresaliente de la producción de tan clamoroso cadáver.

La primera entrega, que acabo de repasar entre ayer y hoy, corre del siguiente tenor. En primer lugar tenemos un Concertone para dos violines y orquesta en re mayor que es en realidad una especie de sinfonía concertante para violines y violonchelo. El estilo, igual que el resto de composiciones, recuerda inevitablemente al Mozart más verde o a sus contemporáneos galantes, Dittersdorf entre ellos, o a Haydn. Lo más poderoso del Concertone para violines es el Larghetto, animado por unos compases tonantes de toda la orquesta que se repiten al final de cada sección. La segunda partitura, un Concierto para fagot en fa, está construido sobre un esquema común en el cuarto de siglo en que vio la luz, con un fraseo ágil y poco exigente dedicado al instrumento principal (inevitable acordarse, otra vez, de Mozart, cuyo Concierto para fagot en si bemol constituye uno de los escasísimos ejemplos de composición dedicado a dicho plantel) y un adagio sostenuto muy sentido y cantabile; ejemplos del mismo modelo los encontramos en los primeros conciertos de Mozart para trompa, oboe o flauta, en los de Franz Danzi, Haydn (para trompeta y oboe), Dittersdorf (oboe) o Antonio Rosetti.
Quizá lo más interesante sea el final: un concierto para piano en do de dimensiones vienesas en que se nota, aquí sí y bien, el influjo del niño prodigio de Salzburgo. El contraste entre solo y tutti es inequívocamente mozartiano, así como el modo de doblar a la orquesta en la sección de acompañamiento entre intervención e intervención del solista. Con todo, y aunque haya episodios de puro esplendor, Gatti queda a galaxias enteras de distancia de los conciertos invulnerables KV 482 o KV 595: y es que la invención melódica y las transiciones del segundo artista más grande de la Tierra (después de Bach) no se obtienen con facilidad.

La interpretación, a cargo de la Orquesta de Cámara del Conservatorio Musical de Mantua (dirige Fausto Pedrutti), está llena de vigor y de espacio, como si tocaran en un palacio de cristal: a resaltar en especial el acompañamiento de los metales en el concierto para piano. La grabación es en directo en el Teatro Scientifico de Mantova, al que pertenece la fotografía que abre este post. Para todos aquellos que me preguntéis, en fin, si me ha interesado la oferta, sólo diré una cosa: que adquiriré raudo y contento el resto de las entregas de Gatti en cuanto salgan a los escaparates.

(NB: releo lo escrito y advierto que he sido injusto con Leo Mozart. Le corresponde la autoría del manual para violín más difundido durante un siglo, el Versuch einer gründlichen Violinschule, de 1756, y eso tampoco es para despreciar. Tú sabrás disculparme, viejo.)

domingo, 31 de octubre de 2010

Harry Mulisch (1927-2010)



 Con gran consternación, me acabo de enterar de la muerte de Harry Mulisch. Lo descubrí por puro azar, cuando Javier Calvo, con su generosidad habitual, comparó una de mis novelas con lo que él hacía y ha venido haciendo espléndidamente hasta que la muerte le ha frenado el pulso, que es lograr esa exigente alquimia entre calidad literaria y público mayoritario. Leí enfebrecido El procedimiento, una extraña vuelta de tuerca al viejo argumento de Frankenstein y la generación de la vida a partir del vacío, y luego El descubrimiento del cielo, su obra más wagneriana, cósmica y quizá aquejada de elefantiasis. Lo último que se tradujo al castellano con su firma, como siempre en Tusquets, fue Sigfrido, una fábula centroeuropea sobre el mal en que se especulaba con la posibilidad de que Hitler hubiera tenido descendencia. El mal, junto a la especulación metafísica y las perplejidades varias en que puede sumirnos la ciencia genética, fueron temas en los que Mulisch se demoró con delectación, tanto para él como para su hambrienta legión de lectores. De todas maneras, su título cimero, que recomiendo al lego si todavía no se ha aproximado a él, es El atentado, donde comparecen mejor que en ninguna otra parte dilemas morales, nazis, género policíaco y toda la quincalla varia que suele amueblar sus novelas: un texto al que me he referido a menudo como ideal punto de cruce entre literatura de largo aliento o tamaño XXL y amplitud democrática, como demostración palmaria y contundente de que la calidad no tiene por qué estar reñida con la aceptación masiva de los lectores.

Mulisch era mi eterno candidato al Nóbel. Pero él no tenía de su lado a Carmen Balcells para persuadir a la tercera edad sueca. 


viernes, 29 de octubre de 2010

Diccionario de arena: maestros del universo



Maestro: n. m. Individuo que, para no ser acusado de ignorante, se asegura de que los otros lo sean tanto como él.

Pasado: n. m. Tiempo verbal apropiado a las rupturas matrimoniales. // Hipótesis del hombre que acaba de despertar. // Lugar donde la gente se equivoca y muere.

Poesía: n. f. Publicación municipal compuesta de renglones partidos (versos) en los que se celebra el día de la patrona o las fiestas mayores. // ~ contemporánea: Lo mismo pero con sexo, bares y radiofórmula en lugar de la patrona. //  ~ intimista: Lo mismo pero con la soledad y la infancia en lugar de los bares.

Poeta: adj. m. Ese al que da la mano el alcalde mientras le entrega el diploma en la página de cultura del periódico. // Falso ~: El que da la mano a demasiados alcaldes. 

         Remordimiento: n. m. Canal privado de televisión de emisión ininterrumpida.

Soledad: n. f. Cada uno de los elementos aislados que componen una reunión social.

Sueño: n. m. Obra de teatro automática. // Pretexto apropiado para la temeridad y el despilfarro.

Triunfo: n. m. Falta de decoro sistemática que cometen las personas superficiales y los falsos poetas.

         Universo: n. m. Telón de fondo de la vida del individuo donde tienen lugar todos los acontecimientos esenciales o interesantes, salvo los domingos por la tarde. 


jueves, 21 de octubre de 2010

Simios


 Según algunos de vosotros ya sabéis, ¡oh, benévolos lectores! acabo de ser distinguido con el accésit del XXVII Premio de Artículos Periodísticos de Unicaja, que honraba al mejor texto publicado en la prensa nacional entre 2008 y 2009. Teniendo en cuenta que el ganador ha sido nada menos que el excelso Felipe Benítez Reyes, y que el año pasado el accésit recayó en Eva Díaz Pérez, por la que siento a partes iguales admiración y estima, no puedo sino regocijarme de mi nueva situación, de la que podréis saber algo más si pulsáis, por ejemplo, en este link. Ante la aclamación popular, y puesto que el hallazgo del artículo premiado (es decir, accesitado) puede exigir del curioso dotes insanas de paciencia y destreza informática, lo incluyo aquí para que todos os saciéis democráticamente de sus frases. En serio, que estoy muy contento, vaya.


Simios
(El País, 12/12/08).

Allí en América, donde las praderas, hay universidades que niegan su parentesco con los simios. Es como si la oruga declarase olímpicamente que constituye un peldaño único en la escalinata de la evolución y volviera la cara de mala manera a sus vecinos de rellano, esas lombrices y gusanos de los que resultaría indistinta sobre un trozo de carne podrida. Los biólogos (llamémosles así) del Medio Oeste son humanos al ciento por ciento y no guardan bajo la piel ningún gorila disfrazado; en sus células, de una pureza fanática, no quedan restos de los millares de mosquitos, sanguijuelas, saltamontes, lenguados y babuinos que ocuparon los reflejos en el agua estancada (aún no había espejos) antes de que a ellos se asomase el rostro lampiño del hombre. Esto viene sucediendo desde mucho tiempo atrás: en concreto desde que Darwin estableciera entre Tarzán y la mona Chita un vínculo que las mentes más púdicas y victorianas sólo pudieron recibir con un horrorizado grito de ultraje. Se suele señalar que el motivo de que el Origen de las especies fuera unánimemente rechazado en los ruedos académicos de medio mundo fue su atentado contra el relato bíblico de la creación, con lo del jardín, la costilla y todo eso. A mí me parece que lo que enfurecía a aquellos articulistas, profesores de veterinaria y predicadores no era la blasfemia, sino el insulto personal. De repente, como el doctor Jekyll y su sombra, habían pasado a ser dos en uno: de una mitad el atento esposo, contribuyente ejemplar, respetado miembro de la academia; de otra un animal chato, encorvado, sucio, que sólo obedece a los coletazos de su instinto y que disfruta fracturando el cráneo de sus congéneres o asaltando por sorpresa a las hembras de la manada. Tener escondido en el sótano a semejante criatura era más de lo que la mayoría de los ciudadanos del imperio estaba dispuesta a tolerar.
Por suerte, hay quienes piensan de otro modo. Quienes están convencidos de que, si pretende conocerse de verdad, el ser humano debe mirarse dentro, hacia las concavidades y los forros, y aceptar que en ese hueco donde se guarda el alma hay también mucha suciedad acumulada y muchos vestigios de cosas que a primera vista resultan desagradables. En la Plaza del Viejo Estadio Colombino de Huelva, la Obra Social de La Caixa ha montado una exposición que, bajo el título Orígenes: cinco hitos en la evolución humana, recorre las sucesivas etapas que median entre los homínidos y el ser que lleva corbata y nos responde, a veces cortésmente, desde las ventanillas. La muestra consiste en una sucesión de escenarios de cartón piedra donde nuestros antepasados, dotados de inquietantes hocicos y un vellón de rizos sobre los antebrazos, se agachan para encender hogueras o imprimen los techos de sus cuevas con esquemas de bisontes y arqueros. Nos guste o no, de algún modo somos esas criaturas tan poco vistosas que mueven un oscuro viento de barbarie en la memoria de nuestra especie. Negarlo sirve de poco: más vale asumir que seguimos atados por extremos que no nos agradan del todo a ese pasado feroz y que cuando masacra a sus convecinos o se deja arrastrar por esos impulsos que anidan en las alcantarillas de su conciencia el ser humano está más cerca del mono de lo que se atreve a admitir. Que fuimos esas bestias es tan cierto como que las dejamos atrás: que con tesón e inteligencia los seres vivos pueden ir desprendiéndose poco a poco de sus apéndices más onerosos para ganar libertad, que el camino de la evolución es el único que nos garantiza que algún día seremos menos estúpidos y obcecados de lo que ahora somos. Aunque no lo veamos, siempre podemos consolarnos con el pensamiento de que nuestros tataranietos no se apalearán los unos a los otros por culpa de libros sagrados ni clubes de fútbol. Nosotros seremos los monos para ellos.

(NB: la ilustración trata de aludir al objeto del artículo y no guarda relación alguna con el aspecto actual de su autor. Lo juro.)

martes, 19 de octubre de 2010

El universo de Kaku


 El otro día, en una de esas compras de libros con que amenazo más y más el Lebensraum de mi familia, cayó en mis manos un libro delicioso, La física de lo imposible, de Michio Kaku (traducción de Javier García Sanz. Barcelona, DeBolsillo, 2010). Soy seguidor de Kaku desde que lo descubrí con su melena de Luis Cobos más el careto de Pat Morita en la serie de Canal Historia para enfermos de insomnio El Universo, y más desde que consumo sus best sellers de física divulgativa como Hiperespacio (traducción de Javier García Sanz. Barcelona, Crítica, 2007). Kaku es altamente recomendable no sólo porque sabe un montón de física teórica y de cosmología, sino también porque se confiesa devoto de la ciencia ficción y es capaz de entrecruzar ambos campos sin que ninguno chirríe como un coche viejo: sus asomos a las posibilidades reales de lo que imaginan películas y novelas futuristas son toda una garantía de pasmo y diversión. Acabo de descubrir que dispone de un blog muy interesante y a(di)ctivo, Doctor Kaku’s Universe, que enlazo enseguida a la barra de la derecha. La descripción que ofrece el propio site de su contenido ya tumba de espaldas: Doctor Kaku’s Universe está escrito por Michio Kaku, físico teórico en la CUNY (The City University of New York), tertuliano radiofónico y personalidad televisiva. El blog explora paradojas y rarezas contraintuitivas del mundo físico, incluyendo la teoría de cuerdas, el viaje en el tiempo, los universos paralelos y los agujeros negros. Para morirse, vamos.

lunes, 18 de octubre de 2010

El instinto intelectual




Cosa tramposa es la estética, que invita a acercarse y cuando parece que nos hallamos a su cobijo nos envuelve con rígidos tentáculos y arteras ramas y acabamos por asfixiarnos o, cuando menos, quedar inmóviles entre sus garras fragantes. A un escritor no le conviene hacer estética porque, como bien se encargan de repetir las tres o cuatro personas que hablan inteligentemente de cosas de estas, uno corre el peligro de escribir del modo en que uno piensa en vez de pensar en el modo en que uno escribe, que parece, dicen los listos, lo correcto. Confieso que yo, a menudo, he incurrido en el vicio solitario del programa estético (en este mismo blog, sin ir más allá), y que tengo todas las papeletas de tropezar en la misma piedra en el futuro. De momento le doy voz a Fernando Pessoa, con cuyas espléndidas elucubraciones he topado mientras me distraía en hojear el tercer volumen de su Obra poética e em prosa (Introduçoes, organizaçao, biobliografia e notas de António Quadros. Porto, Lello & Irmão editores, 1986; las traducciones son mías):


“Por naturaleza, la inteligencia, aunque no crea, constantemente se transforma. Un largo uso de la inteligencia por parte de la humanidad creó un instinto en esa inteligencia, y como la inteligencia por naturaleza transforma, y el instinto por naturaleza opera, una fusión de los dos, o, en otras palabras, un instinto intelectual, será una cualidad del espíritu que transforme operando. Pero la transformación reducida a acto es precisamente la esencia de la invención, puesto que la invención es un acto, y un acto que transforma lo que hay.
La obra de arte, en tanto que invención de un valor, deriva por tanto de lo que propiamente se puede llamar un instinto intelectual” (Ontología da obra de arte, ed. cit., pp. 16-17. El subrayado es mío. Compárese con lo que afirma Poe de la creación en The poetic principle).


“El hombre de genio es un intuitivo que se sirve de la inteligencia para expresar sus intuiciones. La obra de genio —sea un poema o una batalla— es la transmutación en términos de inteligencia de una operación supraintelectual. En tanto que el talento, cuya expresión natural es la ciencia, procede de lo particular a lo general, el genio, cuya expresión natural es el arte, procede de lo general a lo particular. Un poema de genio es una intuición central nítida resuelta, nítida u oscuramente (conforme al talento que acompañe al genio), en transposiciones parciales intelectuales. Una gran batalla es una intuición estratégica nítida desplegada, con mayor o menor ciencia, conforme al talento del estratega, en transposiciones tácticas parciales” (O homem de génio, ed. cit., pp. 33-34. Inevitable acordarse de Schopenhauer).



sábado, 9 de octubre de 2010

Variación sobre un tema de Monterroso



Estaba allí cuando desperté, lo juro.
Jonathan Lethem.


El texto, que he traducido completo con el esfuerzo sobrehumano que cabe imaginar, podéis encontrarlo en versión original en la muy promiscua y recomendable página oficial del autor. De Lethem acabo de leer su novela debut, Gun, with occasional music (1994), una deslumbrante macedonia de novela negra, pulp, ciencia ficción y distopía que, según me entero por Javier Calvo, está traducida pero no publicada al castellano. Para todo lo demás, Abebooks.


sábado, 2 de octubre de 2010

Buenos ratos con Tony



Supongo que si alguien me hubiera preguntado por mi actor favorito en una encuesta habría invocado otro nombre y otro rostro, pero debo reconocer sin empacho que Tony Curtis, el galán, el hombre del peinado, los ojos matutinos y la cara rellena de almidón, me ha ofrecido sábados completos de felicidad desde lo alto del aparador de casa (el taquillón, lo llamaba mi madre); por tanto, parece de justicia que en algo semejante a la reciprocidad yo me acuerde de él en la hora de su crepúsculo. Esto no es una elegía a Curtis: se trata tan sólo de la enumeración de los cuatro o cinco motivos o títulos de películas por las que le debo eterna gratitud, en aquel rincón del gran vertedero metafísico en que su alma se encuentre ahora. Tranquilos: no voy a mencionar, para variar, a Billy Wilder.

1. El gran Houdini (Houdini, 1953), de George Marshall. Si procedemos cronológicamente, la más antigua de las películas de Curtis que me fascinan es este biopic de color de chicle oscurecido con asomos a la parte más ambigua o peor iluminada de nosotros mismos. Nada que ver con esas porquerías que han dedicado al inmortal escapista en los últimos tiempos, como la terrible El último gran mago (2007), de Gillian Armstrong. En la versión de Curtis, Houdini es un joven impulsivo, descabezado, que decide coquetear con la muerte y esas otras barreras, físicas y de otra índole, que acotan la naturaleza humana. Dos escenas para la antología: aquella en que Houdini se sumerge en el mar de hielo y todo el mundo le da por muerto; aquella en que se libera de una camisa de fuerza mientras contempla hipnóticamente los espejos de una esfera que gira. 
 
2. Coraza negra (The black shield of Falworth, 1954), de Rudolph Maté. Ejemplo acabado de lo que el Hollywood de la golden age entendía por Edad Media, este título me ha acompañado durante años que se alargan en décadas como una de mis películas favoritas de todos los tiempos. El guión, basado en un pastiche novelístico que evoca la era de Robin Hood y Ricardo Corazón de León, explota sin rubor parentescos oscuros, venganzas familiares, iniciaciones dolorosas y malvados surcados de cicatrices. La coraza que da nombre al espectáculo no contiene menos hojalata en su aleación que las que cubren al resto de los actores, por no hablar de las espadas. No hay detalle en el atrezzo que no resulte inverosímil, que no invite ocasionalmente a la carcajada o al sudor frío; sin embargo, la historia conserva intacto su poder de arrebatar y de mantenernos soldados al sofá de casa durante la casi hora y media en que se desenvuelve. Para la antología: los leotardos y pijamas de Curtis y su facilidad para trepar por las tapias; el personaje de Diccon Bowman, ese maestro cruel, bondadoso e irrompible que todos habríamos querido sufrir.

3. Los vikingos (The Vikings, 1958), de Richard Fleischer. Uno de los títulos que considero definitivamente imprescindibles en cualquier filmoteca cuyo fin comprenda el placer y la dicha de sus propietarios. Jamás me cansaré de ver las acrobacias de Kirk Douglas sobre los remos de los drakkars y las fastuosas melopeas en el interior de las cabañas de estopa y teca, pero tampoco la singladura del esclavo Eric (Curtis) a través del mar anegado por la niebla y una mano derecha cortada sobre un foso de lobos hambrientos. Curtis contribuyó y no poco (junto con su señora Janet Leigh, igual que en Coraza negra y en Houdini) a la perfección de este exquisito ejemplo de filme de aventuras, que no ha perdido un ápice de su poder magnético a pesar de los muchos artilugios pirotécnicos que se han inventado desde la fecha.


4. Espartaco (Spartacus, 1960), de Stanley Kubrick. No olvidemos que Curtis formaba parte del reparto del más grandioso peplum que han dado las salas de cine, en el papel de un esclavo ducho en ciencias y letras que se suma a la rebelión ecuménica de Kirk Douglas (de nuevo él). Esta película es tan grande, tan ancha, tan larga y tan profunda, que cualquiera que tomara parte en ella, en primer o en segundo plano, merece el premio de un sitiecito en los altares de nuestra memoria, con su vela colorada y esas cosas. Y si además borda diversas escenas de sauna de aroma a ambiente con el shakesperiano sir Laurence Olivier, pues mejor todavía.

En fin, querido Bernard Schwartz, que la nada te sea leve.


sábado, 25 de septiembre de 2010

Sobre el viaje, y 3: yo estuve allí



“La mayoría de las veces no queremos saber sino para hablar de ello. No viajaríamos por los mares para no mencionarlo jamás, por el puro placer de ver, sin la esperanza de comunicarlo” (Blaise Pascal, Pensées 152-77. Paris, Bookking International, 1995, p. 66. La traducción es mía).

En realidad, el viaje es lo que menos importancia tiene de todo, el envoltorio de la chocolatina, la punta del iceberg. La experiencia física del viaje, el periplo, es sólo un trámite farragoso para lo que viene luego, lo verdaderamente crucial: la narración del viaje. Viajamos para contarlo. Viajamos para describir a nuestras amistades, que escucharán nuestras descripciones con los labios debidamente ovalados, las bellezas de la cúpula de San Marco y las curiosos rituales del sincretismo cubano. Imposible disfrutar cualquier experiencia de primera mano, en un primer grado: conforme una vivencia se produce, va procesándose y siendo narrada por una segunda voz que se dirige a una audiencia imaginaria. Esa audiencia terminará por ser la familia y los amigos, pacientemente colocados frente al álbum de fotos o la pantalla del ordenador. Vivir es contar, reunir material que contar, y el viaje, sobre todo el viaje, no escapa a esa lógica confesional. No veo un cuadro, sino que sé que lo veo; no descubro una ciudad, sino sé que la descubro. Somos documentalistas continuos de nuestra vida, tomamos recursos perpetuos de una película que jamás llegará a filmarse. Pero cuyo guión repasamos y repasamos en la oficina solitaria de nuestro cráneo.

Es obvio. Lo importante, en vez de viajar, radica en ofrecer testimonio del viaje. Una vez, no sé dónde, me encontré con una mesnada de japoneses en un museo que no miraban las pinturas. Preferían, en vez de acercarse a ellas, filmarlas con sus cámaras. Experimentarlas no tenía valor; lo único esencial era recogerlas, llevárselas en un depósito, poder decir que habían estado delante de ellas. Hagámonos cargo: el disfrute de la gran mayoría de nuestras experiencias depende del hecho de ser conscientes de que dichas experiencias están teniendo lugar. Yo miro la Capilla Sixtina y puedo gozar mucho de sus formas, composición y colores, pero lo hago doblemente cuando sé que aquello es la Capilla Sixtina y de que yo estoy allí, en Roma, debajo de los gigantes y las sibilas. Por tanto, el momento culminante de todo viaje es el regreso; aún más: el momento cumbre es el recuerdo del viaje, su exposición a los otros. Uno no viaja para uno, viaja para los demás.

Llegado a esta conclusión, que el viaje sólo consiste en la acumulación de memorias exóticas que presentar a las visitas a la hora del café y la pasta, me pregunto si habrá algún método de conseguir lo mismo sin necesidad de cansarse. Sin jet lag. Sin mostradores de embarque. Sin síndrome de la clase turista. Sin madrugones, sin compañeros insufribles en la tapicería de al lado. Y me digo que sí. Lo mismo nos daría que una multinacional de la neurología nos implantase un parche de memoria artificial en aquella parcela del cerebro que se encarga de informarnos de lo que somos y de lo que hacemos y de dónde estuvimos anoche, un injerto con un recuerdo especioso de que estuvimos en Florencia y de que todo fue maravilloso en aquella ciudad de artistas y turoperadores. Ya, eso se ha inventado: es Total recall, la película de Paul Verhoeven que Arnold Schwarzenegger protagonizó en 1990.

Pero existen otros modos menos sofisticados de hacerse con recuerdos artificiales. Hay cierta antología de cuentos de Enrique Vila-Matas publicada en 1994 que lleva el revelador título de Recuerdos inventados. Y es que la literatura es, par excellence, el arte de injertar vivencias falsas en el cerebro de los pacientes. Por tanto, leer o soñar (que es leer con la luz apagada) constituyen alternativas cómodas y eficientes al viaje que ningún vago como este servidor dejará de apreciar. ¿Y todo esto a qué venia? Sencillamente a lo siguiente: a que este verano he viajado, sí, pero las distancias que he cubierto se miden en párrafos en vez de leguas. Todas las mañanas me despierto con las botas manchadas de barro.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Sobre el viaje, 2: causas aparentes


Dromomanía. Observo con pasmo que la vigésimo tercera edición del Diccionario de la Real Academia incluye este neologismo en la acepción de “inclinación excesiva u obsesión patológica por trasladarse de un lugar a otro”. Había oído hablar del término en alguna ocasión, pero nunca pensé que hubiera sido sancionado por los burócratas de la lengua: lo cual me hace pensar que aquello que designa se ha convertido en un fenómeno mucho más extendido de lo que lo era en tiempos pasados. No cabe duda, son tiempos dromomaníacos: existe una compulsión en la población media a desplazarse aprovechando la temporada de vacaciones y a gastar los días libres realizando excursiones de largo kilometraje. La pregunta sigue en pie: ¿por qué? ¿Qué posee específicamente el viaje para obligar a la mayoría de la humanidad a abandonar la apolillada comodidad de sus pantuflas? Con el fin de penetrar esta incógnita, he realizado una somera encuesta entre aquella porción de la especie humana que tengo más cerca de mi casa y he obtenido tres respuestas mayoritarias. Ninguna de las tres, como se verá enseguida, se muestra muy sólida en cuanto se la rasca con la uña. Según la gente, uno viaja:

A) Para descansar. Durante el año nos hallamos sometidos a la intensa presión de la convivencia urbana, la responsabilidad con la familia y el trabajo, las acrobacias financieras para llegar a fin de mes, el insomnio, el niño de la vecina, el equipo que no gana un partido ni a base de sobornos... Por tanto, nada más apetecible que un merecido relajo durante la época de vacaciones: un hiato de tranquilidad que consumir, digamos, en la arena de la playa o en un recorrido por las principales ciudades, decorativas y aristocráticas, de la Península Itálica. El argumento parece convincente; pero basta con repensarlo dos veces para darnos cuenta de que no lo es. Nadie puede pretender sinceramente descansar en la playa o en Italia. En el primer caso, el turista ha de enfrentarse a las diversas incomodidades del trayecto hasta la costa, los embotellamientos, el peaje, el calor, los niños que protestan en el asiento trasero, la suegra y esas cosas de Alfredo Landa; una vez in situ, debe soportar a la ingente sección del país que también ocupa, junto a él y su familia, los doscientos metros cuadrados de arena que rodea con la vista; ha de sufrir a los adolescentes que le arrojan la pelota a cada patada, el viento que hace volar la sombrilla, el picor, las ronchas, la sal, las conchas que hieren la planta de los pies. No concibo que nadie pueda calificar esto de relajamiento. El tour a Italia (o París, o los fiordos, o la Riviera Maya, que lo mismo da) ofrece un panorama semejante. Es estrictamente imposible que un individuo goce de algo semejante a la paz si en el transcurso de diez días mal medidos ha de digerir la cifra atroz de cinco capitales históricas con sus correspondientes catedrales, logias y museos, parándose además a degustar la gastronomía típica (llamémosla así por el momento) y acumular los souvenirs de rigor. En ciertos círculos ha comenzado ya a identificarse un tipo de dolencia depresiva con el título de estrés del viajero, que da una buena idea del tipo de condiciones en que estas personas acometen sus vacaciones. Varias preguntas abordan la mente con violencia: si uno busca tranquilidad, ¿por qué no se queda en casa, donde todo está más a mano? Si necesita un cambio benigno de aires que evite el acoso de las preocupaciones, ¿por qué no se marcha a la casa que tenía la abuela en aquel pueblecito de Teruel por donde pasa el autobús una vez a la semana? Todo lo cual nos lleva a concluir que la tranquilidad como excusa para emprender el viaje ha de ser desestimada.



B) Para conocer. Aquí se me permitirá, espero, un apunte autobiográfico. Mi amigo Paco y yo desembarcábamos en el Louvre a la tierna edad de veintitrés añitos, después de unas procelosas semanas en busca de alojamiento y comida decente para estudiantes recién salidos de la cáscara. In illo tempore (no sé ahora), la entrada era gratis el primer domingo de cada mes, y allá nos fuimos a contemplar las maravillas prometidas por los manuales y las guías de viaje: la Victoria de Samotracia dominando la famosa escalinata, las bodas del Tintoretto y, cómo no, la inevitable señora de la sonrisa. En cierta sala (no sé si la misma de la de Tintoretto), una masa de japoneses teñían de blanco una caja de vidrio con sus flashes. Detrás se hallaba, como el lector ya habrá intuido, la célebre Gioconda de Leonardo da Vinci, también llamada Mona Lisa. Jamás olvidaré las palabras de mi buen amigo Paco, que no profesaba la superstición de la originalidad:
—Es un almanaque.



Lo decía porque él tenía en casa un almanaque, no sé si de Explosivos Riotinto o de Grúas Lozano, donde la misma mujer posaba en idéntica postura y con el mismo paisaje borroso al fondo. A Paco el cuadrito acosado por los japoneses se le antojó una repetición, menor, innoble y molesta, de aquella imagen familiar que decoraba la cocina de la casa de su madre, junto a la ristra de ajos y el San Pancracio. Nada que ver.
Mucho me temo que para conocer la Gioconda no es necesario darse un atracón de horas de vuelo ni mendigar puesto en una cola entre orientales armados con vídeos y compatriotas que vociferan. Es más: aquel que ha atisbado la urna de cristal tras la que se entrevé un cuadro cuarteado no puede presumir de conocer más ni mejor la misma obra de la que yo tengo enmarcada una reproducción facsímil en el vestíbulo de casa. Como buen devoto de Uccello que me que precio de ser, poseo obras que fotografían al detalle sus famosas batallas (La batalla de San Romano en sus dos versiones, así como Micheletto da Contignola en combate): dispongo de imágenes pormenorizadas, donde se reflejan hasta las últimas grietas del lienzo, de esas pinturas. Y dudo muy mucho que cualquier persona que las haya visto de soslayo entre las muchedumbres ingratas de los Uffizi o la National Gallery londinense pretenda sabérselas con mayor profundidad de la que yo he alcanzado en el salón de mi casa, sobre el atril. Los ejemplos pueden multiplicarse hasta el hartazgo. La masificación, el turismo profesional, los controles de seguridad, las obras, los restauradores, las leyes de patrimonio, la Unesco impiden un acercamiento real a lo que uno pretenda ir a conocer que lo vuelven prácticamente tabú. Nadie puede revivir lo que hubo de ser aproximarse a la inmensidad de las pirámides desde el desierto; nadie puede rescatar el placer y el vértigo de los últimos reyes de Granada al recorrer los ecos de la Alhambra; nadie resucitará el éxtasis de Julio II al alzar la cabeza y medir su soledad con los inmensos frescos de Miguel Ángel. El simulacro, el pastiche, la copia, son definitivamente preferibles si nos permiten un examen en profundidad del objeto a observar. Por eso a mí me encantan los parques temáticos y no me incomodo ante las reproducciones en serie. Óscar Tusquets lo explica muy bien en relación con el Partenón, un conjunto de ruinas irreconocibles sobre las que se impone la desfachatez de un guía que dirige rebaños de turistas deshidratados; mucho mejor es irse, dice él, al más impecable sucedáneo que existe de tal monumento, el Walhalla de Leo von Klenze (en Baviera), y que los puristas motejan de pura Disneylandia. Porque en fin, ¿qué tiene de malo Disneylandia?

“La reproducción bastante aproximada de un jardín zen y la de una tumba del antiguo Egipto parece viable, quizás más sencilla que la de las cuevas de Altamira; entonces, ¿por qué existe esa resistencia a realizarlas si ya no podemos disfrutar de los originales? ¿Por qué esas iniciativas son tildadas sistemáticamente de disneyanas y de mal gusto? En último término, ¿por qué nos escandaliza tanto Disneylandia? Si no me atemorizaran las colas y sobre todo si aún fuese un niño, seguramente me lo pasaría pipa. El reunir reproducciones arquitectónicas de otros lugares no se lo inventó Disney, y a veces se realizó con mucho talento y con resultados más que aceptables... ” (Óscar Tusquets Blanca, Todo es comparable. Barcelona, Anagrama, 2003, p. 27.)

En conclusión, si resulta que el viaje no mejora el conocimiento del que disponemos en casa o si incluso lo rebaja, no podemos aceptar como pretexto del mismo el enciclopedismo. Así que a otra cosa.

C) Para conocer usos y costumbres diferentes. Entre cierto grupo de personas, preferentemente de mentalidad progresista y gustos exóticos, se halla muy extendida la creencia de que la gente (o al menos ellos) viaja para conocer nuevas culturas. El error salta a la vista en cuanto ellos mismos o sus conocidos nos relatan los preparativos o la crónica del viaje en cuestión. La India es interesantísima y profunda, pero qué miseria, y qué mierda en los trenes; es intolerable que en los países musulmanes no permitan a las mujeres vestir pantalón corto; el Extremo Oriente guarda tesoros incalculables en materia de arte y ecología, pero la comida resulta pésima, por no hablar de las moscas. A estos Livingstones de revista de tendencias les apasiona el tercer mundo, pero siempre que cuente con agua corriente y las sábanas no tengan chinches. En cuanto a comer, bueno, no les importa que los indígenas se indigesten con sus salsas y sus alacranes tostados, de verdad, pero para ellos, a unas malas, siempre queda el Mc Donald’s. En realidad, estas personas no buscan nada diferente. Buscan un toque de color para sus vidas, una fragancia novedosa, un fondo de postal con que adornar ciertos rincones de la memoria, sin desprenderse de sus comodidades occidentales: poder darse una buena ducha al final de la jornada, alimentarse sin que la amenaza del contagio o el parásito sobrevuele sus cubiertos (si los hay), dormir sin que insectos del tamaño de la mano de un niño se les paseen por el cogote o las corvas. La gente busca lo otro, pero poco. La gente quiere innovaciones dentro de un marco razonable de estabilidad. Esto explica palmariamente el éxito ecuménico de las cadenas de comida rápida o café como la hamburguesería susodicha o Starbuck’s: vayas donde vayas, siempre podrás sentir el suelo sólido bajo tus pies al morder una patata frita. No estoy sugiriendo que estos viajeros no sean sinceros en su búsqueda de contextos alternativos: sólo apunto que no saben del todo lo que pretenden. Ellos quieren ver danzar a los derviches, pero acostarse esa noche sobre sábanas de algodón. Nos enfrentamos aquí a un problema que supera de lejos el marco de esta investigación y que merecería ser tratado in extenso en otra parte: la muy problemática convivencia de lo singular y lo general, del individuo y el universo, de mí mismo y mis manías con lo que conviene a la mayoría del planeta, de mi cultura con esas otras que la cercan en el mapa. Es difícil hallar un equilibrio entre la aburrida pero sin embargo tranquilizadora mismidad de cada uno y la búsqueda de panoramas distintos que podrían extrañarnos, alarmarnos o aterrarnos llegado el caso. El futuro pasa, me parece a mí, por el Mc Donald´s de toque regional, decorado a la usanza (o el tópico) de cada país en cuestión.

Nos acercamos al final del periplo. Ya sabemos, al menos, por qué la gente no viaja; ahora  abordaremos la cumbre por la ladera opuesta. Armaos de piolets y de paciencia, si es que aún os queda algo de eso en vuestras mochilas.

 


jueves, 26 de agosto de 2010

Sobre el viaje, 1: los amigos del punto fijo




Y ahora llegarán todos, amigos próximos y distantes o simples conocidos de vista, y me describirán con lujo de detalles sus viajes por los cinco continentes, los siete mares, los ciento ochenta meridianos y los veinticuatro paralelos, mientras yo, quizá con rostro de compunción o secreto recelo, he de callar, dada mi condición de sedentario. Porque yo no me he movido de casa en todo el verano. Mis amigos, según me consta, han estado en Italia, en Croacia, en Kenia y en La Coruña; yo, por contra, me he limitado al modesto exotismo de mi piscina comunitaria. Ahora, con el regreso de todo el mundo, me toca la vez de sentirme acomplejado y disminuido, un poco bicho raro o tonto. Así, al menos, me sucedía en el pasado. Si por algún azar me había visto obligado a permanecer en casa durante el verano, oía las crónicas de los periplos de otros mordiéndome las mangas de la camisa, y de noche, durante el insomnio, programaba singladuras venideras por estepas y montes que dejarían en calzoncillos a todas las de la gente que conocía. Ahora, honestamente, me importa un pito. Creo que he descubierto que no me gusta moverme. Que antes lo hacía obligado por un oscuro impulso de competición que, venturosamente, ha desaparecido de mi interior. Ahora reivindico las virtudes de las estatuas: son las únicas criaturas que conocen el secreto del punto fijo.

El objeto del presente post, y de los siguientes, es dilucidar por qué la gente viaja. Qué hay de meritorio, envidiable o lúbrico en el viaje (en lo que llamamos viaje) que haga a los hombres (y mujeres) planearlos con denuedo durante su época de trabajo y desvelarse con los posibles inconvenientes o promesas que pueda traer. El ansia, la obligación de viajar se ha vuelto tan perentoria que aquel que confiesa que prefiere permanecer en casa es mirado con cara de alarma, como si hubiera revelado que acaba de descubrirse un bultito en la axila. Y sin embargo a no todo el mundo le gusta viajar, aunque nadie lo diga en voz alta para que no le retiren la palabra. Los motivos de dicho rechazo suelen ser los mismos en todos los casos: el verdadero viaje comienza y termina en el sofá de casa.

“La idea de viajar me provoca náuseas... El tedio de lo constantemente nuevo, el tedio de descubrir, bajo la falsa diferencia de las cosas y de las ideas, la perenne identidad de todo, la semejanza absoluta entre la mezquita, el templo y la iglesia, la igualdad de la cabaña y del castillo, el mismo cuerpo que es rey vestido y salvaje desnudo, la eterna concordancia de la vida consigo misma, el estancamiento de todo lo que, vivo sólo por moverse, está pasando” (Fernando Pessoa, Libro del desasosiego. Edición de Ángel Crespo. Barcelona, Seix Barral, 1991, p. 280).

A Bernardo Soares, el alter ego de Pessoa en esta confesión íntima y llena de provocación, le asquean barcos y trenes porque el único desplazamiento valioso, el único posible o real, transcurre en la imaginación. La imaginación es mucho más vívida, auténtica y fiel que esa cosa manoseada que llamamos realidad: “únicamente no hay tedio en los paisajes que no existen, en los libros que nunca he de leer” (Ibídem). La imaginación, además, dispone de la ventaja de no necesitar reservas, pasaportes, horarios, etcétera. En la imaginación, por suerte, no hay turoperadores.

“Sólo le quedaba el tiempo justo para salir corriendo hacia la estación, pero una inmensa aversión al viaje, una imperiosa necesidad de quedarse tranquilamente donde estaba, se iban adueñando de su voluntad con una fuerza cada vez más insistente, cada vez más tenaz. Pensativo e indeciso, dejó que fueran pasando los minutos, haciendo de esta forma más difícil su decisión.
—Si me voy ahora —se dijo— tendría que correr a toda prisa para conseguir un billete, y luego me tocaría andar a empujones con todo el mundo para llevar y colocar el equipaje, pues ¡menuda lata! ¡No merece la pena tanta molestia!” (Joris-Karl Huysmans, A contrapelo. Edición de Juan Herrero. Madrid, Cátedra, 2000, pp. 272-273.)

Lo mismo opina el duque Jean Floressas Des Esseintes, el mayor campeón de la apatía de cuantos nos ha dado la historia de los libros. La realidad tampoco puede competir para Des Esseintes con la perfección y la nitidez del ensueño: en la fantasía el viaje siempre es perfecto y prescinde de incomodidades; a ras de la materia, por el contrario, se reduce a esas triviales incomodidades que parece mejor soslayar. Por tanto, es mucho más preferible permanecer en casa e imaginar que uno viaja. Aprovisionarse de guías, de diarios, de perfumes, de sabores, de imágenes y figurarse que se ha abolido la barrera de espacio y tiempo que nos separa de nuestro destino y que, de algún modo, ya estamos allí. En realidad, siempre habíamos estado allí. Porque, en cierto sentido, todo lo que el viaje despierta ya se encontraba en nuestro interior, en letargo. Lo único que hace el billete de tren es removerlo, despertarlo, como el poso en el fondo de la copa de vino.

Este sería el último motivo, y quizá el más poderoso, para no moverse de casa. Lo que hace que el viaje merezca la pena es que suscita alguna emoción en nuestras profundidades, que nos premia con un sentimiento que antes no teníamos o que vivía adormilado en nuestro interior. Por tanto, el viaje es sólo un pretexto, un detonante de cargas interiores. Por tanto, como tal, es innecesario: bastaría con hallar algún otro producto químico que produjera los mismos resultados. El único viaje que merece la pena es el viaje interior. Todas estas certezas, o similares, impulsaron a Xavier de Maistre a escribir en 1790 su singular Viaje alrededor de mi cuarto, donde se demora en describir detalladamente su sofá, ropa de cama y cojines, por no hablar de la gata que le contempla desde uno de los brazos forrados de organdí. Al recensionar la obra, el hermano de Xavier, el politólogo protofascista Joseph de Maistre, trató de tranquilizar a la opinión pública dando aviso de que la intención del autor no era eclipsar a otros grandes exploradores de la modernidad: “Magallanes, Drake, Anson y Cook”. Pero, sin duda, en el viaje de su hermano había mares y penínsulas aún sin retratar que esperaban el lápiz de algún cartógrafo. Tan satisfecho quedó Xavier con aquellos horizontes que regresó a ellos, de noche. En 1798 atacó Expedición nocturna a través de mi cuarto, donde matizaba sus experiencias previas añadiéndoles la claridad mortecina de la luna. En 1799, Alexander von Humboldt iniciaba un prolijo recorrido por los confines del mundo que le serviría de excusa para su excesivo Del Orinoco al Amazonas. Viaje por las regiones equinocciales del Nuevo Continente. Un dispendio de páginas y, sobre todo, de energía.

El hombre no siempre consideró imperativo viajar. Se sabe que en la Antigüedad las personas corrientes evitaban todo lo posible abandonar su localidad natal y que, en caso de tener que hacerlo (a lo que algún funesto compromiso obligaba a veces), hacían testamento antes de salir y se despedían de sus familias como si jamás fueran a volverlas a ver: el mar, los bandidos, las enfermedades, las tormentas, los imprevistos de toda laya acechaban al viajero en cada recodo del camino. ¿Por qué, entonces, el viaje atrae hoy a individuos sin un mínimo afán de aventura y anima a gastarse los cuartos alejándose de casa? ¿Por qué el sedentario se siente minusválido si no viaja? Intentaremos responder a estos indigestos enigmas en las entradas que seguirán. No seréis más felices al enteraros, pero quizá sí más sabios.