jueves, 8 de octubre de 2009

No amanece más temprano


La maldición del despertador. Este año, en mi puesto de trabajo en Erewhon, allende las montañas, me han dado un horario de echarse a temblar. De frío, de miedo, de sueño, si es que de sueño se puede temblar. Algunos no lo encontrarán suficientemente severo, pero a lo largo de toda mi vida he sido educado para mantenerme fiel a las sábanas el mayor tiempo posible. Por imperativo laboral, debo levantarme lunes y miércoles a esa hora en que se despiertan los estibadores y se duermen las putas, las seis y media de la mañana. El jueves, a las siete y media. Y sobrellevo como mejor puedo esta maldición: es decir, convertido en un autómata, despojado de alma, sentimientos e ideas hasta esa hora decente y humana en que el sol ya brilla sobre nuestros cráneos, las diez de la mañana. Lo reconozco: antes de las diez estoy cerrado. Quien hable conmigo sólo encontrará un contestador automático, y quien pretenda hacerme trabajar con un mínimo de eficacia se las verá con un muñequito de cucú suizo, que repite obsesivamente el mismo gesto sin saber lo que hace. Estudié los tres últimos cursos de la carrera en el turno de tarde para no tener que abandonar el calor de mi cama a horas indecentes y el amanecer siempre ha equivalido en mi diccionario mental a un espléndido dolor de cabeza, por no hablar del sentimiento de apocalipsis. En fin: ¿me oye algún dirigente de algún poderoso establecimiento? ¿Alguien del Ministerio de Cultura, o de algún lobby mediático que necesite tertulianos para programas vespertinos? ¿No hay algún Instituto Cervantes por alguna esquina donde ofrezcan horarios más caritativos, que lo mismo me da Kiev que Singapur? Que alguien me libre de la maldición del despertador: temo más al alba en las ventanas que un vampiro viejo.


Malo para la salud. Jamás se me borrará de la memoria un artículo del dominical de El País en que Muñoz Molina (a quien, por otra parte, admiro mucho) presumía de lo feliz que era disponiendo desde tierna edad del mejor empleo del mundo: uno que le permite ganar un salario haciendo lo que más le gusta sin aparente esfuerzo y que además (y aquí me araño cada vez que lo pienso) no le exige horarios de entrada o salida ni levantarse o irse a la cama a horas poco recomendables. Mi admirado Schopenhauer, al que le gustaba permanecer en la piltra hasta que el sol ya doraba las cortinas, dejó escrito que madrugar es una pérdida de tiempo y energía lamentable, que además conduce al quebranto de nuestra inteligencia. La mente, sometida a un esfuerzo excesivo durante esas horas en que aún debería permanecer en reposo, acaba por resentirse y funcionar de manera defectuosa: mucho mejor resulta, dice, dejarla descansar hasta que haya recuperado plenamente su potencial. Es lo que pasa, para entendernos, cuando usas siempre el móvil o el ordenador portátil con la batería a media carga, que acaba por joderse.


Eran las cinco en todos los relojes. Pero hay otros escritores, pensadores, artistas y gentes profundas que prefieren el madrugón y no se arredran ante esas horas muertas que preceden al canto de los gallos. Juan José Millás dice alzarse del lecho a las cinco de la mañana, tomarse un café, leer la prensa y ponerse a trabajar ante de las seis. A mí esta conducta me resulta no menos alarmante y tremenda que la de un asesino en serie, e igual de incomprensible. Sin embargo, Millás no está solo en la división de los psicópatas. Grande fue mi pasmo cuando leí que la gran mayoría de los aforismos o pensamientos a vuelapluma que llenan los Cahiers del pluscuamperfecto Paul Valéry habían sido escritos en el lapso que media entre las cinco y las siete de la mañana, y que el susodicho consideraba que aquel era el momento del día en que su cerebro se hallaba más despejado y libre de miasmas. Madre mía: a esa hora, el mío está hecho de chocolate derretido. Otro de la misma tribu era el famoso mago, matemático y taumaturgo de la reina Isabel I de Inglaterra, el siempre delicioso John Dee. También este estaba en pie a las cinco, y además declaraba no necesitar más de tres o cuatro horas diarias de sueño para levantarse hecho un león. Con días de veinte horas tuvo tiempo de sobra para escribir todo lo que escribió, sí.


La lechuza de Minerva. Puede ser que distancias tan palmarias entre quienes aman la imaginaria y los que prefieren la mullida tibieza del colchón se deban a diferencias en la estructura orgánica de unos y de otros. En el doctísimo y fabuloso Grande libro do maravilhoso e do fantástico (Lisboa, Selecçoes do Reader’s Digest, 1977), parte primera, capítulo segundo, sección novena (“Cotovias e corujas”), leo que el ritmo natural de la vida humana se sitúa entre la extensión del día solar, de veinticuatro horas, y la del día lunar, cincuenta minutos más larga, por lo que es llamado ritmo circadiano. Copio de la página 51: “... la actividad, el temperamento e incluso la resistencia a las infecciones son controlados por el reloj circadiano, que puede justificar igualmente que algunos epilépticos sólo sufran ataques a ciertas horas del día o la náusea matutina de algunas mujeres embarazadas... Los ciclos circadianos justifican las diferencias entre individuos ‘lechuzas’, que se mantienen activos hasta altas horas de la noche y se despiertan tarde, y ‘alondras’, que se levantan temprano, trabajan más eficazmente durante la mañana y se duermen temprano. Los individuos ‘alondras’ tienden a ser introspectivos y pensativos, mientras los ‘lechuzas’ son, normalmente, más extrovertidos. Los trabajadores manuales tienden a ser ‘alondras’, mientras los trabajadores intelectuales son habitualmente ‘lechuzas’... En los ‘alondras’, la temperatura del cuerpo y la actividad remontan más rápidamente y declinan al anochecer, altura en que los ‘lechuzas’ no han alcanzado todavía la curva descendente”. Ahora entiendo por qué me dedico a la filosofía: dijo Hegel que la lechuza de Minerva sólo eleva el vuelo al anochecer.

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