domingo, 8 de noviembre de 2009

El arte de la memoria



Vague memories, nothing but memories

W. B. Yeats, Broken dreams


Una noche del siglo VI antes de Cristo. El poeta Simónides de Ceos fue contratado por el comerciante tesalio Scopas para que cantara un panegírico en su honor durante un banquete ofrecido en su casa. El poema fue un éxito que los invitados de Scopas celebraron debidamente, incluyendo la estrofa que Simónides había dedicado a los gemelos divinos Cástor y Pólux. Pero llegado el momento del pago, surgieron los problemas: el ruin comerciante desembolsó en las manos de Simónides sólo la mitad del estipendio acordado; la otra mitad, dijo, debían pagársela los Dióscuros: si ambas partes, los hermanos y él, compartían homenaje, justo era también que compartieran gastos. En ese momento, un sirviente anunció al poeta que dos desconocidos le aguardaban en el vestíbulo. Simónides salió, pero no encontró a nadie; mientras se hallaba en la calle, el techo de la casa se vino abajo y todos sus habitantes murieron, incluyendo los invitados. Tan tremendo fue el desastre que resultó imposible reconocer a los cadáveres por sus trazas: habían quedado desfigurados. Pero Simónides recordaba la posición que cada cual había ocupado en sus divanes mientras él recitaba, y por eso pudo resolverse quién debía ocupar cada ataúd. Otorgar posiciones a las palabras, los conceptos, los rostros es una regla primera y esencial cuando se quiere preservar algo en la memoria, descubrió el vate: y así fundó, dice Cicerón, el arte de la memoria.


Frances Amelia Yates. La leyenda se refiere en el libro segundo del De oratore y forma parte de las muchas anécdotas y revelaciones que contiene el capítulo primero de El arte de la memoria, de Frances A. Yates. Por fin, la editorial Siruela acaba de rescatar este clásico de la historia del pensamiento, del arte o de las ideas (que no sé dónde incluirlo), traducido remotamente al castellano y perdido desde hacía décadas en los infiernos de las bibliografías descatalogadas. La nueva traducción corre a cargo de Ignacio Gómez de Liaño, que comparte intereses y no pocos puntos de vista con Yates, esa clamorosa desconocida. No me explico que su nombre resulte prácticamente anónimo en los medios culturales de nuestro país, si tomamos en cuenta el interés de sus aportaciones en el campo de la historia de las ideas (en fin, conformémonos con esta etiqueta). Cierto es que para el lector medio otras personalidades imprescindibles del tenor de Erwin Panofsky, Aby Warburg, Fritz Saxl o incluso Ernst Gombrich resultan igual de insólitas. Mal: privarse del acercamiento a esta pléyade de eruditos, que lo mismo iluminan aspectos oscuros de la evolución de la pintura que de la filosofía u otras artes arcanas (circula por ahí un texto antológico en que Panofsky compara el radiador del Rolls-Royce con las fachadas de Palladio) es dejar de lado algunos de los manjares más suculentos que una biblioteca puede ofrecer. A Yates le cabe, desde luego, un puesto de honor entre todas esas bandejas. El primer libro suyo que cayó en mis manos fue La filosofía oculta en la época isabelina, en la edición de Fondo de Cultura Económica en que luego aparecería lo poco de su obra que ha alcanzado esta orilla del castellano. Pero su gran título, también agotado en España, es Giordano Bruno y la tradición hermética (1964, publicado por Ariel en 1983 y 1994), un ensayo puntero que marcó todo un viraje en los estudios sobre el pensador italiano: Yates inauguró la visión que hace de Bruno menos un filósofo que un taumaturgo y destacó la importancia de las ciencias ocultas (magia, astrología, cábala) para comprender en propiedad la cosmovisión renacentista. Giordano Bruno... es un festín pantagruélico, y lo mismo sucede con su segundo gran título, El arte de la memoria. La felicidad de haberlo releído en tres o cuatro ocasiones se la debo al ejemplar de la edición original (Routledge & Kegan Paul, London, 1966) que se conserva en la facultad de Filosofía de Sevilla; más tarde me hice con la versión italiana de los tascabili Einaudi, esa colección de bolsillo con la que ni podemos soñar en España: precisamente lo tengo delante y miro la famosa Alegoría de la prudencia, de Tiziano, que le sirve de portada. Ahora, por fin, tenemos el libro en casa. Aunque no sé si las cuentas salen: la edición italiana cuesta catorce euros; la española, treinta y seis. Casi compensa irse a Italia a comprarlo, y de camino cambiar de aires.


Recuerde el alma dormida. El arte de la memoria recorre un capítulo olvidado de la historia de las ideas y del arte occidental. Durante siglos, las escuelas de oratoria y los estudiantes de humanidades se adiestraron en una disciplina enigmática que tenía por objeto fortalecer su memoria: su fin era alojar la mayor cantidad posible de discursos o datos librescos. A tal efecto, se pedía a los iniciados que imaginasen edificios mentales, o figuras extravagantes, en los que la imaginación debía ir prendiendo detalles llamativos que los liberarían del olvido. Según Yates, existen multitud de tratados (la Iconología de Cesare Ripa), de obras pictóricas (la citada alegoría de Tiziano), incluso de edificios (el Teatro Olimpico de Palladio en Vicenza) cuyas misteriosas características sólo pueden explicarse gracias al ars memoriae: en realidad se trata de construcciones concebidas para preservar los recuerdos. Yates traza la biografía de esta ciencia ignota desde sus orígenes con Simónides de Ceos hasta su decadencia en la era barroca, y se detiene a estudiar sus grandes hitos: el Teatro de la Memoria de Giulio Camillo, una fábrica de madera y estuco recorriendo cuya disposición cualquier mente podría almacenar la totalidad del saber humano, los proyectos mágico-mnemónicos de Giordano Bruno y el enciclopedismo del rosacruz (y minusvalorado) Robert Fludd. Lo dicho: un banquete de cinco tenedores para amantes de la gastronomía intelectual.


Donde habite el olvido. Otra cuestión es, desde luego, si merece la pena recordar. Cito un adagio de Arthur Schnitzler: la felicidad consiste en disponer de buena salud y mala memoria. Frase, sí, memorable del todo.

1 comentario:

Luis dijo...

Recientemente se ha publicado un nuevo libro que, en cierta forma, sería la continuación del citado en este "post":

Historia del código fonético.
Apuntes sobre el arte de la memoria en los siglos XVII, XVIII y XIX.

El enlace, aquí:
http://www.mnemotecnia.es/hcf

Saludos.