viernes, 9 de julio de 2010

Sin miedo ni vergüenza


En su día declaré que no me gustaba colgar críticas en este blog: las malas porque me daban miedo; las buenas, porque vergüenza. Pero hoy supero ambos y dejo aquí un par de ellas que me han gustado y que han aparecido en diversos medios en los dos últimos meses. Do I contradict myself? Very well, then, I contradict myself; (I am large, I contain multitudes.)



Mundos paralelos


Guillermo Busutil


El realismo decimonónico, enriquecido por el realismo contemporáneo de la gran novela norteamericana y por el posterior realismo sucio acuñado por Cheever y Carver, domina el panorama literario actual. Hace tiempo que a la mayoría de los autores nacionales les falta el viaje de la imaginación o al menos el intento de indagar en el envés de la realidad que ha sido consensuada como realidad con el beneplácito de todos. Esta carencia no está mal vista por los editores. Tampoco por la mayoría de los críticos. La razón puede deberse a varios factores: al hartazgo del boom hispanoamericano definido por el realismo mágico, entre otras cosas porque no se ha leído más allá de Borges, de Cortázar, de Vargas Llosa y de García Márquez; a la moda imperante de la memoria histórica que ha convertido la guerra civil y su postguerra en el argumento literario más premiado y jaleado por la crítica; al predominio del yo burgués en numerosos libros que registran el viejo conflicto del hombre con su época y con su microcosmos; al convencimiento de que lo fantástico y el extrañamiento de la realidad es un estilo/tema residual abocado exclusivamente al género del relato. Argumentos contrastados y respetables que dejan de lado otros interrogantes cercanos a las exigencias del lenguaje ajustado a lo fantástico o a la apuntada falta de viaje imaginario en la literatura española, aquejada de una fiebre de realismo que ha ido mimetizando un título con otro y con otro y con otro.


Por todo esto es de agradecer que un novelista reputado como Luis Manuel Ruiz (Sevilla, 1973) y autor de las novelas El criterio de las moscas, Obertura francesa, La habitación de cristal y El Ojo del halcón haya escogido el otro lado de la realidad y la interesante tradición de la literatura fantástica para adentrarse en el género del relato con su primer libro, Premio Cortes de Cádiz, Sesión Continua, publicado por Algaida. En sus páginas, este excelente autor que trama con dominio y agilidad el suspense, el género de aventuras y el misterio de la novela neopoliciaca, hilvana once piezas breves que exploran las posibilidades de lo imaginario con una marcada influencia, que en su caso suena a homenaje, de Borges y su tendencia a utilizar como coartada de verosimilitud las referencias filosóficas y los lugares apócrifos a la hora de abordar su temas preferidos: el doble, la muerte, la identidad, el retorno del pasado o los mundos paralelos. Pero junto con Borges, Luis Manuel Ruiz echa mano también de la fabulación histórica del Italo Calvino de Las ciudades invisibles, del magisterio de Jan Potocki, del extrañamiento cotidiano de Cortázar y del influjo cultista con el que Rafael Pérez Estrada tramaba vidas de supuestos emperadores, filósofos y ángeles. Estas huellas son palpables en excelentes cuentos, bien armados en su misterio y en el deslizamiento sutil entre lo real y lo probable de la imaginación, como Los Testigos, Visión del paraíso, La casa W, La casa blanca o Fin de semana en el Niágara. En ellos, el lector encontrará dobles humanos que facilitan la vida y extravían el yo real; fantasmas de carretera sobre los que advierten las señales de tráfico; arquitectos utópicos de espacios trampa; metamorfosis de mujeres que conducen al suicidio; anacoretas que descubren el infierno a este lado de la vida; funcionarios invisibles que certifican la existencia del presente y espían la intimidad del miedo y del amor; cines de barrio en los que el futuro es una película e individuos capaces de competir con el destino. Personajes y argumentos con los que Luis Manuel Ruiz demuestra que uno debe andar con los ojos bien abiertos para no extraviarse entre los laberintos de la realidad y las esquinas en las que la imaginación nos convierte en extraños de nosotros mismos.


La opinión de Málaga, 12 de junio de 2010



Del magisterio porteño

Manuel Gregorio González


No es raro imaginar a un émulo de Borges. En cierto modo, la emulación es quien lo convirtió en un escritor de perdurable huella. Sin las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, sin la literatura de Lugones, sin determinados relatos de Apollinaire o Chesterton, Borges sería una menguada nota al margen de la literatura del XX. No obstante, en la escritura del argentino la cultura se aparece ya como un tentáculo de la ficción, como una imperfecta réplica de otros saberes previos (de ahí sus modernidad y su triunfo), y esto es lo que despliega meridianamente la cabal inteligencia de Luis Manuel Ruiz, quien firma este soberbio y ejemplar volumen de Sesión continua.

Quiere decirse que Sesión continua, merecedor del VII Premio Iberoamericano de Relatos Cortes de Cádiz, no es tanto el homenaje a un estilo y una sintaxis reconocible, como la prolongación de una incertidumbre cuyos orígenes, cuya escondida horma, hay que buscar en los relatos de Poe y en la literatura irracional que surge en los amenes del siglo XVIII. A la excelente prosa de L. M. Ruiz viene a sumarse, pues, el menudo conocimiento de unas inquietudes, de un modo de pensar, que antes habían atravesado la obra de Spinoza y de Benjamin, de Freud o de Zenón de Elea. Esto es, lo innumerable, lo cierto, la individualidad y su reflejo en las confusas aguas del linaje. Todo el XIX gravitará, sumido en el terror, sobre estas mismas inquietudes. Borges o Lugones, más el altísimo magisterio de Apollinaire y Schowb, le sumarán el nebuloso prestigio, desértico y fatal, del Antiguo Testamento. En Visión del paraíso es un profeta del tiempo de las Cruzadas quien descubre que mundo y que trasmundo quizá se pertenezcan de un modo misterioso. En La casa blanca, sospechamos que hay fuerzas que rigen infantilmente, poderosamente, nuestros días. En La otra, Secretos de familia y Fin de semana en el Niágara, es el problema del otro, del doble, de la insólita geminación de nuestra personalidad, aquello que desborda el raciocinio humano. Algunos de los cuentos aquí incluidos pertenecen al género mudadizo y fértil de la science-fiction. Otros, parecen anclados en una antigüedad levítica cuyo rostro, cuyas costumbres, son sin embargo las nuestras. El hallazgo de estos memorables relatos es, sin duda, la extrañeza. Pero no sólo la extraña forma en que dejamos de ser, llegada la hora del espanto; sino el escalofrío, el cansancio, la docilidad, el modo previsible (y no obstante inesperado) en que habíamos imaginado ser diferentes.


Diario de Sevilla, 5 de julio de 2010





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