lunes, 17 de enero de 2011

Hombres locos




Si últimamente no escribo en este blog, y apenas lo hago fuera de él, es que ando metido en otras cosas. Para ser concretos, el escaso tiempo libre del que dispongo se me va viendo series de televisión, y en concreto una serie. Me temo que no es difícil de adivinar: la inevitable Mad men. Tampoco es difícil de adivinar que me haya convertido en forofo total de la ficción que en España emite Canal Plus (aunque yo haya tenido acceso a ella a través de carreteras, digamos, más bien secundarias) y que declare que hace tiempo, años incluso (desde Six feet under, para ser exactos), que una serie televisiva no me cautivaba de tal modo. Pues sí, ahora ando engolfado con las desventuras de Don Draper y adláteres, con el destino empresarial y artístico de Sterling Cooper Draper & Pryce y con todo su elenco de héroes y villanos, y eso apenas deja espacio en mis meninges para mucho pensamiento de otro color.

Así que pienso en Mad men y me pregunto a mí mismo dónde residen las claves que la convierten en un relato de calidad sobresaliente, de esos que hacen a los columnistas de fondo de los periódicos reincidir en el manoseadísimo lugar común de que todos-los-creadores-de-talento-se-han-pasado-a-la-pequeña-pantalla. Me parece obvio, también por el criterio de otros fans, que el punto verdaderamente sólido del producto está en los personajes. La trama puede consistir en la enésima versión del culebrón de turno (que lo es: hijos secretos, cuernos, traiciones, enfermedades terminales y demás), pero los personajes no están comprados en una tienda de todo a un euro. Creo que los guionistas han sabido aprovechar el formato televisivo para exigirle aquello que precisamente el cine y las limitaciones de su metraje no pueden ofrecer: una exploración paulatina del alma de sus protagonistas, una ampliación continua, corregida y aumentada en cada temporada y aun en cada capítulo, de las tormentas interiores de cada uno de los caracteres que copan la acción. La cuarta temporada (y última) se abre con un guiño: un periodista entrevista al héroe principal y le hace la pregunta que resume toda la razón (o su noventa por ciento) de la serie: ¿Quién es Don Draper? Análogamente, el drama avanza y consigue atraer nuestro interés, nuestra compasión y nuestro entusiasmo a través de preguntas análogas, disparadas contra el resto del elenco: ¿Quién es Roger Sterling? ¿Quién es Peggy Olson? ¿Quién es el jodido guionista que ha logrado montar una trampa tan limpia y tan bien hecha para meternos a todos? Y así.



Las grandes obras de arte se caracterizan por su poder especular: por la capacidad de estar bien bruñidas, abrillantadas y pulidas, y permitirnos vernos la cara cuando nos asomamos a su superficie. Nos preguntamos quién es Don Draper, pero inevitablemente la cuestión se vuelve hacia nosotros. Pasamos la vida entera buscándonos, queriendo entender qué hacemos aquí, para qué nos han traído, cuál es el puesto exacto que nos han asignado en la gran multinacional de la existencia. Cada año, cada mes y cada día nos traen, como nuevas temporadas de un espectáculo televisivo, facetas, profundidades y alturas de nosotros mismos que aún no habíamos percibido, que éramos demasiado tímidos o pacatos para explorar. Con los otros, con el inmenso caudal de los otros, nos sucede exactamente lo mismo. No podemos estar seguros de que conocemos hasta sus últimos sótanos a la mujer con la que compartimos la cama y ese rostro tedioso que llevamos contemplando veinte años seguidos desde la esquina opuesta de la oficina. Tememos y adoramos a los otros porque seguimos sin saber quiénes son: porque no hay día, mes año en que no nos defrauden o sorprendan, en que se salgan del contorno estricto que debíamos rellenar con nuestro rotulador.

El mundo está lleno de personajes de teleserie: hasta que los miramos de cerca y nos damos cuenta de que son personas. Como las criaturas de Mad men.

10 comentarios:

Pascu dijo...

Pues habrá que verla.

Estoy siguiendo una serie llamada "Breaking Bad", sobre un profesor de química metido a narco. Y es que ser honrado es fácil mientras que a uno no le enseñen un fajo de billetes. Por lo demás, todos los personajes desquiciados, jeje.

Porerror dijo...

Completamente de acuerdo: Mad Men nos pone un espejo delante, por eso llega tan dentro. Celebro mucho que te guste, porque yo también la considero una obra de extraordinaria calidad.

Estoy deseando que la comentemos, si haces fiesta no dejes de llamarme!! ;)

César dijo...

Los personajes, sí, pero también la época. Tantísima incorrección política nos fascina. Yo estuve en los años 60 y, viendo la serie, no dejo de preguntarme: ¿pero eran así? No, en España no. Si vivías en medio del nacionalcatolicismo, el universo de Mad Men te parecía el Paraíso. El sueño americano. Creo que esa serie es, sobre todo, un gran sarcasmo sobre el sueño americano. En fin... si eres, o has sido, publicitario, Mad Men resulta aún más fascinante.

Seguimos compartiendo iconos, amigo Luis Manuel. ¿No te gustó Los Soprano? Es otro culebrón magistral.

Elena Rius dijo...

Comparto contigo la admiración por Mad Men y con César su visión de que es un gran sarcasmo sobre el sueño americano (o al menos contiene una carga crítica que no sé si todos aprecian). Añado a Los Soprano otra serie para mí de referencia, The Wire.

Rosalía dijo...

Hay personas y personajes en el mundo real ...

Respecto a la serie, he de ponerme al día con la tv.

Un saludo.

Luis Manuel Ruiz dijo...

Amigos todos: encantado de descubrir tantos fans simultáneos, o que prometen serlo. Pascu y Rosalía, poneos a la tarea cuanto antes y me lo agradeceréis. Porerror, en cuanto imprima las invitaciones te las haré llegar. Elena, no he visto ni los Soprano ni The Wire, aunque pretendo remediar ambas omisiones cuanto antes.

César: tienes toda la razón en lo de la crítica al sueño americano, así como en la incorrección política. Estamos hasta las narices de familias impecablemente estructuradas, como una pantalla de Tetris, que no fuman, ni beben, ni eructan, ni realizan procesos biológicos que ofendan a sus vecinos. De vez en cuando, tanta indiferencia es sencillamente una liberación.

Saludos a todos.

El que sabe, sabe; y el que no, tiene un blog dijo...

Porque la paternidad y los espejos (dijo un amigo) son abominables ya que multiplican el número de los hombres.

Marisa dijo...

Pues yo me pasé el verano viendo Mad Men,picadísima y tampoco tenía las meninges para otra cosa...también la vi por otros caminos menos rectos.De acuerdo con el interés de los personajes.La ambientación es estupenda,la verdad,pero la vuelta de tuerca que da cada personaje,a su manera,es fascinante. Ahora acabo de verme toda la serie de Weeds,divertidísima también,y como tenía mono de series he empezado con la de Dowtown Abbey (igual no se escribe así) que es muy inglesa y por tanto,excelente también...En fin,que a través del blog de César he llegado hasta aquí y...veo que me pasearé con asiduidad....Un saludo de Aurora Boreal.

Marisa dijo...

Pues yo me pasé el verano viendo Mad Men,picadísima y tampoco tenía las meninges para otra cosa...también la vi por otros caminos menos rectos.De acuerdo con el interés de los personajes.La ambientación es estupenda,la verdad,pero la vuelta de tuerca que da cada personaje,a su manera,es fascinante. Ahora acabo de verme toda la serie de Weeds,divertidísima también,y como tenía mono de series he empezado con la de Dowtown Abbey (igual no se escribe así) que es muy inglesa y por tanto,excelente también...En fin,que a través del blog de César he llegado hasta aquí y...veo que me pasearé con asiduidad....Un saludo de Aurora Boreal.

Marisa dijo...

Perdón por el duplicado de comentario...