miércoles, 13 de abril de 2011

Los dioses nos hablan



Un mercenario del Gran Rey es alcanzado en la cabeza por un proyectil, probablemente una piedra de honda, durante la batalla de Platea; la herida le provoca un sueño similar a la muerte, del que regresa sólo después de varios días; por culpa de esa herida, el soldado no puede recordar; un médico del ejército le recomienda ir dejando constancia escrita de todo cuanto le sucede, para que su vida no se pierda en las aguas del pasado en cada despertar.

Es el arranque de Soldado de la niebla (Soldier of the mist), novela de Gene Wolfe de 1986 que sería luego prolongada en Soldado de Areté (Soldier of Arete, 1989) y Soldado de Sidón (Soldier of Sidon, 2006). Todas ellas componen una atractiva ensalada de crónica histórica, relato fantástico y psicodelia con ínfulas de profundidad antropológica que reconozco como una de mis series favoritas de la literatura crossover. Los detalles documentales que Wolfe maneja, quizá su baza más lograda, nos hacen sentir a cada traspiés en la Grecia de los clásicos, y la descripción de batallas y lances contienen la dosis necesaria de verosimilitud. Ello compensa la languidez de ciertos episodios, sobre todo en el segundo volumen, y la sensación difusa de que el autor no tenía demasiado claro el desarrollo de la acción a medida que iba escribiendo: muy a menudo, la percepción nebulosa que el protagonista posee de la realidad constituye un pretexto para hilvanar situaciones más bien torpes, o sencillamente jeroglíficas (los encuentros con centauros o la resurrección de la amazona en Soldier of Arete son, creo, ejemplos palpables). Lo cual no desmerece, en absoluto, el cuadro general.

Pero lo mejor del conjunto de los Soldiers, bastante superior a su desarrollo posterior, es la idea matriz: la de que alguien que se olvida de sí mismo y del mundo en cuanto se echa a dormir deba censar en un escrito qué es lo que encuentra en su camino para que le sirva de memoria al despertar. Eso elimina el asombro, o lo sustituye por su opuesto, la rutina: para Latro, el protagonista de la acción, la sorpresa es la norma. Por ello no se pasma de nada, nada le resulta insólito, nada, por disparatado o accesorio que pueda parecer, quedará fuera de su atestado. Incluidos los encuentros con dioses y demonios. Porque resulta que el soldado se cruza en cada recodo de su periplo con criaturas sobrenaturales que le insinúan una dirección o le prohíben un atajo, entre ellos Apolo, Dionisos, la Gran Madre, nereidas, centauros y mil monstruosidades más. A este respecto, me ha llamado la atención descubrir en ciertos foros de internet la siguiente interpretación: que aparte de trastornarle la memoria, su lesión ha permitido a Latro una segunda visión que capta la existencia de seres sobrenaturales. Vamos, que la pedrada le ha dejado medio lelo pero también le ha convertido en médium. Esto, me parece a mí, es no comprender la novela en absoluto.


 El personaje de Wolfe no es médium ni nada parecido: se limita a registrar en sus rollos lo que presencia, sin filtros ni prejuicios de ninguna clase. Ello le hace consignar con puntualidad sus encuentros con entidades del más allá, algo perfectamente doméstico en la época que le ha tocado vivir. Ahí, sobre todo, radicaría el gran logro de Wolfe: en descubrir que lo preternatural no era en la Antigua Grecia, como lo es hoy, superchería ni caso clínico, sino lo más normal del mundo. Heródoto cuenta que el mensajero enviado a Esparta durante la batalla de Maratón se cruzó en una colina con el dios Pan, y que allí charló con él y recibió consuelo de sus palabras; la víspera de Platea, el ejército griego vio lumbres y brillos misteriosos en Eleusis, que los animaban al combate; diversos testigos coinciden en haber presenciado cómo, durante la batalla de Salamina, hombres enormes se elevaban sobre las orillas y extendían sus brazos para proteger los navíos de la flota griega. Las divinidades, los monstruos, las huestes de los ángeles y los demonios han sido compañeros comunes del ser humano durante siglos y siglos, hasta que los psiquiátricos los han desterrado de la salita de casa. Lo cual no significa que no sigan ahí, sino que están disfrazados. Como bien expresa Lichtenberg: “Los oráculos no han dejado de hablar; nosotros hemos dejado de escucharlos”. Los dioses no se han marchado, a pesar de los lamentos del pobre Hölderlin, al que encerraron en una torre después de declararlo loco sin remisión; siguen ahí, pero no les hacemos caso. Desde Freud nadie gana batallas gracias al apoyo de señales celestes: prefiere los aviones con ametralladoras.
 
(Pero miento, igual que siempre. Según numerosas descripciones, el 22 de agosto de 1914, la Fuerza Expedicionaria Británica recibió en la Batalla de Mons el apoyo de ángeles, soldados celestiales con arcos y flechas y el mismísimo San Jorge con una espada en el puño, lo cual demostró sin lugar a malentendidos que Dios estaba de parte de los aliados. Arthur Machen, que sabía mucho de estas cosas, escribió al respecto su relato The Bowmen, al que remito al circunspecto lector.)

5 comentarios:

Elena Rius dijo...

Un comentario certero. Sólo en épocas modernas hemos desterrado el ámbito de lo sobrenatural de nuestras vidas. Pero en momentos de crisis, vuelve, como en el caso de la batalla de Mons. Es una anécdota preciosa, que me ha gustado recordar, así coamo el relato de Machen, que leí hace mucho tiempo.

Pascu dijo...

Habría que preguntarse a quién interesa tanto hacer bloqueo a la faceta espiritual del hombre. Luego, en su fuero interno, sorprende la cantidad de personas creyentes en naves espaciales salvadoras. Otros duermen con la luz encendida para comprobar que no aparece lo que no pueden ver.

Baldíamente simplista el argumento del que no cree en dioses porque no vienen a tomar café con él. ¿cree entonces la hormiga en nosotros?

Marián dijo...

Acabo de descubrirte...así que dame tiempo para leerte con ganas...
Saludito.

Fall dijo...

Un acierto certero es admitir que esta lectura desde el realismo, es limitadora y destruye el mundo -la percepción del mundo-. Y es que esta visión limitadora se ha vuelto el "canon" de lectura para cualquier texto, ¿no buscamos en cualquier texto la analogía para la realidad? ¿no nos hemos vuelto lectores tristes a fuerza de ser lectores pragmáticos?

Digamos por ejemplo, que en una escena de mi novela, unos girasoles aparecen. Alguien dirá tal vez que deberían morir, pues los girasoles se marchitan velozmente. ¿Debemos siempre pensar que un girasol actuará como todos los girasoles al verlo escrito? (no tiene nada de malo encontrar el "milagro" del texto, lo vicioso es considerarlo un error; los objetos de ficción aparentemente pueden estar mal, aunque ese error no los haga peores o mejores)

Muy interesante reflexión.

imaginauta dijo...

Lo de los Ángeles de Mons se intuye que es un fenómeno literario y propagandístico, para lo de la antigua Grecia, existen varias respuestas, primero que, al menos una parte de la clase dirigente, se drogaba frecuentemente con alcaloides vegetales y según algún otro teórico que puede que el cuerpo calloso no estuviese del todo formado en aquel tiempo y se alucinase a diario como forma de nuestro cerebro de transmitirnos una información.