El otro día, en una de esas compras de libros con que amenazo más y más el Lebensraum de mi familia, cayó en mis manos un libro delicioso, La física de lo imposible, de Michio Kaku (traducción de Javier García Sanz. Barcelona, DeBolsillo, 2010). Soy seguidor de Kaku desde que lo descubrí con su melena de Luis Cobos más el careto de Pat Morita en la serie de Canal Historia para enfermos de insomnio El Universo, y más desde que consumo sus best sellers de física divulgativa como Hiperespacio (traducción de Javier García Sanz. Barcelona, Crítica, 2007). Kaku es altamente recomendable no sólo porque sabe un montón de física teórica y de cosmología, sino también porque se confiesa devoto de la ciencia ficción y es capaz de entrecruzar ambos campos sin que ninguno chirríe como un coche viejo: sus asomos a las posibilidades reales de lo que imaginan películas y novelas futuristas son toda una garantía de pasmo y diversión. Acabo de descubrir que dispone de un blog muy interesante y a(di)ctivo, Doctor Kaku’s Universe, que enlazo enseguida a la barra de la derecha. La descripción que ofrece el propio site de su contenido ya tumba de espaldas: Doctor Kaku’s Universe está escrito por Michio Kaku, físico teórico en la CUNY (The City University of New York), tertuliano radiofónico y personalidad televisiva. El blog explora paradojas y rarezas contraintuitivas del mundo físico, incluyendo la teoría de cuerdas, el viaje en el tiempo, los universos paralelos y los agujeros negros. Para morirse, vamos.
martes, 19 de octubre de 2010
lunes, 18 de octubre de 2010
El instinto intelectual
Cosa tramposa es la estética, que invita a acercarse y cuando parece que nos hallamos a su cobijo nos envuelve con rígidos tentáculos y arteras ramas y acabamos por asfixiarnos o, cuando menos, quedar inmóviles entre sus garras fragantes. A un escritor no le conviene hacer estética porque, como bien se encargan de repetir las tres o cuatro personas que hablan inteligentemente de cosas de estas, uno corre el peligro de escribir del modo en que uno piensa en vez de pensar en el modo en que uno escribe, que parece, dicen los listos, lo correcto. Confieso que yo, a menudo, he incurrido en el vicio solitario del programa estético (en este mismo blog, sin ir más allá), y que tengo todas las papeletas de tropezar en la misma piedra en el futuro. De momento le doy voz a Fernando Pessoa, con cuyas espléndidas elucubraciones he topado mientras me distraía en hojear el tercer volumen de su Obra poética e em prosa (Introduçoes, organizaçao, biobliografia e notas de António Quadros. Porto, Lello & Irmão editores, 1986; las traducciones son mías):
“Por naturaleza, la inteligencia, aunque no crea, constantemente se transforma. Un largo uso de la inteligencia por parte de la humanidad creó un instinto en esa inteligencia, y como la inteligencia por naturaleza transforma, y el instinto por naturaleza opera, una fusión de los dos, o, en otras palabras, un instinto intelectual, será una cualidad del espíritu que transforme operando. Pero la transformación reducida a acto es precisamente la esencia de la invención, puesto que la invención es un acto, y un acto que transforma lo que hay.
La obra de arte, en tanto que invención de un valor, deriva por tanto de lo que propiamente se puede llamar un instinto intelectual” (Ontología da obra de arte, ed. cit., pp. 16-17. El subrayado es mío. Compárese con lo que afirma Poe de la creación en The poetic principle).
“El hombre de genio es un intuitivo que se sirve de la inteligencia para expresar sus intuiciones. La obra de genio —sea un poema o una batalla— es la transmutación en términos de inteligencia de una operación supraintelectual. En tanto que el talento, cuya expresión natural es la ciencia, procede de lo particular a lo general, el genio, cuya expresión natural es el arte, procede de lo general a lo particular. Un poema de genio es una intuición central nítida resuelta, nítida u oscuramente (conforme al talento que acompañe al genio), en transposiciones parciales intelectuales. Una gran batalla es una intuición estratégica nítida desplegada, con mayor o menor ciencia, conforme al talento del estratega, en transposiciones tácticas parciales” (O homem de génio, ed. cit., pp. 33-34. Inevitable acordarse de Schopenhauer).
sábado, 9 de octubre de 2010
Variación sobre un tema de Monterroso
Estaba allí cuando desperté, lo juro.
Jonathan Lethem.
El texto, que he traducido completo con el esfuerzo sobrehumano que cabe imaginar, podéis encontrarlo en versión original en la muy promiscua y recomendable página oficial del autor. De Lethem acabo de leer su novela debut, Gun, with occasional music (1994), una deslumbrante macedonia de novela negra, pulp, ciencia ficción y distopía que, según me entero por Javier Calvo, está traducida pero no publicada al castellano. Para todo lo demás, Abebooks.
sábado, 2 de octubre de 2010
Buenos ratos con Tony
Supongo que si alguien me hubiera preguntado por mi actor favorito en una encuesta habría invocado otro nombre y otro rostro, pero debo reconocer sin empacho que Tony Curtis, el galán, el hombre del peinado, los ojos matutinos y la cara rellena de almidón, me ha ofrecido sábados completos de felicidad desde lo alto del aparador de casa (el taquillón, lo llamaba mi madre); por tanto, parece de justicia que en algo semejante a la reciprocidad yo me acuerde de él en la hora de su crepúsculo. Esto no es una elegía a Curtis: se trata tan sólo de la enumeración de los cuatro o cinco motivos o títulos de películas por las que le debo eterna gratitud, en aquel rincón del gran vertedero metafísico en que su alma se encuentre ahora. Tranquilos: no voy a mencionar, para variar, a Billy Wilder.
1. El gran Houdini (Houdini, 1953), de George Marshall. Si procedemos cronológicamente, la más antigua de las películas de Curtis que me fascinan es este biopic de color de chicle oscurecido con asomos a la parte más ambigua o peor iluminada de nosotros mismos. Nada que ver con esas porquerías que han dedicado al inmortal escapista en los últimos tiempos, como la terrible El último gran mago (2007), de Gillian Armstrong. En la versión de Curtis, Houdini es un joven impulsivo, descabezado, que decide coquetear con la muerte y esas otras barreras, físicas y de otra índole, que acotan la naturaleza humana. Dos escenas para la antología: aquella en que Houdini se sumerge en el mar de hielo y todo el mundo le da por muerto; aquella en que se libera de una camisa de fuerza mientras contempla hipnóticamente los espejos de una esfera que gira.
2. Coraza negra (The black shield of Falworth, 1954), de Rudolph Maté. Ejemplo acabado de lo que el Hollywood de la golden age entendía por Edad Media, este título me ha acompañado durante años que se alargan en décadas como una de mis películas favoritas de todos los tiempos. El guión, basado en un pastiche novelístico que evoca la era de Robin Hood y Ricardo Corazón de León, explota sin rubor parentescos oscuros, venganzas familiares, iniciaciones dolorosas y malvados surcados de cicatrices. La coraza que da nombre al espectáculo no contiene menos hojalata en su aleación que las que cubren al resto de los actores, por no hablar de las espadas. No hay detalle en el atrezzo que no resulte inverosímil, que no invite ocasionalmente a la carcajada o al sudor frío; sin embargo, la historia conserva intacto su poder de arrebatar y de mantenernos soldados al sofá de casa durante la casi hora y media en que se desenvuelve. Para la antología: los leotardos y pijamas de Curtis y su facilidad para trepar por las tapias; el personaje de Diccon Bowman, ese maestro cruel, bondadoso e irrompible que todos habríamos querido sufrir.
3. Los vikingos (The Vikings, 1958), de Richard Fleischer. Uno de los títulos que considero definitivamente imprescindibles en cualquier filmoteca cuyo fin comprenda el placer y la dicha de sus propietarios. Jamás me cansaré de ver las acrobacias de Kirk Douglas sobre los remos de los drakkars y las fastuosas melopeas en el interior de las cabañas de estopa y teca, pero tampoco la singladura del esclavo Eric (Curtis) a través del mar anegado por la niebla y una mano derecha cortada sobre un foso de lobos hambrientos. Curtis contribuyó y no poco (junto con su señora Janet Leigh, igual que en Coraza negra y en Houdini) a la perfección de este exquisito ejemplo de filme de aventuras, que no ha perdido un ápice de su poder magnético a pesar de los muchos artilugios pirotécnicos que se han inventado desde la fecha.4. Espartaco (Spartacus, 1960), de Stanley Kubrick. No olvidemos que Curtis formaba parte del reparto del más grandioso peplum que han dado las salas de cine, en el papel de un esclavo ducho en ciencias y letras que se suma a la rebelión ecuménica de Kirk Douglas (de nuevo él). Esta película es tan grande, tan ancha, tan larga y tan profunda, que cualquiera que tomara parte en ella, en primer o en segundo plano, merece el premio de un sitiecito en los altares de nuestra memoria, con su vela colorada y esas cosas. Y si además borda diversas escenas de sauna de aroma a ambiente con el shakesperiano sir Laurence Olivier, pues mejor todavía.
En fin, querido Bernard Schwartz, que la nada te sea leve.
sábado, 25 de septiembre de 2010
Sobre el viaje, y 3: yo estuve allí
“La mayoría de las veces no queremos saber sino para hablar de ello. No viajaríamos por los mares para no mencionarlo jamás, por el puro placer de ver, sin la esperanza de comunicarlo” (Blaise Pascal, Pensées 152-77. Paris, Bookking International, 1995, p. 66. La traducción es mía).
En realidad, el viaje es lo que menos importancia tiene de todo, el envoltorio de la chocolatina, la punta del iceberg. La experiencia física del viaje, el periplo, es sólo un trámite farragoso para lo que viene luego, lo verdaderamente crucial: la narración del viaje. Viajamos para contarlo. Viajamos para describir a nuestras amistades, que escucharán nuestras descripciones con los labios debidamente ovalados, las bellezas de la cúpula de San Marco y las curiosos rituales del sincretismo cubano. Imposible disfrutar cualquier experiencia de primera mano, en un primer grado: conforme una vivencia se produce, va procesándose y siendo narrada por una segunda voz que se dirige a una audiencia imaginaria. Esa audiencia terminará por ser la familia y los amigos, pacientemente colocados frente al álbum de fotos o la pantalla del ordenador. Vivir es contar, reunir material que contar, y el viaje, sobre todo el viaje, no escapa a esa lógica confesional. No veo un cuadro, sino que sé que lo veo; no descubro una ciudad, sino sé que la descubro. Somos documentalistas continuos de nuestra vida, tomamos recursos perpetuos de una película que jamás llegará a filmarse. Pero cuyo guión repasamos y repasamos en la oficina solitaria de nuestro cráneo.
Es obvio. Lo importante, en vez de viajar, radica en ofrecer testimonio del viaje. Una vez, no sé dónde, me encontré con una mesnada de japoneses en un museo que no miraban las pinturas. Preferían, en vez de acercarse a ellas, filmarlas con sus cámaras. Experimentarlas no tenía valor; lo único esencial era recogerlas, llevárselas en un depósito, poder decir que habían estado delante de ellas. Hagámonos cargo: el disfrute de la gran mayoría de nuestras experiencias depende del hecho de ser conscientes de que dichas experiencias están teniendo lugar. Yo miro la Capilla Sixtina y puedo gozar mucho de sus formas, composición y colores, pero lo hago doblemente cuando sé que aquello es la Capilla Sixtina y de que yo estoy allí, en Roma, debajo de los gigantes y las sibilas. Por tanto, el momento culminante de todo viaje es el regreso; aún más: el momento cumbre es el recuerdo del viaje, su exposición a los otros. Uno no viaja para uno, viaja para los demás.
Llegado a esta conclusión, que el viaje sólo consiste en la acumulación de memorias exóticas que presentar a las visitas a la hora del café y la pasta, me pregunto si habrá algún método de conseguir lo mismo sin necesidad de cansarse. Sin jet lag. Sin mostradores de embarque. Sin síndrome de la clase turista. Sin madrugones, sin compañeros insufribles en la tapicería de al lado. Y me digo que sí. Lo mismo nos daría que una multinacional de la neurología nos implantase un parche de memoria artificial en aquella parcela del cerebro que se encarga de informarnos de lo que somos y de lo que hacemos y de dónde estuvimos anoche, un injerto con un recuerdo especioso de que estuvimos en Florencia y de que todo fue maravilloso en aquella ciudad de artistas y turoperadores. Ya, eso se ha inventado: es Total recall, la película de Paul Verhoeven que Arnold Schwarzenegger protagonizó en 1990.
Pero existen otros modos menos sofisticados de hacerse con recuerdos artificiales. Hay cierta antología de cuentos de Enrique Vila-Matas publicada en 1994 que lleva el revelador título de Recuerdos inventados. Y es que la literatura es, par excellence, el arte de injertar vivencias falsas en el cerebro de los pacientes. Por tanto, leer o soñar (que es leer con la luz apagada) constituyen alternativas cómodas y eficientes al viaje que ningún vago como este servidor dejará de apreciar. ¿Y todo esto a qué venia? Sencillamente a lo siguiente: a que este verano he viajado, sí, pero las distancias que he cubierto se miden en párrafos en vez de leguas. Todas las mañanas me despierto con las botas manchadas de barro.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Sobre el viaje, 2: causas aparentes
Dromomanía. Observo con pasmo que la vigésimo tercera edición del Diccionario de la Real Academia incluye este neologismo en la acepción de “inclinación excesiva u obsesión patológica por trasladarse de un lugar a otro”. Había oído hablar del término en alguna ocasión, pero nunca pensé que hubiera sido sancionado por los burócratas de la lengua: lo cual me hace pensar que aquello que designa se ha convertido en un fenómeno mucho más extendido de lo que lo era en tiempos pasados. No cabe duda, son tiempos dromomaníacos: existe una compulsión en la población media a desplazarse aprovechando la temporada de vacaciones y a gastar los días libres realizando excursiones de largo kilometraje. La pregunta sigue en pie: ¿por qué? ¿Qué posee específicamente el viaje para obligar a la mayoría de la humanidad a abandonar la apolillada comodidad de sus pantuflas? Con el fin de penetrar esta incógnita, he realizado una somera encuesta entre aquella porción de la especie humana que tengo más cerca de mi casa y he obtenido tres respuestas mayoritarias. Ninguna de las tres, como se verá enseguida, se muestra muy sólida en cuanto se la rasca con la uña. Según la gente, uno viaja:
A) Para descansar. Durante el año nos hallamos sometidos a la intensa presión de la convivencia urbana, la responsabilidad con la familia y el trabajo, las acrobacias financieras para llegar a fin de mes, el insomnio, el niño de la vecina, el equipo que no gana un partido ni a base de sobornos... Por tanto, nada más apetecible que un merecido relajo durante la época de vacaciones: un hiato de tranquilidad que consumir, digamos, en la arena de la playa o en un recorrido por las principales ciudades, decorativas y aristocráticas, de la Península Itálica. El argumento parece convincente; pero basta con repensarlo dos veces para darnos cuenta de que no lo es. Nadie puede pretender sinceramente descansar en la playa o en Italia. En el primer caso, el turista ha de enfrentarse a las diversas incomodidades del trayecto hasta la costa, los embotellamientos, el peaje, el calor, los niños que protestan en el asiento trasero, la suegra y esas cosas de Alfredo Landa; una vez in situ, debe soportar a la ingente sección del país que también ocupa, junto a él y su familia, los doscientos metros cuadrados de arena que rodea con la vista; ha de sufrir a los adolescentes que le arrojan la pelota a cada patada, el viento que hace volar la sombrilla, el picor, las ronchas, la sal, las conchas que hieren la planta de los pies. No concibo que nadie pueda calificar esto de relajamiento. El tour a Italia (o París, o los fiordos, o la Riviera Maya, que lo mismo da) ofrece un panorama semejante. Es estrictamente imposible que un individuo goce de algo semejante a la paz si en el transcurso de diez días mal medidos ha de digerir la cifra atroz de cinco capitales históricas con sus correspondientes catedrales, logias y museos, parándose además a degustar la gastronomía típica (llamémosla así por el momento) y acumular los souvenirs de rigor. En ciertos círculos ha comenzado ya a identificarse un tipo de dolencia depresiva con el título de estrés del viajero, que da una buena idea del tipo de condiciones en que estas personas acometen sus vacaciones. Varias preguntas abordan la mente con violencia: si uno busca tranquilidad, ¿por qué no se queda en casa, donde todo está más a mano? Si necesita un cambio benigno de aires que evite el acoso de las preocupaciones, ¿por qué no se marcha a la casa que tenía la abuela en aquel pueblecito de Teruel por donde pasa el autobús una vez a la semana? Todo lo cual nos lleva a concluir que la tranquilidad como excusa para emprender el viaje ha de ser desestimada.
B) Para conocer. Aquí se me permitirá, espero, un apunte autobiográfico. Mi amigo Paco y yo desembarcábamos en el Louvre a la tierna edad de veintitrés añitos, después de unas procelosas semanas en busca de alojamiento y comida decente para estudiantes recién salidos de la cáscara. In illo tempore (no sé ahora), la entrada era gratis el primer domingo de cada mes, y allá nos fuimos a contemplar las maravillas prometidas por los manuales y las guías de viaje: la Victoria de Samotracia dominando la famosa escalinata, las bodas del Tintoretto y, cómo no, la inevitable señora de la sonrisa. En cierta sala (no sé si la misma de la de Tintoretto), una masa de japoneses teñían de blanco una caja de vidrio con sus flashes. Detrás se hallaba, como el lector ya habrá intuido, la célebre Gioconda de Leonardo da Vinci, también llamada Mona Lisa. Jamás olvidaré las palabras de mi buen amigo Paco, que no profesaba la superstición de la originalidad:
—Es un almanaque.

Lo decía porque él tenía en casa un almanaque, no sé si de Explosivos Riotinto o de Grúas Lozano, donde la misma mujer posaba en idéntica postura y con el mismo paisaje borroso al fondo. A Paco el cuadrito acosado por los japoneses se le antojó una repetición, menor, innoble y molesta, de aquella imagen familiar que decoraba la cocina de la casa de su madre, junto a la ristra de ajos y el San Pancracio. Nada que ver.
Mucho me temo que para conocer la Gioconda no es necesario darse un atracón de horas de vuelo ni mendigar puesto en una cola entre orientales armados con vídeos y compatriotas que vociferan. Es más: aquel que ha atisbado la urna de cristal tras la que se entrevé un cuadro cuarteado no puede presumir de conocer más ni mejor la misma obra de la que yo tengo enmarcada una reproducción facsímil en el vestíbulo de casa. Como buen devoto de Uccello que me que precio de ser, poseo obras que fotografían al detalle sus famosas batallas (La batalla de San Romano en sus dos versiones, así como Micheletto da Contignola en combate): dispongo de imágenes pormenorizadas, donde se reflejan hasta las últimas grietas del lienzo, de esas pinturas. Y dudo muy mucho que cualquier persona que las haya visto de soslayo entre las muchedumbres ingratas de los Uffizi o la National Gallery londinense pretenda sabérselas con mayor profundidad de la que yo he alcanzado en el salón de mi casa, sobre el atril. Los ejemplos pueden multiplicarse hasta el hartazgo. La masificación, el turismo profesional, los controles de seguridad, las obras, los restauradores, las leyes de patrimonio, la Unesco impiden un acercamiento real a lo que uno pretenda ir a conocer que lo vuelven prácticamente tabú. Nadie puede revivir lo que hubo de ser aproximarse a la inmensidad de las pirámides desde el desierto; nadie puede rescatar el placer y el vértigo de los últimos reyes de Granada al recorrer los ecos de la Alhambra; nadie resucitará el éxtasis de Julio II al alzar la cabeza y medir su soledad con los inmensos frescos de Miguel Ángel. El simulacro, el pastiche, la copia, son definitivamente preferibles si nos permiten un examen en profundidad del objeto a observar. Por eso a mí me encantan los parques temáticos y no me incomodo ante las reproducciones en serie. Óscar Tusquets lo explica muy bien en relación con el Partenón, un conjunto de ruinas irreconocibles sobre las que se impone la desfachatez de un guía que dirige rebaños de turistas deshidratados; mucho mejor es irse, dice él, al más impecable sucedáneo que existe de tal monumento, el Walhalla de Leo von Klenze (en Baviera), y que los puristas motejan de pura Disneylandia. Porque en fin, ¿qué tiene de malo Disneylandia?
“La reproducción bastante aproximada de un jardín zen y la de una tumba del antiguo Egipto parece viable, quizás más sencilla que la de las cuevas de Altamira; entonces, ¿por qué existe esa resistencia a realizarlas si ya no podemos disfrutar de los originales? ¿Por qué esas iniciativas son tildadas sistemáticamente de disneyanas y de mal gusto? En último término, ¿por qué nos escandaliza tanto Disneylandia? Si no me atemorizaran las colas y sobre todo si aún fuese un niño, seguramente me lo pasaría pipa. El reunir reproducciones arquitectónicas de otros lugares no se lo inventó Disney, y a veces se realizó con mucho talento y con resultados más que aceptables... ” (Óscar Tusquets Blanca, Todo es comparable. Barcelona, Anagrama, 2003, p. 27.)
En conclusión, si resulta que el viaje no mejora el conocimiento del que disponemos en casa o si incluso lo rebaja, no podemos aceptar como pretexto del mismo el enciclopedismo. Así que a otra cosa.
C) Para conocer usos y costumbres diferentes. Entre cierto grupo de personas, preferentemente de mentalidad progresista y gustos exóticos, se halla muy extendida la creencia de que la gente (o al menos ellos) viaja para conocer nuevas culturas. El error salta a la vista en cuanto ellos mismos o sus conocidos nos relatan los preparativos o la crónica del viaje en cuestión. La India es interesantísima y profunda, pero qué miseria, y qué mierda en los trenes; es intolerable que en los países musulmanes no permitan a las mujeres vestir pantalón corto; el Extremo Oriente guarda tesoros incalculables en materia de arte y ecología, pero la comida resulta pésima, por no hablar de las moscas. A estos Livingstones de revista de tendencias les apasiona el tercer mundo, pero siempre que cuente con agua corriente y las sábanas no tengan chinches. En cuanto a comer, bueno, no les importa que los indígenas se indigesten con sus salsas y sus alacranes tostados, de verdad, pero para ellos, a unas malas, siempre queda el Mc Donald’s. En realidad, estas personas no buscan nada diferente. Buscan un toque de color para sus vidas, una fragancia novedosa, un fondo de postal con que adornar ciertos rincones de la memoria, sin desprenderse de sus comodidades occidentales: poder darse una buena ducha al final de la jornada, alimentarse sin que la amenaza del contagio o el parásito sobrevuele sus cubiertos (si los hay), dormir sin que insectos del tamaño de la mano de un niño se les paseen por el cogote o las corvas. La gente busca lo otro, pero poco. La gente quiere innovaciones dentro de un marco razonable de estabilidad. Esto explica palmariamente el éxito ecuménico de las cadenas de comida rápida o café como la hamburguesería susodicha o Starbuck’s: vayas donde vayas, siempre podrás sentir el suelo sólido bajo tus pies al morder una patata frita. No estoy sugiriendo que estos viajeros no sean sinceros en su búsqueda de contextos alternativos: sólo apunto que no saben del todo lo que pretenden. Ellos quieren ver danzar a los derviches, pero acostarse esa noche sobre sábanas de algodón. Nos enfrentamos aquí a un problema que supera de lejos el marco de esta investigación y que merecería ser tratado in extenso en otra parte: la muy problemática convivencia de lo singular y lo general, del individuo y el universo, de mí mismo y mis manías con lo que conviene a la mayoría del planeta, de mi cultura con esas otras que la cercan en el mapa. Es difícil hallar un equilibrio entre la aburrida pero sin embargo tranquilizadora mismidad de cada uno y la búsqueda de panoramas distintos que podrían extrañarnos, alarmarnos o aterrarnos llegado el caso. El futuro pasa, me parece a mí, por el Mc Donald´s de toque regional, decorado a la usanza (o el tópico) de cada país en cuestión.
Nos acercamos al final del periplo. Ya sabemos, al menos, por qué la gente no viaja; ahora abordaremos la cumbre por la ladera opuesta. Armaos de piolets y de paciencia, si es que aún os queda algo de eso en vuestras mochilas.
jueves, 26 de agosto de 2010
Sobre el viaje, 1: los amigos del punto fijo
Y ahora llegarán todos, amigos próximos y distantes o simples conocidos de vista, y me describirán con lujo de detalles sus viajes por los cinco continentes, los siete mares, los ciento ochenta meridianos y los veinticuatro paralelos, mientras yo, quizá con rostro de compunción o secreto recelo, he de callar, dada mi condición de sedentario. Porque yo no me he movido de casa en todo el verano. Mis amigos, según me consta, han estado en Italia, en Croacia, en Kenia y en La Coruña; yo, por contra, me he limitado al modesto exotismo de mi piscina comunitaria. Ahora, con el regreso de todo el mundo, me toca la vez de sentirme acomplejado y disminuido, un poco bicho raro o tonto. Así, al menos, me sucedía en el pasado. Si por algún azar me había visto obligado a permanecer en casa durante el verano, oía las crónicas de los periplos de otros mordiéndome las mangas de la camisa, y de noche, durante el insomnio, programaba singladuras venideras por estepas y montes que dejarían en calzoncillos a todas las de la gente que conocía. Ahora, honestamente, me importa un pito. Creo que he descubierto que no me gusta moverme. Que antes lo hacía obligado por un oscuro impulso de competición que, venturosamente, ha desaparecido de mi interior. Ahora reivindico las virtudes de las estatuas: son las únicas criaturas que conocen el secreto del punto fijo.
El objeto del presente post, y de los siguientes, es dilucidar por qué la gente viaja. Qué hay de meritorio, envidiable o lúbrico en el viaje (en lo que llamamos viaje) que haga a los hombres (y mujeres) planearlos con denuedo durante su época de trabajo y desvelarse con los posibles inconvenientes o promesas que pueda traer. El ansia, la obligación de viajar se ha vuelto tan perentoria que aquel que confiesa que prefiere permanecer en casa es mirado con cara de alarma, como si hubiera revelado que acaba de descubrirse un bultito en la axila. Y sin embargo a no todo el mundo le gusta viajar, aunque nadie lo diga en voz alta para que no le retiren la palabra. Los motivos de dicho rechazo suelen ser los mismos en todos los casos: el verdadero viaje comienza y termina en el sofá de casa.
“La idea de viajar me provoca náuseas... El tedio de lo constantemente nuevo, el tedio de descubrir, bajo la falsa diferencia de las cosas y de las ideas, la perenne identidad de todo, la semejanza absoluta entre la mezquita, el templo y la iglesia, la igualdad de la cabaña y del castillo, el mismo cuerpo que es rey vestido y salvaje desnudo, la eterna concordancia de la vida consigo misma, el estancamiento de todo lo que, vivo sólo por moverse, está pasando” (Fernando Pessoa, Libro del desasosiego. Edición de Ángel Crespo. Barcelona, Seix Barral, 1991, p. 280).
A Bernardo Soares, el alter ego de Pessoa en esta confesión íntima y llena de provocación, le asquean barcos y trenes porque el único desplazamiento valioso, el único posible o real, transcurre en la imaginación. La imaginación es mucho más vívida, auténtica y fiel que esa cosa manoseada que llamamos realidad: “únicamente no hay tedio en los paisajes que no existen, en los libros que nunca he de leer” (Ibídem). La imaginación, además, dispone de la ventaja de no necesitar reservas, pasaportes, horarios, etcétera. En la imaginación, por suerte, no hay turoperadores.
“Sólo le quedaba el tiempo justo para salir corriendo hacia la estación, pero una inmensa aversión al viaje, una imperiosa necesidad de quedarse tranquilamente donde estaba, se iban adueñando de su voluntad con una fuerza cada vez más insistente, cada vez más tenaz. Pensativo e indeciso, dejó que fueran pasando los minutos, haciendo de esta forma más difícil su decisión.
—Si me voy ahora —se dijo— tendría que correr a toda prisa para conseguir un billete, y luego me tocaría andar a empujones con todo el mundo para llevar y colocar el equipaje, pues ¡menuda lata! ¡No merece la pena tanta molestia!” (Joris-Karl Huysmans, A contrapelo. Edición de Juan Herrero. Madrid, Cátedra, 2000, pp. 272-273.)
Lo mismo opina el duque Jean Floressas Des Esseintes, el mayor campeón de la apatía de cuantos nos ha dado la historia de los libros. La realidad tampoco puede competir para Des Esseintes con la perfección y la nitidez del ensueño: en la fantasía el viaje siempre es perfecto y prescinde de incomodidades; a ras de la materia, por el contrario, se reduce a esas triviales incomodidades que parece mejor soslayar. Por tanto, es mucho más preferible permanecer en casa e imaginar que uno viaja. Aprovisionarse de guías, de diarios, de perfumes, de sabores, de imágenes y figurarse que se ha abolido la barrera de espacio y tiempo que nos separa de nuestro destino y que, de algún modo, ya estamos allí. En realidad, siempre habíamos estado allí. Porque, en cierto sentido, todo lo que el viaje despierta ya se encontraba en nuestro interior, en letargo. Lo único que hace el billete de tren es removerlo, despertarlo, como el poso en el fondo de la copa de vino.Este sería el último motivo, y quizá el más poderoso, para no moverse de casa. Lo que hace que el viaje merezca la pena es que suscita alguna emoción en nuestras profundidades, que nos premia con un sentimiento que antes no teníamos o que vivía adormilado en nuestro interior. Por tanto, el viaje es sólo un pretexto, un detonante de cargas interiores. Por tanto, como tal, es innecesario: bastaría con hallar algún otro producto químico que produjera los mismos resultados. El único viaje que merece la pena es el viaje interior. Todas estas certezas, o similares, impulsaron a Xavier de Maistre a escribir en 1790 su singular Viaje alrededor de mi cuarto, donde se demora en describir detalladamente su sofá, ropa de cama y cojines, por no hablar de la gata que le contempla desde uno de los brazos forrados de organdí. Al recensionar la obra, el hermano de Xavier, el politólogo protofascista Joseph de Maistre, trató de tranquilizar a la opinión pública dando aviso de que la intención del autor no era eclipsar a otros grandes exploradores de la modernidad: “Magallanes, Drake, Anson y Cook”. Pero, sin duda, en el viaje de su hermano había mares y penínsulas aún sin retratar que esperaban el lápiz de algún cartógrafo. Tan satisfecho quedó Xavier con aquellos horizontes que regresó a ellos, de noche. En 1798 atacó Expedición nocturna a través de mi cuarto, donde matizaba sus experiencias previas añadiéndoles la claridad mortecina de la luna. En 1799, Alexander von Humboldt iniciaba un prolijo recorrido por los confines del mundo que le serviría de excusa para su excesivo Del Orinoco al Amazonas. Viaje por las regiones equinocciales del Nuevo Continente. Un dispendio de páginas y, sobre todo, de energía.
El hombre no siempre consideró imperativo viajar. Se sabe que en la Antigüedad las personas corrientes evitaban todo lo posible abandonar su localidad natal y que, en caso de tener que hacerlo (a lo que algún funesto compromiso obligaba a veces), hacían testamento antes de salir y se despedían de sus familias como si jamás fueran a volverlas a ver: el mar, los bandidos, las enfermedades, las tormentas, los imprevistos de toda laya acechaban al viajero en cada recodo del camino. ¿Por qué, entonces, el viaje atrae hoy a individuos sin un mínimo afán de aventura y anima a gastarse los cuartos alejándose de casa? ¿Por qué el sedentario se siente minusválido si no viaja? Intentaremos responder a estos indigestos enigmas en las entradas que seguirán. No seréis más felices al enteraros, pero quizá sí más sabios.
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