martes, 23 de febrero de 2010

Nada nuevo bajo el sol


En cierta ocasión el eximio Pablo de Santis, a quien considero la mayor lumbrera de la actual literatura en castellano, me comentó que andaba harto de leer historias y que se había pasado al ensayo. Uso la palabra ensayo en sentido más negativo que otra cosa, menos para indicar lo que es que lo que no: eso que en las estanterías de las librerías anglófonas figura bajo los rótulos de non-fiction. Y es cierto que a veces eso pasa. Quiero decir: igual que el organismo se cansa del chocolate cuando van cuatro tabletas, o de oír el mismo CD que rueda y rueda por la guantera del coche, fatiga leer cuentos. Quiero decir, cosas con presentación, nudo y desenlace en las que a personajes les pasa algo, o desean algo para conseguir lo cual deben arrostrar ingratas tareas y acongojantes peligros. A veces uno siente que las historias se repiten con una incomodidad mucho más molesta que el gazpacho, y que, como ya acuñaran el anónimo autor del Eclesiastés, Píndaro, León Felipe y muchos otros (porque la patente de dicho pensamiento no puede pertenecer a nadie), nihil novum sub sole.


Nuevas historias, nuevos argumentos, nuevos mares por descubrir. Ah, la canción del pirata... Cuánto nos gustaría, de veras, que ese librito que nuestro amigo del alma nos presta con la promesa solemne de que jamás has leído nada como esto, que ese mamotreto que el fajín anuncia como la novela más insólita del siglo XXI, que cualquier volumen, por tosco e insignificante que resulte a la vista, escondiera de veras un relato que de un modo u otro no hayamos surcado ya, cuyo fondo o superficie no hayamos recorrido en goleta o submarino. Pero es difícil, sí, y uno se cansa: a veces injustamente, pero la gran mayoría de ellas no. Por desgracia. O quizá no tanto, ahora que lo pienso.


Porque en realidad, si nos fijamos, uno termina por leer (o por ver, si hablamos de cine, oír si de discos, y así) sólo lo que sabe que no le deparará ninguna sorpresa. Entendedme: a cierta altura de la película uno ha adquirido tal cantidad de manías, viejos (cariñosos) prejuicios, anteojeras y poltronería que no tolera que le muevan del carril. Es más, uno termina por considerar la maldad o bondad de los productos artísticos dependiendo de si se acomodan o no a ese rasero arbitrario y lleno de pereza. Me decía una vez Blanca Riestra (si está por ahí a lo mejor se acuerda) que acabamos por leer sólo lo que nos gustaría escribir; lo cual es también cierto por pasiva y acabamos por escribir sólo lo que nos gusta leer, con lo que ya está liada... A ver: ¿cuántas intolerancias no acumula uno al cabo de treinta años (los míos) de lector? Y peor: ¿cuántas de esas intolerancias no se convierten en supuestas leyes sagradas de lo que debería o no debería ser un buen libro? Ejemplos personales: no soporto a) Las novelas que comienzan con un punto y aparte; b) La aparición de la palabra tío en el sentido coloquial de colega, amigo o similar, si no está siendo referida en estilo directo; c) Los diálogos en los que no se acote en algún momento qué personaje habla, porque acabo por liarme; d) Las descripciones basadas en personajes de la actualidad: “Sus alumnos le decían a X. que se parecía a Harrison Ford”; e) Los enclíticos, con lo cual me pierdo la mayoría de traducciones al castellano del siglo XIX y primera mitad del XX; f) Ciertas palabras-bomba, que pueden explotarte en la cara al menor descuido: zalamero, azulino, glabro, qué se yo; g) etcétera. Repito: supersticiones estrictamente personales que si aparecen, por un motivo u otro, en el libro que lees te inclinarán, aunque no existan auténticas razones de peso, a juzgarlo perverso, trivial, pesado, bobo o sencillamente mal escrito. Y habréis reparado, espero, en que sólo menciono cuestiones de estilo y que no me meto con argumentos, personajes, atmósfera y demás, donde podríamos perdernos con no menos facilidad que Pulgarcito en el cuento.


Conclusión: que uno se cansa de no encontrar nada nuevo, sí, pero es que tampoco desea en el fondo nada nuevo. Quiere, a lo mejor, lo mismo pero más condimentado, o con algún ingrediente insólito, o en un plato de diferente color, o aliñado de otra manera. Hacer arte, parece, consiste en teñir la piel de animales disecados.


(Pero en realidad yo quería hablar de la lectura de ensayos, que es lo que me ocupa en estos días, y en especial de uno de mis géneros favoritos, la divulgación científica: asunto éste que demoraremos hasta la semana que viene. No separéis, niños, la oreja de vuestro receptor.)

martes, 16 de febrero de 2010

Diccionario de arena


Las palabras también se oxidan cuando se las deja a la intemperie. Un leve manto de escoria roja les crece sobre el caparazón, y poco a poco, casi sin darnos cuenta, comenzamos a dejar de ver lo que guardan dentro. Seguimos utilizándolas para nuestros propósitos, sirviéndonos de ellas como alicates y martillos, como si tal cosa: hasta que un día, de repente, resulta que la estrella y la ranura del tornillo no coinciden, que no hay forma de acoplar el verbo con la realidad. Dicho de otro modo: las palabras son fósiles, cristalizaciones, gotas de ámbar en los que se recoge una experiencia primera. Pero al usarse muchas veces, al desgastarse, cuando el filo se mella, acaban por no corresponder a la vivencia que las generó. Amor: ¿puede hablarse impunemente, en el mismo sentido, de amor fraterno, amor platónico, amor a la patria, amor por los adjetivos? ¿Hay algún tipo de puente común que realmente conecte todas esas sensaciones de euforia, moralidad, preferencia estética, afinidad? ¿Puede la tosca palabra azul englobar por igual el firmamento, el mar de mediodía, el zafiro, los frescos del Trecento, el jersey de Tintín, esos ojos? Las palabras se cubren más y más de arena, y al cabo resulta complicado reconocerlas en el fondo del desierto. Así que aquí traigo yo mi cubo, rastrillo y pala, inspirados por los ejemplos, entre otros, de Ambrose Bierce (Diccionario del diablo), Gustave Flaubert (Dictionnaire des idées reçues) y Ernesto Sábato (Uno y el universo) ¿Qué significan del todo, in nuce, clásico e infierno, convicción y miedo?


Clásico: adj. m. Objeto contundente de piel y papel biblia en cuyas profundidades se esconde un libro.

Conocimiento: n. m. Esa cosa minúscula y remota que se ve en una esquina de la ignorancia.

Convicción: n. f. Esfuerzo ímprobo de la voluntad mediante el cual alguien se asegura de creer en lo que cree.

Infierno: n. m. Mundo subterráneo similar a éste en el que los que sufren además se lo merecen.

Inteligencia: n. f. Método para pasar desapercibido.

Miedo: n. m. Técnica radical de rejuvenecimiento sin necesidad de cirugía. / Comprensión súbita e intuitiva de las verdaderas intenciones de los otros.


El resto del idioma, para más adelante.

lunes, 8 de febrero de 2010

Dostoievskiana: El Jugador






Esta misma tarde
, a partir de las 20 horas, pronunciaré una ponencia sobre El Jugador de Dostoievski en la Casa del Libro de Sevilla, calle Velázquez, número 8, dentro del programa del club de lectura que dirige Manuel Gregorio, con el que hace unos cuantos años ya que suelo colaborar. Como es de prever que la gran mayoría de vosotros tendrá cosas mejores o más perentorias que hacer que escucharme, os dejo aquí un extracto de mis futuras palabras, para que no digáis luego por ahí que no os aviso. De todos modos, cualquiera que se asome a verme el careto será bien tan recibido como manda la cortesía, está de más.


Para redactar las siguientes notas, he recurrido a la información aportada por Rafael Cansinos Assens (en el primer volumen de Dostoievski, Obras Completas, RBA, 2004), Isabel Martínez (“La gran novela rusa”, en AA. VV., Historia de las literaturas eslavas, Cátedra, 1997, páginas 1129-1134), Léon Thoorens (Literaturas eslavas, balcánicas y escandinavas, Flandes y Países Bajos, Daimon, 1977, páginas 87-108) y Carlos Pujol (prólogo a El Jugador, Salvat, 1969). Naturalmente, las ideas más sensacionales que rozo en mi exposición no me pertenecen: son cosecha de Vladímir Nabokov en su siempre sorprendente Curso de literatura rusa (Ediciones B, 1997).


Mi primer contacto con Dostoievski tuvo lugar durante la adolescencia. Leí en apenas dos semanas los casi cuatro centenares de páginas en papel biblia que ocupaba Crimen y castigo en la biblioteca de mi padre: era un volumen de Clásicos Rusos con el Kremlin debidamente grabado, oro sobre piel, en la portada. Debo decir que me cautivó; y cuando luego, en una versión barata comprada en una librería de segunda mano, caí sobre Los hermanos Karamázov, el encanto fue aún mayor. Creo entender por qué: Dostoievski es literatura para adolescentes. Desde luego, puede disfrutarse en otras etapas de la vida, pero me parece que sólo en esa época de indefinición, cuitas y ajuste de cuentas con el mundo se puede extraer su jugo auténtico. Alego dos motivos para mi afirmación. El primero, el estilo algo efectista y destemplado de su prosa, unánime en todas las traducciones a todos los idiomas. Cuando crecemos nos volvemos algo más exigentes con las formas y tienden a resultarnos pesados y pocos dignos de crédito tantos aspavientos, tantas reflexiones cariacontecidas; sin embargo en la adolescencia todo es perentorio, inmediato, crucial: toleraremos de muy buena gana soflamas inacabables sobre la riqueza de la dignidad y la importancia de Dios en nuestros juicios éticos. Y esto nos lleva al segundo motivo: el tremendismo. Dostoievski es tremendo, siempre. No soporta la banalidad, igual que no soporta el humor (una de las pocas excepciones, sin embargo, se encuentra precisamente en El Jugador). En el universo del ruso todo aparece pintado con colores extremos: no existe uno de sus personajes que merezca la categoría de normal. Prostitutas, desheredados, asesinos, alcohólicos, tarados, epilépticos. Incluso el que de lejos puede parecernos medianamente corriente muestra un complejo de culpa o una infancia achicharrante en cuanto nos acercamos a sus zapatos. Esa, creo yo, es la razón fundamental de que Dostoievski resulte una lectura idónea para los quince años: la edad en que nos sentimos solos, únicos en el mundo, lisiados a nuestro particular modo, aislados, intransferibles, outsiders. Dostoievski es alimento para niños burbuja.

Así nos vemos en el umbral de uno de los rasgos más característicos de su literatura. Que es este: el retrato, fiel hasta lo clínico, de tipos desquiciados. Decía Nietzsche que todo lo que sabía de psicología lo había aprendido en Dostoievski, y habría que darle la razón al menos en lo que se refiere a psicología patológica. A finales de los años treinta, S. Stephenson Smith y Andréi Isotoff (“The Abnormal from within: Dostoievski”, en The Psychoanalitic Review, XXII) categorizaron a sus protagonistas dependiendo de la enfermedad que los atormentaba: epilepsia (el príncipe Mischkin, Smerdiákov, Kirílov, Nellie); demencia senil (el general Ivolguin, la abuela de El Jugador); histeria (Lisa Jojlákov, Lisa Tuschin); psicopatía (Stavroguin, Rogochin, Raskólnikov, Iván Karamázov). La predilección por los enfermos mentales aporta un timbre muy especial a los relatos del autor así como una serie aneja de ventajas y de inconvenientes. Entre los primeros ha de contarse la capacidad para asomarse, según dejan constancia todos los manuales canónicos, a los abismos más turbios del alma humana y de registrar todos sus recovecos y anfractuosidades: Dostoievski ha sabido fotografiar mejor que ningún otro los amaneceres fríos del anhelo y la torridez de la obsesión. En cuanto a defectos, el primero y principal es que, al convertirse en adalid de lo anormal, apenas podemos entender o compadecernos de las acciones de sus criaturas. Todo es posible en ellas, porque todas rehuyen la fórmula, el término medio, el tipismo: Borges se lamentaba en su prólogo a La invención de Morel de que “los rusos y los discípulos de los rusos” nos hayan habituado a una serie inacabable de violaciones contra el sentido común como asesinos por piedad, prostitutas de la virtud e iluminados que de pura fe se arrojan en los brazos del nihilismo. Si alguien imputara a Dostoievski que sus personajes no son entes reales, sino caricaturas o bosquejos grotescos de internos de psiquiátrico, él podría respondernos, con razón, que jamás intentó representar a seres triviales como usted o como yo, de los que pueden encontrarse al abrir el portal de cualquier casa de vecinos. Y surge la sospecha: y si su constante reincidencia en caracteres malvados, fangosos, humillados y ofendidos proviniera precisamente de la incapacidad para pintar personas de andar por casa, de las que no necesitan invocar a Dios o al diablo cada vez que se enfundan los pies en las pantuflas.


Desde lejos, Dostoievski suena al lego a nublado, plúmbeas ediciones de millares de páginas y digestión que exige bicarbonato; y basta con ponerse un poco a su altura para comprobar que esa impresión es falsa: sus narraciones resultan distraídas, tienen presentación, nudo y desenlace, sus personajes son tibios, a veces saltamos los párrafos casi sin mirar, pendientes de la conclusión. Ahora nos parecerá mentira, pero Dostoievski fue en su tiempo un autor popular, que vendía libros como rosquillas. Le acompañó la aclamación tanto del público como de la crítica, que según las carátulas editoriales es el súmmum de la consagración literaria: se ha convertido en legendaria esa anécdota según la cual el crítico Nekrasov corrió a despertarle a las tantas de la madrugada después de haber leído Pobres gentes porque no podía evitar que la emoción rebosara como champán por cada poro de su cuerpo. Dostoievski, como Whitman, como Zola, como Hemingway, era un escritor entrenado en las rotativas. Sus obras, envueltas hoy en solemnes ediciones de curtiduría, vieron la primera luz en forma de folletín por entregas en los periódicos con los que colaboró o que fundó él mismo, como Vremia (El tiempo) y Epoja (La época), en 1861 y 1864, respectivamente. La presencia de la literatura mayoritaria, folletinesca, barata es constante en su prosa. Sus obras resultan eficaces (y un tanto decepcionantes para sibaritas como Nabokov) precisamente porque saben aprovechar dos de las principales corrientes de subgénero literario imperantes en su época: la novela sentimental y la de crímenes. Las pasiones de los personajes, los amores tortuosos, a veces imposibles, las declaraciones explosivas vienen influidas por clásicos de la literatura de alcoba que en aquel mismo entonces, o poco antes, estaban siendo introducidos en Rusia para consumo masivo: la Pamela de Richardson, las Confesiones de Rousseau, los huérfanos de Dickens. Y en cuanto a la presencia de sangre, culpa y detectives que tanto llama la atención en su universo, hemos de recordar que por entonces pululaban con entera libertad por los quioscos los romances truculentos de Edgar Poe, las novelas góticas de Anne Radcliffe y Walpole, o el mamotreto Los misterios de París, de Eugène Sue. Dostoievski maneja esos mismos clichés en beneficio propio: es lo que hace que todavía resulte legible, fresco, inmediato a un lector de hoy.


Pero, claro, no todo es yogur en las tramas. Nuestro lector actual se siente repelido por esas peroratas interminables, o esos dilemas estomagantes a los que las criaturas de Dostoievski parecen entregarse en cuanto les ofrecen una leve excusa para ello. Las páginas finales, por ejemplo, de Crimen y castigo (con esa comunión evangélica entre Raskólnikov y Sonia) o de Los hermanos Karamázov (el discurso de Aliosha sobre la piedra, pase, pero ¿y las parrafadas del juicio de Mitia?) invitan a abandonar el libro sobre el sofá y entregarse a calistenias más agradables cerca de la almohada o la barra del bar. Esto forma parte, creo yo, del incómodo fondo místico que envenena toda la literatura, toda el alma rusa. Dostoievski es un narrador aceptable, que nos describe el calvario de sus protagonistas y las peripecias, emocionales y hasta jurídicas, que han de atravesar para obtener algo parecido a la felicidad, o a la paz de ánimo. Pero eso no viene solo: se le adosa, siempre, un incomprensible tonillo parroquial, un recuerdo que huele a colegio de monjas de que Jesús mora entre nosotros. No es algo privativo de nuestro autor: el propio Tolstoi, seguramente la mayor lumbrera de la literatura de ese rincón de Europa, fluctuó durante toda su vida entre la creación pura, desembarazada de todo remilgo moral, y la dedicación a tareas de cura de pueblo; se murió, de hecho, en una estación de tren pésimamente acondicionada mientras iba camino del monasterio. Quizá los motivos para la religiosidad (ciertamente peculiar) de Dostoievski hayan de buscarse en su biografía: comprometido primeramente con el pensamiento progresista de corte europeo, su credo virará de manera tajante hacia el cuartel y la sacristía tras los lamentables acontecimientos de 1849, su condena a muerte y posterior destierro en Siberia. Aunque yo creo que se trata de un mal endémico del espíritu de las estepas. Ya Alejandro I, el zar que venció a Napoleón, definía su imperio como la salvaguarda espiritual del mundo, hipérbole en el que le secundarían no pocos escritores y filósofos (digámoslo así) de su patria. La incapacidad de acción política, el estatismo social, la petrificación de las instituciones impedían a los intelectuales rusos pensar en términos de revolución, cambio, avance: la única regeneración posible pasaba por negar la materia. Y es por eso que la mayoría de los autores rusos (los levíticamente rusos, no los europeizados) dispongan de línea telefónica directa con el cielo antes que con sus contemporáneos.


Pasemos a El Jugador. Nos hallamos ante una obra menor a todas luces de su autor, tanto en extensión como en miras. Creo que no se trata de un título representativo de Dostoieski, a pesar de ser uno de los más difundidos en las colecciones de clásicos; faltan algunos de los rasgos característicos que he mencionado antes, como la moralina, la intríngulis criminal, la miseria. Sí hay otros, sin embargo, que convierten la obra en reconocible: la relación entre Alexéi Ivánovich y Pólina (en especial esos diálogos a los que sólo les falta música de violín) casi destilan ron, por el exceso de azúcar y de alcohol de quemar; los infiernos interiores del protagonista, su adicción por la ruleta, nos recuerdan que no nos hallamos en presencia de un carácter rectilíneo. Quizá resulte interesante recapitular que El Jugador fue escrito al mismo tiempo que el primer gran clásico de su autor, Crimen y castigo. La leyenda es edificante, o al menos decorativa: acuciado por las deudas, Dostoievski se compromete ante el editor Stellovski a entregarle un relato inédito antes de octubre de 1866; pero durante todo el verano de ese año, así como durante el invierno precedente, trabaja sin cesar en Crimen y castigo, cuya primera parte saldrá a prensa en El mensajero ruso de enero del 66; la fecha crítica se aproxima: si incumple su contrato con Stellovski, el escritor se enfrenta a las miserias paralelas de la prisión, el embargo, la vergüenza; toma una decisión salomónica, ya en setiembre: trabajará en la segunda parte de Crimen y castigo durante la mañana y hará lo propio con la otra novela por las tardes; aun así el tiempo le escasea y debe contratar una taquígrafa, a la que dictará El Jugador en voz alta; esta taquígrafa se enamora del escritor mientras sigue las desdichas de Alexéi Ivánovich, Pólina y el general; acaban por contraer matrimonio poco después: ella es Anna Snitkina, la segunda y más sólida de sus esposas. Ante semejante anécdota sobre su redacción, uno casi tiende a relegar la novela a un segundo plano.


Hay algo en El Jugador que llama la atención en cuanto se la compara con el resto de las producciones mayores de Dostoievski: el papel del narrador. Se trata de uno de los escasos ejemplos que ofrece su corpus, si no el único, de relato en primera persona. Esto debe de estar relacionado con la cercanía, física y moral, que unen las experiencias de Alexéi Ivánovich, el protagonista de la novela, con las del propio autor. Que era un ludópata suicida lo registran todas las biografías, sobre todo esas que gustan de refocilarse en el lado romántico o miserable de los grandes hombres. Dostoievski fue un famoso kamikaze en los tapetes de Wiesbaden, la Rulettenburg de la ficción. Se sabe que durante su primer tour por Europa en 1862, convertido en exitosa promesa de las letras eslavas, se dejó la mitad de sus cuartos en la ciudad balneario suiza. Y al año siguiente, camino de París, con su esposa agonizando en el remoto Petersburgo, hizo una nueva parada que le reportó la nada desdeñable suma de cinco mil francos. Pero la suerte, como nos enseña su propia narración, se parece a los gatos mal criados y suele responder con arañazos a quien intenta acariciarla por segunda vez. De regreso de París, en compañía de su amante Pólina Suslova (el nombre ya lo dice todo), hubo una recaída en Baden-Baden que le costó la totalidad de sus ahorros, incluso su reloj y el anillo de oro de la Suslova. No escarmentó (nadie escarmienta: se cansa): en el verano de 1865 volvió a Wiesbaden y volvió a la bancarrota; con un agravante: cansada de diezmar su ajuar, la Suslova le dejó sin hombro sobre el que lamentarse.


Así que cuando Stellovski le intimó a que cumpliera su contrato y, lleno de pánico, Dostoievski se puso a pensar en posibles argumentos para una novela, no tenía más remedio que servirse de lo más inmediato y visible, de lo que había más a mano: sus infiernos domésticos de jugador. Por lo demás, lo mismo que en la elección de tema, la obra deja sentir a las claras que ha sido redactada deprisa y corriendo, a todo meter, sin detenerse en superfluidades ni notas a los márgenes. Al haber sido sometido a empujones, el autor no ha tenido ocasión de hurgar en las heridas de sus personajes y por eso faltan la introspección y el regodeo en el sufrimiento de sus títulos mayores; lo mismo sucede, por fortuna, con los sesudos dilemas morales y los actos de contrición que prestan a sus grandes relatos ese olor a pelo quemado o el aspecto de una frente surcada de arrugas. Comparada con sus otros mamotretos, El Jugador casi parece una novela de Julio Verne: la acción es más dinámica, el tono más ligero, las anécdotas más banales, la atmósfera incluso jovial. Hablar de humor en Dostoievski casi resulta una contradicción en los términos, pero el lector se encuentra sonriendo, sin advertirlo, en diversos rincones: ante las ridículas ínfulas del coronel, ante los desplantes de la abuela, ante la astracanada de Alexéi Ivánovich con la baronesa Wurmerhelm, ante el comportamiento de los polacos imprecisos que rodean a la abuela en la mesa de juego. Es como si Dostoievski, más escritor y menos profeta que nunca, se hubiera limitado a registrar la comedia humana que le rodea, con sus brillos y sus penumbras, y hubiera dejado de lado el intento, por lo demás innecesario, de extraer de ella una moraleja.



En realidad, la estructura de El Jugador no presenta ningún enigma. También a la hora de montar el andamiaje de su ficción Dostoievski se conformó con lo que tenía más cerca: el folletín romántico puro y duro. Nos hallamos ante una novela rosa adulterada, barnizada de otro color, con un peinado distinto. Tenemos delante la crónica de un amor imposible: el de la excelsa Pólina, de clase alta, inteligente y rabiosa, y Alexéi Ivánovich, culto, servil y desquiciado (o sea, ruso). El amor es imposible porque diversas barreras separan a los amantes: la diferencia social, los problemas monetarios de ella, la perfidia de De Grillet, que aquí hace más o menos de villano y seductor de vírgenes incautas. Con el fin de merecer los abrazos de su dama, Alexéi Ivánovich se arroja a una prueba de valía, al enfrentamiento con el dragón: gana una suma obscena en la mesa de juego. Pero no todo es tan fácil, la historia no puede acabar bien o no estaríamos hablando de Dostoievski. La doncella ya se ha cansado de esperar y se ha dejado abrazar por otro, con lo que al protagonista no le queda más que la muy meritoria y reputada salida de la autodestrucción. Por si alguien tiende a dudar sobre la filiación rosa del argumento, no hay más que echar un vistazo a la conversación final entre Alexéi Ivánovich y Míster Astley: esa “voz temblorosa” y esas “lágrimas a raudales” son tajantes:


“—Para que lo sepa —dijo míster Astley, con voz temblorosa y ojos centelleantes—, para que lo sepa, hombre ingrato e indigno, mezquino y desgraciado, he venido a Homburg porque ella me lo ha pedido especialmente, para verle a usted, hablar con usted larga y seriamente y comunicarle a ella después todo: sus sentimientos, sus ideas, sus esperanzas y… ¡sus recuerdos!

¿De veras, de veras? —exclamé yo, y las lágrimas brotaron a raudales de mis ojos. Creo que era la primera vez en toda mi vida que no pude contenerlas”. (Traducción de José Laín Entralgo. Salvat, 1969, página 187.)


El autor adereza este esquema eterno, de éxito garantizado, con ingredientes de su propia cosecha: principalmente, la búsqueda de extremos y la invención de caracteres o conductas aberrantes. Eso queda muy bien retratado en el personaje de Pólina, un logro por otra parte; la típica heroína dostoievskiana, no menos bipolar que una batería, al mismo tiempo virtuosa e irascible, apasionada y gélida, dulce y terrible: ¿alguien sabe de veras por qué Pólina ordena a Alexéi Ivánovich que se burle de la baronesa Wurmerhelm, colocando a la familia en una situación aún más angustiosa de la que ya padece? ¿Alguien puede enunciar los motivos reales por los que no acepta el dinero de Alexéi y se lo arroja a la cara, a pesar de que lo desea y lo necesita? Pero sobre todo el resto descuella, por su poder de penetración psicológica, el retrato de la babúlinka, la inolvidable abuela, cuya aparición parte el relato en dos y le sirve de eje; Dostoievski borda un ejercicio de virtuosismo al describir su sordera, su altivez, la fortaleza que rápidamente degenera en desorientación al encontrarse frente a la ruleta. Comparado con esa cima y con otras menores, como la figura del coronel, perfectamente trazada a pesar de su discreto segundo plano, los demás caracteres pecan quizá de algo de tosquedad: De Grillet y Míster Astley resultan lejanos y casi de papel, tal vez por ser extranjeros; y es que los prejuicios sobre países e idiosincrasias nacionales resultan de lo más indigesto, por cateto y estrecho de miras, de todo lo que puebla la obra. Y hasta aquí puedo leer, así, a bote pronto.



martes, 2 de febrero de 2010

Entre traidores




Esta semana, por motivos que no vienen al caso, me he visto engolfado en la relectura de El jugador de Dostoievski (los clásicos no se leen, se releen: norma elemental de la persona culta). Y entregado a tan esforzada tarea, me he topado con una evidencia que no puedo dejar de consignar en este blog, vocero de toda inquietud intelectual, artística o gratuita de su autor. Mucho me temo que no sorprenderá a nadie: no vale fiarse de las traducciones. Cuando lees una traducción, no lees al autor, sino a quien lo vertió en tu idioma. Más: ni siquiera lees a quien lo vertió, sino a su época, a sus periódicos, a sus conventillos, sus cenáculos, sus anuncios por palabras. (Evidencia números dos, en la que no entraremos por ahora: en realidad nunca leerás al autor, porque ni su época, ni sus periódicos ni sus cenáculos son ya los tuyos; un abismo de sobreentendidos os separa. Si el idioma de cada momento o lugar es un planeta —Wittgenstein dixit—, entonces lo que lees, lo que tratas de leer, es la lengua de los alienígenas.)


Según testimonia una nota a bolígrafo en la página de respeto, adquirí el primer volumen de las Obras Completas de Dostoievski en marzo de 2004. Tengo aquí delante el tomo, profundo e inmenso: una reedición facsímil de las Obras Completas que Aguilar publicó en 1953, con traducción directa del ruso, introducción, prólogos, notas y censo de personajes por Rafael Cansinos Assens, Correspondiente de la Real Academia de Buenas Letras, etcétera. Mi admiración por Cansinos viene de lejos, impulsada principalmente por la admiración de mi amigo Manolo Haro; Manolo ha recorrido varias veces sin que su veneración desfallezca la Novela de un literato, donde se retrata la bohemia madrileña de 1920, y ha seguido con parejo fervor los avatares biográficos y familiares de Cansinos por las bibliotecas y su ciudad natal, Sevilla, esa otra biblioteca (todas las ciudades son bibliotecas; toda biblioteca oculta una ciudad). Un segundo motivo para mi admiración son los términos superlativos que Borges dedicó a la memoria de Cansinos. Ya sabemos que de vez en cuando Borges era dado a los extravíos, las ironías sin vuelta atrás o la simple boutade, pero es cierto que durante toda su carrera de escritor tributó honores sin cuento al nombre y la obra de quien consideraba su más firme maestro. (No sé qué decir. Borges también consideró maestros a Leopoldo Lugones y Evaristo Carriego.) En cierta ocasión, y aquí llegamos al tercer motivo de admiración, Borges afirmó (no cito avant la lettre) que Cansinos Assens “era capaz de saludar a las estrellas en catorce lenguas distintas”. A mí este alarde pentecostal me llena de maravilla y de alarma: yo, que siempre he amado las lenguas de los hombres, me inclino hasta torcerme la cerviz ante quien puede franquear con el mismo desparpajo informaciones de catorce periódicos distintos en catorce ciudades distintas del globo. O que puede, ya que vamos a ello, traducir a clásicos irrompibles de catorce literaturas distintas. Aunque sea a un castellano con olor a polvo y a ropa vieja.


Tiempo ha, ya había arrostrado yo la traducción de Cansinos de El doble, que Nabokov considera la novela más perfecta de Dostoievski. Confieso que estuve a punto de abandonar, y que conste que yo sólo dejo atrás libros en islas desiertas cuando su peso ya no me permite nadar con ellos. El idioma pesaba como una losa: a los enclíticos (diose, entrometióse, hablóse y así) había que sumar frases de sintaxis incomprensible (no sé si heredada del ruso) y una elección de términos que me resultaba más que dudosa (de acuerdo, el acervo del castellano es inagotable y bien gráfico, pero ¿es lícito apuntar que “Goliadkin daba valsones” en vez de tropezar o marearse?). Aun así, movido por los motivos de admiración que he apuntado más arriba, intenté una segunda oportunidad con El jugador. Y el resultado fue el mismo: pero aquí no pude nadar (tengo dos hernias) y me vine al fondo con Alexéi Ivánovich (Aleksieyi, escribe Cansinos), Pólina, la bábuschka y el resto de personajes. Tuve que buscar un sustituto. Lo hallé en la vieja librería de mi padre: el número 5 de la famosa Biblioteca Básica Salvat, que todo el mundo guarda amarilla y aritmética en el salón de casa es, precisamente, El jugador de Dostoievski, aquí piadosamente traducido (dice que también del ruso) por José Laín Entralgo. La diferencia en el castellano fue notoria y conseguí llegar más o menos a buen puerto (hasta que el libro, ya conocemos la colección, se me desencuadernó sobre las rodillas). La experiencia me sirvió para espigar varias reflexiones. En primer lugar, no dudo ni remotamente de la capacidad de Cansinos Assens para comprender el ruso, según revelan a las claras sus notas, indicaciones al margen y sugerencias de curiosa meticulosidad filológica; sí dudo en cambio, y mucho, de su capacidad para conectar con el lector de cincuenta años después. Cansinos escribe en el rancio e insostenible idioma de la generación de 1920, el mismo que vuelve ilegibles a Pérez de Ayala, a los novecentistas, y que avergüenza ciertas páginas de Ortega y Gasset. A mitad del capítulo V, volumen primero, página 723 en la edición de Aguilar (en realidad reedición de RBA), leemos:


“Se detuvo, respirando de su cólera. Por Dios que no sé si sería guapa; pero a mí siempre me gustaba mirarla, cuando así se me quedaba plantada delante, afanosa, y solía con frecuencia provocar con gusto su enojo”.


Esas aposiciones y esos giros verbales suenan a latín, por no hablar del galicismo de inspiración divina y del aturdimiento de las palabras afanosa y enojo. Más obsequioso con el español contemporáneo, Laín Entralgo (que traduce apenas diez años más tarde) explica:


“Se detuvo jadeante de cólera. Lo aseguro, no sé si es guapa, pero siempre me ha agradado mirarla cuando se detiene así ante mí, y por eso me gusta tanto provocar su cólera” (página 51 de la edición de Salvat).


Al releer ambas versiones, a mí me parece que uno compara a Henry James con Salinger (que en gloria esté).



Todas estas cuestiones me plantean un interrogante de no poco calado. En realidad, pensé, la lengua de Dostoievski, que escribía en 1866, podría hallarse más próxima al arcaísmo de Cansinos que a la frescura de Laín, con lo cual la traducción más apropiada sería la del primero. Pero eso convertiría la obra en un objeto mucho más inasequible y, en cierto sentido, la inutilizaría. En fin: ¿qué debe hacer el traductor en semejante situación? ¿Atenerse a un estilo que es caduco, amarillea o simplemente resulta defectuoso? ¿Actualizar la lengua para convertir la obra en un producto atractivo a los lectores actuales? ¿Tiene derecho el traductor a mejorar la obra? ¿De quién es la obra, pues? La persona que lea inglés se habrá dado cuenta de que la traducción de Cortázar mejora ostensiblemente, a nivel de estilo, los tremendos cuentos de Edgar Allan Poe, cuyos adjetivos y períodos llenos de pedantería soliviantan al más pintado. ¿Es correcto, esto? El traductor es un traidor, sí, pero ¿podría trabajar para la posteridad?

lunes, 25 de enero de 2010

La profesión del aire, y 2


Un favor. Uno se convierte en crítico, supongo, por los mismos cauces por los que se hacen la puta y el héroe: sin darse cuenta. En mi caso, comencé a criticar libros por culpa de un favor. Corría el año de 1999 y Javier González, a la sazón director de Mercurio, me propuso colaborar con la revista recién nacida; y yo, sin saber muy bien si me apetecía o no ni si existían mimbres en mi cuerpo o en mi alma que me autorizaran a convertirme en reseñista, me apliqué a la tarea. Mi estreno fue un clásico de las letras españolas: una novela sobre la guerra civil que el olvido ya ha cubierto piadosamente, como a la gran mayoría de las otras. Desde entonces he hecho muchas, demasiadas reseñas: para Mercurio primero, y luego para algún diario local, y para medios de Internet. Pero ese desasosiego, esa incomodidad, ese frío del principio aún no han dejado de atormentarme. Siempre que escribo críticas tengo la sensación de tratar de aclarar un malentendido, de querer disculpar al autor. No es tan malo, señora. Ha matado un montón de árboles y ha contribuido al calentamiento del planeta, cierto: pero al menos no lo ha hecho (no del todo) en vano.


¿Qué gana uno escribiendo críticas? Ah, la eterna cuestión. Respondo: nada o casi nada. Para empezar, las críticas con frecuencia no se remuneran porque es trabajo que haces para amigos o en compensación de alambicados favores y no suele traducirse en materia contante y sonante: algo similar a lo que sucede con la participación en mesas redondas o presentaciones de libros (padre, aparta de mí ese cáliz). En la mayor parte de los casos, la única ventaja que saca uno es hacerse con un libro quizá preciado, que vale muy caro o es arduo encontrar en librerías; pero hay casos, claro, en que te toca retratar un título que ni te interesa o incluso que a duras penas soportas y que arrojarás a la biblioteca pública de tu barrio en cuanto concluyas los dos folios reglamentarios que has de dedicarle (siempre si tienes biblioteca y en la biblioteca aceptan donaciones, que a veces es mucho pedir): entonces esto se convierte en una dura labor de galeote. Porque aparte del dolor de dedos exhaustos de pulsar teclas en un tiempo límite, además de la jaqueca resultante de recorrer dos o tres centenares de páginas tan apasionantes como una promoción de teletienda, surgen los dilemas morales: el libro es una mierda, cierto, pero ¿qué hago yo ahora? ¿Lo pongo a parir, como merece, o me apiado del pobre corazón de su autor, que es primerizo y no hará daño a nadie con su entusiasmo? Otra cuestión no menos enorme y eterna: ¿a quién se debe el crítico? ¿A la verdad? ¿A la amistad? ¿A quien le pague una copa (por lo menos eso)?


Por qué no soy un buen crítico. Primero, un chisme que oficiará de parábola. Cuando los portugueses, promediando el siglo XVI, arribaron a las costas de las islas Cipango, quedaron completamente maravillados ante la gentileza y el buen tino de las gentes que las habitaban. Pequeños, laboriosos, de ojos estrechos como troneras y vestiduras turbias, aquellos hombrecillos y mujercillas daban, a pesar de lo poco prometedor de su aspecto general, continuas y acabadas muestras de prudencia y buen entender. Si les decías que Cristo era el hijo del único Dios que tolera la estrechez del cielo, se mostraban de acuerdo; si defendías que Europa es el centro de la Tierra y todo lo demás (Cipango incluido) consiste en su periferia, asentían sin dudar; si observabas que su indumentaria (la de los nativos) resultaba pobre, astrosa y chapucera, por no hablar de la fealdad de sus rasgos, en comparación con la seda, los alamares y el plumaje de faisán del hombre blanco, volvían a declarar su conformidad. Todos regresaban encantados de aquellas islas. El católico porque los hombrecillos admitían la soberanía del Papa; el protestante porque los hombrecillos detestaban al Papa; el pacifista porque los hombrecillos renunciaban a las armas; el general porque los hombrecillos eran un pueblo valiente y combativo; el puritano porque los hombrecillos consideraban sagrado el vínculo del matrimonio; el libertino porque para los hombrecillos el matrimonio no suponía una barrera infranqueable… Hasta que alguien, preocupado por la pervivencia de la lógica y del principio de tercio excluso, preguntó directamente a un habitante de Cipango por lo que él opinaba sobre esta o aquella cuestión, con independencia del dictamen de su huésped.

—Pero ¿tendrá a bien mi honorable huésped declarar su parecer primero?

Luego —responde nuestro alguien, que quiere llegar al corazón de la verdad, si un infarto no se la ha cargado ya—. Antes deseo conocer el tuyo.

—Mi parecer siempre coincidirá con el que tú tengas, honorable huésped.

¡Pero eso es una atrocidad! —gime nuestro alguien, mesándose los cabellos— ¿Dónde queda la independencia del criterio?

La independencia de criterio no vale nada comparado con la cortesía debida a los invitados —repone flemático el indígena de Cipango, e introduce sus manitas en las mangas del sayal—. Nuestras normas de urbanidad nos imponen estar siempre de acuerdo con quien se digna a conversar con nosotros. Disentir, honorable señor, es una pésima falta de educación.

Ahora sí: por qué no soy buen crítico. A mí, igual que al japonés de mi cuento, me inutiliza la amabilidad. En general: porque me cuesta mucho llevar la contraria a nadie, aunque no esté de acuerdo con lo que me dicen y quieran hacerme comulgar con ruedas de molino. No es que esté dispuesto a hacerlo, lo de comulgar, digo, ni que piense ni me convenza de lo que el otro piensa, pero siempre digo que sí para poder escabullirme con mayor facilidad por una esquina del decorado. Este problemático (lo sé) principio moral se vuelve sencillamente desastroso al ser aplicado al ámbito de la crítica. Y ello porque me cuesta la propia vida poner mal un libro. Pienso en esa pobre criatura, depositando todas sus ilusiones y noches en vela en la portada con la melena encrespada y el caballo blanco; veo al joven autor novel soñando con tertulias infinitas y cargadas de humo donde los próceres de la literatura patria (a elegir entre los suplementos del domingo) le saludan como a uno más de su cofradía y pronuncian la fórmula anhelada: la más firme promesa de la literatura española actual; pienso en la mamá del muchacho, tan satisfecha porque por fin su Jaimito ha hecho algo de pro en vez de gandulear por ahí con pésimas compañías de gorras y pelo largo; siento todo eso, y me digo: bueno, seamos benévolos. En una página memorable de Memorias de Adriano, la gigantesca Marguerite Youcenar hace decir al divino emperador que, así como no existe hombre estéril, no hay libro de que no se pueda extraer algún provecho; por no mentar al sublime António Lobo Antunes, el mayor literato vivo para quien esto escribe, que afirma aprender de todo libro por malo que sea o así lo parezca de lejos, y que no caben diálogos o escenas de cama que alcancen el rigor científico de las que nos endosan los folletines de espías. Seamos benévolos. La obra puede no ser buena, cierto; el estilo puede chirriar por pasarse de pretencioso o de ligero, por imitar el ateneo o la barra del bar; los personajes pueden haber sido sacados de una teleserie donde ya estaban bastante cómodos para molestarlos; el argumento puede no existir porque es muy complicado de hacer y además qué más da si eso ya no está de moda desde el invento de la nocilla; pero, ay, pero. Seamos benévolos. ¿Quién soy yo para gritar a los cuatro vientos que esto es una mierda? ¿Y si provoco al pobre muchacho (el nuevo Rimbaud gallego, dice la contraportada, el Kennedy Toole de Albacete, se lee en la solapa) una úlcera de estómago con lo molestas que son? ¿Y esa pobre madre, haciendo ganchillo inocentemente en la salita llena de retratos? ¿La verdad? ¿Qué es la verdad? ¿Qué le debo yo a la verdad? ¿Tiene la verdad una madre que haga ganchillo?


¡Oh, Blanche Dubois! Siempre dependo de la amabilidad por los desconocidos.

lunes, 18 de enero de 2010

La profesión del aire, 1

Hace unos meses, en colaboración con un grupo de colegas entre

Estado crítico. Hace unos meses, en colaboración con un grupo de colegas entre los que se cuentan los nombres intachables de Alejandro Luque, Javier Mije, Jesús Cotta, Daniel Ruiz (mi hermano) y Manolín Haro, inicié mi labor como crítico literario en el blog Estado crítico. A lo largo de todo este tiempo, la cosa ha tenido sus más y sus menos: reconozco que mi pereza y mi tendencia al capricho me hace descuidar a menudo la obligación de entregar una reseña cada, digamos, quince días solares, pero aseguro que siempre llevo esa carga (o el remordimiento de no cumplirla) en mi corazón y que no hay momento en que, en un rincón de mi interior, no me acuerde de mis compañeros reseñistas y de lo que debo a la loable empresa que nos agrupa a todos. En fin, hoy tocaba hablar de Estado crítico por al menos dos motivos: uno, por la agria y un poco tonta polémica de que ha sido escenario el último fin de semana, en torno a una novela que no salió muy bien parada del retrato que de ella hizo nuestra crítica de turno, Carolina León; y otro porque, con mucho orgullo, puedo anunciar que la revista digital Revista de Letras nos ha nominado como uno de los candidatos al mejor blog literario del año que se fue. Bueno, no todo ha estado tan mal, entonces. Quiero aprovechar todo este Pisuerga para responder a unas cuestiones que a menudo me planteo y que quizá también alguien se haya hecho por mí: pero ¿por qué diablos una persona normal y adulta se dedica a la crítica?

Sin escaparate. Quienes frecuentan mi blog saben que, a diferencia de otros, no suelo aprovechar este rincón para colgar las críticas, favorables o contrarias, que de mis libros hacen por ahí. Las buenas, porque me dan vergüenza; las malas, porque miedo. Os podéis imaginar que después de diez años dedicado a la labor de ofrecer obra escrita al público lector y a los suplementos culturales, he recibido de todo, pitos y aplausos, abrazos cariñosos y palos despiadados (y, lo que es más curioso, también abrazos despiadados y palos llenos de amor). La soberbia Care Santos aludía poco ha en su blog a la utilidad de la crítica y al uso que de ella ha hecho a lo largo de su carrera con objeto de mejorar su tarea de escritora. Podéis leer sus propias palabras, pero por si no tenéis ganas de moveros de aquí yo os las resumo. A pesar, dice, de haber encontrado análisis de cierto valor en algún revistero gracias a los cuales ha podido enmendar algún vicio o robustecer cierta virtud, Care reconoce que la crítica, así, en abstracto, no vale de mucho. Las buenas, afirma, y estoy de acuerdo con ella, sólo sirven para engordar el ego hasta el sobrepeso menos tolerable en los espejos; las malas, para amargarse con la envidia o las dudosas intenciones de la competencia.

A mí me han dedicado muchas críticas elogiosas, sobre todo en el pasado, cuando era un incipiente rapaz y no proyectaba sombra sobre la solapa de nadie: pero aunque me alegraban, siempre me quedó la sospecha (como sigue quedándome en un gran porcentaje de las ocasiones) de que el crítico no entendía del todo lo que yo había querido escribir. En cuanto a las enemigas, admito que entristecieron y llenaron de ansiedad muchas de mis noches, hasta que encontré cosas más apasionantes y sin duda cruciales que alimentaran mi insomnio. Un tipo que me tiene mucha ojeriza (ha reincidido en sus dictámenes en más de una ocasión) me puso de aprendiz, malo, de Pérez-Reverte (en lo cual quizá algunos de los que me leéis estéis de acuerdo, yo qué sé); otro recomendó no abrir un libro mío por sus efectos eméticos; otro me acusó de construir tramas inestables y de documentarme en Internet como un alumno de secundaria, no sé si exactamente en el Rincón del Vago. Durante un tiempo, esas sentencias me inmovilizaron a la hora de ponerme a escribir. Antes de colocar la primera coma creía que me iba a morir de miedo: no quería que nadie me gritara, no me gustan los insultos, no quería cachetazos en la mejilla ni ser condenado al cuarto oscuro. Ahora me da exactamente lo mismo. De hecho, he dejado de leer suplementos culturales: en mi casa preferimos el catálogo de Ikea.

Tiempo ha, un periódico con el que colaboro me consultó acerca de la vigencia y el rigor de la crítica literaria. Otros muchos autores también dejaron su impresión al respecto (Menéndez Salmón, hondo y preocupado como de costumbre, Fernández Mallo tan moderno él); la mía se redujo, y reduce todavía, a pocas palabras: la crítica literaria especializada no sirve para nada. Y hoy menos. Los tiempos (buenos y solemnes tiempos, no lo dudo) de Sainte-Beuve y Connolly pasaron; en la era en que vivimos dudo mucho que ningún crítico posea autoridad moral o intelectual para hundir ni para encumbrar un texto. En primer lugar, porque en la mayor parte de los casos el ejercicio de la crítica (lee este libro que va a ser el pelotazo de la década, aléjate de aquél que sólo sirve para envolver buñuelos) constituye sólo el afluente de una red mucho mayor de intereses económicos y editoriales (lo cual resulta comprensible, porque nadie es tan obtuso como para apedrear su propia azotea). Y luego porque, afortunadamente, disponemos de Internet: los blogs autónomos y personales como este mismo, en que un individuo, de forma perfectamente independiente y sin servir a intereses ajenos a su propio gusto y norma, opina sobre lo que le parece bien o no y por qué, vuelven ociosos los púlpitos.


He dicho que en mi casa no entran suplementos si no son de hogar o cine. Pero no dejo de comprar libros, y para ello muy a menudo me guío por el criterio de otros. ¿Quiénes? Generalmente amigos, gente con la que sé que comparto tendencias y pareceres, camaradas de Internet. Ejemplo: mucho de lo bueno que he leído últimamente (como el descubrimiento impagable de los cuentos de Fredric Brown) se lo debo al blog de César Mallorquí, que ni es crítico ni pretende serlo. O a los consejos bienintencionados de Juan Carlos Palma. Dice Hans-Georg Gadamer, en ese clásico que es Verdad y método, que interpretar consiste en servirse provechosamente de los prejuicios; en volcar la expectativa vital del lector sobre el texto, que así explica a quien lo visita a la vez que se explica a sí mismo; que leer consiste en la fusión del horizonte del lector con el horizonte del texto. Por tanto, sólo quien comparte cierta experiencia, ciertos prejuicios y ciertos horizontes con nosotros mismos podrá comprender de modo cabal a qué obedecen nuestros gustos e inclinaciones. Así, a la hora de escoger libro sólo me fío de quien sopla en mi misma dirección: Mallorquí, Palma (los dos, Juan Carlos y Félix), la mentada Care Santos, Pablo de Santis, y más lejos, Luis Alberto de Cuenca y dos intelectuales a los que considero mejor en su faceta de lectores (y de consejeros literarios) que en la de autores, Fernando Savater y Javier Marías. Sé que todos ellos, de uno u otro modo, por una u otra dioptría, se acercan a la literatura con gafas semejantes a las mías.

Pero todo esto deja una pregunta sin contestar. Una pregunta acuciante, de peso. Si no crees en la crítica, si el oficio de crítico es una profesión hecha de aire, ¿por qué colaboras con un blog de crítica literaria? La pregunta que todo el mundo se hace cíclicamente en la madrugada, tal vez delante de un vaso de aguardiente: ¿por qué te dedicas a esto? La respuesta exige su tiempo y prefiero contestarla más calmosamente la semana que viene. Hasta entonces no olvidéis vitaminaros y supermineralizaros, como corresponde.

domingo, 10 de enero de 2010

Pi


Casi tres billones. Resulta que, auxiliado por un modesto ordenador de sobremesa, el francés Fabrice Bellard ha logrado computar hasta 2,7 billones de cifras del número pi. Una tarea ciertamente baladí que ha ocupado a Bellard durante 103 días y para almacenar cuyos resultados ha precisado de la capacidad de 20 discos duros de tamaño medio. Ha logrado así dejar en paños menores al nipón Daisuke Takahashi, que el pasado agosto se aproximó a pi a una distancia 100.000.000.000 (o 1011) de veces menor; ha condenado asimismo a la cuneta a otro súbdito del país del sol naciente, Yasumasa Kanada, que en 1999 alcanzó la modesta posición de 206.158.430.000. Tampoco impresiona ya la hazaña del precocísimo Colin Percival, estudiante de secundaria que a los diecisiete añitos de edad calculó que el dígito binario (bit) número cinco trillones de pi es nada menos que un cero. Lo que agobia y da sed de todas esta exhibiciones aritméticas, más que el tamaño de números que nos hacen perder todo contacto con la realidad del otro lado de la calculadora, es su notoria inutilidad. El número pi, como todos, posee una dotación infinita de decimales; intentar rebañarlos, conseguir enterarse de que el guarismo que hace el número 21.432.765.356 detrás del entero es un 9 (por ejemplo), no aumenta un ápice nuestro conocimiento de esa misteriosa entidad: equivale, por ponernos agustinianos, a tratar de recoger el océano con una cucharilla de té o de despoblar un desierto grano tras grano de arena. De acuerdo, el logro de Bellard es una solemne tontería, pero ¿por qué nos sobrecoge? ¿Qué hay de enigmático, de solemne, de sobrenatural en esos casi tres billones de signos?


El número pi es francamente interesante. Resulta conocido sobre todo por marcar cierta relación entre el radio de una circunferencia y la superficie total que ocupa, pero no es ese su único protagonismo. En el siglo XVII, se le empleó también para expresar las áreas de un amplio conjunto de arcos, hipocicloides, curvas cúbicas y demás, y recientemente forma parte de ecuaciones donde se describe la conducta de partículas subatómicas, de la luz y de otras muchas cosas que carecen de relación aparente con el círculo. En realidad pi es un número monstruoso, al que acompaña una leyenda algo tétrica. Los pitagóricos, que consideraban los números las únicas entidades verdadera y platónicamente reales y que concedían a los teoremas valor de leyes naturales, quedaron muy intranquilos al aplicar a la práctica ciertas derivaciones del teorema que lleva el nombre de su mentor. Si empleamos el principio de Pitágoras sobre un triángulo cuyos catetos posean el valor 1, hallaremos que su hipotenusa es raíz de 2. Y si tratamos de calcular ese radical nos daremos cuenta de que el número que surge no sólo no es entero, sino que no puede expresarse como el cociente de dos números enteros. El número que surge se demora en infinitos decimales que no siguen ninguna pauta común, que se perpetúan unos a otros en una borrachera de cifras sin ilación... Hipaso de Metaponte, de la cofradía de los hermanos pitagóricos, fue arrojado desde un acantilado por divulgar la existencia de estos números aberrantes, que desde entonces llevan el nombre de irracionales.


La idea espeluzna. Los dígitos de pi, de e, de i, de raíz de 2 pueden extenderse indefinidamente en el espacio y el tiempo sin que respeten ninguna secuencia, o, lo que es peor, sin que nosotros advirtamos que lo hacen. Los números suelen tranquilizarnos porque parece que en su ámbito todo es sereno, definitivo, ático, y contrastan saludablemente con el desorden y la oscuridad de la vida cotidiana, donde dos y dos no siempre suman cuatro. Inquieta y preocupa pensar que existen números no menos irracionales y sin motivo que el individuo que degüella a su esposa para luego arrojarse por un puente, que las cámaras de gas o un tumor escondido. Escribe Pascal que los infinitos espacios vacíos que comienzan sobre su coronilla le llenan de horror; a mí me espantan los infinitos símbolos en que se desgrana este pi, esa hemorragia incontenible, ese galimatías extremo emboscado en el sanctasanctórum de nuestra racionalidad. Repito, la camada de decimales de pi parece huérfana de sentido o estructura, pero puede tratarse sólo de una apariencia, lo cual resulta aún más preocupante: ¿desde qué perspectiva, a través de qué dimensión más alta, empleando qué bárbaro aparato matemático podría cobrar forma este balbuceo? Es decir, ¿cómo percibirá un pez las estrellas?


Las pautas misteriosas abundan. Tomad un papel y anotad un 0. Reemplazad el 0 por un 01, debajo. A continuación, siempre en renglones sucesivos, sustituid siempre el 0 por 01 y el 1 por 10. Es decir, tendréis algo como


0

01

0110

01101001

0110100110010110...


La serie es aperiódica, pero no del todo aleatoria. Posee estructuras muy acusadas de rango corto y largo, y, por ejemplo, nunca presenta más de dos términos adyacentes idénticos. Se llama secuencia Morse-Thue, y figura, evidentemente, un patrón de algo... ¿El qué? Está claro que el pez necesitaría asomarse por encima de la marea, hacia ese aire que significa la muerte.