miércoles, 18 de marzo de 2009

Who watches the watchmen?


Mucho me temo que, por motivos de patria potestad, he de tardar un buen tiempo en echar un vistazo a la versión cinematográfica de Watchmen; y más me temo que en el momento en que por fin consiga hacerlo la película lleve ya casi un lustro acumulando polvo en las estanterías de los videoclubes. En realidad, y como buen cerebro contradictorio que soy, ni siquiera sé si deseo verla. Lo cierto es que el cómic me dejó tan apabullado, patidifuso y al borde de la afasia, por la sensación de maravilla, que temo seriamente que el filme no le llegue ni a la altura de las suelas: me espanta chocar con el producto de un puñado de admiradores tan bien dispuestos como mal encarrilados, que ante la imposibilidad de superar al original o de ofrecerle un digno émulo, se apliquen a copiarlo simiescamente limitándose a traducir las viñetas en encuadres. Me aseguran que no es así. Gentes hay, incluso devotos de la versión original en comicbook, que defienden la película como dos horas de agradable escapismo y merecedora de interés más allá de su relación con su modelo de papel satinado. No sé si tendrán razón, y creo que me retrasaré en esto de dársela o favorecer en su lugar a los escépticos, porque ya he mencionado que de un tiempo a esta parte las salas de cine me están más bien vedadas (como teatros, antros nocturnos, bibliotecas y otros lugares reservados al onanismo intelectual). Puedo imaginarme de lejos el resultado y entrever a grandes rasgos a qué corresponde. No sé por qué, lo veo más vecino al color chicle de las últimas Spiderman o El increíble Hulk que a los nobles ejercicios de estilo de Sin City y 300. Pero igual me equivoco.

Los motivos para el recelo son múltiples. La acción que Alan Moore describe en su guión ofrece excusas más que sobradas para planos espectaculares y excesos de altavoz, pero también nos presenta una reflexión cruda, indigesta y sin concesiones sobre el universo de los superhéroes y lo que implican en una sociedad democrática o que trata de serlo. Tipos disfrazados con mallas y ocultos tras un antifaz que se toman la justicia por su mano invadiendo competencias del juez y el agente de policía, que se travisten para dar salida a las múltiples frustraciones que arrastran desde la infancia (la de ser mutantes, huérfanos, extraterrestres, monstruos, víctimas de experimentos nucleares… ), que reducen maniqueamente el colorido exuberante de las cosas al lóbrego blanco y negro del ajedrez no parecen a primera vista individuos a los que confiar alegremente el futuro de nuestras familias. La grandeza de Moore consistió en aprovechar el habitual vehículo de las narraciones superheroicas, el cómic, para plantear interrogantes cruciales sobre su sentido y su profundidad, así como para desenmascarar el infantilismo y los impulsos fascistas a menudo ocultos bajo su superficie. Por eso Watchmen constituye, sin atenuantes, una de las obras imprescindibles de la historia de la literatura popular, una de sus cimas y de sus techos. Después de ella, no podemos contemplar con la misma inocencia a Superman o al viejo Batman con uniforme color cemento de la teleserie.

¿Qué hará el cine con estos mimbres? Para que la película salga rentable, probablemente los guionistas se verán obligados, consciente o inconscientemente, a renunciar a las cuestiones más espinosas planteadas en el original. ¿Ocupará el espectador su butaca con la misma comodidad cuando sepa que algunos de los héroes para admirar a los cuales ha abonado religiosamente su billete es culpable de violación, planea una masacre de dimensiones planetarias o ha visitado varias veces la cárcel por conducta próxima a la psicopatía? Sospecho que la productora, con intención de hacer el producto menos agrio, limará el pasado de Rorschach o atenuará los efectos del plan maestro de Ozymandias para evitar un holocausto nuclear. Veremos. En el plano visual quizá la cirugía no tenga por qué resultar tan agresiva, aunque declaro que no reconozco a Night Owl en ese tipo fibroso y perdido bajo una montaña de músculos que aparece en los carteles, por no hablar de los pectorales cárnicos de Silk Spectre. También es verdad que jamás he podido soportar lo que los diseñadores de la última generación han hecho con los muy dignos pijamas de Los Cuatro Fantásticos o Lobezno.

A menudo, García Márquez ha presumido de que Cien años de soledad es imposible de trasladar al cine, de que se trata de una obra irremisible y forzosamente literaria. Yo no sé si esa incapacidad es virtud o defecto, pero parece insinuar la existencia de unos valores únicos sólo apreciables en el medio en que la obra se generó, perdidos sin remedio en cuanto cambia de envase. Conocemos tanto las limitaciones del cine como las de la literatura, y solemos saber, antes de asomarnos a una adaptación en una u otra dirección (ejemplo: de El nombre de la rosa al filme de Annaud, de El tercer hombre al texto de Graham Greene), dónde van a radicar los puntos flacos. La imagen golpea, seduce, persuade de inmediato, pero suele carecer de espesor; la palabra detalla, penetra en recovecos, remonta las cumbres y desciende a los abismos, pero se halla lastrada por la necesidad de metáforas que aporten visibilidad, por su gravoso aparato de sintaxis y armazones. No sabemos si el cómic cuenta con algún rasgo específico, algo intraducible al resto de las artes, que pierda su magia en el momento de ser vertido en imágenes en movimiento o palabras llanas (que también ha sido el caso: Neil Gaiman ha convertido en novelas algunas de sus tramas para The Sandman, y de la Balada del mar salado de Hugo Pratt existen versiones tanto en formato de historieta como de relato): quizá se halle en su condición de género indeciso, a medio camino entre el cine y la pintura.

¿Se pierde algo en el trasvase? Cuando eche un vistazo a Watchmen me atreveré a opinar. Mientras tanto, se aproximan a la gran pantalla (¡) nada menos que Tintín y Blake & Mortimer. Espero que los rescoldos de nuestra infancia sobrevivan en estado aceptable a esta revisión de los clásicos.

3 comentarios:

César dijo...

Antes de ver la película, amigo mío, yo tenía exactamente las mismas prevenciones que tú. Después de verla... en fin, sólo es mi opinión, pero el resultado final se4 me antoja mucho más digno de lo que cabía esperar. Es cierto que se pierde gran parte de la complejidad narrativa del comic (cuestión de metraje), pero se mantienen todas las "miserias" de los personajes (Rorschach funciona perfectamente, Veidt no). No es una obra maestra -como sí lo es el tebeo-, pero, a mi modo de ver, es una película fascinante. Cuando leiste el comic, ¿no te produjo una extraña sensación (sentido de la maravilla, supongo) al exponerte a algo que parece totalmente real, pero que es fantástico? Lo mismo sucede con la película

Luis Manuel Ruiz dijo...

César: la verdad es que no eres el primero que desconfía a primera vista pero luego admite felizmente haberse equivocado. Ojalá yo pueda decir lo mismo. Lo cierto es que sí, siento una enorme curiosidad, pero también miedo. En fin, a ver si el nene nos deja un hueco y podemos echar un vistazo por ahí. Lo que sí he visto son las figuras de merchandising de la película y me parecen bastante apetecibles (la de Rorschach, sobre todo, que es el que quizá salga más agraciado en su versión fílmica). A ver si podemos ampliar nuestra colección de cosas inútiles.

Félix dijo...

Pues yo fui a verla el día del estreno, querido amigo, y salí un tanto decepcionado. Hay imágenes bellísimas, como la ejecución de Rorschach, o los títulos de crédito que tanto han gustado a todos, pero creo que es un clarísimo ejemplo de cómo lo que funciona en comic no sirve en una película si uno hace una adaptación literal, porque lo que ha adaptado el director es el formato, creyendo que con eso, por defecto, adaptaba la historia. Además, al tratarse de un tebeo poco espectacular, pierde incluso el aliciente de las adaptaciones Marvel: escuchar el sonido de las garras de Lobezno al desplegarse, sentir el vértigo de las teleportaciones de rondador, el imponente físico de Dientes de Sable... todo eso que no pueden mostrar las viñetas.

Félix

Félix