miércoles, 17 de marzo de 2010

El título, 2: Breve lección de geometría


La deuda. Una lectora de esta bitácora tuvo a bien recordarme hace una semana que voy por ahí incumpliendo promesas y que eso no corresponde a las personas decentes, sino a estafadores, aprovechados, cargos electos y demás ralea. En concreto, según muy bien me recuerda ella, dejé en el aire una prometida segunda parte sobre el arte de poner títulos que debería haber sido publicada en el otoño de 2008 y que por motivos ajenos a mi voluntad (os lo juro con la mano en el pecho) se quedó en el aire donde pronto terminó por esfumarse. Pero ahora vuelvo a tomar ese aire, lo introduzco en un recipiente, lo someto a diversas operaciones alquímicas hasta lograr que se condense y voilà: si lo prometido es deuda, Araceli, acabo de despegarme del innoble montón de morosos que existen en este planeta.

No es cosa de broma, esto. Para empezar, hay que tener en cuenta que titular no es cosa para tomarse a la ligera. Titular (y esto creo haberlo dicho ya en mi entrega previa) puede impulsar una obra al estrellato de lo imprescindible o ahogarla en el polvo de las traperías anónimas, ahí donde van a saldarse los excedentes de edición. Con el mismo cuidado tratamos de elegir apropiadamente el nombre de nuestros hijos, porque no es lo mismo llamarse Serafín que Napoleón: vestigio éste del modo atávico de pensar (presente en el animismo primitivo, como bien documenta Sir James Frazer, y en la cábala hebrea) según el cual el nombre es espejo o resumen de la persona y lo contiene y lo protege, de manera que añadir una tilde o restársela puede provocar en aquel al que nombra mutaciones que mejor ni imaginarse, que le salga un apéndice o que se le caiga, o que se le venga encima un tranvía, o un premio de lotería, etcétera. En suma: que titular es algo muy importante; esencial; básico.

Y por qué. Pues porque el título incluye ya la primera definición de la obra por parte del autor. Luego llegarán la presentación y las botellitas de agua mineral, el dossier de prensa de la editorial, el encuentro con los periodistas y demás, pero antes, en su origen, a la hora de concederle una matrícula, el escritor ha de comprometerse estableciendo un nombre. Ese nombre nos indicará, principalmente, a) El tono de la obra, su intención, sus pretensiones; b) El modo que el autor tiene de verse a sí mismo y a su obra. Porque a la hora de poner el título, el creador se desnuda más que nunca: ahí, mejor que en ninguna otra parte, puede verse si es un pedante, un tímido, un engreído, un idiota, un maestro, un esnob (entre otras categorías). Un autor transparente, amante de la línea recta, igualitario, no se andará con zarandajas y elegirá un título al que todo el mundo pueda acceder: un título en forma de pasillo que conduzca directamente a la obra, sin extravíos posibles. Ejemplo cabal: la última novela de Matilde Asensi se llama Venganza en Sevilla. ¿Alguien espera sorprenderse de encontrar dentro puñales, intrigas familiares, callejones, traición y redención a partes iguales? En el extremo opuesto se hallará el autor arcano. El que se parapeta en el fondo de su biblioteca o de su prestigio, el que se quiere difícil o único, el que expresa abiertamente a la adocenada humanidad que no todo el mundo cuenta con la inteligencia o el talento necesarios para comprender su obra. Aquí el título será un mero biombo, una celada o un laberinto; exigirá un esfuerzo de interpretación por parte del lector: será una potencial trampa. En los concursos literarios uno se encuentra muchos de estos; quiero decir, autores gigantescos que la gran muchedumbre de profanos no puede comprender ni de lejos, y que apenas condescienden a mostrar su desprecio por el rebaño. Una vez en que yo hacía de jurado, me tocó leer (intentar leer) un manuscrito que llevaba el encabezamiento (y no es coña) de Apolíon: tú o yo, mi/nuestro Anticristo. Toma.



En línea recta. Así que, a falta de mejores criterios, ya hemos realizado un primer acercamiento a los títulos dependiendo de la relación que exista (que el autor desea que exista) entre dicho título y lo que pretende decir. En este nivel, analizar un título se convierte en todo un ejercicio práctico de estética, de psicología, de estrategia comercial (porque el primer cometido de un buen título es o debería ser, no lo olvidemos, seducir al lector). Los autores castos, con pretensión de honradez, cuya retórica suele consistir en la aparente ausencia de retórica, se decantan mayoritariamente por lo que, usando un símil geométrico, podríamos calificar de título rectilíneo, y que podríamos definir así: Rectilíneo: título que establece una relación biunívoca con su contenido y que consiste en un retrato de lo más visible del mismo. Ejemplos: La metamorfosis (o La transformación) de Franz Kafka (un libro donde un hombre se metamorfosea (o se transforma) en un insecto gigante); La carretera de Cormac McCarthy (una novela donde un hombre y un niño van por una carretera); El asedio de Arturo Pérez-Reverte (una novela donde la ciudad de Cádiz es sometida a un asedio). La línea recta puede venir motivada por varias opciones estilísticas o comerciales. Una, la deliberada sencillez, que coincidiría con una apuesta por una estética de mínimos, de frases cortas y parca en metáforas (creo que los ejemplos de Kafka y McCarthy son palmarios al respecto); otra, la percepción de que al lector no le gusta que le tomen por tonto ni le miren por encima del hombro con altisonancias o estruendos: a un libro para todo el mundo ha de corresponder un título para todo el mundo (volvamos a Venganza en Sevilla). Por supuesto, la línea recta tiene de su parte la elegancia, la luminosidad, la contundencia (hay títulos rectilíneos, generalmente consistentes en dos palabras, que se hallan entre lo mejor del acervo que ofrecen las bibliotecas: El acoso, La náusea, La peste). Aparte, ya sabemos que la línea recta siempre es la distancia más corta entre dos puntos, incluidos emisor y receptor.

En diagonal. Pasemos al segundo tipo. Diagonal: título que establece una relación indirecta con su contenido, ofreciendo al mismo una aproximación parcial o limitada a alguno de los aspectos que lo conforman. Ya sabemos que una obra literaria, si es buena, no consiste en un bloque y que presenta diversos matices, fachadas o ángulos desde los que ser observada; un clásico de la literatura puede ser, a la vez, la historia de la degradación moral y sentimental de una mujer casada, una denuncia de la mediocridad imperante en las ciudades de provincia francesas, un estudio psicológico, un pastiche de novela rosa, un recuento de técnicas posibles para la redacción de novelas. A la hora de titular, el autor se ve en una embarazosa situación: debe reducir toda esa multiplicidad de texturas a una sola, sacarse un prisma del bolsillo y refractar el espectro luminoso de su arco iris para conseguir un rayo de luz blanca, que incida sobre un punto y sólo sobre uno. Es el motivo de que muchos maestros del pasado hayan renunciado a ofrecer pistas sobre el contenido real de la obra limitándose a consignar, en el encabezamiento, el nombre de su actor principal (Madame Bovary, Ivanhoe, Drácula, Anna Karénina). En sus Apostillas a El nombre de la rosa, Umberto Eco confiesa que, consciente de la amputación que todo título entraña, hubiera deseado titular a su novela sencillamente Adso de Melk: porque en dicho marchamo quedarían incluidos los asesinatos de la abadía y las enseñanzas del inigualable Guillermo de Baskerville, sí, pero también las diatribas en torno a dominicos y franciscanos, las visiones del Apocalipsis, las relaciones poco edificantes del narrador con una mujer del poblado, y todo lo demás. Sin embargo, Eco hubo de conformarse con un título bastante curioso, que constituye un buen ejemplo de diagonal: elude exponer frontalmente la parte más visible del relato, lo cual pecaría de simplón y obvio (otro título descartado fue La abadía del crimen), y escoge una aproximación alternativa, un acercamiento oblicuo (El nombre de la rosa remite a las discusiones filosóficas que trufan la novela y al propio artificio literario en que la novela consiste, hecho de nombres y palabras). El título diagonal es el más extendido en el universo de los títulos, porque suele satisfacer varias exigencias y solventar varios problemas: 1. No peca de sencillez, que en ciertos ámbitos (como el editorial) es a veces menos virtud que defecto; 2. Permite licencias poéticas más o menos al alcance de todo el mundo; 3. No obliga al autor a reducir su creación a un objeto plano que sólo puede mirarse de frente, detrás de una pantalla, sobre las dos dimensiones de una tela o un papel. Ejemplos, y recurro a lo primero que me sale a la vista: El cielo protector (Paul Bowles), El orden natural de las cosas (António Lobo Antúnes), El príncipe destronado (Miguel Delibes), Confesiones de una máscara (Yukio Mishima).


La línea se quiebra y se rompe. Cuando la diagonal se repite en más de una dirección, nos hallamos con una línea quebrada o en zigzag. Quebrado: título que establece una relación de contraposición, irónica o crítica con su contenido. El autor nos está avisando de que su obra ha de leerse con cuidado, de que no todo ahí dentro es como parece: hay intenciones ocultas, minas antipersonales y cepos a cada paso del camino. Generalmente, el título quebrado encabeza textos satíricos, denuncias de la realidad, astracanadas, cosas para entender las cuales el lector ha de activar en su cerebro un nivel superior de percepción por encima del que le ofrece los cinco sentidos y el sentido común. Valgan como ejemplos la nomenclatura nacional del clásico de Adlous Huxley Un mundo feliz (cuyo título original, extraído de la cita de Shakespeare que abre la trama, es Brave new world), la ácida y desternillante Mundo maravilloso de Javier Calvo, la turbia El siglo de las luces de Alejo Carpentier. Y cuando la línea quebrada sencillamente se rompe de tanto retorcerse, estamos ante un título, digamos, discontinuo. Discontinuo: título que no presenta relación apreciable de orden común o lingüísticamente transmisible con el contenido al que representa. Un tipo de título, evidentemente, muy apropiado para amantes de lo secreto, la minoría y la élite, que abundó en la primavera del surrealismo y que todavía se ve por ahí en las secciones de poesía de las librerías: La naranja mecánica, de Anthony Burgess, La máquina de languidecer, de Ángel Olgoso, El almuerzo desnudo, de William Burroughs, La sed adiestrada, de Julio César Jiménez.

En entregas sucesivas seguiremos desentrañando los misterios del arte de titular. Menester no pequeño y de no poco mérito, que casi podría considerarse un género literario en sí mismo. Pero no me atrevo a prometer nada, que luego está Araceli por ahí y me tira, con razón, de las orejas.

2 comentarios:

Manía dijo...

El lenguaje es magia. Y no me refiero a sacar conejos de una chistera. Me refiero a fijar en el tiempo lo creado, por lo tanto nombrar es dar poder, o quitárselo.

Araceli Esteves dijo...

Llego con algo de retraso a agradecerte esta nueva entrega sobre los títulos.
Y si llego tarde es porque he estado nueve días en un lugar sin acceso a internet. Que sí, que me lo habían dicho y no lo creía, pero esos lugares existen.
Muchas gracias por esta segunda parte, que está muy lejos de cumplir aquello de : nunca segundas partes...
Si llegara una tercera, ya sería miel sobre hojuelas.Un abrazo agradecido.