lunes, 8 de marzo de 2010

Enciclopedias de mi vida



Iter Sopena. Un tomo recio, con las pastas duras de color amarillo y banderas. Un hombre con gafas venía cada curso a ofrecérnoslo a los niños del colegio, ponderando la justeza de su precio (que he olvidado) y la cantidad de palabras que contenía. Nunca lo compré: papá decía que ya teníamos diccionarios en casa, sobre todo uno en varios volúmenes que avasallaba a todos los demás (ver siguiente punto y aparte). Al asomarme por encima del hombro del resto de mis compañeros, vi que el Sopena era un océano de páginas amarillas donde estaban todas las cosas que permite el idioma (hasta mojón y puta, sílabas que nos llenaban de risa y de un secreto horror). Pero recuerdo, por encima de todo, las ilustraciones: dibujos a plumilla o grabados de selvas, planetas, la circulación sanguínea, África, Fernando e Isabel los Católicos, armaduras (estaba entera y había flechas que indicaban el nombre de cada pieza: yelmo, celada, visera), músicos, pistolas, aviones, alimentos. Cuando alguien me lo prestaba, yo me dedicaba a hojear sin tiento, aguardando la sorpresa que me deparara el orden alfabético. Entonces comprendí, por primera vez, que el universo cabe en un libro. Que, a su modo, es ese libro.

Larousse. Básicamente, diez tomos (ver fotografía inicial del post). En el salón de casa, en lo alto de un mueble al que poco a poco fui llegando de puntillas cuando el metabolismo me lo permitió. Encuadernación de piel, verde con filamentos dorados, un número en cada volumen y una clave incomprensible: 1. A-Bap; 2. Baq-Clin; 3. Clin-Dub... Mi padre hablaba con reverencia de aquellos diez monstruos de grosor espantoso a los que había que sumar los dos suplementos. Era la edición de 1967, que él había reunido fascículo a fascículo y luego encuadernado para entronizarlo en lo más alto de la caoba del salón. Me veo una tarde, preguntándole a mi padre qué significan esas siglas (a-bap, baq-clin, etc.) que aparecen en el lomo de cada libro, imaginándome algún lenguaje arcano que serviría para invocar entidades de otra dimensión (por entonces yo aún no había comenzado a leer a Tolkien y a dejarme llevar por el alto élfico y esos extravíos, pero andaba cerca). Mi padre me explicó entonces, y esto lo recuerdo como si lo viera a través de un cristal, que en esos libros estaba todo. La idea me sobrecogió: ¿todo, absolutamente todo? Pensé, y lo dije en voz alta, y mi padre se rió: ¿todo? ¿También esta casa, también estos muebles, también nosotros? (Idea deslumbrante: una enciclopedia donde estuvieran recogidos todos los nombres, todos los hombres: que diera una definición objetiva y cabal de cada individuo, de cada destino, sin temor a equívocos.) Con el tiempo, le tomé tal amor a la Larousse (tardes y tardes que se convertían en noches, en el sofá del salón, con el cuarto o el décimo volumen entre las rodillas (eran mis favoritos), ganduleando de aquí para allá, deteniéndome en lugares o personas al azar, mirando las viejas fotografías y los retratos borrosos, interpretando mapas en blanco y negro donde los ataques de Napoleón apenas se diferenciaban de los contraataques de Wellington, oliendo la humedad y el polvo acumulados en las páginas, oyendo cuartearse y luego hacerse pedazos la encuadernación del lomo (la remendé hasta tres veces con adhesivos varios), siendo inmensamente feliz), tal amor, digo, que con la salvedad de mi hijo, de mi señora esposa y de alguna otra persona la considero, probablemente, la presencia más importante de mi vida. Sigue en casa de mi padre, aunque tengo, naturalmente, otra copia (idéntica: 1967) en casa. Se la compré a un librero de segunda mano, debidamente apulgarada, por doscientos insignificantes euros.

Espasa. Hablo de la edición monumental de los ciento cincuenta y tantos volúmenes, no de la versión abregée para cobardes que sacaron luego y que reducía su inmenso caudal a diez tomitos de juguete. Ocupaba, entera y verdadera, una pared del oscuro zaguán que en su día fue la Biblioteca Pública Mateo Alemán de San Juan de Aznalfarache, mi patria chica. Luego topé con los ejemplares de la Biblioteca Pública de Sevilla, notablemente más deteriorados hasta llegar, en el caso de algunos, al estado de coma. La tipografía era rancia a más no poder, el estilo y la ortografía conservaban giros que olían a tumba. De las ilustraciones mejor ni hablar: las ciudades y los rostros apenas se reconocían por debajo de la niebla. Pero, eso sí, el detalle resultaba maniático hasta marear: fechas exactas de nacimiento y muerte de los aludidos, traducción de cada término a cuatro o cinco lenguas (incluyendo el ruso), cifras en columnas que hubieran hecho las delicias de un loco de la estadística (población, renta per cápita, frecuencia de precipitaciones, altitud sobre el nivel del mal) y, sobre todo, los mapas: planos de capitales congeladas circa 1914 (remota primera edición levemente retocada en la sucesivas) y sacados de algún baedeker de los tiempos del casco prusiano (el del pincho). Para dar idea del nivel de minuciosidad: el artículo sobre el Imperio Austro-Húngaro contiene una lámina con los colores, galones e insignias de todos los cuerpos del ejército de Francisco José, al menos de los que lucieron en la Gran Guerra; lejos de limitarse a precisiones astronómicas, el artículo sobre la luna se prolonga en un estudio de los mitos y los rituales asociados a ella desde el Paleolítico a nuestros días. Estuve a punto de comprarla (un vendedor cayó sobre mí a bocajarro), pero la salud de mi matrimonio (creo ya haberos dicho que Teresa es adicta a los espacios abiertos) se ha beneficiado de aquella negativa.


Britannica. La madre de todas. El origo et fundamentum. Nunca la he tenido físicamente delante (si exceptuamos ese remedo satinado y lleno de barniz que ahora venden por catálogo), pero su rumor legendario me ha hecho soñar y deslumbrarme desde lejanas tardes. Basado, como siempre, como todo, en Borges. Os recuerdo que la noticia que Borges recoge de John Wilkins, el inventor de la lengua perfecta (“El idioma analítico de John Wilkins”, en Otras Inquisiciones), está extraído de la undécima edición de la Britannica; que la Anglo America Cyclopaedia de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” (en Ficciones) es “una reimpresión literal, pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica de 1902”. Hay muchos otros ejemplos de devoción desperdigados en la obra del argentino, pero ahora no me acuerdo. Sí he retenido, no obstante, su respuesta a una entrevista de hacia 1985, cuando ya estaba a punto de dejar de ser Borges: “Apenas duermo, como poco, no salgo de casa; mis únicos vicios son leer la Britannica y no leer a Enrique Larreta”. El otro día, por azar, di con la Eleventh edition de esa criatura mitológica en versión facsímil y online, aquí. Es el último, glorioso episodio de un amor por las enciclopedias que ha llenado las horas más gozosas de mi vida, y que sigue constituyendo, para mí, el antídoto más poderoso contra la derrota y el aburrimiento (dos nombres de lo mismo). Desde que descubrí la página el pasado viernes, llevo ratos y ratos quedándome ciego frente a la pantalla repasando la fisiología del cerebro (la fisiología del cerebro de 1911, y eso es lo apasionante), la historia de los ángeles (con notas en hebreo), los principios de la frenología, la antropología de los hiperbóreos. Ah, Internet que no estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino.

6 comentarios:

Araceli Esteves dijo...

Hola.
Hace unos meses ( el 11 de octubre del 2008) escribiste una entrada muy interesante sobre los títulos: "El tamaño importa".
Ibas a escribir más sobre el tema pero al final no lo hiciste. Según recuerdo habías colaborado, o ibas a hacerlo, en un proyecto sobre los títulos. Me sigue pareciendo un tema interesantísimo y me encantaría leer algo más. ¿Tienes algún dato que me pueda servir para profundizar en esa costumbre de titular?
Muchas gracias.

Luis Manuel Ruiz dijo...

Araceli: tienes toda la razón del mundo. En aquel momento había reunido material para tres o cuatro posts sobre el asunto, y el caso es que creo que todavía guardo las notas por alguna parte... La interrupción de entonces vino motivada por causas que no han vuelto a molestarme, así que no veo por qué no puedo retomar la segunda parte prometida en cuanto consulte mis fuentes. Así que déjame unos días y vemos. Por cierto, gracias por tu lealtad y, sobre todo, por tu paciencia.

Araceli Esteves dijo...

Ja ja ja, no te preocupes. Me alegro de que las causas de la interrupción que antes te molestaban ya no existan.
Si te apetece retomar el tema estaré encantada. Seguiré atenta.

Pascu dijo...

Sería magnífico que la televisión, con su gran poder comunicativo, tuviera esa misma vocación que dio origen a la enciclopedia.
Al menos la tele de los 80, a la que debo gran parte de mi formación, era bastante rigurosa y responsable.
Yo también consultaba a diario la modesta enciclopedia que hay en casa de mis padres. Sabía que podía aprender algo mientras los demás, por pereza, se quedaban con las dudas. Ahora sí, desde que Internet se ha impuesto, ya casi no se abren esos libros. El Google es la leche.

Saludos.

Manía dijo...

"Mi padre me explicó entonces, y esto lo recuerdo como si lo viera a través de un cristal, que en esos libros estaba todo. La idea me sobrecogió: ¿todo, absolutamente todo? Pensé, y lo dije en voz alta, y mi padre se rió: ¿todo? ¿También esta casa, también estos muebles, también nosotros? (Idea deslumbrante: una enciclopedia donde estuvieran recogidos todos los nombres, todos los hombres: que diera una definición objetiva y cabal de cada individuo, de cada destino, sin temor a equívocos.)"

Casi nada. Aquí está la idea seminal de una buena novela o, al menosd, un buen relato.

Manía dijo...

Su historia con la Larousse me ha recordado a mí mismo, sentado en el sofá, con los libros de mi padre en las rodillas y las puertas que nunca volví a cerrar gracias a ellos. Recuerdo con muchísimo cariño "El Mundo De Los Niños", pequeño compendio de saberes, poemas y cuentos varios, que pude regalar a mi hijo, "debidamente apulgarada" en un mercadillo por dieciseis euros, a euro el volumen.