martes, 7 de diciembre de 2010

El manual del detective



Creo ya haber mencionado aquí que últimamente leer ficción me provoca un poco de pereza. Será porque algo dentro de mi alma sospecha que el número de argumentos (y de la forma de referirlos) con que cuenta el acervo de la literatura es limitado y que pocas historias quedan ya que me interesen, o que vayan a ser relatadas de un modo más atractivo o sugerente de los que ya conozco. Será porque la teoría siempre me ha interesado más que sus fronteras y acabo por recaer en lecturas de ciencia, filosofía, psicología o disparates varios, que tratan de aclararnos (como si se pudiera) la vasta noche del universo. No sé: el caso es que, visto en perspectiva, leo mucho menos novela o relato que ensayo puro y simple (donde entrarían, también, criaturas andróginas como libros de viajes, memorias, divulgación científica, delirios de aquí y de allí). Y por eso cuando encuentro un texto narrativo que me de veras me gusta, que me resulta original, valioso o simplemente satisface las expectativas del lector resabiado en que ya me he convertido, pues me pongo muy contento. Por eso quiero hablaros de mi último descubrimiento.

Se titula The manual of detection (London, William Heinemann, 2009), y es la obra primeriza de un escritor de Massachussets llamado Jedediah Berry. Según la esquela que antecede a la novela, Berry ha practicado tímidamente la ciencia ficción y el relato fantástico, pero esta es su primera obra, digamos, de largo. Dicho currículum no sorprenderá a quien recorra con atención The manual: elementos comunes al género maravilloso, a la narración juvenil, a la parábola filosófica afloran aquí y allá dentro de una prodigiosa estructura narrativa. El libro, que por lo que sé no ha sido traducido al castellano (ni existen intenciones de hacerlo) es un aparato de máxima eficacia literaria por varios motivos, que comienzan desde la misma portada: un ojo dorado que amenaza con verlo todo, aun los más ocultos deseos, temores y vergüenzas de sus lectores. Soy un vago y en realidad no sé cómo retratar los aspectos más interesantes tanto de la trama como de la ambientación o los personajes, así que creo que voy a limitarme a traducir la contraportada, que da una idea bastante cabal del contenido. El cerebro de Berry está literalmente saturado de ideas brillantes, y aun cuando a veces no les saca todo el partido que podría, el resultado sobrepasa con mucho lo que cabe esperar en estos tiempos de imaginaciones secas como arenques. Por lo general, tiendo a apreciar las excelencias de una obra de arte por los estímulos que transmite a mi voluntad o a mi inteligencia, y por las ganas que me genera de imitarla, de emularla, de sobrepasarla. The manual of detection me ha contagiado deseos de escribir media docena de libros alternativos: especialmente indicado para sequías creativas.



“En esta rigurosa y visionaria primera novela, un detective inusual, armado con sólo un paraguas y un singular libro de instrucciones, debe desenredar un conjunto de crímenes cometidos en y a través los sueños de la gente.
En una ciudad sin nombre siempre salpicada de lluvia, Charles Unwin es un humilde oficinista que trabaja para una gigantesca y poderosa agencia de detectives, y todo lo que sabe sobre la resolución de misterios proviene de informes redactados por el ilustre investigador Travis Sivart. Cuando Sivart desaparece y su supervisor resulta asesinado, Unwin es súbitamente ascendido a detective, un cargo para el que carece tanto de destreza como de estómago. Su única orientación procede de su nueva asistente, que sería perfecta si no estuviera durmiéndose continuamente, y del profundo y oscuro Manual del detective.
Unwin emprende la búsqueda de Sivart, pero pronto es acusado de asesinato, perseguido por matones y pistoleros, y confundido por la infame femme fatale Cleo Greenwood. Entretanto, preguntas extrañas y problemáticas proliferan: ¿por qué la momia del Museo Municipal tiene una moderna prótesis dental? ¿Dónde están todos los despertadores de la ciudad? ¿Por qué en el ejemplar del Manual de Unwin falta el capítulo 18? Cuando descubra que los grandes casos de Sivart —incluyendo ‘Las tres Muertes del Coronel Baker’ y ‘El Hombre que Robó el Doce de Noviembre’— nunca fueron resueltos correctamente, deberá introducirse en los sueños de un hombre muerto y enfrentarse a un genio criminal dotado de control sobre una ciudad dormida.
El manual del detective sugerirá comparaciones con todas las obras de ficción imaginativa que hayan sacudido la mente de los lectores. Pero, en última instancia, desafía a la comparación; es una novela brillantemente concebida, meticulosamente construida que cambiará lo que pensamos acerca de cómo pensamos.”

domingo, 28 de noviembre de 2010

El retrete del placer criminal



 Por lo general, las ferias del libro suelen provocarme hastío. En la de Madrid sólo he estado un par de veces y la oferta me apabulla; las de otras ciudades las encuentro menores y domésticas, sin que superen a sus librerías de cabecera más que por el tamaño de los escaparates; la de Sevilla, que es donde vivo, me gusta sólo porque ofrece una ocasión óptima para ver a gente con la que no me cruzo el resto del año y porque tiene un bar por donde mi hijo puede correr a todo gas (será atleta) sin estrellarse contra el mobiliario. Esto me pasa con las ferias, digamos, canónicas. Pero hay otras menos prestigiosas o voceadas que a mí me pierden: las Ferias del Libro Antiguo y de Ocasión. En Madrid, ocupa la mitad de Recoletos y creo que cae por primavera. Aquí, en Sevilla, siempre llega con las primeras lluvias; recorrer sus muestrarios con el olor a mojado sobre el plástico del anorak es una de las traducciones más cabales que encuentro del concepto de felicidad. Se abrió el pasado viernes, y allí estuve. Y encontré algo de lo que enseguida paso a hablaros, hipócritas lectores, semejantes y hermanos.

Tiempo ha cayeron mis ojos sobre un exquisito tomo perteneciente a la Biblioteca General Universitaria de la Hispalense cuyo tema confeso eran los asesinatos sangrientos, los espectros de ultratumba y la carnicería literaria, temas todos ellos que me apasionan como ya creo que sabéis. Tanto me encantó que estuve (lo confieso) tentado de no devolverlo, de esconderme con él, de enterrarlo para que nunca se separase de mi lado: soy pusilánime y lo dejé huir. A veces soñaba con él, y quise comprarlo. Inútil: había sido editado, sin rescate posible (¿quién iba a querer recuperar semejante engendro?), por la mítica Editora Nacional en fecha de 1977, y hacía tiempo que los catálogos lo eludían. La llegada de Internet me dio nuevos bríos: consulté librerías y portales de viejo online donde di con él, sí, pero a un precio de esos que entran en el tipo de cosas que uno no le cuenta a su mujer; lo dejé estar. Hasta el viernes. Ahí estaba, por una módica cantidad. Y aquí lo tengo ahora, y lo miro con arrobo mientras escribo estas líneas de presentación. ¿De qué se trata, y a qué tanto misterio? Os lo cuento en un tris.

Galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas, o sea el historiador trágico de las catástrofes del linaje humano, de Agustín Pérez Zaragoza. De eso hablo. El docto texto que le sirve de introducción, debido a la no menos sapiente pluma de Luis Alberto de Cuenca, nos informa de que se trata de un folletín negro publicado por vez primera en 1831, a rebufo de la moda de fantasmas y degollinas que imperaba en Europa por entonces. Su autor, un mediocre polígrafo a cuya responsabilidad hay que atribuir un par de recetarios de cocina, libelos políticos y cierto Recreo de damas del gran tono, o sea delicia de lechuguinos y lechuguinas, saqueó a placer diversos novelones franceses de la época y se sirvió de sus truculencias para armar este texto, que es, creo, uno de los escasísimos ejemplos de literatura gótica auténtica con que cuenta nuestra tradición nacional. La lectura es deliciosa por varios motivos. Primero, por la distancia estilística que media entre nosotros y estas frases apabullantes, melodramáticas y estentóreas que se pueden mirar sólo de reojo; luego, porque se trata de uno de los representantes más primitivos de lo que podríamos llamar pulp en castellano; los títulos de cada episodio y esos grabados nigérrimos que recuerdan a los pliegos de ciego en las ferias; el hecho de que, además del pulp, Pérez Zaragoza inaugurara otro subgénero no menos execrado en nuestras letras: el best-seller. Da mucho gusto y risa comprobar cómo otros literatos auténticos de la época, como Mesonero Romanos, se despachan acerca de la capacidad de las Sombras ensangrentadas para colocarse en los escaparates y vaciar los bolsillos de la muchedumbre (es un decir) lectora. El siguiente testimonio viene incluido en el prólogo de Cuenca:

“Una censura suspicaz e ignorante dificultaba la publicación de las obras del ingenio y prohibía y anatematizaba hasta las más renombradas de nuestro tesoro literario: los escritores de más valía, los hombres más insignes en las letras, hallábanse oscurecidos, presos o emigrados: los Quintana, Gallego, Saavedra, Martínez de la Rosa, Toreno, Gallardo, Villanueva y demás, eran sustituidos por autores ignorantes y baladíes, que empañaban la atmósfera literaria con sus producciones soporíferas, su desenfreno métrico, sus cantos de búho, sus absurdos escritos religiosos e históricos, sus novelas insípidas, de las cuales las más divertidas eran las que formaban la colección que, con el extraño título de Galería de espectros y sombras ensangrentadas, publicaba su autor, don Agustín Zaragoza y Godínez” (Mesonero Romanos, Memorias de un setentón).

Para entendernos, la crónica de Pérez Zaragoza no difiere en esencia de esos asesinatos aparatosos y decapitaciones de medio pelo que nutrían publicaciones nacionales como El caso, y que siempre han sido tan del gusto del estómago popular. Aquí la sed de tremendismo alcanza cotas tan inverosímiles como encantadoras, y uno nunca está seguro del todo de dónde acaba la genialidad y comienza el mal gusto (si se diferencian). Recuerdo un pensamiento a vuelapluma de Don Avito, el filósofo visionario que protagoniza Amor y pedagogía de Unamuno: si de lo sublime a lo ridículo sólo media un paso, uno puede acabar haciendo el tonto de tanto elevarse, sí; pero también puede acabar por ascender de tanto hacer el tonto. Ecco.
 
Un sucinto examen al índice de la edición de Cuenca, que sólo abarca la mitad de las carnicerías originales, puede dar una idea aproximada del contenido de las Sombras. Copio: Miladi Herwort y Miss Clarisa, o Bristol, el carnicero asesino; La morada de un parricida, o el triunfo del remordimiento; La bohemiana de Trebisonda, o un sequín por cabeza de cristiano; Camila y Livio, o los efectos de un amor desgraciado. Mi favorito, de cualquier modo, es el de la Historia trágica tercera, con el que además he decidido encabezar esta nota: La princesa de Lipno, o el retrete del placer criminal: jamás nadie había tenido la despampanante ocurrencia de juntar esas tres palabras imposibles, retrete, placer, criminal. El grabado que aparece aquí al lado, con un monigote sin cabeza y una señora que chilla, pertenece precisamente a ese capítulo. Abajo se lee, y va en serio: “Cielos, que veo!!! esto no es ilusión? mi muerte es ya inevitable” (sic).

Una lectura que debería ser obligatoria para el brumoso mes de noviembre.

martes, 23 de noviembre de 2010

Tintín en Innsmouth




A través del inefable Fernando Royuela me llega un enlace a la página del artista Murray Groat, que ha logrado sublimemente aunar dos de mis más preciadas pasiones: Hergé y Lovecraft. Para ello, ha ideado cuatro portadas improbables mas no imposibles, dos de las cuales incluyo en este post: una en las Montañas de la Locura, donde Tintín y Milú se internan en busca de aquella ciudad perdida bajo la nieve del Polo Norte milenios atrás, y otra en Innsmouth, municipio maldito de Nueva Inglaterra en que nuestros héroes, humano y canino, deberán escapar del acoso de los funestos hombres-peces. Lástima que detrás de las portadas no haya páginas y páginas que recorrer.




lunes, 15 de noviembre de 2010

El hombre al que odiaba Leopold Mozart



En su muy meritoria labor de arqueología musical, la casa Brilliant acaba de rescatar de los barros del anonimato a un autor cuando menos digno de atención. Su nombre es Luigi Gatti y le cabe el raro honor de haber sido insultado por Leopold Mozart, un hombre que, de cualquier modo, nunca se caracterizó por su amplitud de miras ni por la solidez de sus entendederas (aparte de explotar inmisericordemente a sus dos hijos como monstruitos de feria, han quedado para las posteridad sus opiniones epistolares en las que ensucia a Voltaire). Gatti arrebató a Leopold a principios de la década de 1780 el codiciado puesto de Kapellmeister del Príncipe Arzobispo de Salzburgo, puesto detrás del cual andaba el último desde que no tenía vello sobre la boca, lo cual le mereció la cantidad de insultos que es de suponer. Sin embargo, Wolfgang lo frecuentaría en Viena, que Gatti visitó de vez en cuando, y alabó su camaradería y buen talante: siempre, decía, está dispuesto a indicarte un buen libretista o a prestarte el suyo (la coalición Mozart-Da Ponte, a la que debemos varias cumbres de la Historia del Arte, fue resultado, precisamente, de la intervención de este perfecto desconocido hasta el día de hoy).

Luigi Gatti (1740-1817), sacerdote por necesidad alimenticia (como tantos de sus contemporáneos), repartió su labor entre la Austria mozartiana y su Mantua natal, en un tiempo en que el style galant dominaba Europa y unía a todas las naciones mediante el primer idioma universal. Leo en el booklet que fue responsable de una miríada de composiciones, que su talento o su obstinación le permitieron practicar diversos géneros como la sinfonía, el concierto o la ópera, y que conoció una enorme aclamación en su época que ha quedado reducida a tétrico silencio durante doscientos años. Con esta grabación, Brilliant pretende, en colaboración con el Conservatorio de Musica di Mantova, rescatar lo más sobresaliente de la producción de tan clamoroso cadáver.

La primera entrega, que acabo de repasar entre ayer y hoy, corre del siguiente tenor. En primer lugar tenemos un Concertone para dos violines y orquesta en re mayor que es en realidad una especie de sinfonía concertante para violines y violonchelo. El estilo, igual que el resto de composiciones, recuerda inevitablemente al Mozart más verde o a sus contemporáneos galantes, Dittersdorf entre ellos, o a Haydn. Lo más poderoso del Concertone para violines es el Larghetto, animado por unos compases tonantes de toda la orquesta que se repiten al final de cada sección. La segunda partitura, un Concierto para fagot en fa, está construido sobre un esquema común en el cuarto de siglo en que vio la luz, con un fraseo ágil y poco exigente dedicado al instrumento principal (inevitable acordarse, otra vez, de Mozart, cuyo Concierto para fagot en si bemol constituye uno de los escasísimos ejemplos de composición dedicado a dicho plantel) y un adagio sostenuto muy sentido y cantabile; ejemplos del mismo modelo los encontramos en los primeros conciertos de Mozart para trompa, oboe o flauta, en los de Franz Danzi, Haydn (para trompeta y oboe), Dittersdorf (oboe) o Antonio Rosetti.
Quizá lo más interesante sea el final: un concierto para piano en do de dimensiones vienesas en que se nota, aquí sí y bien, el influjo del niño prodigio de Salzburgo. El contraste entre solo y tutti es inequívocamente mozartiano, así como el modo de doblar a la orquesta en la sección de acompañamiento entre intervención e intervención del solista. Con todo, y aunque haya episodios de puro esplendor, Gatti queda a galaxias enteras de distancia de los conciertos invulnerables KV 482 o KV 595: y es que la invención melódica y las transiciones del segundo artista más grande de la Tierra (después de Bach) no se obtienen con facilidad.

La interpretación, a cargo de la Orquesta de Cámara del Conservatorio Musical de Mantua (dirige Fausto Pedrutti), está llena de vigor y de espacio, como si tocaran en un palacio de cristal: a resaltar en especial el acompañamiento de los metales en el concierto para piano. La grabación es en directo en el Teatro Scientifico de Mantova, al que pertenece la fotografía que abre este post. Para todos aquellos que me preguntéis, en fin, si me ha interesado la oferta, sólo diré una cosa: que adquiriré raudo y contento el resto de las entregas de Gatti en cuanto salgan a los escaparates.

(NB: releo lo escrito y advierto que he sido injusto con Leo Mozart. Le corresponde la autoría del manual para violín más difundido durante un siglo, el Versuch einer gründlichen Violinschule, de 1756, y eso tampoco es para despreciar. Tú sabrás disculparme, viejo.)

domingo, 31 de octubre de 2010

Harry Mulisch (1927-2010)



 Con gran consternación, me acabo de enterar de la muerte de Harry Mulisch. Lo descubrí por puro azar, cuando Javier Calvo, con su generosidad habitual, comparó una de mis novelas con lo que él hacía y ha venido haciendo espléndidamente hasta que la muerte le ha frenado el pulso, que es lograr esa exigente alquimia entre calidad literaria y público mayoritario. Leí enfebrecido El procedimiento, una extraña vuelta de tuerca al viejo argumento de Frankenstein y la generación de la vida a partir del vacío, y luego El descubrimiento del cielo, su obra más wagneriana, cósmica y quizá aquejada de elefantiasis. Lo último que se tradujo al castellano con su firma, como siempre en Tusquets, fue Sigfrido, una fábula centroeuropea sobre el mal en que se especulaba con la posibilidad de que Hitler hubiera tenido descendencia. El mal, junto a la especulación metafísica y las perplejidades varias en que puede sumirnos la ciencia genética, fueron temas en los que Mulisch se demoró con delectación, tanto para él como para su hambrienta legión de lectores. De todas maneras, su título cimero, que recomiendo al lego si todavía no se ha aproximado a él, es El atentado, donde comparecen mejor que en ninguna otra parte dilemas morales, nazis, género policíaco y toda la quincalla varia que suele amueblar sus novelas: un texto al que me he referido a menudo como ideal punto de cruce entre literatura de largo aliento o tamaño XXL y amplitud democrática, como demostración palmaria y contundente de que la calidad no tiene por qué estar reñida con la aceptación masiva de los lectores.

Mulisch era mi eterno candidato al Nóbel. Pero él no tenía de su lado a Carmen Balcells para persuadir a la tercera edad sueca. 


viernes, 29 de octubre de 2010

Diccionario de arena: maestros del universo



Maestro: n. m. Individuo que, para no ser acusado de ignorante, se asegura de que los otros lo sean tanto como él.

Pasado: n. m. Tiempo verbal apropiado a las rupturas matrimoniales. // Hipótesis del hombre que acaba de despertar. // Lugar donde la gente se equivoca y muere.

Poesía: n. f. Publicación municipal compuesta de renglones partidos (versos) en los que se celebra el día de la patrona o las fiestas mayores. // ~ contemporánea: Lo mismo pero con sexo, bares y radiofórmula en lugar de la patrona. //  ~ intimista: Lo mismo pero con la soledad y la infancia en lugar de los bares.

Poeta: adj. m. Ese al que da la mano el alcalde mientras le entrega el diploma en la página de cultura del periódico. // Falso ~: El que da la mano a demasiados alcaldes. 

         Remordimiento: n. m. Canal privado de televisión de emisión ininterrumpida.

Soledad: n. f. Cada uno de los elementos aislados que componen una reunión social.

Sueño: n. m. Obra de teatro automática. // Pretexto apropiado para la temeridad y el despilfarro.

Triunfo: n. m. Falta de decoro sistemática que cometen las personas superficiales y los falsos poetas.

         Universo: n. m. Telón de fondo de la vida del individuo donde tienen lugar todos los acontecimientos esenciales o interesantes, salvo los domingos por la tarde. 


jueves, 21 de octubre de 2010

Simios


 Según algunos de vosotros ya sabéis, ¡oh, benévolos lectores! acabo de ser distinguido con el accésit del XXVII Premio de Artículos Periodísticos de Unicaja, que honraba al mejor texto publicado en la prensa nacional entre 2008 y 2009. Teniendo en cuenta que el ganador ha sido nada menos que el excelso Felipe Benítez Reyes, y que el año pasado el accésit recayó en Eva Díaz Pérez, por la que siento a partes iguales admiración y estima, no puedo sino regocijarme de mi nueva situación, de la que podréis saber algo más si pulsáis, por ejemplo, en este link. Ante la aclamación popular, y puesto que el hallazgo del artículo premiado (es decir, accesitado) puede exigir del curioso dotes insanas de paciencia y destreza informática, lo incluyo aquí para que todos os saciéis democráticamente de sus frases. En serio, que estoy muy contento, vaya.


Simios
(El País, 12/12/08).

Allí en América, donde las praderas, hay universidades que niegan su parentesco con los simios. Es como si la oruga declarase olímpicamente que constituye un peldaño único en la escalinata de la evolución y volviera la cara de mala manera a sus vecinos de rellano, esas lombrices y gusanos de los que resultaría indistinta sobre un trozo de carne podrida. Los biólogos (llamémosles así) del Medio Oeste son humanos al ciento por ciento y no guardan bajo la piel ningún gorila disfrazado; en sus células, de una pureza fanática, no quedan restos de los millares de mosquitos, sanguijuelas, saltamontes, lenguados y babuinos que ocuparon los reflejos en el agua estancada (aún no había espejos) antes de que a ellos se asomase el rostro lampiño del hombre. Esto viene sucediendo desde mucho tiempo atrás: en concreto desde que Darwin estableciera entre Tarzán y la mona Chita un vínculo que las mentes más púdicas y victorianas sólo pudieron recibir con un horrorizado grito de ultraje. Se suele señalar que el motivo de que el Origen de las especies fuera unánimemente rechazado en los ruedos académicos de medio mundo fue su atentado contra el relato bíblico de la creación, con lo del jardín, la costilla y todo eso. A mí me parece que lo que enfurecía a aquellos articulistas, profesores de veterinaria y predicadores no era la blasfemia, sino el insulto personal. De repente, como el doctor Jekyll y su sombra, habían pasado a ser dos en uno: de una mitad el atento esposo, contribuyente ejemplar, respetado miembro de la academia; de otra un animal chato, encorvado, sucio, que sólo obedece a los coletazos de su instinto y que disfruta fracturando el cráneo de sus congéneres o asaltando por sorpresa a las hembras de la manada. Tener escondido en el sótano a semejante criatura era más de lo que la mayoría de los ciudadanos del imperio estaba dispuesta a tolerar.
Por suerte, hay quienes piensan de otro modo. Quienes están convencidos de que, si pretende conocerse de verdad, el ser humano debe mirarse dentro, hacia las concavidades y los forros, y aceptar que en ese hueco donde se guarda el alma hay también mucha suciedad acumulada y muchos vestigios de cosas que a primera vista resultan desagradables. En la Plaza del Viejo Estadio Colombino de Huelva, la Obra Social de La Caixa ha montado una exposición que, bajo el título Orígenes: cinco hitos en la evolución humana, recorre las sucesivas etapas que median entre los homínidos y el ser que lleva corbata y nos responde, a veces cortésmente, desde las ventanillas. La muestra consiste en una sucesión de escenarios de cartón piedra donde nuestros antepasados, dotados de inquietantes hocicos y un vellón de rizos sobre los antebrazos, se agachan para encender hogueras o imprimen los techos de sus cuevas con esquemas de bisontes y arqueros. Nos guste o no, de algún modo somos esas criaturas tan poco vistosas que mueven un oscuro viento de barbarie en la memoria de nuestra especie. Negarlo sirve de poco: más vale asumir que seguimos atados por extremos que no nos agradan del todo a ese pasado feroz y que cuando masacra a sus convecinos o se deja arrastrar por esos impulsos que anidan en las alcantarillas de su conciencia el ser humano está más cerca del mono de lo que se atreve a admitir. Que fuimos esas bestias es tan cierto como que las dejamos atrás: que con tesón e inteligencia los seres vivos pueden ir desprendiéndose poco a poco de sus apéndices más onerosos para ganar libertad, que el camino de la evolución es el único que nos garantiza que algún día seremos menos estúpidos y obcecados de lo que ahora somos. Aunque no lo veamos, siempre podemos consolarnos con el pensamiento de que nuestros tataranietos no se apalearán los unos a los otros por culpa de libros sagrados ni clubes de fútbol. Nosotros seremos los monos para ellos.

(NB: la ilustración trata de aludir al objeto del artículo y no guarda relación alguna con el aspecto actual de su autor. Lo juro.)