viernes, 24 de julio de 2009

Hipatitis, y 4: Tormenta sobre Alejandría



El universo, que otros llaman la biblioteca. Durante años, especulé con escribir una novela sobre la Biblioteca de Alejandría. Me animaban a ello, aparte de mi devoción confesa por ese tipo de instituciones donde se almacenan el polvo y la memoria, otra devoción paralela, por Borges. Leyendo los cuentos del argentino me había figurado una biblioteca infinita, un edificio del tamaño del universo en cuyos anaqueles se encontraban, escrupulosamente etiquetados, todos los seres que han sido, los que serán, los que no son, los que es imposible que sean. Luego, la Biblioteca de Babel se transformó forzosamente en la Biblioteca de Alejandría: el mayor albañal de sabiduría que ha conocido la Historia de la Humanidad, la única sede de la Tierra donde se concentró, un día, todo lo que el hombre llegó a saber, a soñar, a inventar. La monstruosa biblioteca de los Ptolomeos se me aparecía en visiones desde que por primera vez supe de ella, más o menos en detalle, por el famoso documental de Carl Sagan, Cosmos. Todavía, si consultáis la web, las reconstrucciones digitales de la Biblioteca que figuran en muchas páginas electrónicas han sido tomadas del programa de Sagan.


Y además, un laberinto. Así que decidí escribir una novela sobre la Biblioteca de Alejandría. Sería, claro está, una novela sobre la sabiduría, sobre el afán prometeico por conocer, sobre la ambición, sobre el desengaño, sobre el dolor que, como dice el Eclesiastés (¿o son los Proverbios?) acompaña a todo saber. Evidentemente, tenía una guía de postín. Había ya una novela cuyo protagonista era una biblioteca, y que sondeaba los mismos temas eternos; lo hacía, además con una exquisita combinación de filosofía, aventuras y trama detectivesca, que, por ende, son las coordenadas habituales de lo que yo, como autor literario, suelo frecuentar. Habréis adivinado, supongo, que hablo de El nombre de la rosa, de Umberto Eco. De algún modo, al pensar en mi argumento, al ponerme manos a la obra a la hora de diseñar mi libro, me di cuenta de que no podía, de que no debía dejar de lado aquel referente manifiesto: decidí integrarlo en mi propia trama. Una fábula sobre una biblioteca que además trata de reflexionar sobre lo caduco del conocimiento humano forzosamente ha de acabar en incendio; si esa Biblioteca es, encima, la de Alejandría, las llamas se vuelven imprescindibles. En mi ficción, la biblioteca es un laberinto: aunque a muchos pueda resultarles falsamente obvio, no tomé esa idea de Eco, sino de Borges, a quien, por otra parte, Eco saqueó a placer. En Borges, universo, laberinto y biblioteca son términos equivalentes, y quería que mi visión reflejara el mismo punto de partida. Nadie sabe salir del universo; los caminos del laberinto son signos que enseñan cosas; la biblioteca contiene todo cuanto existe.


Llega la tormenta. De manera que, aunque mi novela pueda integrarse dentro de ese brote de Hipatitis que sacude nuestra producción editorial más reciente, no es una novela sobre Hipatia. En primer lugar, se me ocurrió escribir sobre la Biblioteca de Alejandría; ello me condujo al incendio; las llamas se tragaron toda la cultura antigua, lo cual marcaba un punto y aparte; también la muerte de una filósofa llamada Hipatia, de cuya suerte había leído en alguna nota a pie de página, ilustraba aquel sangriento cambio de época: decidí yuxtaponer ambas hecatombes, la de la mujer y la de los libros. Qué hay de cierto en la historia que cuento y cuánto de ello es pura palabrería lo discutiremos más detenidamente después de las vacaciones. Por ahora, y hasta septiembre, sabed que Tormenta sobre Alejandría se publicará en toda España el 16 de septiembre, que la portada es la que figura al inicio de este post, y que incluso podéis asomaros al capítulo inicial si pincháis en la página correspondiente de Alfaguara, es decir, aquí mismo.


Eso es todo, amigos. Durante el mes de agosto, el Testigo Ocular andará por otros lares, siempre fijándose mucho en lo que salte a la vista, y también, por qué no, al oído, el olfato, el gusto, el tacto y el sentido común. Mientras tanto, lo dicho: felices vacaciones a todos.

7 comentarios:

Tomás Rodríguez Reyes dijo...

Luis Mnauel, disculpa. ¿En qué sentido utilizas "albañal"? Precisamente, esa palabra la utilizaba García Márquez con bastante frecuencia... Saludos.

Luis Manuel Ruiz dijo...

Tomás:

No es una palabra que emplee demasiado a menudo, pero sí que lo hago de vez en cuando. Suelo usarla como sinónimo de escombrera, basurero o lugar cubierto de desperdicios. Según veo, el diccionario de la RAE la admite en dicha acepción en sentido figurado.

Abrazos,

Luis Manuel

Tomás Rodríguez Reyes dijo...

Precisamente es una palabra que han revisado para la nueva edición, sobre todo porque su uso se ha extendido en Hispanoamérica. Saludos, L.Manuel, y disculpas por esta disquisición léxica.Enhorabuena por tu nuevo libro. Salud.

Cecilia Picún dijo...

Hola Luis, te pido permiso para subir este texto a la web www.mujeresinreglas.com
Según la reseña que me envió Alfaguara, creo que es un libro que tendría mucha afinidad con el público de nuestra web y me gustaría difundirlo.
gracias desde ya
Cecilia Picún

Luis Manuel Ruiz dijo...

Cecilia: por supuesto que tienes mi permiso para hacer uso del texto como encuentres conveniente. Espero que el libro os guste, a ti y a tus lectoras (y lectores). Un saludo.

el calé dijo...

me aceptan comentarios?

el calé dijo...

vaya!, escribi una post largo y creo que jugoso y me ha desaparecido
otro dia volvere sobre Hypatia

soon coming....