martes, 5 de mayo de 2009

Nuestro amigo Marco


Regalos envenenados. Hace un par de semanas, el buen Alejandro Luque tuvo a bien regalarme un libro. No he estado en su casa, pero quienes me la describen hablan de un lugar lleno de volúmenes, desde cuyas paredes, como en aquella novelita de Bohumil Hrabal, los lomos y las carátulas amenazan con arrojarse sin previo aviso sobre el visitante incauto. Bueno, igual en lugar de la casa de Alejandro estoy describiendo la mía propia, que también parece una cosa mestiza entre manicomio y biblioteca, o entre biblioteca y cementerio de elefantes. El caso es que Alejandro me regaló un libro, no sé si porque lo admiraba mucho o porque lo odiaba, para librarse de él. Imagino que Alejandro, igual que yo, habrá llegado a la constatación de que todo nuevo libro puede aligerar el espíritu pero entorpece la materia: porque no hay donde colocarlos y uno convive con personas (y hasta niños) que necesitan del espacio preciso para esas tonterías como moverse, tumbarse, comer y hacer pipí. Por eso todo nuevo libro (que sigo adquiriendo a ritmo suicida, preguntádselo a la pobre Teresa) es un regalo envenenado. Aunque tenga un sabor tan delicioso y acaramelado como el que hace dos o tres domingos me tendió Alejandro.


Desde Cádiz con amor. Se trataba (se trata) de Falsificaciones y otros relatos, del argentino Marco Denevi. Para los profanos, una colección exquisita de miniaturas (microrrelatos, los llaman ahora) que revisa con mucha ironía y cariño los clásicos más rancios de nuestra historia literaria, de Ulises a Isolda pasando por Emma Bovary o Paolo y Francesca. Yo llevaba olfateando su rastro por las librerías desde que en los últimos noventa la editorial Calembé, que depende del Ayuntamiento de Cádiz, lo sacara a la calle casi en voz baja, como para no despertar sospechas. Es de imaginar que el Ayuntamiento de Cádiz no cuenta con una capacidad de distribución muy potente, y por eso el libro había rehuido mis pesquisas hasta que le hablé de él, como el que no quiere la cosa, a Alejandro. De esto debe de hacer una buena porción de años, pero él no lo olvidó. Es lo que tenemos los admiradores de Borges (lo hermoso y lo terrible), que acabamos por convertirnos en personajes suyos y no podemos olvidar. Ahora tengo delante de mí el lindo volumen, con una portada de Jack Vettriano en que un mayordomo con bombín sostiene un paraguas.

Rosaura a las diez. No recuerdo exactamente en qué momento ni tesitura Marco Denevi llegó a mi vida. Tal vez fue en una de esas tardes desérticas del verano sevillano en que yo buscaba la benevolencia de los aires acondicionados de las librerías, o entre la lluvia y los lomos descabalados de la Feria del Libro Antiguo. Por las fechas (siempre firmo mis libros después de adquirirlos y añado las cifras de mes y año), observo que lo primero que cayó en mis manos fue Rosaura a las diez. No es lo mejor de Denevi, pero sí de lo poco suyo que se conoce a esta orilla del castellano. Aun así, sigue siendo una novela de una potencia inusitada, original y valiente a la vez que distraída, adjetivos estos tres que resulta raro encontrar unidos en la misma frase. Por supuesto, igual que su otro único título accesible al lector español (y mi favorito), Ceremonias secretas, forma parte (o formaba) del inagotable filón de felicidad y lecturas que fue (y no sé si es) El Libro de Bolsillo de Alianza Editorial. En Rosaura, Denevi ofrecía una historia en forma de poliedro o escultura manierista, algo al estilo de La Piedra Lunar o las sagas de Lobo Antunes, para ilustrarnos la incapacidad que tiene el ser humano de conocer a sus semejantes y el poder de redención de la literatura, que convierte en novela aun la existencia más trivial y miserable. Sin dejar de constituir un ejemplo interesante de maestría narrativa, que le granjearía el Premio Kraft en 1955, no llega sin embargo a la excelencia de sus relatos, el verdadero corazón de las tinieblas de la obra de Denevi. Como la gran mayoría de sus compatriotas mejor conocidos, da lo mejor de sí en las cantidades discretas, antes en taza que en vaso. Y con una contundencia difícil de igualar por parte de otros que se pretenden sus iguales o, peor aun, por encima.


En busca del cuento perfecto. Tanto Falsificaciones (cuya edición original, argentina, data de 1966) como Ceremonias secretas destellan por sus virtudes literarias, sea lo que sea lo que esta expresión hueca pretenda significar. Quiero decir, desde la primera página, desde el primer párrafo, uno entiende que se encuentra frente a un escritor en tres dimensiones y no un pipiolo con ínfulas. La crítica, los manuales, el eco académico han primado a una serie de autores de marca registrada cuyo fragor ha ensordecido la obra de muchos otros de no menor valía: la única explicación que cabe para el desconocimiento por parte del lector medio (y aun de parte del aficionado) de los libros de Denevi radica en las sombras que sobre él proyectan Borges, Cortázar, Bioy Casares, Mújica Laínez, Sábato. De otro modo no logro comprender cómo Ceremonias secretas, una recopilación de cuentos que no dudo en calificar de magistrales, no haya vuelto a ser reeditada desde que, según he mencionado, Alberto Manguel la reuniera para el Libro de Bolsillo de Alianza en 1996. Dicha recopilación resume la trayectoria literaria de Denevi y, cierto, en ella pueden encontrarse cosas mejores y peores. Pero la plasticidad de las imágenes, la fluencia del estilo, la ironía del relato que da título al repertorio o de Viaje a Puerto Aventura, los fogonazos de Carta a Gianfranco, los jugueteos existencialistas de La obra maestra de Anouilh perdida, y, sobre todo, tanto el fondo como la forma de Un perro en el grabado de Durero titulado “El Caballero, la Muerte y el Diablo”, uno de los más perfectos textos que se han escrito en nuestro idioma (así lo pienso y así lo digo), lo convierten en un título imprescindible en la biblioteca de cualquier persona adicta a la buena lectura. Aunque, como le sucede a la mía, esté masificada hasta llegar a la amenaza y me haga preguntarme no sin cierta angustia qué haré cuando mi retoño, el buen Luigi, comience a comprender que también los libros sirven para jugar al Tetris. En el salón, encima y debajo del sofá, y hasta en la bañera, sí.

miércoles, 29 de abril de 2009

Perturbaciones


Ahora mismito. Queridos curiosos: precisamente a la hora en que cuelgo este post se estará presentando en el Hotel Kafka de Madrid Perturbaciones. Antología del relato fantástico español actual, publicada por la flamante Salto de Página, una de esas editoriales nobles y abnegadas que aún siguen conservando la confianza en formas de literatura inferiores a las doscientas páginas, y que cuenta en su haber con un catálogo, aunque breve, debido a su escaso tiempo de andadura, nada desdeñable: os invito a visitar su web. Desde esta misma semana, Perturbaciones anda por las librerías, motivo que no debéis desaprovechar para haceros con una pequeña muestra de lo mejor que en estos tiempos puede ofrecer la literatura fantástica por nuestros lares. Afortunadamente, no todo es realismo; ni siquiera sabemos si todo es real.


En buena compañía. Por supuesto, uno de los motivos de mi recomendación es que vuestro atento servidor, este Testigo Ocular, forma parte de la flamante antología arropado por nombres de innegable talento entre cuyas filas le encanta verse confundido. No todos los días uno aparece en medio de un pelotón formado por Elia Barceló, Fernando Iwasaki, Ángel Olgoso, Pilar Pedraza o el estratosférico Félix J. Palma, por no hablar de nuestro reciente académico José María Merino. El cóctel augura horas de pasión y desenfreno a los lectores de buen apetito: esas horas sin precio que transcurren en el sillón de orejas o al borde de la almohada, mientras el despertador anuncia que la madrugada empieza a espesarse pero no podemos, no nos está permitido apagar la luz de la mesilla. Y, de hacerlo, la oscuridad del otro lado de la cama se nos llenará de rostros, sombras y cuerpos que giran en un torbellino, como atrapados en las visiones de la fiebre. La fantasía responde al mismo principio físico de la palanca de Arquímedes: dadle un punto de apoyo y moverá el mundo.


Pasen y vean. La antología es responsabilidad, prólogo incluido, de Juan Jacinto Muñoz Rengel, causante también él, según os revelará su página, de artificios literarios de minuciosa relojería. Como un presentador de circo atento a los espectáculos que se desarrollan en cada pista, Juan Jacinto nos desgrana a la entrada qué podrá presenciar el lector bajo esta enorme carpa:



En el interior de este volumen hay anomalías y perturbaciones para todos los gustos. Prueben a abrirlo. Lean sobre la muerte y la vida después de la muerte, la inmortalidad, el paraíso, el limbo, el infierno, los resucitados, y los espectros. Lean sobre Dios y el Diablo, el origen y el fin. Lean acerca de mundos paralelos, de bucles temporales, de la predeterminación encerrada en los espejos, o de las necrológicas inversas que publican algunos periódicos. Lean en torno al doble, a la identidad y a las conexiones invisibles; sobre las interacciones entre realidad y ficción, metaficción y metaliteratura. O incluso sobre la absoluta desaparición de la ficción en los libros. Indaguen sobre los sueños y las pesadillas. Sobre las transformaciones imposibles de sujetos, objetos y animales. Lean acerca de la presciencia, la telepatía, la telequinesia, y todas las perturbaciones de la personalidad, la memoria o la percepción.


A la librería. Echadle un vistazo y me contáis. Hay perturbaciones más agradables, o reveladoras, que las que nos hacen sudar en los asientos de Iberia.

martes, 21 de abril de 2009

Qué fuerte, Tom


Alegría. Lo que alegra mis días (o mis noches) en los breves intersticios en que me lo permite la hiperactividad de mi hijo de once meses o mi viaje diario a aquel lugar allende las montañas en que se encuentra mi puesto de trabajo es un tiarrón de casi dos metros con camiseta ceñida y una vaga semejanza con Christopher Reeve, el primer Superman, pero con un ribete de canas aclarándole el espacio entre las sienes. Así al menos lo dibuja Chris Sprouse, responsable de la mitad visual de uno de los cómics más despampanantes, divertidos y adictivos que he recorrido en los últimos tiempos. De la parte no visual se encarga un viejo conocido de todos vosotros, amigos lectores: me refiero al ínclito Alan Moore, cuyas proezas claman ahora a los cuatro vientos librerías, tiendas de merchandising y revistas de cine, gracias a las arcas que tan generosamente está llenando la versión fílmica de Watchmen, que, no, todavía no he visto. El nuevo producto de que os hablo y el rinconcito de felicidad impresa de mis últimas semanas tienen un nombre de contundencia inigualable: Tom Strong.


Con sabor a nocilla. Todos sabemos ya que Moore es un erudito en esto del arte del cómic. Comprende de sobra que el tebeo es un formato popular y que la mayoría de sus lectores no son gente versada en zarandajas literarias ni siempre dotada de ese barniz de alta cultura que desearíamos para nuestros amigos, pero no por ello renuncia a sus vastos conocimientos de Cambridge scholar: por eso se permite trufar The league of the extraordinary gentlemen de referencias cruzadas a toda la gran literatura de escapismo decimonónica (Poe, Stoker, Verne, Wells) o bautizar a una de sus criaturas más inquietantes y perfectas con el nombre de un psicólogo de solera (esos dibujitos simétricos en forma de mancha de petróleo donde ciertos desquiciados ven aves, hachas o bosques se llaman Test de Rorschach). Sin embargo, en Tom Strong ha renunciado a toda vena de cultura académica para ofrecer pura diversión: imaginación a borbotones inspirada por las revistas pulp de los años cincuenta, héroes y villanos de manual tal y como los encontrábamos en los tebeos sobre los que mordíamos la nocilla, paisajes exóticos, mujeres que provocan asma y aventuras como para vacunarnos contra el aburrimiento el resto de nuestras vidas. Y todo entre medias sonrisas, con una ironía suavemente matizada que no llega a prorrumpir en carcajada (ningún chirrido arruina el entusiasmo del lector, os lo aseguro) y que constituye otro de los placeres del recorrido, añadido a la emoción y la simpatía por los personajes. Por no hablar de las ilustraciones, francamente conseguidas; aunque Chris Sprouse es el dibujante titular, Moore se permite rodearse de invitados que abordan los flash-backs o pequeños meandros que bordean la acción central (invitados entre los que hallamos también, albricias, a Dave Gibbons).

Figurantes y escenarios. Decidme si estos personajes no son como para enamorarse de ellos. El primero y principal, Tom Strong, cientihéroe criado hasta su decimopoco cumpleaños en una cámara de gravedad especial con el fin de robustecer sus huesos, y que gracias a una raíz especial llamada Goloka prácticamente desconoce las incomodidades del envejecimiento (tiene cien años). Su esposa Dhalua, hija del jefe de la tribu Omotu, enamorada de Tom desde que sus padres lo concibieran en una lejana isla del pacífico donde ocupaban un laboratorio en el interior de un volcán. La hija de ambos, Tesla, adolescente todavía aunque dotada de la edad técnica de un jubilado (sesenta). Pneuman (nada que ver con el ganador del premio Alfaguara), un autómata vestido de chaqué que hace las veces de mayordomo. Solomon, un gorila tratado genéticamente para desarrollar inteligencia y ascendido a sabio (con gafas y chaleco). Un elenco de supervillanos entre los que se cuentan aztecas procedentes de realidades paralelas, hembras nazis convertidas en semidiosas gracias a la cirugía y monstruos modulares, y entre los que sobresale el exquisito Paul Dorian Saveen, maestro de malhechores y enemigo jurado de Tom desde los remotos años veinte, en que se paseaba por Millennium City (escenario de todo este apasionante carnaval) con frac y antifaz al estilo del Fantasma de la Ópera. Os lo aseguro, amigos: puedo tener un día jodido en casa o el trabajo, pero al llegar la noche y abrir las pastas, Tom lo salva todo con su arrojo acostumbrado.


Seguimos adelante. La obra completa (cuatro volúmenes) se halla a disposición del curioso en el catálogo de Norma. Mi periplo se halla todavía a mitad del segundo, pero la diversión y el entusiasmo no cesan. Según leo en el blog correspondiente de la editorial, Moore y Sprouse han dado ya la serie por terminada después de esa sucesión de piruetas y volatines a la que el británico nos tiene tan habituados, pero nunca se sabe. Fijaos los extraordinary gentlemen, que si todo va bien dentro de poco regresarán con unos archivos inéditos. Aquí estaremos esperando.

miércoles, 15 de abril de 2009

A Ratzinger no le gustarían


Una de romanos. En la pasada semana de celebraciones ancestrales, justo es deplorar la paulatina desaparición de una de nuestras tradiciones más valiosas, de aquellas que definen a la Semana Santa con mucha mayor justeza que el hedor a incienso o la miel de las torrijas: las películas de romanos. Con pavor e irremediable nostalgia compruebo que los canales de televisión apenas programan togas y sandalias para la semana en curso. O que, de hacerlo, se decantan por los dispendios horteras y sin alma de las últimas superproducciones televisivas (no es un oxímoron), como la aterradora Jesús protagonizada por Jeremy Sisto, de la que me niego siquiera a hablar, o esa cosa grandilocuente y tramposa que se vendió como la resurrección del viejo cine épico, Gladiator, de Ridley Scott. Sólo la primera cadena estatal se ha atrevido tímidamente a emitir Quo vadis y Ben Hur en horario mañanero, como para no molestar a nadie, mientras el prime time de cada noche se reservaba a contenedores de basura mucho más actuales y de probado diseño. Sin ningún género de dudas, esta sí es la decadencia del imperio romano. Yo sé muy bien qué debería hacerse con los programadores televisivos: arrojarlos a los leones.


Ausencias inexplicables. En fin, la tradición que nunca falla es la de la omisión. Hoy las estrellas son Jeremy Sisto y la hemoglobina de Mel Gibson (versión de la Pasión amparada por el Opus y el emperador galáctico Ratzinger), en el pasado tuvimos el tecnicolor de Deborah Kerr, el circo, los peinados imposibles de Robert Taylor y esa música de fondo con voces blancas que parecen brotar de un disco leído al revés (haced la prueba), pero nunca, nunca, nunca dos películas cuya ausencia no comprendo en estos días de sangre y puñetazos en el pecho: a no ser que la penitencia nos obligue a dejar de lado toda muestra de decoro, originalidad o buen gusto en el tan maleado mundo de las reconstrucciones bíblicas. Supongo, avezado lector, que ya habrás imaginado cuáles son las dos cintas imposibles pero imprescindibles de nuestra Semana Santa, las que jamás presenciarás desde un canal generalista. Dos con las que sin ninguna duda Ratzinger no disfrutaría lo más mínimo: La última tentación de Cristo y, ay, amigo, Jesus Christ Superstar.


Con la cara de Defoe. En defender la primera no voy a enredarme porque no deseo extraviarme en laberintos teológicos ni apuntalar con razones que podrían resultar farragosas por qué considero que el Jesucristo de Scorsese es el más humano, tridimensional e inteligente (al menos para nuestro siglo XXI) que contiene la historia del cine americano. A una estética visual muy cuidada y detallista, según es común en el director, se añaden una interpretación, por parte de Willem Defoe y sus ojos cargados de desesperación y bravura, que deja atrás (por suerte) a los Jesús gazmoños de los colegios de monjas, y una banda sonora, entre tecno y etno, firmada por Peter Gabriel, de lo más recomendable para llevar en el coche antes de ser encadenado a tu puesto de trabajo o intentar un trance con ayuda de estupefaciente y papel arroz. Según sabéis, oh lectores, la película levantó mucho revuelo en su día por proponer la inocente posibilidad de que Jesús estuviera enamorado de María Magdalena y le gustase trajinársela de vez en cuando; tan estúpidos tapujos dejaban de lado la verdadera profundidad del relato, inspirado en la novela homónima de Nikos Kazantakis, y el dilema entre santidad y vida corriente, entre heroísmo y tedio, que constituye su auténtico telón de fondo. Creo que el estruendo mediático no vino bien a la cinta, que todavía hoy resulta más famosa, rechazada o aceptada por su ruido que por ser, como es, una reflexión valiente y lúcida a través de senderos que ya hollaron Kierkegaard o el mismísimo patriarca Abraham. Pero he dicho que, aunque la teología de bajo coste es una de mis aficiones favoritas, no voy a flagelaros con ella, ni siquiera aunque el tema que nos ocupa tenga que ver con eso mismo, látigos y espinas.


Cristo tenía greñas. En realidad, de lo que yo quería hablar es de mi película favorita, sin paliativos ni condicionales, sobre la vida de Cristo: el musical de Norman Jewison, basado en la rock opera homónima de Andrew Lloyd Weber, Jesús Christ Superstar. Sigo sin comprender por qué las obtusas mentes de los programadores la dejan de lado para alegrar los rigores de la Semana Santa española a través del televisor. Con Scorsese los reparos pueden admitirse de algún modo, por lo del revuelo que acabo de mencionar, pero no encuentro nada ofensivo ni constitutivo de mal gusto en el espléndido fresco retro-hippy de Jewison que pueda escandalizar a una monja con bigote. A una banda sonora imprescindible (¿quién puede asistir sin evangélico escalofrío a Hosanna o a Gethsemane, por no hablar del órgano hammond de What’s the buzz? o a la histeria desatada en Trial before Pilate?) se une una puesta en escena que nutriría sin desdoro las fiestas de la primavera de nuestras más alegres capitales de provincia: las pelucas afro de las bailarinas que rodean a Judas en el climático Superstar, los flecos del uniforme del propio Judas, los cueros sadomaso de Anás, Caifás y compañía, la combinación de cascos de Famóbil y metralletas de los soldados romanos, las gafas tornasoladas de Herodes, el look rasta de Simón el Zelote, son motivos de cargo para ver esta cinta una y otra vez y admirarse de que por fin alguien haya tenido la dichosa idea de abordar la historia de Cristo desde otro ángulo y aportarle algo de originalidad restándole mármol. (Pero soy injusto: acabo de recordar Godspell, otro musical hippy dirigido en 1970 por Stephen Schwartz y John-Michael Tebelak en que también se planteaba la historia de la cruz y las treinta monedas entre greñas y pantalones de campana.)


Últimas preguntas. ¿Tiene algo que ver que las dos películas que acabo de reclamar tengan como protagonista principal no a Jesús sino a Judas? ¿Desconfiarán las autoridades televisivas? ¿Será Judas Iscariote el auténtico mesías en vez del otro, como pretendían el famoso evangelio del National Geographic y aquel teólogo sueco imaginado por Borges? ¿Nos imaginamos diciendo, después de que alguien estornude, “Judas”?

martes, 31 de marzo de 2009

El demonio del absoluto



El francés del abrigo. Hay un escritor francés que siempre fuma en las fotos, mientras se protege de un invierno en blanco y negro bajo las solapas de un abrigo trenzado. El flequillo en diagonal le da un aspecto de alumno irreverente, de esos que se ocultan al final del aula a grabar mensajes obscenos en el envés del pupitre; la nariz, copiada de una careta veneciana, sobresale casi maleducadamente del resto de las facciones, más respetuosas con la simetría. Este sujeto, cuya obra no he leído, luchó como aviador en la Guerra Civil Española, fue bandolero en Indochina, llegó a convertirse en coronel y secundó a De Gaulle en las duras (Londres) y las maduras (París). Responde al nombre de André Malraux y sostuvo una larga admiración, a lo largo de toda su vida, por un personaje que sin duda la merece, Thomas Edward Lawrence, el famoso Lawrence de Arabia. Incluso le dedicó un libro, El demonio del absoluto, recién traducido al castellano por Galaxia Gutenberg y visto de lejos el viernes pasado por este testigo ocular en el estante de una librería. Hay sujetos que están tallados sobre piedra imán y a los que resulta difícil resistirse, sobre los que no se puede evitar teorizar, glosar, ilustrar, biografiar, desvariar: Alejandro Magno, Leonardo da Vinci, el marqués de Sade. Lawrence pertenece a esa estirpe que atrae el metal de las plumas.


Los siete pilares de la sabiduría. No son pocos las biografías y retratos que Lawrence ha ido acumulando a lo largo de su casi siglo de carrera mitológica. Recuerdo, en particular, una esmerada crónica de un autor al que admiro por muchos motivos, Robert Graves, y que lleva por título Lawrence y los árabes. Por lo que sé, todas esas hagiografías abundan en hechos tremebundos y efectos especiales: trenes que descarrilan en mitad de las arenas, ejércitos diezmados por bandas de beduinos a lomo de animales color tabaco, ciudades tomadas sin aparente esfuerzo mientras los cañones que debían defenderlas miran ensoñadamente al mar. Borges ha dejado establecido que todos los biógrafos de Lawrence se enfrentan a un problema inicial que es ya una derrota: la imposibilidad de sobrepasar lo que él dejó sobre sí mismo en las páginas de su caudalosa Seven pillars of wisdom. La obra mayor de Lawrence mueve a la perplejidad por varias razones. Concebida en principio con el propósito de dar cuenta de la rebelión árabe y de la participación de su autor en el teatro de operaciones, a menudo rompe sus cauces y se extravía por el ensayo antropológico, la disquisición filosófica, el libro de viajes, la poesía, la mística. Se trata, sin lugar a dudas, de un libro inclasificable (como si alguno no lo fuera), que he visto, en librerías, ocupar tanto el anaquel de literatura turística, como de aventuras, como de clásicos extranjeros. Entre lo menos llamativo no se halla, por cierto, el estilo. De un autor en tránsito continuo, habituado al revólver, el vivac y la dinamita, encargado de la rebelión de un pueblo entero contra un imperio opresor, uno esperaba frases con ritmo de ametralladora, convulsas, agujereadas, adictas al punto y coma, algo parecido a London, a Hemingway; sin embargo, uno se encuentra en mitad de una marea de prosa vestida de tweed, académica en el mejor sentido de la palabra, de castillo galés. Uno sospecha que se trata de uno de esos libros nacidos con vocación de clásico, que desde la primera edición están predestinados al lomo de piel y el papel biblia con el canto en oro.


Muerte de un motociclista. Sin duda todo hombre es un enigma, un acertijo cuyo significado debemos rastrear por debajo del desorden aparente de sus actos. En el caso de Lawrence, esta hermenéutica alcanza sus mayores niveles de dificultad: un sujeto que es a la vez soldado, arqueólogo, estratega de brillo, amante del riesgo hasta el disparate, traductor de Homero, políglota, masoquista, homosexual, filonazi no parece poder resumirse en un cliché común, en un molde que nos haga cómodo manejarlo de cara a las generalizaciones. De toda su portentosa vida, que disculpa con creces la admiración que le han rendido generaciones enteras de amantes de la aventura, sigue deslumbrándome un hecho puntual, el último: su muerte. Hay una ironía secreta, un misterioso albor de justicia poética, en el modo que Lawrence tuvo de desaparecer, en un trivial accidente de motocicleta. Un hombre que desafió al desastre internándose a solas en el peor desierto de la Tierra, que humilló a un imperio con la ayuda cómica de una banda de desarrapados, que atravesó nubes de balas y lluvias de acero sin despeinarse mayormente el flequillo, debía acabar sus vidas como un niñato de fin de semana, con el cuello roto en una cuneta. El destino parece querer decir: lo verdaderamente peligroso, lo auténticamente letal, está en el camino cotidiano que conduce a casa.


Héroe del celuloide. Y por supuesto, la película: el origen de todo el mito para los miembros de mi generación y de algunas precedentes. Es sólo más tarde cuando comprobamos que T. E. Lawrence es un tipo desgarbado, con nariz en forma de yatagán y una barbilla indefendible, que cuando se despoja del disfraz de jerife y adopta el pantalón corto del ejército parece una caricatura de alambre; al principio, en la fascinación del principio, Lawrence es Peter O’Toole descendiendo una duna con la pistola de bengalas en una mano después de despanzurrar el tren en la línea del Heyaz, es ese irlandés loco y borracho alzando la espada en mitad de un pedregal ante la visión de Aqaba, es la previsión del dolor, del infinito, del vacío, en la inmensidad turquesa de esos ojos que algún día corresponderán también a un oficial nazi y a un rey asesino. Lawrence de Arabia constituye, sin género de dudas, la obra puntera de Sir David Lean (bastante más flojo, sentimental y farragoso en melodramas como La hija de Ryan o la sobrevalorada Doctor Zhivago): la fotografía del desierto, que constituye un personaje más de la acción, o la inevitable banda sonora de Maurice Jarre, reservan rápidamente un puesto de honor a esta cinta en la memoria de todo amante al cine en condiciones. Motivos a los que no es ajena la interpretación de O’Toole, que dota al personaje de un lado tenebroso y ambiguo que lo enriquece con creces y que lo aleja del habitual protagonista en bloque de la narrativa de aventuras (no en vano, poco tiempo más tarde, O’Toole encarnaría al héroe de tobillos frágiles por excelencia: Lord Jim).


La materia de los sueños. Lo que convierte a un hombre en arquetipo, en leyenda, en marchamo, es precisamente su escasa afinidad con lo que es un hombre: una criatura que se aburre, que sufre, que se casa, que paga hipotecas, que se levanta al ladrido del despertador, que duda, que teme, que desespera. Como ya sabemos, la auténtica realidad está hecha de humo y las ideas y los héroes, que rigen nuestros desvelos, poseen la dudosa consistencia del vapor. We are such stuff / As dreams are made on; / and our little life / Is rounded with a sleep: Prospero dixit.






miércoles, 25 de marzo de 2009

El ciego y el manco


Igual que, supongo, le sucederá a la apabullante mayoría de la humanidad, el nombre de Millard Kaufman me era perfectamente desconocido hasta hace cosa de un par de semanas, y si llegué a saber de su existencia fue por el lamentable motivo de que tocó a su fin: se murió. Eso le dio ocasión de figurar en la página de obituarios de los rotativos y gozar de la breve celebridad de la despedida, donde, según sabemos, todo el mundo es bueno o, a su modesta manera, hizo algo de valor. No conocí a Kaufman, ni personalmente ni de ningún otro modo, pero me atrevo a avanzar que, en cuestiones de cosas de valor, sí hizo un par de aportaciones. Que me apresto a indicar aquí para rellenar mi post de la semana y cumplir con la instrucción pública, uno de los objetos, no por inconfeso menos presente a su autor, de este nuestro blog.

Por lo que he leído en las esquelas, Kaufman fue guionista de Hollywood. Profesión esta que disfruta de bastante menos consideración y oropeles que la de escritor o reportero, pero entre cuyas filas, algo de lo que todos estamos al tanto, figuran a menudo personas de mucho talento muy poco reconocido (para dignificar actividad tan servil y subalterna suele mencionarse que en ciertas ocasiones fue ejercida por Hemingway o Faulkner, entre otras primeras espadas). En 1949, Kaufman realizó el guión para un cortometraje titulado Ragtime bear, en que aparecería un ancianito corto de vista en compañía de un oso. El oso acabaría por ser descartado, pero el anciano, un cegato que se negaba malhumoradamente a reconocer su deficiencia, no tardaría en convertirse en el personaje estrella de la United Productions of America y de ser exportado hacia la potente Columbia, que lo distribuiría por todo el mundo. Hablo de Mr. Magoo, cuyos avatares, tropiezos y malentendidos nutrieron generosamente las tardes de los telespectadores de mi generación, en connivencia con las de esas otras figuras arqueológicas llamadas Maguila el Gorila o el Lagarto Guancho (todos ellos, supongo, dormirán el sueño de los justos en el mismo subterráneo del finado Millard Kaufman).

Mr. Magoo resultaba de lo más entrañable, con su sombrero, su bastón y su rocambolesca tendencia a salvar a pobres animalitos de peligros que no existían en la realidad, salvo en su retina distorsionada. A decir verdad, los episodios de la serie no se caracterizaban precisamente por su variedad: el guión, construido sobre tres cartas de la baraja (la sota, el caballo y el rey) solía consistir en la llegada de Mr. Magoo a alguna parte, la confusión de un camarero o de una señora o de una boca de riego con algo completamente disparatado y exótico, y los equívocos consiguientes. Al final, Mr. Magoo se marchaba de donde fuera, saludando muy educadamente con su sombrero pero no por ello dejando de expresar su disconformidad con las formas de sus anfitriones. El esquema, obviamente, fue calcado por Francisco Ibáñez para la fabricación de otra de las glorias de nuestro pasado patrio: el inefable Rompetechos, que por méritos propios se merece un post aparte. Como aparte quedaría, también, una reflexión sobre la comicidad algo chusca asociada a los defectos de percepción de la realidad: por qué existen tantos personajes discapacitados que nos mueven a la hilaridad y por qué la ceguera, la sordera o el delirio nutren con tanta asiduidad todo tipo de gags, de calidad baja, mayor y mediana. Un anticipo: en su curioso tomito sobre La risa, Henri Bergson avanza el principio de que lo cómico es el resultado del desfase entre el formato de realidad que nos imponen el hábito, la rutina o el intelecto y su súbita violación por parte de alguien o algo que no comparte sus reglas (un resbalón, un hombre desnudo en mitad del mercado, una palabra inadecuada en un discurso de recepción del Nóbel). Creemos que el universo está perfectamente definido, limitado y en orden, que cada persona y cada cosa ocupan en él el puesto que les corresponde sin posibilidad de que el esquema admita variantes. Pero la risa, la ceguera de Mr. Magoo y Rompetechos, nos colocan en el precipicio de la duda: ¿y si una tijera fuera un compás? ¿Y si un sombrero fuera una madriguera de la que surgen gazapos? Recordemos aquí que para Max Ernst el colmo de la belleza consistía en “el encuentro casual de un paraguas y una máquina de coser en la mesa de operaciones”.

Pero volvamos al señor Kaufman, que debe de habérsenos extraviado con tanto circunloquio. El difunto Millard merece nuestra admiración y este post que (según costumbre) ya se alarga más de lo debido no sólo por introducir en nuestras vidas a Mr. Magoo, sino también por ser el responsable de uno de los guiones más apasionantes si no más conocidos (¡ay!) de que tengo noticia. A saber, el correspondiente al filme de John Sturges Bad day at Black Rock (1955), que en su día incluso le granjeó una nominación al Oscar del ramo. La película, que aquí se llamó Conspiración de silencio, nos presenta a un Spencer Tracy inigualable (ya peina canas, y tiene ese aire entre santurrón, profesoral y abuelesco que le conocemos de Adivina quién viene a cenar esta noche), convertido en un veterano manco de la Segunda Guerra Mundial. No quiero desvelar demasiados datos de la trama, que me resulta ejemplar, y animo a todos aquellos que no la conozcan a correr al videoclub (¿estará?) o enchufarse al emule para obtenerla cuanto antes y disfrutar de ochenta y un minutos de cine de cinco estrellas. Aun así, ofrezco algunas indicaciones: un villorrio polvoriento del Medio Oeste, donde ejercen su tiranía granjeros metidos a perdonavidas (papeles bordados por Robert Ryan y Lee Marvin), queda conmocionado por la llegada de un anciano que busca a la familia de un antiguo vecino del que fue camarada de armas, Joe Komaco. Lo cierto es que la familia de Komaco no se encuentra en Black Rock, y nadie sabe, o prefiere no saber, lo que ha sucedido... Así que el anciano, con muchos más arrestos de los que le suponen los niñatos que dominan el cotarro en el pueblo, ha de ir destejiendo la red de insidias, odios y atrocidades a que la familia de Komaco se ha visto arrastrada sin comerlo ni beberlo.

Admiro este película desde hace mucho tiempo, y por varios motivos. Por el pulso narrativo, que está medido con auténtica maestría y sabe colocar cada suceso en su punto correcto, siempre con la intención de sacarle el mayor partido a la trama. Porque constituye, al menos para mí, un ejemplo perfecto de lo que debe ser un thriller, en formato novelístico, cinematográfico o de cualquier otra clase, puesto que siempre he descreído felizmente de esas compartimentaciones (los géneros) que tanto tranquilizan a las mentes académicas. Por ese inicio y ese final, simétricos, en que un tren llega o se aleja de ninguna parte, en mitad de un desierto donde no caben más que silencio y odio. Y por supuesto, por Spencer Tracy, mi enorme Spencer Tracy, un actor que con su sola carota de sirgador ya llena la pantalla y que convierte a cualquier personaje de dos dimensiones, por remoto que resulte, en alguien de tu familia nuclear (mérito que comparte con otras glorias como Peter Ustinov o Anthony Quinn).

Querido Millard Kaufman: a pesar de no conocerte de nada, te agradezco todas las horas de inmenso placer pasadas en compañía de un ciego y un manco. Tu ciego y tu manco, por supuesto.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Who watches the watchmen?


Mucho me temo que, por motivos de patria potestad, he de tardar un buen tiempo en echar un vistazo a la versión cinematográfica de Watchmen; y más me temo que en el momento en que por fin consiga hacerlo la película lleve ya casi un lustro acumulando polvo en las estanterías de los videoclubes. En realidad, y como buen cerebro contradictorio que soy, ni siquiera sé si deseo verla. Lo cierto es que el cómic me dejó tan apabullado, patidifuso y al borde de la afasia, por la sensación de maravilla, que temo seriamente que el filme no le llegue ni a la altura de las suelas: me espanta chocar con el producto de un puñado de admiradores tan bien dispuestos como mal encarrilados, que ante la imposibilidad de superar al original o de ofrecerle un digno émulo, se apliquen a copiarlo simiescamente limitándose a traducir las viñetas en encuadres. Me aseguran que no es así. Gentes hay, incluso devotos de la versión original en comicbook, que defienden la película como dos horas de agradable escapismo y merecedora de interés más allá de su relación con su modelo de papel satinado. No sé si tendrán razón, y creo que me retrasaré en esto de dársela o favorecer en su lugar a los escépticos, porque ya he mencionado que de un tiempo a esta parte las salas de cine me están más bien vedadas (como teatros, antros nocturnos, bibliotecas y otros lugares reservados al onanismo intelectual). Puedo imaginarme de lejos el resultado y entrever a grandes rasgos a qué corresponde. No sé por qué, lo veo más vecino al color chicle de las últimas Spiderman o El increíble Hulk que a los nobles ejercicios de estilo de Sin City y 300. Pero igual me equivoco.

Los motivos para el recelo son múltiples. La acción que Alan Moore describe en su guión ofrece excusas más que sobradas para planos espectaculares y excesos de altavoz, pero también nos presenta una reflexión cruda, indigesta y sin concesiones sobre el universo de los superhéroes y lo que implican en una sociedad democrática o que trata de serlo. Tipos disfrazados con mallas y ocultos tras un antifaz que se toman la justicia por su mano invadiendo competencias del juez y el agente de policía, que se travisten para dar salida a las múltiples frustraciones que arrastran desde la infancia (la de ser mutantes, huérfanos, extraterrestres, monstruos, víctimas de experimentos nucleares… ), que reducen maniqueamente el colorido exuberante de las cosas al lóbrego blanco y negro del ajedrez no parecen a primera vista individuos a los que confiar alegremente el futuro de nuestras familias. La grandeza de Moore consistió en aprovechar el habitual vehículo de las narraciones superheroicas, el cómic, para plantear interrogantes cruciales sobre su sentido y su profundidad, así como para desenmascarar el infantilismo y los impulsos fascistas a menudo ocultos bajo su superficie. Por eso Watchmen constituye, sin atenuantes, una de las obras imprescindibles de la historia de la literatura popular, una de sus cimas y de sus techos. Después de ella, no podemos contemplar con la misma inocencia a Superman o al viejo Batman con uniforme color cemento de la teleserie.

¿Qué hará el cine con estos mimbres? Para que la película salga rentable, probablemente los guionistas se verán obligados, consciente o inconscientemente, a renunciar a las cuestiones más espinosas planteadas en el original. ¿Ocupará el espectador su butaca con la misma comodidad cuando sepa que algunos de los héroes para admirar a los cuales ha abonado religiosamente su billete es culpable de violación, planea una masacre de dimensiones planetarias o ha visitado varias veces la cárcel por conducta próxima a la psicopatía? Sospecho que la productora, con intención de hacer el producto menos agrio, limará el pasado de Rorschach o atenuará los efectos del plan maestro de Ozymandias para evitar un holocausto nuclear. Veremos. En el plano visual quizá la cirugía no tenga por qué resultar tan agresiva, aunque declaro que no reconozco a Night Owl en ese tipo fibroso y perdido bajo una montaña de músculos que aparece en los carteles, por no hablar de los pectorales cárnicos de Silk Spectre. También es verdad que jamás he podido soportar lo que los diseñadores de la última generación han hecho con los muy dignos pijamas de Los Cuatro Fantásticos o Lobezno.

A menudo, García Márquez ha presumido de que Cien años de soledad es imposible de trasladar al cine, de que se trata de una obra irremisible y forzosamente literaria. Yo no sé si esa incapacidad es virtud o defecto, pero parece insinuar la existencia de unos valores únicos sólo apreciables en el medio en que la obra se generó, perdidos sin remedio en cuanto cambia de envase. Conocemos tanto las limitaciones del cine como las de la literatura, y solemos saber, antes de asomarnos a una adaptación en una u otra dirección (ejemplo: de El nombre de la rosa al filme de Annaud, de El tercer hombre al texto de Graham Greene), dónde van a radicar los puntos flacos. La imagen golpea, seduce, persuade de inmediato, pero suele carecer de espesor; la palabra detalla, penetra en recovecos, remonta las cumbres y desciende a los abismos, pero se halla lastrada por la necesidad de metáforas que aporten visibilidad, por su gravoso aparato de sintaxis y armazones. No sabemos si el cómic cuenta con algún rasgo específico, algo intraducible al resto de las artes, que pierda su magia en el momento de ser vertido en imágenes en movimiento o palabras llanas (que también ha sido el caso: Neil Gaiman ha convertido en novelas algunas de sus tramas para The Sandman, y de la Balada del mar salado de Hugo Pratt existen versiones tanto en formato de historieta como de relato): quizá se halle en su condición de género indeciso, a medio camino entre el cine y la pintura.

¿Se pierde algo en el trasvase? Cuando eche un vistazo a Watchmen me atreveré a opinar. Mientras tanto, se aproximan a la gran pantalla (¡) nada menos que Tintín y Blake & Mortimer. Espero que los rescoldos de nuestra infancia sobrevivan en estado aceptable a esta revisión de los clásicos.