sábado, 27 de septiembre de 2008

Por favor, sea breve


Cuando uno convive con un bebé de tres meses, la lectura se vuelve un ejercicio fragmentario y lleno de baches, como las frases de un tartamudo. Rápidamente comprendemos que la novela río, la saga familiar o el ensayo de largo aliento son terreno vedado, y que las breves islas de tiempo de que disponemos, algunas a horas disparatadas del mediodía o la noche, deben ser aprovechadas con productos de formato distinto. Para colmar esos resquicios con la mayor cantidad de literatura posible, yo suelo tomarla concentrada en pastillas, como si me metiera chutes de vitamina B o me inyectara insulina. Frases cortas, párrafos en ocasiones, entradas de diario, aforismos, cuentos del tamaño de un bostezo, esa forma del exhibicionismo tan de moda en los últimos tiempos y que ahora llaman microrrelatos (Monterroso, que llevaba toda la vida preparando la llegada del género, le dio nombre de pantalón, short-short).

Con el hábito he ido acumulando una especie de almacén de este tipo de lecturas, hacia el que me arrojo en cuanto un hueco me ofrece la ocasión propicia. Me agradó encontrar, por sintonía, un artículo de Savater en El País de hace pocos días en que se definía como gran catador de aforismos y en el que ofrecía algunos de los bocados a los que es más adicto: aparecieron por allí nombres que yo no conocía y otros que sí, como el de Andrés Neuman, y una serie de aperitivos realmente suculentos. El de Carlos Marzal, en un libro titulado Electrones, es caviar puro: “A nadie le resultan demasiado graves sus defectos, en especial el de no considerar sus defectos demasiado graves”. El aviso de Neuman, tampoco desmerece: “No confundir la moral con quienes la defienden” (para interesados, recordar que el autor ejerce como francotirador en el suplemento cultural de ABC con una sección titulada Barbarismos).

Mi botiquín se compone sobre todo de Lichtenberg, a quien conocí por primera vez hace más de doce años, mientras mi tío reformaba su despacho y encontraba que le sobraban una pila de libros los más afortunados de los cuales fueron a dar a mis manos (“Las iglesias siguen necesitando pararrayos”): entre ellos se hallaba una edición amputada y menesterosa de sus apuntes editada por Fondo de Cultura Económica y que en su momento corregí con la de Edhasa, fácilmente accesible al profano y muy recomendable. Además, cuento con Joseph Joubert, en una linda versión, lamentablemente exigua, también de Edhasa y anotada e introducida por Carlos Pujol (“Todo es juego, salvo lo que hace al alma mejor o peor”). Y cómo no, Canetti, en la recopilación monumental de sus Aufzeichnungen preparada por Juan José del Solar para Círculo de Lectores (“Ahorcar tiene ahora toda la delicadeza de pescar con caña”). El resto son quizá más predecibles: Pascal, el Diccionario de Bierce. A todos ellos se añade, desde hace cosa de un par de meses, el demoledor Diario de Jules Renard.

Renard era un tipo antipático, huraño, al que le gustaba que le lamieran los oídos, que necesitaba del aplauso del prójimo aunque ni siquiera pudiera compartir ascensor con él. Su Diario está plagado de reflexiones lúcidas, desesperadas, esperpénticas, con ese tipo de mala leche que sólo otorga la más extrema clarividencia, y es, creo yo, toda una carrera de antropología (por no hablar de literatura y filosofía) comprimida en apenas doscientas páginas. Aún no he terminado de recorrer completa la selección que Joseph Massot e Ignacio Vidal-Folch han agavillado para Debolsillo, y ya me inquieta la sola idea de quedarme sin frases que mordisquear entre horas, cuando entra ese hambre de cosas pequeñas de cada mediodía (probable solución será adquirir la edición completa de La Pléiade después de la inevitable lesión en el bolsillo). Las delicadezas de Renard son infinitas y me resisto a un solo ejemplo: “Yo nací para el éxito en el periodismo, la gloria cotidiana, la literatura abundante: leer a los grandes escritores lo cambió todo. De ahí, la desgracia de mi vida”. “He construido castillos en el aire tan hermosos que me conformo con las ruinas”. “Las personas felices no tienen talento”. “No basta con ser feliz: además es necesario que los demás no lo sean”.

Contraindicaciones y riesgos del medicamento: después de leer muchos aforismos, uno se siente invitado a ser breve y perpetra dos o tres fórmulas presuntamente ingeniosas en el envés de un recibo. Por suerte, Teresa arrambla con todo papel que encuentra sobre el mantel del salón.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Casa de citas, 2: Los dones de la muerte


“Dirigí una última mirada a Dión, sonriente entre sus amigos, y me vino a la cabeza la historia del viejo vencedor olímpico que vio coronados a sus dos hijos en un mismo año de Juegos. ‘¡Muérete ahora!’, le gritaba la gente, queriendo decir con ello que ningún otro momento de su vida podría igualar a aquél. Desde el umbral de la puerta, aunque ya me había despedido, volví la cabeza para echar una última mirada a su rostro severo y feliz. Y desde el fondo de mi ser, una voz que no pude acallar dijo en silencio: ‘¡Muérete ahora, Dión! ¡Muere!’ ”.

Mary Renault, La máscara de Apolo. Traducción de Hernán Sabaté. Barcelona, Círculo de Lectores, 1996, pp. 396-397.



“Había una vez una ciudad —parece que se alude a Siena— cuyos moradores disfrutaban de un caudillo que los había librado del yugo enemigo; a diario deliberaban sobre el modo de recompensarle y no hallaban recompensa que estuviera en sus manos y fuera lo suficientemente grande. Ni siquiera les parecía bastante nombrarle soberano. Un día, por fin, se levantó uno y propuso lo siguiente: ‘Lo mejor sería matarle y venerarle como santo patrono de la ciudad’. Y así hicieron con él, poco más o menos lo que la ciudad de Roma con Rómulo”.

Jacob Burckhardt, La cultura del Renacimiento en Italia. Traducción de Jaime Ardal. Madrid, Sarpe, 1985, pp. 43-44.

martes, 10 de junio de 2008

Horizontal y vertical


En un sugerente ensayito situado a la cabeza de su recopilación El individuo y la libertad, Georg Simmel propone que la civilización es un invento de los ingenieros; que todo lo que nos ha dado la cultura, con sus jardines, sus bibliotecas, sus guerras de religión y lanzaderas espaciales, proviene de tres elementos paisajísticos: la puerta, el camino, el puente. Gracias al primero, el hombre dejó de ser todos o nadie para convertirse en alguien y el grupo cedió paso al individuo; la puerta, al aislar al sujeto del resto de la comunidad, al dotarle de un espacio íntimo y secreto donde relacionarse con el silencio y los propios pensamientos, permitió la aparición de la conciencia. El camino le facilitó comprender la estructura del devenir y le hizo atisbar que la vida se compone también de puntos de partida y de destino que se ramifican perversamente, de modo que toda llegada no es más que una nueva salida aplazada, que todo rumbo no supone sino la posibilidad de otra miríada de rumbos alternativos. En cuanto al puente, su significación resulta tan palmaria incluso a los menos aficionados a las metáforas que casi da reparo aludir a ella: el puente es la demostración sobre madera, piedra o material perdurable de que no hay obstáculo que no pueda salvarse mediante un regateo y de que la razón, el ingenio y aquello que Pascal definía como esprit de géometrie pueden prestarnos servicios inapreciables a la hora de eludir los inconvenientes que plantean las cosas. Así que toda la historia, si nos atrevemos a conducir a Simmel hasta conclusiones a las que probablemente él no se hubiera atrevido, todo el caudal de triunfos y desilusiones que se extienden desde las cuevas de Altamira hasta la bomba sobre Hiroshima caben en el estricto marco de estos tres inventos que los niños aprenden a dibujar en cuanto empuñan su primer rotulador: el camino, la puerta, el puente.

Convencido por unas páginas de Óscar Tusquets que recorro en los escasos huecos que me permite el cuidado de mi hijo recién nacido (se llama Luis, pesa alrededor de tres kilos y está bien, gracias), se me ocurre añadir algunos elementos más al paisaje de Simmel. Me da por pensar que el zócalo, el pavimento, el hallazgo de un espacio completamente plano es responsable de la aparición de la filosofía. Como bien saben los arquitectos, la horizontalidad absoluta no aparece en la naturaleza, si exceptuamos el agua estancada o extendida en forma de tapete sobre el mar infinito: horizontalidad prohibida a los pies de los hombres salvo en los evangelios. Al crear un suelo perfectamente liso, neutro, perpendicular al horizonte, libre de anfractuosidades, zanjas, elevaciones y todas las incomodidades del terreno campestre, el hombre puede comenzar a pensar sin preocuparse de donde pone los pies; puede dejar que el santo se le vaya al cielo mientras pasea por el patio, puede preguntarse por su futuro y por las misteriosas encrucijadas del destino a la vez que cubre el espacio que le lleva de la plaza del pueblo a la casa donde le esperan la hoguera, el pan y la sal. Porque caminar, desplazarse, colocar los pies uno delante de otro sin hacerse cargo de la ruta que se extiende ante el peregrino es sinónimo de reflexionar, que significa también avanzar, o retroceder, o perderse, en todo caso estar en camino, que diría Heidegger: el grupo de filósofos más afamado de la Antigüedad lleva el nombre de peripatéticos, de peripathos, o patio porticado, el del Liceo donde Aristóteles solía razonar con sus discípulos dando vueltas y revueltas entre las verandas hasta que se les consumían las suelas de las sandalias.

Pensar equivale a caminar sin tropiezos; creer, a ascender sin caer. En cierto momento explosivo de la historia de la civilización, algún maestro alarife debió de advertir que si al plano horizontal del zócalo se le suma una pequeña superficie vertical que a su vez concluye en otra nuevamente horizontal y la operación se repite indefinidamente, los hombres pueden elevarse sobre el suelo en un mágico remedo de la levitación y contemplar las cosas como lo harán los dioses, cuyos tobillos se hallan a salvo del barro de los senderos y las zarzas cruzadas. La escalera permitió a los hombres aproximarse a la divinidad, a los astros, a las alturas donde el aire es más puro y las desgracias de los pueblos pierden gravedad y rigor. No en vano la escalera aparece asociada en la historia de la arquitectura con la erección de los primeros templos propiamente dichos: los que remataban las cúspides de los zigurats, que servían a la vez para celebrar holocaustos en honor de los inmortales y observar más de cerca el paciente baile de las constelaciones en el hemisferio de la noche. Allí arriba todo es tan puro, tan nítido, tan tajante, que cuesta creer que el éter no sirva de residencia a criaturas mejores que nosotros, seres no atribulados por la enfermedades y el tedio, dueños de la cellisca y el granizo, nosotros mismos desprovistos de todo cuanto nos pesa y nos hace ser, después de todo, nosotros.

Pero Zapatero nos ha traído tiempos de descreimiento y libertinaje y el piadoso hábito de subir escaleras cae paulatinamente en desuso: todos prefieren ese instrumento ateo, el ascensor.

sábado, 31 de mayo de 2008

Casa de citas, 1: El arte de la ruina


“Sabemos que Albert Speer, el arquitecto de confianza de Adolf Hitler, fue a ver al Führer francamente preocupado porque, como se había previsto que el Tercer Reich perduraría más de mil años, el arquitecto no estaba nada seguro de la calidad de las ruinas de sus monumentos. O sea que Speer, como hombre de cultura, sabía que un día sus edificios iban a acabar en ruinas. Esto no le inquietaba, lo que le intranquilizaba era la calidad de esas ruinas. Sabía que los monumentos construidos en piedra e incluso en ladrillo, los monumentos egipcios, mesopotámicos, griegos y romanos, se arruinaban con mucha clase; eran los nobles recuerdos de grandes imperios. Pero ¿cómo envejecerían los del Tercer Reich, que se estaban edificando en hormigón armado? Aunque hoy nos parezca pintoresca, esta preocupación asaltaba sinceramente al arquitecto y a su mandatario. Desde luego, cuando la armadura asoma —sea porque la construcción no se ha terminado o porque ha colapsado— el hormigón armado pierde toda dignidad; las armaduras, retorcidas y oxidadas, aparecen escandalosas; aquello que se había proyectado para quedar envuelto —como el sistema nervioso del cuerpo humano— queda indecorosamente a la vista”.

Óscar Tusquets Blanca, Dios lo ve. Barcelona, Anagrama, 2003, pp. 82-88.



“Balestri dedicó su charla a lo que llamaba su teoría de la ‘ruina interior’. Todas las grandes construcciones del pasado habían envejecido sin perder su dignidad. Los desmoronamientos provocados por el tiempo, por la mano del hombre o por catástrofes naturales, que habían dañado a las construcciones de la antigüedad griega o romana, y a algunas catedrales medievales, no habían hecho perder la belleza a esos monumentos. Las plantas que crecían en las grietas, los muros derruidos o ennegrecidos, los manchones de musgo, colaboraban en resaltar una belleza que en cierto sentido estaba oculta bajo las capas de esplendor. Las construcciones escondían un secreto que sólo revelaban en su condición de ruina.

Las edificaciones modernas, en cambio, al envejecer sólo podrían mostrar hierros retorcidos y oxidados, vidrios rotos, paredes descascaradas, la progresiva erosión del cemento. No habría en ello belleza alguna. No tenían ninguna ruina encerrada en el interior. El arquitecto moderno, arrastrado por el impulso de la novedad y los constantes progresos técnicos, había olvidado el aspecto no contemporáneo de la arquitectura. Era necesario recordarle que toda la belleza ornamental se desvanecería muy pronto. El arquitecto estaba obligado a ser pesimista, a desconfiar de todo, a imaginar grandes lluvias, huracanes, incendios, el trabajo infatigable de los años. Y si había algo de sabiduría en el arquitecto, ese pesimismo le llevaría a encerrar, en el corazón del edificio, una ruina secreta, que al tiempo le tocaría descubrir.

[…] Balestri, sin dejarse intimidar por los gritos, siguió hablando. Nuestras vidas, dijo, deben ser planeadas en el mismo sentido. Debemos hacer las cosas de tal manera que al final, cuando seamos ruinas, aparezcan elementos secretos que sólo a partir del desgaste exterior alcancen la luz. Debemos construir en nosotros mismos esa ruina secreta; que en algunos viejos y en algunos muertos, y en algunos hombres vivos, aún jóvenes, pero ya destruidos, resplandece”.

Pablo de Santis, La sexta lámpara. Buenos Aires, Seix Barral, 2005, pp. 165-166

viernes, 23 de mayo de 2008

El libro nuestro de cada día, 3: Reconstrucción


Un primer vistazo a la obra integral de Antonio Orejudo mueve a la perplejidad; una suerte de sainete en torno a la mitomanía de la Generación del 27, la confesión de un loco obsesionado por la basura, una novela histórica que trampea y tergiversa las convenciones del género casi nos impiden entrever al escritor que se esconde debajo, el rostro que sustenta todas esas máscaras contradictorias. Y sin embargo ese denominador común existe y tiene precisamente que ver con las máscaras y lo que pretenden encubrir. Tal vez se pueda resumir en algo parecido a esto: el mundo, si es que cabe esa palabra, es una sucesión incongruente de estados, experiencias, destellos, ascensos y precipitaciones que nuestra pobre mente no acaba de comprender del todo; quien habla de mundo habla también de la identidad particular de cada cual, no menos fragmentaria y descarrilada; el único, desesperado método con que contamos para tratar de dar un sentido a ese galimatías es el lenguaje, es el intento de enhebrar las cuentas descabaladas en el hilo de una historia. En palabras del protagonista de Reconstrucción, la más reciente aproximación de Orejudo a este intríngulis que ya desveló a Hume y a Nietzsche, “… aquellos hechos que conserva la memoria son semillas que han germinado en el tiempo gracias a la imaginación. Son sucesos que se enriquecen solo por el hecho de contarlos, de someterlos al juicio de otra persona… No está de más recordar que esta reconstrucción es solamente un orden de palabras. Pero qué se le va a hacer; no hay que demolerla por eso. La morfosintaxis es la única herramienta a nuestro alcance para explicarnos precariamente el mundo, para orientarnos en el caos y para tratar de ser en él medianamente justos”.

Reconstruir: eso es lo que procura hacer el protagonista de la novela con su pasado, con los sucesos entreverados que un día le dieron forma pero para los que sin embargo ya no es capaz de hallar una pauta precisa. Y así los va reuniendo como los tipos de imprenta que cincela en su taller, atento a formar palabras, frases completas, secuencias de significado que le ofrezcan un atisbo de ilación. En ese batiburrillo hay una juventud pasada en Münster, el foco de la rebelión anabaptista que a mediados del siglo XVI se opuso al poder de la Iglesia e instauró el libre pensamiento y la poligamia obligatoria; hay un lamentable episodio como comisario de la Inquisición junto a un hombre que no habla y se limita a tallar un tarugo de madera; hay infinitas tardes consumidas frente a la lumbre del candil, dibujando tipos de letras que grabará más tarde con un punzón, capitales, versalitas y cursivas en las se divierte escondiendo mensajes blasfemos como para que el exceso de buena conciencia no entorpezca su salud. El mundo está loco y no tiene sentido; es más, la propia vida de ese hombre carece de nada parecido: sólo narrándolo todo conseguiremos una figura coherente que pueda explicarlo y explicarnos.

Para transmitirnos esa moraleja, Orejudo construye un relato potente, original, a primera vista emparentado con la novela histórica pero que rebasa ampliamente los márgenes de esa etiqueta, como de cualquier otra. Saltando de la crónica criminal a la diatriba teológica, aliñando la narración de aventuras con el chiste escatológico, destiñendo todo ello en un baño de humor ácido, nos entrega un producto difícil de definir, que precisa, también él, de una reconstrucción, como sugiere el orden ambiguo de los capítulos. Por lo demás, el autor no renuncia a esos recursos de probada vulgaridad que los críticos denuncian un día y otro y que tanta felicidad provocan en las almas adocenadas, como el dramatismo o la intriga. Una sugerencia subyace, quizá, al resultado final: que contar historias no es sólo grato, sino obligatorio; que más allá sólo quedan estampas sin un álbum en que pegarlas.

(Interesados dirigirse a Antonio Orejudo, Reconstrucción. Barcelona, Tusquets, 2005.)

viernes, 16 de mayo de 2008

El libro nuestro de cada día, 2: Arthur & George



Un leopardo se adormece en el interior de una jaula sin atender a los rostros que circulan frente a sus barrotes y que se sorprenden de la semejanza de sus manchas con ojos y pulseras. El leopardo ha sido trasladado hasta Florencia del remoto sur o del remoto este, y acaso añora la estepa en que daba caza a los antílopes entre la vigilancia de árboles secos. Lleva años, décadas tal vez confinado en su prisión, resignado a que los huesos se endurezcan en sus extremidades y su legendaria elasticidad se confunda con un vago sueño de madrugada. No sabe por qué está allí, qué designio le ha reducido a animal de feria que sirve para distraer los banquetes de una cohorte de nobles que disfrutan con los recitales de los poetas; si el destino de su raza es trotar entre los oteros, obedecer al calor de la sangre en los crepúsculos de un continente salvaje, no comprende por qué malgasta sus días en esa inactividad enfermiza, de la que no cabe esperar nada: como todos los seres, se interroga sin cesar por los tortuosos designios de la providencia, que a veces, demasiadas veces, imita los métodos del capricho. Pero una noche, entre tinieblas, una voz le habla. Es la voz de Dios, que le revela que su destino, desde el momento de ser gestado, era verse atrapado entre la madera y el hierro y despertar la curiosidad de un hombre que no habría podido verle libre. Has nacido, le dice Dios, para ser objeto de un verso en un poema. De no haber estado allí, de no haber soportado su hastío y su angustia, Dante jamás habría podido describirlo en el versículo 32 del primer canto del Inferno. Borges describe esta fantasía en alguna página de su miscelánea El hacedor, entre el consabido muestrario de espadas y espejos.

La trivialidad de una vida mal conducida, que no parece poseer un rumbo concreto, la posibilidad de redención a través del azar de los encuentros, pueden ser también los temas centrales de Arthur & George, la extraña novela de Julian Barnes que nos presenta en páginas paralelas, como una edición bilingüe, las biografías de Arthur Conan Doyle y un oscuro abogado que alguna vez le sirvió de pretexto y de secreto sostén, George Edalji. A primera vista, el resultado ofrece el aspecto de un ejercicio posmoderno de metaficción, donde el autor muestra su oficio técnico al enredar sin una pretensión clara el material documental en torno a la vida de ambos hombres con elementos de la crónica de sucesos, la novela judicial (que no policíaca) y el melodrama. En ese sentido, Arthur & George se antoja una mera excusa, por lo demás innecesaria, para que Barnes nos demuestre una vez más que está capacitado para narrar, que lo hace con soltura, que mantiene el ritmo de la prosa en cada párrafo y que sabe convertir a sus personajes en algo más que los troqueles bidimensionales a que nos tienen acostumbrados las novelas de charcutería. Quizá el autor ha pretendido renunciar al selecto círculo de connoisseurs al que sus anteriores trabajos parecían dirigidos, generalmente aficionados al arte y la literatura que se complacían en juegos de intertextualidad trufados con reflexiones más o menos irónicas sobre el desencanto que inevitablemente acompaña a la relación entre los individuos. Aquí el lector es alguien menos concreto, menos puntual, no habita barrios del centro de la ciudad ni repasa los suplementos literarios del fin de semana: la combinación, a veces afortunada y otras no tanto, de anecdotarios, introspección psicológica, subtrama criminal y novela rosa apunta a la gran muchedumbre de quienes se detienen en los escaparates de las librerías o frente al mostrador del quiosco sin un objetivo claro, que lo mismo adquieren una guía de viajes que un ensayo de filosofía, el último best seller o las obras completas de un poeta esotérico. Arthur & George puede ser la consecuencia de un anhelo oculto en su autor: la de llegar al mayor número posible de clientes, la de contentar a todo el mundo, como un yerno bien dispuesto.

En última instancia, el propósito central del relato (de los relatos) parece radicar en la coincidencia: dos existencias que no tienen nada en común (como la del leopardo y la del poeta) cruzan sus hilos en un determinado punto de su trayectoria para quedar alteradas para siempre. El joven abogado ve su honor restituido, el escritor agobiado por su indecisión recupera la fe en el triunfo de una causa noble. De algún modo, cada uno de ellos salva a su opuesto, le sirve de ángel de la guarda, de asidero en un momento en que el universo, confuso y hostil, parecía no ofrecer salida. Tal vez Conan Doyle no fue forjado con el fin de inventar a Sherlock Holmes ni de convertirse en adalid del movimiento espiritista, tal vez lo único que disculpa su presencia en este mundo son las tribulaciones de un joven angloindio al que se ha negado toda justicia. Y viceversa: el tramo esencial de la vida de George Edalji radicaría en su encuentro con un atribulado escritor de éxito que no sabe cómo reconciliarse con su conciencia. Lo que nos explica, disculpa y autoriza a existir puede poseer el tamaño ridículo de una palabra a un desconocido en el autobús, de la devolución de una cartera perdida en la acera, de un timbre equivocado. Al fin y al cabo, todos procedemos de lo minúsculo: de un irrisorio átomo de hidrógeno con tendencia a viajar.

(Interesados dirigirse a Julian Barnes, Arthur & George. Traducción de Jaime Zulaika. Barcelona, Anagrama, 2007.)

jueves, 8 de mayo de 2008

El libro nuestro de cada día, 1: El cuaderno rojo

Recorriendo las páginas frenéticas de las memorias de Benjamin Constant uno siente ese tipo de complejo que es resaca inevitable de la lectura de autobiografías, a saber, que a uno nunca le pasa nada interesante y que todas las experiencias que merecía la pena reseñar en libro ya le han sucedido a otra persona, preferentemente de un siglo más exótico y mejor decorado que este. Los recuerdos de Constant se ciñen a sus primeros veintidós años de vida; en ese lapso preuniversitario ya había tenido ocasión de batirse varias veces en duelo, intentar envenenarse a causa de un amor sin recibo, hacerse a pie la cantidad dolorosa de kilómetros que media entre Londres y Edimburgo, idear las líneas maestras de un ensayo tremebundo sobre los orígenes de la religión pagana. Y todo, con un padre de fondo que no acaba de entender los cambios de humor de su hijo, con un cerebro de fondo, muy al fondo, que no acaba de controlar los cambios de humor del corazón que tiene a su cargo. Con justeza Manuel Arranz, prologuista y traductor del volumen, puede afirmar que el gran valor del escrito de Constant es su sinceridad. Un medio, el de las memorias, que la mayoría suele confundir con un pretexto para la redención o la disculpa sirve al autor de Adolphe para presentarnos un escaparate sin medias tintas de las contradicciones y disparates, en cantidad industrial, que protagonizó durante su juventud, esa edad en que la lógica no admite el principio de tercio excluso. El adolescente que fuimos suele aparecérsenos, desde la distancia, como un amable familiar algo impertinente cuyos desmanes tratamos de excusar basándonos en principios de pedagogía o crecimiento hormonal; Constant se limita, quizá más espontáneamente, a sorprenderse de sí mismo y a reírse.

El tomito, editado con esmero por los artesanos de Periférica, merece la atención de todos los amantes de las memorias y debe ser incluido entre otros títulos de cabecera de este género para envidiosos. Cierto es que carece del vitriolo y el amor por la fisiología femenina de Casanova, el otro gran testigo del único siglo en que mereció la pena vivir (la frase es de Talleyrand), pero su inmediatez, su frescura y su irresponsabilidad le liberan de esa carga mojigata que vuelve insoportables las Confesiones de Rousseau, donde todo es tan profundo y tan sentido que uno pasa las páginas del libro con miedo a lastimarlo. De todos modos Constant, pese a los elogios de Italo Calvino y otros prohombres, se halla a cuerpos de distancia de esa cumbre de la memorística que sigue siendo la Vita de Benvenuto Cellini y de su laberinto promiscuo de bacanales, asesinatos, demonios en coliseos, dioses de bronce y ciudades sitiadas.

En fin, lo dicho: menos mal que de vez en cuando aparece algún Kafka para consolarnos y hacernos entender que hay gente que se aburre más todavía.

(Interesados dirigirse a Benjamin Constant, El cuaderno rojo. Traducción de Manuel Arranz. Periférica, Cáceres, 2007.)